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diciembre 14, 2009

Sobre la guerra justa

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

¿Cómo se recibe un premio inmerecido en tiempos en que se atenta, aparentemente, contra los valores de ese premio? ¿Cómo puede celebrar la paz quien dirige una guerra? La designación de Barack Obama como merecedor del Premio Nobel de la Paz parecía un dulce envenenado: un elogio a las intenciones que subrayaba la ausencia de resultados. Al golpe de lo inmerecido se sumaba la reciente decisión de alimentar la guerra en Afganistán con más tropas. Un premio de la paz para un hombre sin logros que se empeña en la guerra. La exigencia de razonar estas contradicciones llevó al presidente de los Estados Unidos a pronunciar el mejor discurso de su gobierno. Sus palabras invitan al comentario.

En una ceremonia tan solemne como la entrega del Premio Nobel se espera la celebración de las palomas, la reivindicación de la infinita bondad humana, dulces elogios a la concordia. Obama tuvo el temple para hablar de la guerra en ese festival del pacifismo. Tuvo la madera para construir un alegato persuasivo, coherente y culto en defensa del realismo moral. Habló en Oslo un político razonante que reflexiona en público, que construye razones. No es el gobernante que agrega frases bajo la creencia de que la simple acumulación de palabras implica edificar un argumento. Extraordinario espectáculo el de un hombre de Estado razonando la gravedad del poder, el carácter trágico de la historia, la dureza de las decisiones morales y, al mismo tiempo, trazar una ruta hacia la justicia asequible. Fred Kaplan ha visto en él a un estadista-filósofo para los tiempos que corren. A juzgar por el discurso de Oslo, se trata de un brillante filósofo de la política que aprecia las sutilezas del pensamiento y no se deja llevar por la simpleza de las burdas dicotomías. El arte de su retórica radica precisamente en la capacidad para hacer embonar lo aparentemente incompatible, para encontrar equilibrios donde imperan absolutos y reconocer el amplio espacio de la paradoja en el territorio de los hombres.

Reconoció de entrada la pequeñez de sus conquistas en el flanco internacional. No pertenezco a la familia de algunos gigantes que han recibido este premio -dijo. Ganó así una risa empática del auditorio. De inmediato nombró al elefante de la sala: soy el comandante de un ejército que libra dos guerras. Soy responsable de enviar a miles al combate. "Algunos matarán y algunos serán muertos". Palabras terribles que deben haber horadado el templo de Oslo. El hombre de Estado asumiendo su decisión de muerte. Matar y ser muerto. Por eso acudo aquí con un sentido urgente de los costos del conflicto armado y la legión de interrogantes sobre la relación entre la guerra y la paz. Obama rindió homenaje al pacifista radical de los Estados Unidos para distanciarse después de su prédica. Martin Luther King condenó justamente en la ceremonia del Nobel cualquier uso de la violencia. La violencia nada produce, nada engendra, nada resuelve. Obama se dijo deudor ciudadano de la no-violencia del Doctor King. Pero se distanció de su mensaje en su carácter de Jefe de Estado. Mi deber empieza con la responsabilidad de cuidar a la nación que gobierno. Por ello no puedo guiarme exclusivamente con el ejemplo de los mártires del pacifismo. Encaro el mundo tal y como existe realmente y no puedo quedarme inmovilizado frente a las amenazas. El Mal existe, dijo Obama. Y frente al Mal, la política no puede actuar con la dulzura de la prédica. Los pacifistas no habrían detenido a Hitler; la negociación no sirve con los fanáticos. "Decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamado al cinismo -es el reconocimiento de la historia; las imperfecciones del hombre y los límites de la razón". Más adelante insistió en que la convicción de que la paz sea deseable no es suficiente para lograrla. La paz, apuntó, demanda responsabilidad y, a veces, sacrificio.

¿Quién ha dicho al recibir un premio Nobel de la Paz que "los instrumentos de la guerra tienen un papel para preservar la paz"? La frase pronunciada en el oratorio del pacifismo tiene un aire herético y, por ello mismo, un valor crítico extraordinario. Recuerda que la política no es el juego de las opciones obvias y de las decisiones simples. Es un mundo endemoniado que exige responsabilidad, inteligencia y reciedumbre. Obama, por supuesto, no cantó a las hermosuras de la guerra. La describió cruel y terrible pero, en tiempos, necesaria. En ocasiones la horrorosa guerra es moralmente justificable y aún obligatoria en vista de las alternativas existentes. Bosquejó entonces el presidente Obama los contornos de una diplomacia enérgica que sea, al mismo tiempo, portadora de un impulso de civilización. El discurso de Obama toca el sustrato trágico de la política sin ignorar que puede ser, también, una linterna de esperanza.