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Excélsior
El gabinete de Calderón podría llegar a estar integrado por representantes de los más influyentes partidos políticos que controlan las cámaras de senadores y de diputados con todas sus ventajas.
La parálisis legislativa que afectó con tanta severidad al gobierno de Fox y, por ende a nuestro país, debida a la ausencia de eficientes operadores políticos, se repite en la administración del presidente Calderón y por las mismas razones. México ha resentido diversos daños en diferentes aspectos de la vida nacional en razón de que las reformas estructurales que demanda el país no se han podido instrumentar en tiempo y forma. Resulta inaplazable una reforma energética de fondo, no una insustancial modificación corporativa de Pemex como la que se promulgo el año pasado. De la misma suerte, se ha convertido en una exigencia inaplazable la ejecución de la reforma del Estado, la eléctrica, la laboral, así como la tributaria, entre otras más.La experiencia legislativa del presidente Calderón es incuestionable, por lo que resulta aún más difícil de entender que no haya podido destrabar los escollos políticos para estimular el desarrollo de México. Víctima de una patética inseguridad, el Presidente se hizo rodear de colaboradores incondicionales, quienes tenían que reunir obligatoriamente un requisito mucho más importante que el de la eficiencia: el de la lealtad. Calderón se rodeó de aduladores que le hicieron perder el contacto con la realidad. ¿Cómo olvidar cuando precisamente el año pasado se llevó a cabo un brindis espectacular en Los Pinos con la idea de festejar la emisión de una ley que reformaba los estatutos y la estructura de Pemex, cuando el propio Calderón había mandado una iniciativa completamente diferente de la resolución final emitida por el Congreso de la Unión? Este y otros casos deberían haber llamado la atención del presidente Calderón para cambiar este ruinoso estado de cosas que prevalece en sus relaciones con el Congreso de la Unión. El golpe frontal, demoledor y humillante se lo llevaron los panistas cuando el electorado los castigó la semana pasada con notable dureza en relación con su gestión pública.
De acuerdo a todo lo anterior, resulta una exigencia la formación de un gobierno en el que se le dé cabida a la cohabitación política. De la misma manera en que el actual gobierno israelí ha tenido que convocar a políticos de ultraderecha que cuentan con la representación de un nutrido grupo de diputados en la Kneset para no caer en la parálisis legislativa y política, en México, como en otros tantos países, se debe invitar a legisladores de diversos sectores del espectro a formar parte del gabinete de Calderón, de modo que la promesa encerrada en esta decisión pueda justificar de alguna manera la estancia de tres años más del jefe del Ejecutivo federal en Palacio Nacional. ¿De qué sirve un Presidente de la República que se encuentra maniatado en el Congreso, en donde no cuenta, ni mucho menos, con el apoyo necesario para cumplir con sus planes de gobierno? El gabinete de Calderón podría llegar a estar integrado por representantes de los más influyentes partidos políticos que controlan las cámaras de senadores y de diputados con todas sus ventajas.
Una cohabitación, en donde el Presidente llegue a perder la mitad o más de sus colaboradores para ser sustituidos por representantes de la oposición, necesariamente constituye una novedad política en nuestro país. Se requiere un gran valor civil y una poderosa confianza personal para ejecutar semejante proyecto, que implicaría la aceptación del desastre en la gestión de Calderón, desastre que ya quedó evidenciado en los comicios del pasado 5 de julio. El voto de desconfianza popular calificó a la actual administración con una nota abiertamente reprobatoria. El gobierno de Calderón carece, por lo visto, de mecanismos y de capacidad negociadora en el Congreso para sacar adelante al país. Baste imaginar que la aceptación de una estrategia de cohabitación política se pudiera traducir en la existencia de diversos, y no menos eficaces, interlocutores en el Congreso de la Unión, casi diríase cabilderos, convencidos de la necesidad de instrumentar las reformas que el país requiere, siempre sobre la base de pensar alguna vez, por lo menos alguna vez, en México.
En un país en el que lamentablemente la mitad de la población económicamente activa se encuentra en la informalidad, resulta, tan inaplazable como conveniente, instrumentar una reforma tributaria orientada a gravar el gasto y el consumo, restándole peso específico a los impuestos al ingreso, cuya recaudación ha sufrido un notable desplome. La caída de los ingresos por remesas, por exportación de crudo, por turismo y por inversión extranjera arroja datos alarmantes que podrían anunciar, en el corto plazo, una nueva catástrofe monetaria y financiera. Calderón no podrá sacar al país adelante sin una cohabitación política, salvo que se convierta en un firmón de las iniciativas priistas o que se oponga a ellas por una única ocasión a través del veto, antes de convertirse en leyes de seguir el PRI trabando alianzas con otros partidos políticos no afines al PAN en escandaloso declive…
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