noviembre 09, 2009

Estos muros que (ya no) ves…

Gabriel Guerra Castellanos
Internacionalista
www.twitter.com/gguerrac
gguerra@gcya.net
El Universal

Hoy hace 20 años se abrió el muro que representaba la más profunda división que el mundo moderno haya conocido. No cayó ni por accidente ni por casualidad, ni tampoco por un hecho aislado de heroísmo ni de voluntad de apertura. Lo hizo como consecuencia de una serie de acontecimientos imposibles de planear —vaya, ni siquiera de concebir— y que vistos hoy, con la perspectiva que sólo da el tiempo, eran difícilmente concatenables.

Durante casi tres décadas, a partir de agosto de 1961, los alemanes vieron cómo el alambre de púas y el concreto atravesaban su territorio partiendo en dos lo que debía haber sido uno solo, en un altísimo precio a pagar por los inenarrables crímenes nazis y que las potencias ganadoras parecían decididas a nunca permitirles olvidar, ni subsanar. Ni siquiera el Tratado de Versalles que castigó en exceso a Alemania tras la Primera Guerra Mundial había tenido un impacto tan duradero, en apariencia eterno.

La partición original de Alemania derrotada en cuatro zonas de ocupación (americana, británica, francesa y soviética) se replicó en Berlín, con la diferencia de que al hacerlo aquí la antigua capital germana perdía soberanía y quedaba como zona ocupada aun después de la creación de los dos estados alemanes independientes, las Repúblicas Federal (RFA) y Democrática (RDA) Alemanas. Berlín quedaba así como un escenario de la geopolítica donde cada quien buscaba mostrar sus mejores cartas, ya para la propaganda, ya para el control y el dominio, ya para la influencia y la estrategia militar.

Ya hacia finales de la década de los 50 el escaparate germano-oriental perdía cotidianamente su lustre en la “votación con los pies”: la migración cotidiana de muchos de sus ciudadanos que preferían abiertamente la opción occidental a las limitaciones cotidianas que en todos aspectos de la vida imponía ya el socialismo real de la RDA. Fue precisamente ese éxodo el que llevó a la dirigencia comunista a tomar una decisión cuyas repercusiones superarían con mucho su impacto en las dos Alemanias: la construcción de lo que llamaron “El muro de protección antifascista”, una obra de represión que puso en evidencia para todo el mundo el carácter, el verdadero rostro del sistema.

Se han escrito testimonios conmovedores acerca de cómo el muro dividió a las familias, cambió vida y llevó a muchos a la prisión o a la muerte tratando de burlarlo. Ambos lados intentaron sacarle provecho propagandístico, pero evidentemente le resultaba más fácil hacerlo a los occidentales: desde la histórica visita de Kennedy en que se declaró berlinés hasta la memorable de Reagan en que conminó a Mijaíl Gorbachov a “derribar ese muro”.

Mucho mayor eran las implicaciones del muro para los habitantes de Alemania Oriental, que no sólo estaban impedidos de viajar a Occidente, sino que además vivían bajo uno de los regímenes más cerrados y represivos del mundo socialista. La de prusianos y comunistas, decía alguien, era una combinación tremenda, y peor aún si se le añadía el control soviético.

La apertura del muro se dio de manera casi accidental, en medio del maremoto de las reformas impulsadas por Gorbachov en la URSS y sus satélites, y gracias a la confusión que reinaba entre las clases dirigentes de países que estaban sólo acostumbradas a obedecer los dictados de Moscú y que no supieron qué hacer cuando de ahí surgió la orden que nunca nadie imaginó: “decidan ustedes”.

Ante las protestas multitudinarias exigiendo reformas de fondo, el gobierno germano-oriental volteó a ver al Kremlin entre deseando y temiendo la instrucción de usar mano dura, que nunca llegó. Por el contrario, la línea moscovita era la de respetar la “voluntad popular” y la esclerótica dirigencia comunista en Berlín no supo que hacer hasta que decidió dar una señal de cambio revocando las leyes que restringían los viajes a Occidente. Uno de sus voceros, confundido en una rueda de prensa, literalmente desató la avalancha humana al responder a una pregunta para la que no estaba preparado: ¿a partir de cuándo?

“De inmediato”, dijo Günther Schabowski en una errata de proporciones históricas.

El muro no cayó por eso ni fue una graciosa concesión de Gorbachov. Pero tampoco fue por una rebelión masiva ni por una “toma de la Bastilla”. Ni los alemanes derribaron el muro solos ni sus aliados de un lado o el otro de la cortina de hierro lo hicieron por ellos. El muro cayó, como después la cortina, por su propio peso, por su propia obsolescencia.

Hoy los alemanes festejan 20 años del paso que hizo posible la reunificación de su país. Se merecen la celebración y no sólo por ese día, sino por todo lo que ha sucedido desde entonces: Alemania es hoy un país moderno, abierto al mundo, profundamente europeo, democrático y liberal. Desde su primera creación, en 1860, y de todas sus versiones, la actual es con mucho la mejor: ésta es una Alemania a la que nadie tiene que temer, y a la que muchos tienen que agradecer por su vocación y su convicción de no ser, nunca más, una amenaza para sus vecinos, ni para sus propios ciudadanos.

En un espléndido recuento de testimonios del 9 de noviembre de 1989, el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung reúne voces diversas, desde las de niños que poco entendían de lo que pasaba hasta las de jóvenes que tras prepararse para huir súbitamente tenían las puertas abiertas. De todas, con la que me quedo es con la de un padre de familia que celebrando respondió a la pregunta de su hijo pequeño, de por qué era tan importante lo que acontecía: “Porque ahora Alemania tendrá una mejor selección de futbol…”

Algo así fue lo que pasó…

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