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Interludio
Milenio
Lo pintoresco no disfraza lo indecente. Esta historia, la de Juanito, pintaba mal desde sus mismísimos comienzos. Pero, por lo visto, nuestra capacidad de asombro —y de indignación— ha sido absolutamente neutralizada desde que, sin chistar, debimos tragarnos numeritos absolutamente escandalosos tales que la coronación, a dedo, del “presidente legítimo” y su majadera apropiación de los espacios públicos de la capital, que pertenecen a todos los ciudadanos, luego de que los votantes no le dieran gusto en las urnas.Rayito, el inventor del actual delegado del Gobierno del DeFectuoso en Iztapalapa, no conoce los límites. Necesitaría vivir en un país auténticamente autoritario para sobrellevar, de primera mano, lo que es la represión de veras y la total falta de libertades. Porque, señoras y señores, aquí hace prácticamente lo que le da la gana: se proclama, por sus pistolas, presidente de México; dinamita, sin el menor pudor, a la izquierda nacional; se agencia un partido a modo para no tener que afrontar el molesto trámite de la diversidad de ideas y posturas; apuesta por el derrumbe puro y simple de la nación para aparecerse luego como el gran salvador de la patria; y, preocupado de que una demarcación con un presupuesto bien suculento se le pueda ir de las manos, improvisa un plan para que un declarado pelele vaya de figurante y le entregue, a las primeras de cambio, el botín a una de sus pretorianas.
Bueno, pues no le ha salido nada bien el montaje: Juanito resultó ser un personaje shakesperiano, o sea, con pasiones y apetitos irremediablemente humanos. Tuvo apenas una probadita de poder real y se le descompuso de inmediato la cabecita. O a lo mejor no, y esta terca determinación de ser un funcionario de verdad es, por el contrario, la más legítima expresión de un hombre que, de pronto, reclama su derecho a actuar con toda dignidad. En todo caso, la enseñanza es despiadada: cuando tu apuesta es la transgresión pueden aparecerse, por ahí, personajes todavía más transgresores.
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