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julio 10, 2009

Mi lucha

Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
Gaceta del Ángel
Reforma

Si Adolfo Hitler hubiera tenido, como yo tengo, una tía Lucha; les puedo asegurar que su torpón y rijoso ensayo titulado "Mi Lucha" le hubiera quedado mucho más benévolo y con menos broncas con el mundo. Esto, sin lugar a dudas, lo puedo yo asegurar, porque yo sí tengo a mi tía Lucha y ella le ha dado a mi vida varios de sus colores más gratos y suaves. Ella es mi Lucha y está por cumplir 90 años y esto me tiene entusiasmado y estupefacto. En mi familia no se estila llegar a tan avanzadas edades. Dice Octavio Paz: soy hombre y duro poco. Si el poeta hubiera conocido a mi familia, tendría que haber añadido: hay algunos que duran poquísimo. Entre nosotros rebasar la barrera de los sesenta años se considera ya una hazaña olímpica y para los que llegan a los setenta hemos construido ya un pequeño Olimpo en el Parque Hundido que queda tan cerca de Gayosso. Creo que con esto te vas dando cuenta, lectora lector querido, de la magnitud del logro de mi tiyita que llega a los noventa como llegaban a puerto los grandes galeones con todas sus banderas desplegadas.

Si la vejez diera la sabiduría, no habría tanto viejo baboso. Esto lo digo porque en México tenemos una estima excesiva por el hecho mismo de durar. Bien mirado, durar puede ser un mérito menor particularmente encomiable en las bicicletas, las engrapadoras y los autotransportes. Entre los humanos puede ser (y casi siempre es) una variante maligna de la peste bubónica. Del mismo modo que una vejez iluminada y serena se comienza a edificar desde los años de juventud; los hay también que ya en los años mozos se están preparando para ser una plaga insoportable en la vejez. Son esos viejitos que nos dicen como si nos estuvieran revelando un sellado secreto, nos dicen que son viejitos y que por eso ya no sirven para nada. Esto es totalmente falso. Son seres que no han servido para nada desde la lactancia y que lo único que han logrado es perfeccionar su inutilidad hasta llegar a ser esos bultos que en todos lados estorban. O sea que hay de viejos a viejos. Los hay que son una alegría para su comunidad y una fuente de sabiduría y de sagacidad para todos los que con ellos tropiezan en la vida; pero los hay también que son tontos, incultos, intrigantes, quejumbrosos y dueños de una salud envidiable. Estos ancianos sólo merecen el vituperio y el apedreamiento masivo (como están muy bien organizados para sus iniquidades, ya para estos momentos están organizando la defensa y no me sorprendería que un batallón de ellos avanzara sobre mi casa) porque, no es por malmodearlos, pero le pesan al mundo, a su país y a su familia y toda su defensa la basan en el sólo hecho de su vejez.

El tema que he apuntado daría para muchas reflexiones más, pero hoy no es el caso ni el momento de demorarse en todas estas teorizaciones. El asunto es más simple: mi tía Lucha ha llegado a los 90 años y nadie dirá que no es una anciana, pero es una anciana de las del primer tipo: culta, útil, sonriente, excelente lectora y poseedora del don del consejo. Todo esto lo estoy diciendo con total conocimiento de causa. La vida, la caprichosa vida, hizo que durante varios periodos de ésta, mi tía Lucha relevara a mi madre y ejerciese sobre mí sus dones de mando. Fue una buena madre: justa, divertida cuando había que serlo y fuerte y adusta cuando su hijo transitorio se quería poner flamenco. Hoy ya todos los sobrevivientes estamos en las llanuras de la vejez. Mi tía Lucha, mi Lucha, ahí sigue mirándonos. Yo que fui su hijo fugaz hoy la abrazo, la beso y la felicito por haber logrado tales perfecciones en su humanidad. Es una gran mujer. HOY TOCA.


¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDLXXXIX (1589)

En México ¿todo ha de ser, como en el sórdido caso de las guarderías, negocio chueco?.

Cualquier correspondencia con esta columna celebratoria y luchona, favor de dirigirla a dehesagerman@gmail.com (D.R.)