Froylán M. López Narváez
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Reforma
Michoacán no es tierra de nadie. Es territorio añejo de cacicazgos, ahora muy cruentos, brutalmente homicidas, en confusiones políticas y desamparos financieros. Nada de eso mengua su belleza, su importancia y sus valores. Compiten en desolación y mortandad Chihuahua, Tamaulipas, Sonora, Sinaloa, Nuevo León, Veracruz, Guerrero y el estado de México, ahora mismo. También usufructúan esplendores.
El gobierno legalizado federal, su mediano jefe, quien tuvo que encarar las disputas de territorio de los megamillonarios de la producción, distribución del negocio de las drogas, lo mismo que la vieja corrupción y connivencia de alcaldes, gobernadores y algunos presidentes de la República -Miguel de la Madrid en su gobierno recibió informes puntuales de un procurador de la justicia y no dio instrucciones para afrontar el auge de los envenenadores.
En el fondo y en todos lados, son los consumidores nativos y los extranjeros -Estados Unidos proporciona adictos, armas, mafiosos en abundancia, son agentes grandes de la desgracia mexicana y de otras partes- quienes, por la demanda neurótica, establecen vigencia de la internacional de las drogadicciones. Es de idiotas sostener que el "culpable" y origen del narco son los mafiosos operando en el gran país. Pero sin su concurso el dramático problema tendría menor fuerza.
Está pronta la referencia y el conocimiento de que estas organizaciones, las mafias de todo corte, financieras, eclesiásticas, mercantiles empresariales, académicas, son de antigüedad milenaria y ubicuas. En todo tiempo y región humanos convienen grupos de personas en armar corporaciones de lucro y de poder ajenas a la legalidad, a la moral oficial, para conseguir riquezas y poderes que no están consentidos abiertamente. El sigilo, el secreto, la solidaridad, las lealtades a muerte, personales y sociales, son acuerdos que imponen con votos y amenazas para que puedan actuar con eficacia y ganancias. Esto lo sabe cualquier ociólogo, o sociólogo, atento a esta manera perversa de vivir. Sicilia, desde el siglo XII, fue, y es, paradigma de las maldades necias, contumaces, concomitantes al "orden" social.
Estas nociones primarias y antiguas sobrevienen ante el pasmo y el miedo en México, como ha acontecido, lamentablemente, en Colombia. Italia, Chicago y Nueva York son las instancias norteamericanas ejemplares, y por su reaparición reciente en Rusia, China, en dónde no. Bien que se sabe que las epidemias son crónicas, larvadas u ocurrentes, según condiciones de economías y enfermedades no menos crónicas como las guerras. Una de las pandemias sociales ominosas, gravísima, es el narcotráfico.
Se ofrecen cifras sobre el narcomenudeo. Son miles y miles las personas que ganan dineros mal habidos con la venta parca a muchachitos, jóvenes y adultos (en el traspatio de su alma adolescentes empedernidos) que creen que la intoxicación efímera o constante es menester para mantenerse vivos, estimulados, para que su cotidianidad sea avivada con el consumo de estupefacientes falaces.
Es comprobable que en las regiones de cultivo, almacenamiento y distribución, más de un lugareño sepa a qué se dedica el vecino, el compadre, el rico del pueblo, del estado. Por más que la secrecía sea pacto original, las "trocas" y automóviles de lujo, las fiestas, las casas y los negocios insólitos evidencian enriquecimiento que frecuentemente sólo se explica por el negocio drogadictivo. En antros, playas de lujo o solitarias, en escuelas, en oficinas, en palenques y bares no es difícil encontrar "dealers", mariguanos o cocainómanos. El consumo de alcohol es mayor y más nocivo, pero está legalizado. Sus damnificaciones llegan ya a intentar controles en el tránsito urbano y carretero, tardía, afortunadamente. Vale el benéfico y latoso alcoholímetro.
No se admite que ningún país o tiempo sea acaparador de maldades o de bondades. A los mexicanos les da por abatirse o incriminarse de ser peor nación o de "idiosincrasia" inevitable, maligna o torpe. La magnífica señora Rosa Montero escribió ayer en El País: "Seguimos viviendo en los usos propios del caciquismo... En ilegalidad e incivilidad siempre hemos sido grandes maestros". ¡Ah!, la abuela España, igual ella padece.
Por supuesto, los actuales capos serán abatidos y desorganizados, no hay mafia que dure 100 años, ni gobiernos que los aguanten. Mal de muchos es consuelo de perplejos. Pero mal de todos es pandemia a eliminar. Gobiernos, maestros, curas, policías y soldados, papás y mamás podrán ser contenedores.
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