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Interludio
Milenio
Calderón decidió acabar con Luz y Fuerza. Mucha gente salió a la calle a protestar. Pero, todavía mucha más gente estuvo de acuerdo con la medida de sanear una compañía podrida desde sus entrañas que no sólo no brindaba un buen servicio y obstaculizaba el desarrollo económico del centro del territorio nacional sino que nos costaba, a todos los mexicanos, más de 40 millones de pesos al año. Muy bien, y ¿qué pasó con todas esas personas que apoyaron al Presidente de la República? ¿Salieron también a la calle? No. Se quedaron en sus casas.Las protestas están siempre muy focalizadas en este país. Se arma barullo contra el gobierno y se organizan algaradas cada vez que hay el más mínimo intento de cambiar el orden establecido; se reclama cuando se quiere construir un aeropuerto, trazar una carretera o levantar una gran represa; se amotinan los empleados públicos si les reduces una pizca de sus prerrogativas. Protestan los campesinos, los obreros, los burócratas y los estudiantes. Se rebelan, pues, los grupos y los colectivos establecidos. Muchos de nosotros, sin embargo, prácticamente nunca salimos a manifestarnos en la calle. Por ejemplo, los damnificados, precisamente, de la susodicha Luz y Fuerza nunca mostraron su inconformidad de manera organizada y conjunta a pesar de que los abusos de la empresa eran escandalosos (recibos que, de pronto, te llegaban por una cantidad exorbitante, desmedidamente superior a tus consumos habituales y que debías apoquinar de manera forzosa —esto, señoras y señores, nos quieren convencer de que se llama “soberanía nacional”— porque de otra manera te dejaban sin electricidad, es decir, viviendo como en la Edad Media).
Es muy curiosa, entonces, esta cultura de la protesta: una inmensa mayoría de ciudadanos de México padecemos toda clase de perjuicios y pagamos, encima, los costos de la ineptitud de una clase política abusiva e irresponsable. ¿Por qué no protestamos?
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