enero 11, 2009

'Ven y tómate la foto' por Paco Calderón

Todo comenzó en Ur, de Caldea

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Ocurre el Diluvio y el mítico Noé del Arca tiene tres hijos. De uno, Sem, nace la familia semita. Entre ellos Taré, padre de Abram (todavía sin h, antes del Pacto). “Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Sarai, su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos…” [Génesis, 11.31]. Las primeras páginas de uno de los textos más antiguos del mundo, nos dicen que el primer patriarca de judíos, cristianos y musulmanes, era caldeo. Los caldeos son uno de los pueblos de entre-ríos (Meso/potamia en griego) Éufrates y Tigris… el actual Irak.

La historia de Caldea se confunde con la de Asiria y Babilonia. Pero tenemos en Ur el paradigma de origen, patria: “Dios había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. 2. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré…” [Gén., 12]. Es el Pacto. Y Abram llega a la tierra de Canaán y allí planta su tienda de nómada.

Tras la promesa de que tendrá “toda la tierra de Canaán en heredad perpetua” [Gén., 17.8], Abram cambia su nombre por Abraham, y Sarai por Sara. Como Sara es estéril, Abraham engendra un hijo con su esclava Agar y lo llama Ismael. Cuando Sara da a luz a Isaac, el patriarca lanza al desierto a esclava e hijo. Con Isaac leemos del primer conflicto palestino-israelí: “Y todos los pozos que habían abierto los criados de Abraham su padre en sus días, los filisteos los habían cegado y llenado de tierra” [Gén., 26.15]. Del nombre filisteos los griegos hicieron Filistía y los romanos Philistina y Palestina.

Isaac tiene dos hijos, Esaú y Jacob. Esaú pierde la bendición paterna (y la línea del Mesías, nada menos) por un plato de lentejas. Jacob tiene doce hijos, origen de las doce tribus de Israel. Hasta aquí tenemos, todavía, un pueblo bárbaro de pastores iletrados.

El monoteísmo egipcio

Pero José, hijo de Jacob, es vendido por sus hermanos a mercaderes egipcios, adivina sueños al Faraón y llega a primer ministro. Los hermanos se reúnen en Egipto y se vuelven multitud. Quizá sea entonces cuando conocen la herejía del faraón Aken-atón, quien postula un solo dios, sin figura, representado por el disco solar. La historia hebrea se pierde entre mitos: que Moisés saca a su pueblo de Egipto, el cruce del Mar Rojo, el Monte Sinaí y las tablas de la ley con los diez mandamientos… ninguna comprobación histórica por fuentes no bíblicas.

Muerto Moisés, Josué conquista la tierra de Canaán, prometida a Abraham, los israelitas se asientan y, hacia el año 1000 a.C., el reino de David es el de su mayor esplendor, no gran cosa comparado con Egipto y Babilonia.

Hasta aquí hay mitos y realidades. Pero sabemos, a ciencia cierta, que los humanos dimos el salto a Homo sapiens hace unos 200 mil años en el Este de África, por la actual Kenia. Comenzamos a emigrar hace unos 80 mil y, el cromosoma Y que llevamos todos los hombres, muestra, con sus pocas mutaciones, las rutas de la emigración. Un grupo cruzó el mar Rojo, casi seco porque el agua se concentraba en glaciares que cubrían el norte, otro siguió la ruta del Nilo y, al llegar a los ríos Tigris y Éufrates, se asentó, inventó la agricultura del trigo con gramíneas silvestres, y giró hacia el Egeo: es la mutación M35, que llevaba un hombre que fue mi proto-abuelo y poseen judíos, palestinos, muchos griegos y otros mediterráneos: tenemos un padre común [véase el mapa].

Por la invención de la agricultura, la zona se puebla muy densamente: pueblos que se debaten entre dos grandes potencias: Egipto y Babilonia. Se añade Persia y, en el siglo IV a.C., la Grecia de Alejandro Magno. Alejandro muere sin hijos y sus generales se reparten el imperio. Siria y Filistina, con su capital Jerusalén, le quedan a Seleuko I Nikátor, rey griego que funda la dinastía de los seléucidas.

Al occidente, surge otra potencia, Roma. Domina el Mediterráneo, Palestina es apenas su remota y pobre colonia. A la muerte de Jesús, el gobernador romano se llama Poncio Pilatos: uno de los primeros datos comprobables.

Tres siglos después, Roma ha crecido hasta necesitar una segunda capital en el oriente. Constantino funda Constantinopla para capital del Imperio Romano de Oriente, y a su cargo queda Palestina. En el siglo VI d.C., las invasiones bárbaras acaban con Roma, pero subsiste el Imperio de Oriente, luego llamado Bizantino (por Bizancio, anterior a Constantinopla). En el siglo VII d.C., Mahoma unifica las tribus árabes, crea el Islam y comienza la conquista que llega hasta España. La Filistina de Alejandro y Palestina de Roma la conquista Omar ibn al-Jatab.

Nómadas del centro de Asia, los turcos otomanos llegan al Mediterráneo oriental, se convierten al Islam. Palestina cae bajo los turcos. En 1453, los turcos toman Constantinopla y acaban los restos del Imperio Romano, luego Bizantino. Crean el Imperio Otomano. Así, Palestina es turca hasta 1918 en que los turcos, aliados con Alemania y Austria-Hungría, pierden la Primera Guerra Mundial. Ingleses y franceses se reparten la zona.

La inmigración judía crece a fines del siglo XIX, llegan y compran tierras… a Turquía. Con ideología socialista se organiza cada poblado o kibutz. Compran arena y la hacen producir. Los filisteos les tapan sus pozos. En 1948, con el mundo avergonzado por el genocidio de judíos y homosexuales durante la Segunda Guerra Mundial, la ONU crea dos regiones autónomas: grande para los palestinos, pequeña para los judíos. Muchos palestinos se niegan a aceptar la partición, emigran a la parte palestina y conforman los primeros campos de refugiados: caldo de cultivo del rencor.

Con cada guerra, iniciada por los países árabes y ganada por Israel, éste se toma nuevas tierras. Hasta ahí vamos.

Para esta sección de ciencia reviso cientos de reportes. Me encuentro muchos del Instituto Weizmann, en Israel, nunca de palestinos: están estudiando el Corán y cuidando que sus mujeres no salgan sin chal.

El plan de Marcelo contra el plan de Calderón

Alvaro Cueva
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

No dudo que la epidemia de pactos que millones de mexicanos vivimos en décadas pasadas haya servido para algo bueno, pero no deja de ser deprimente que, a estas alturas de nuestra historia, un presidente siga anunciando planes anticrisis.

¿Por qué? Porque cualquier persona con dos gramos de materia gris en la cabeza supondría que después de tantas crisis, de tanta inflación, de tantas devaluaciones y hasta después de haber cambiado a una moneda con menos ceros, aprendimos algo.

Pero parece que no, lo cual es una desgracia porque es condenar a las nuevas generaciones a padecer una miseria que no les corresponde y remover un montón de fantasmas en las entrañas de quienes tenemos más de 30 años.

Era para que a estas alturas de la historia de México hubiera tanto progreso que no hubiera necesidad de andar peleando por el empleo y congelando los precios de unas cosas mientras el precio de otras sigue subiendo como si aquí no pasara nada.

Era para que estuviéramos en otro punto como país y como sociedad, pero no, estamos igual que en los 90, en los 80 y los 70. ¿De qué sirvió navegar de Luis Echeverría a Vicente Fox? De nada.

Estamos de acuerdo, la humanidad entera se está enfrentando a una catástrofe económica sin precedentes y de alguna manera era inevitable, y hasta deseable, que el Presidente tomara cartas en el asunto.

¿Pero ya vio cómo lo hizo? Como una especie de promesa de campaña plagada de frases célebres y con un paquete de anuncios redactados como para él mismo.

Que si el empleo, que si las gasolinas, que si el Seguro Social, que si el fomento al crédito.

¿A usted no le da la impresión de que todo eso pertenece a un mundo lejano y extraño? ¡Pues, claro! El plan anticrisis de Felipe Calderón es un plan excluyente, un plan hecho desde la cúpula para la cúpula, un plan que no toma en cuenta al pueblo.

Nos lo anunciaron el 7 de enero, ¿y usted y yo qué podemos hacer? ¿En qué podemos contribuir? ¿Dónde está ese punto en que nosotros, como sociedad, participamos? En ningún lado.

Por lo mismo, más se tardó Felipe Calderón en sacar su plan anticrisis que la gente de Marcelo Ebrard en detectar sus puntos débiles y anunciar un plan anticrisis local, sólo para la capital del país.

Es una provocación gravísima porque es como si estuviéramos hablando de dos países diferentes con dos autoridades diferentes, porque representa un insulto más para la figura presidencial y porque su única ventaja competitiva está en la parte de las apariencias.

El plan anticrisis de Marcelo Ebrard anuncia con bombo y platillo que le va a bajar el sueldo a los altos funcionarios del gobierno capitalino.

¿Por qué le digo que esto sólo se queda a nivel apariencias?

Porque no dice de qué porcentaje de descuento estamos hablando, de qué tremenda fortuna se va a ahorrar el gobierno de Marcelo Ebrard con esa acción, en qué se va a aprovechar esa supuesta montaña de dinero ni qué personas concretas son las que van a dejar de ganar lo mismo de antes.

Es puro truco para tener contenta a la multitud ante el descontento colectivo de que los funcionarios mexicanos ganan mucho, producen poco y nada ni nadie los pueda parar. Es revolver las cosas, jugar al mártir, a “yo no soy tan mala onda como el Presidente y sus secuaces”.

Fuera de esto que es pura pose, tan excluyente es el plan anticrisis de Marcelo Ebrard como el de Felipe Calderón.

¿A usted y a mí en qué nos va a beneficiar que un funcionario deje de ganar 8 mil pesos al mes? ¿Eso va a reactivar la economía mexicana? ¿Eso va a atascar de medicinas las clínicas públicas? ¿Eso nos va a devolver el empleo? ¿Eso nos va a permitir salir de deudas?

Qué gobernantes tan extraños tenemos, ¿verdad? Nomás nos están dando atole con el dedo mientras nosotros nos las tenemos que arreglar solos contra el mundo.

¿Y sabe dónde se nota más todo esto?
En esa obsoleta cultura del regalo que nuestras autoridades insisten en manejar con nosotros.

Allá va Margarita Zavala a repartir juguetes al territorio de Enrique Peña Nieto. Allá va Marcelo Ebrard a repartir tarjetas de transporte entre los chavos.

¿No sería mejor que en lugar de darnos regalos nuestros gobernantes nos dieran un contexto en el que nosotros mismos pudiéramos pagar nuestro transporte y comprarle juguetes a nuestros niños?

¡Atrévase a opinar!