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diciembre 14, 2009

Ebrard y las instrucciones de AMLO

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

¿Por qué Marcelo Ebrard dejó pasar la oportunidad de colocar en Iztapalapa a un político cercano al jefe de Gobierno, la oportunidad de sacudirse a los vividores tipo Juanito o Clara Brugada, y de poner un poco de orden en una delegación que sólo va de mal en peor, con los evidentes costos sociales para sus más de dos millones de habitantes? No lo ha dicho, y su única declaración sobre el tema es que propuso a la Asamblea el nombramiento de Brugada, luego de la licencia definitiva solicitada por Rafael Acosta, porque así “se respetaba el voto de la gente”.

La pregunta es más pertinente porque estaba ante un conflicto que él no había generado y en el que López Obrador ni siquiera lo había consultado. Y, sin embargo, terminó siguiendo al pie de la letra las “instrucciones” que le había dado su antecesor aquella tarde de junio. Pero en todo esto hay que recordar que Brugada no es una carta de Ebrard, sino de Martí Batres y López Obrador, y que la ahora delegada no pudo ser candidata porque cometió fraude contra su propio partido en las elecciones internas y que la demanda en contra de Brugada ante el Tribunal Electoral no la presentaron dirigentes de otros partidos, sino del PRD, para ser más exactos, los de Nueva Izquierda que tienen ahora la presidencia nacional. El TEPJF tardó demasiado, pero cumplió con su responsabilidad al desconocer ese resultado y ordenar que Silvia Oliva fuera la candidata (aun cuando tendría que haber ordenado la reimpresión de boletas). Y tampoco se puede olvidar que esos mismos dirigentes expusieron públicamente su indignación por la forma en que el 5 de julio se volvió a comprar votos y hacer trampas para que ganara, a como diera lugar, Juanito. Los dos estaban deslegitimados: Juanito y Brugada, ninguno de los dos merecía ni merece gobernar esa demarcación.

Marcelo, sin embargo, pese a que se había resistido a seguir las “instrucciones” de López, terminó haciéndolo. Me imagino que por un par de razones de mucho peso, más que, como se ha dicho, simple subordinación. Primero, para no detonar la cada día más frágil unidad interna del PRD. Ebrard quiere ser candidato presidencial, pero no tiene un partido detrás que lo respalde. Hace unos días decíamos que el jefe de Gobierno está mucho mejor evaluado por la gente que López Obrador, pero, dentro de su partido, éste sigue mandando en buena parte de las corrientes. Que Ebrard tiene el enemigo en casa y no puede o no quiere deshacerse de él lo demuestra el que Martí Batres, el jefe político de Brugada, siga en su puesto después de que organizó los gritos en su contra en el pasado Congreso perredista.

La duda que parece atenazar a Ebrard es que, si toma medidas de cara a la sociedad, pierde peso en su partido y, si responde a los intereses del partido, se aleja de la gente. En esta ocasión decidió respetar los intereses del partido (cuando, paradójicamente, el voto por Juanito y la imposición de Brugada se habían realizado en contra de los intereses del PRD), porque podría haber sufrido una derrota mayor: hubiera corrido el peligro de no contar con los votos suficientes para sacar adelante cualquier otra propuesta. Brugada fue aprobada por 46 votos y para ello tuvo que contar con los del PRI, el Verde y Nueva Alianza, lo cual evidencia que hubo una operación política del Gobierno del DF para sacar adelante esa propuesta, pero, ¿qué hubiera ocurrido si el propuesto hubiera sido otro? Los votos no hubieran alcanzado, ante la debilidad, en la Asamblea Legislativa, de los partidarios de Ebrard.

Sin embargo, el tiempo pasa y más temprano que tarde Marcelo deberá ir construyendo respuestas propias que se enfoquen mucho más en la gente que en unas tribus que sólo lo harán candidato si les resulta inevitable. Por eso debe trabajar hacia afuera: adentro, el perredismo duro no aceptará otra candidatura sino la de López, aunque eso signifique seguir nadando en la marginalidad política y el aislamiento personal. Las diferencias de estilo, de forma de ejercer el poder, incluso la capacidad administrativa de Ebrard, es muy superior a su antecesor, pero eso no es lo que evalúan las tribus.

Esa independencia debería ir acompañada de algo más. Ebrard debe mostrar signos de autoridad y el caso Batres, por ejemplo, es paradigmático al respecto. Es verdad que le ha quitado atribuciones y presupuesto, pero más de cuatro mil millones los manejará el mismo grupo en Iztapalapa. No se debería olvidar que el lopezobradorismo considera que el caso Juanito resulta una norma: es el líder el que da y quita y nadie puede ni debe resistírsele y siguen considerando que el Gobierno del DF es suyo, que sólo lo han prestado por seis años.

El perredismo duro no aceptará otra candidatura sino la de López, aunque eso signifique seguir nadando en la marginalidad política.