acamin@milenio.com
Día con día
Milenio
Se dice que el gobierno de Felipe Calderón terminó y que sólo le queda ir tirando de sí mismo. No haría cuentas tan rápidas. Lo más interesante del discurso del Presidente el domingo pasado, en ocasión de sus tres años de gobierno, no es lo que quedó atrás, sino lo que esboza hacia delante.Calderón refrendó su definición de que ante la disyuntiva de “administrar lo logrado o asumir cambios profundos en las instituciones... claramente me inclino por un cambio sustancial de las instituciones”.
Luego esbozó un ambicioso despliegue de recursos en los frentes del combate a la pobreza, la calidad de la educación y la creación de infraestructura.
Después anunció iniciativas de ley inminentes en el ámbito político, planteando finalmente la reelección consecutiva en el Congreso y en los municipios, y en el ámbito petrolero, otra vez, para corregir las insuficiencias de la reforma apenas aprobada.
Convocó, además, a discutir una reforma fiscal, una laboral y una en telecomunicaciones.
Y refrendó el compromiso de desregular el país que el gobierno reglamentista tiene ahogado, mediante la supresión de hasta 8 mil normas inútiles: 8 mil.
Es iluso suponer que un gobierno con minoría en el Congreso y ante los tiempos acelerados de una elección presidencial que ya está entre nosotros podrá inducir grandes cambios en el país. No lo es suponer que un Presidente dispuesto a tomar decisiones difíciles, que no pasan por el Congreso, y a plantear reformas de fondo que el Congreso debe al menos discutir, puede poner el debate público en el rumbo correcto, devolviéndole seriedad y sustancia.
Basta el ejemplo de la liquidación de Luz y Fuerza y la exhibición de su ineficiencia.
Gobernar no es sólo decidir. También es hablar, y hacer hablar, de las cosas fundamentales de un país; poner en el ágora los asuntos decisivos sobre los que luego habrá que decidir; distribuir la información correcta, trazar las soluciones deseables y sus alternativas.
Ganar la batalla de la pedagogía pública es condición de triunfo en la batalla política. Lo que normalmente impide a un Presidente jugar abiertamente el papel de pedagogo es que no quiere desatar debates, sino definir soluciones.
El tiempo de definir soluciones ha quedado atrás para el gobierno de Calderón en muchos de los problemas claves de México. Pero en todos esos problemas está el terreno abierto para sembrar la discusión correcta y convertir la elección presidencial en curso en un debate de proyectos claros, no sólo en una contienda de personas, partidos y publicistas.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada