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noviembre 23, 2009

El fin de la autoridad hacendaria

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

Alojado en un poder declinante, la Secretaría de Hacienda se fortaleció con el cambio político. La Presidencia se debilitó, mientras Hacienda se fortificaba. Custodiaban la oficina un grupo compacto de técnicos que imponía su juicio por encima de las resistencias. Se formaron en la misma escuela y compartían un programa. Su voz era tronante. Nadie podía ignorar su veredicto, sus anticipos, sus advertencias. Izados por su solvencia técnica, arropados por un innegable prestigio internacional actuaron como pontífices. Vinieran de arriba o de fuera, las presiones eran incapaces de torcer el camino trazado en aquellas oficinas. Hacienda oficiaba como autoridad económica: una voz juiciosa que ponía fin al bullicio. Mientras la conducción política del país perdió unidad con el pluralismo político; la conducción económica afianzó esa unidad. Una Presidencia debilitada compartía el poder con una Secretaría de Hacienda poderosa. Desde hace lustros la política económica no ha estado en Los Pinos, como apuntó en su momento Gabriel Zaid. Estuvo en una dependencia formalmente subordinada al Presidente pero que logró guarecerse de las amenazas del pluralismo conformándose como un poder casi autónomo y prácticamente irrebatible. El titular de la Secretaría de Hacienda fue elevado, sin proclamación alguna, como autoridad: depositario de un saber incuestionable en el cual se confía esperanzadamente.

Esa autoridad ha muerto. Atentaron exitosamente contra ella la ligereza de su pontífice; la pérdida de ejemplaridad mexicana y la crisis de una ciencia. Empiezo con la devaluación de la confianza. Más allá de las facultades de Hacienda, por encima de sus recursos institucionales está su capacidad de ser un faro de la actividad económica. Un referente de confianza cuya palabra tiene una presunción de solidez. Frente al estruendo de charlatanes e ignorantes, frente al jaloneo vociferante de los interesados, el secretario de Hacienda debe hablar desde la sequedad de los datos, sin pretender endulzar la realidad. Pero cuando se quiere fomentar tranquilidad sin realismo, la calma esperada es demolida por los hechos. Ésa ha sido la historia del secretario dedicado desde hace meses a corregir sus celebraciones y a ajustar siempre a la baja sus pronósticos. Una crónica de sus declaraciones sería un recuento chusco de errores e ilusiones. El funcionario tiene hoy el crédito de cualquier político que habla pensando en los titulares de la mañana siguiente. Deja de ser autoridad quien es repetidamente desmentido por el mundo. Nadie sacaría el paraguas si el secretario de Hacienda avisa que va a llover por la tarde.

La autoridad de la Secretaría de Hacienda tenía también un cálido cobijo internacional. Durante algunos lustros (que ya parecen lejanos), México aparecía modélico: una estrategia coherente y un plan ambicioso de reformas. México resultaba uno de los países más decididos a emprender la apertura y cuidar las finanzas. Un país confiable dirigido por un equipo económico de primer mundo que había logrado aislarse de las presiones políticas e imponer un rumbo definido. México ha dejado de aparecer en las listas de honor y ha sido puesto en la esquina del salón, viendo a la pared y con orejas de burro. Antes coleccionábamos medallitas, ahora críticas, regaños y burlas. Los trofeos no habrán servido de mucho pero, sin duda apuntalaban el prestigio de los conductores. Bancos, instituciones internacionales, ignorantes premios nobel cuestionan ahora el tratamiento del leve catarrito. Al apilarse las censuras como paliza a los arquitectos de la política económica, ese ascendiente ha quedado hecho polvo.

La autoridad ha muerto también porque corren malos tiempos para la ortodoxia. Los argumentos de autoridad dependen de la confianza en los portadores de un Saber Venerable. Se confía en el médico, en el sabio o en el sacerdote porque se cree que en ellos está una verdad que los comunes no alcanzamos. Así se confió durante lustros en el saber económico. Eso se acabó, no solamente por lo que el secretario de Hacienda ha hecho en contra de su crédito público, sino también por el sitio de su saber. ¿Cómo es posible, preguntaba Paul Krugman en la revista dominical del New York Times, que los economistas se hayan equivocado tanto? La pregunta se dirige a la disciplina académica. Una ciencia que hace unos años se celebraba por sus inmensas conquistas intelectuales y sus amplios acuerdos teóricos es hoy una disciplina en crisis. Si es cierto que alguna vez imperó -como sugiere Krugman- un consenso intelectual en la disciplina, hoy esos acuerdos se han cuarteado. Por ello, si se construye un liderazgo económico tendrá que fundarse en consideraciones pragmáticas, no en principios de autoridad. El peligro es que el remedio nos resulte peor. Tras el fin de la autoridad, regresarán los amigos. Serán, eso sí, leales a su jefe.