Agustín Basave
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Excélsior
El efecto negativo de la ausencia de candidaturas independientes es doble: la partidocracia se duerme en sus laureles y México desperdicia buenos ciudadanos que podrían ser también mejores líderes políticos.
Desde que Jorge Castañeda puso el tema en la agenda nacional, cada vez más gente en México reclama candidaturas independientes. Yo las pido ahora con más insistencia que antes porque, como dije en mi artículo anterior, obligan a los partidos políticos a acercarse más a la sociedad. La partidocracia escoge candidatos bajo tres criterios: 1) compromiso o complicidad con el liderazgo decisor; 2) cuotas corporativas que permiten mantener el apoyo de grupos o sindicatos; 3) popularidad o capacidad de obtener la mayoría de los votos. Este último punto, que es el más defendible y que en la época del partido hegemónico era poco relevante, crece en importancia en la medida en que las elecciones son más competidas. Y dicho sea de paso, recuerda un subproducto positivo del método de representación proporcional en comicios para cargos legislativos. Es decir, los vilipendiados plurinominales no sólo sirven para contrarrestar la sobre y la subrepresentación, sino también para llevar al Congreso a los mejores especialistas en las diversas disciplinas a legislar. Y es que no abundan aspirantes que conjuguen la erudición de Mario Molina y el arrastre de Cuauhtémoc Blanco. Cierto, a menudo se desvirtúan las listas con recomendados o dirigentes impresentables, pero sin ese instrumento sería más difícil llevar a las cámaras a los más capaces y preparados, aquellos que en comicios directos perderían contra los reyes del barrio. Muchos se quejan del bajo nivel académico de los diputados; pues bien, sin los pluris sería peor.
Ninguno de los criterios mencionados, pues, favorece a personas talentosas que no están ligadas a las camarillas dominantes y que por ello suelen ser marginadas. Me refiero a hombres y mujeres que no son cuates ni clientelistas ni famosos, pero que pueden ser magníficos legisladores. Unos tienen preferencia partidista y cuando son relegados por “su” partido tienen que buscar otro que los valore. Otros no la tienen y su disyuntiva es más estrecha: o se resignan a no contender por un cargo de elección popular o… se resignan. Así, el efecto negativo de la ausencia de candidaturas independientes es doble: la partidocracia se duerme en sus laureles y México desperdicia buenos ciudadanos que podrían ser también mejores líderes políticos. Porque, bajo las normas actuales, quienes no se someten a los usos y costumbres partidócratas están destinados a ver los toros desde la barrera.
Yo no pugno por el debilitamiento de los partidos políticos. Al contrario, quiero que se fortalezcan, pero como eficaces intermediarios entre la ciudadanía y el poder público, como verdaderos abanderados de los segmentos sociales que dicen representar. Y para lograr ese fortalecimiento es imperativo que compitan entre ellos pero también que enfrenten la competencia externa. Se trata, como dije hace una semana, de poner en el corazón electoral del país una suerte de bypass contra la esclerosis de las arterias que comunican a los representantes con los representados. La famosa ley de hierro de la oligarquía de Robert Michels se aplica casi siempre y casi en todas partes, pero hay mecanismos para acotar sus excesos. Una élite partidista puede tener ciertos límites o puede no tener ninguno. Y nunca cae mal, como aliciente para su autocontención, una espadita de Damocles sobre su cabeza, como la que cuelga del cabello social de un candidato independiente.
Las dirigencias de los partidos mexicanos temen perder el control si avalan una serie de cambios que muchos consideramos imprescindibles. Hablo no sólo de estas candidaturas, sino también de la reelección consecutiva y del plebiscito, del referéndum y de la iniciativa popular. Ese temor no tiene fundamentos muy sólidos. En Europa existe todo eso y sus líderes partidarios no sólo no son rebasados sino que enfrentan menos casos de indisciplina que los nuestros. Aunque, claro, hay una diferencia: sus decisiones son más democráticas. Razón de más para inyectar esa dosis de ciudadanización de la política en México. Además de incentivar el acercamiento de los partidos a la sociedad, obligaría a las dirigencias partidistas a acercarse más a sus cuadros y sus bases.
Aunque reconozco el mérito de Castañeda, todavía me cuestiono sobre la pertinencia de la postulación independiente de candidatos a la Presidencia de México. Me preocupa que la relación del presidente con el Congreso, que ya está bastante entorpecida, se entorpezca aún más sin la correa de transmisión de un partido que lo vincule al menos con su bancada. Y la verdad es que, dado que sostengo que el régimen mexicano debe migrar al parlamentarismo y que en tal circunstancia mi preocupación sería ociosa, esperaré a que me convenzan los pragmáticos o los geriatras del presidencialismo. De lo que no me cabe la menor duda es que nos urge introducir las candidaturas independientes a las diputaciones locales y federales, a las senadurías, a las presidencias municipales y a las gubernaturas. Y de que sin presión social ese objetivo nunca se logrará.
Narrar la noticia… vivir la noticia
Hace 2 días









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