enero 12, 2009

Trámites absurdos

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Decía Carlos Castillo Peraza que “un gobierno será mejor en la medida que salve a sus ciudadanos de perder el tiempo”. Uno de sus pupilos, Felipe Calderón, lo entendió. Quizá por eso, el Presidente anunció en septiembre que su gobierno realizaría un concurso para que los ciudadanos identificaran el peor trámite de la administración pública. Confieso que en aquel momento el concurso me pareció una ocurrencia presidencial sin mayores consecuencias.

Unos días después me llamó el secretario de la Función Pública para invitarme a formar parte del jurado del concurso. Entusiasmado, Salvador Vega me explicó la importancia de este ejercicio ciudadano inédito. Me aseguró que el gobierno no intervendría en la decisión del jurado que estaría conformado por gente a quien respeto mucho como Federico Reyes Heroles, María del Carmen Pardo, Maricarmen Cortés y Juan Fuad (los miembros del jurado no cobrarían por su labor). El secretario me convenció. Hoy agradezco que lo haya hecho porque el concurso fue —y espero siga siendo— un estupendo ejercicio de control ciudadano del gobierno.

Aproximadamente 20 mil ciudadanos se presentaron a concursar. De éstos, alrededor de mil 500 fueron excluidos porque se trataba de trámites del sector privado. De los que quedaron, se dividieron en tres: federales, estatales y municipales. Se daría un premio por cada una de estas categorías.

Abastecimiento recurrente de medicinas en el IMSS

El primer lugar a nivel federal lo ganó Cecilia Deyanira Velázquez quien recibió un premio de 300 mil pesos. Esta señora tiene un hijo que mensualmente debe recibir gamaglobulina. Es un calvario para que le entreguen dicha medicina en el IMSS. Nos contó los 14 pasos que tiene que efectuar para conseguirla. Requiere recetas, autorizaciones, sellos, copias, resellos, vales y llamadas telefónicas para que finalmente le abastezcan el producto. Cada mes es lo mismo. Puede perder hasta cuatro días enteros. No puede, por tanto, trabajar de tiempo completo.

Se pregunta Velázquez: “Si el hospital sabe que cada mes deben tener el medicamento, ¿cómo es posible que sigan haciendo tanto trámite para que esté disponible?” Y recomendó que hubiera una computadora centralizada del IMSS que contuviera “un padrón donde se especifiquen los medicamentos de uso controlado que se tienen que entregar” a pacientes recurrentes como su hijo de siete años.

Corrección de errores en actas de nacimiento

El premio de 100 mil pesos al peor trámite estatal lo recibió Ana María Calvo del DF. Resulta que trató de sacar el pasaporte mexicano de sus hijos. Pero sus actas de nacimiento decían que el padre se llamaba Antonio en lugar de Juan Antonio. Por tanto, tuvo que ir a corregir el error al Registro Civil del DF. Le demandaron promover un juicio. La “insultaron y me negaron la atención y el servicio. Me exigieron que demostrara que era su culpa el error, porque si era la mía, por no fijarme, pues ellos no tenían por qué ayudarme”.

Le pidieron siete mil pesos para arreglar el asunto. La señora se negó a pagar para enmendar el acta de sus hijos y tener pasaporte mexicano: “Mis hijos cuentan con la nacionalidad de su padre y creo que absurdamente van a tener que renunciar a su legítima nacionalidad mexicana, sacar su pasaporte español y tramitar una FM2 en Relaciones Exteriores porque es más fácil que arreglar el acta. Qué pena y qué surrealismo”. Su sugerencia: que un error en el acta de nacimiento se corrija “demostrando el acta de nacimiento del padre y la de matrimonio de la pareja que contiene el nombre correcto y ya”.

Corroborar la dirección de un ciudadano

El primer lugar del trámite municipal, premiado con 100 mil pesos, lo obtuvo Monserrat Contreras de Toluca. Esta mujer estaba solicitando empleo donde le pidieron una “Constancia de Residencia en el Estado”. No bastaba con presentar su credencial del IFE o algún otro documento oficial porque resulta que en el Estado de México existe este otro trámite. La susodicha fue a la alcaldía, hizo colas, preguntó, acudió a la delegación de su colonia, le solicitaron estados de cuenta a su nombre, hizo un pago en la Tesorería, esperó su turno en la ventanilla de recepción de documentos, le negaron el trámite por unas copias, sacó las copias y al final le dijeron que iría un verificador del domicilio en tres o cuatro días. Lo único que consiguió fue perder el empleo que estaba solicitando.

A todas luces se trata de un trámite inútil: ¿por qué el gobierno municipal tiene que verificar la residencia de un ciudadano? Si una empresa requiere dicha corroboración, pues que manden ellos a checar el domicilio. ¿Por qué el municipio desconfía de otros documentos oficiales que contienen la dirección de un mexicano como la credencial del IFE o la licencia de conducir? Aquí la única solución que queda es eliminar por completo este absurdo trámite.

Lo que sigue

Hay que felicitar al Presidente por esta idea que resultó un magnífico ejercicio para darles voz a los ciudadanos acerca de los trámites gubernamentales. El siguiente paso es, por supuesto, que haya consecuencias. En el caso de los trámites federales, Calderón prometió enviar todos los casos recibidos a las respectivas dependencias para su revisión y corrección.

En lo que toca al tema de las medicinas del IMSS, su director, Juan Molinar, presente en el acto, se comprometió a arreglarlo de inmediato. Si tan sólo se logra esto y la señora Velázquez ya no tiene que pasar su vía crucis mensual para conseguir la gamaglobulina de su hijo, pues el trabajo que realizó el jurado habrá valido la pena. Por lo demás, ojalá que este año que comienza se repita el concurso porque, por desgracia, queda mucha tela que cortar en materia de trámites gubernamentales inútiles, absurdos o engorrosos.

Jóvenes por la muerte

Lydia Cacho
Plan B
El Universal

Enciendo la radio y escucho una voz juvenil, con el tono de denuncia de quien defiende sus principios con pasión. La mujer reclama con indignación que la Cámara de Diputados se negó a discutir la pena de muerte, a continuación explica que el Partido Verde Ecologista está por la defensa de nuestros derechos y por la seguridad, es por eso que propone la muerte para asesinos y secuestradores. Acto seguido el partido político se anuncia como el espacio que sí representa a la juventud.

En el mundo los partidos verdes se caracterizan por la defensa de la vida en general, han surgido y se han sumado a las grandes causas contra la crueldad hacia los animales, contra la destrucción del ecosistema, a favor del respeto a la diversidad, por una vida más sana para todos los seres vivos. Las campañas más importantes de los verdes españoles, por ejemplo, se vinculan con el acceso al agua limpia para toda la gente del planeta, contra la matanza de focas, ballenas y otras especies en peligro de extinción; invierten y promueven, entre las nuevas generaciones el reciclaje y la reutilización de basura; motivan la conciencia sobre los efectos nocivos de la guerra y la violencia para la tierra y sus habitantes.

La gente joven que se ha decepcionado sistemáticamente de las y los políticos corruptos, ineficientes y egoístas, encontró en los movimientos pro-ecologistas un espacio para reafirmar la vida, la salud, la solidaridad social y el bienestar. Raúl Romeva, eurodiputado por el Partido Verde español, ha denunciado los feminicidios de mujeres mexicanas, argumentando el derecho a una vida libre de violencia. Romeva tiene un grupo de aliados jóvenes impresionante; ha logrado establecer prioridades para hacer política al interior de su país y en el Parlamento Europeo. Solamente en Chihuahua durante el 2008 se reportaron mil 653 ejecuciones, sin tomar en cuenta los feminicidios. Alguien debería informar a los jóvenes verdes que la violencia de estado sólo genera más ira, más descomposición social y más miedo.

En México en cambio, el líder del Partido Verde es un muchachito de vocabulario limitado, más preocupado por su look mientras camina las playas de Cancún en un hotel de lujo, que por la defensa del ecosistema. Su partido carece de liderazgo y es un simple comodín electoral para el PAN y el PRI.

La mayoría de jóvenes en las cúpulas del Verde mexicano, son intolerantes, limitados en sus principios, poco capaces de demostrar la congruencia entre su discurso y su vida cotidiana. El mexicano es el único partido joven, de aparentes causas ecologistas, que propone la pena de muerte. Por si fuera poco, en un país con los más altos índices de impunidad y corrupción y un elevado margen de fabricación de sentencias sin elementos de prueba. Más allá de la estulticia de semejante campaña, el oportunismo para reivindicar la violencia contra la violencia resulta ofensivo.

Afortunadamente, el Partido Verde no representa a la juventud mexicana, sino a una élite de jóvenes oportunistas que, como los nuevos anuncios de la Pepsi, proponen que las causas que deben defender son las de su bolsillo, burlándose de la pobreza, de la violencia y de la hambruna que abate al país. Afortunadamente, cada día me encuentro por todo México mujeres y hombres jóvenes con hambre de paz, de justicia, que no se resignan ni se dejan vencer por el cinismo o las viejas costumbres del poder.

¿Atacan al Organismo?

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

Hermenegildo Cuenca, secretario de la Defensa con Luis Echeverría, solía llamar “abigeos” o “roba vacas” a Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas y seguidores, aunque descalificaba como “subversivos” a los activistas del Frente Urbano Zapatista, las Fuerzas de Liberación Nacional, o el resto de la treintena de movimientos armados que proliferaron hace casi 40 años. Decir “guerrillero” entonces, atentaba contra la oxidada moral del priato (sólo el periodista José Carreño Carlón, desde el periódico El Día, dignificaba a los “combatientes”, “rebeldes”, “patriotas” alzados contra las dictaduras, tachados de “rojos” y “criminales” por casi toda la prensa).

Con José López Portillo en la Presidencia, el secretario Félix Galván, al reconocer la existencia de la inconstitucional y exterminadora de opositores Brigada Blanca, que despachaba en el Campo Militar Número Uno, lo hizo de manera tangencial (una única vez) como “ese grupo...”.

Fue a partir del levantamiento indígena en Chiapas cuando los militares comenzaron a ser menos “cuadrados” y, aunque en sus comunicados la Sedena cuidaba no describir a los zapatistas con eufemismos ni ofensas, los aludía, eso sí, con la palabra “transgresores”. No obstante, el secretario Antonio Riviello no tenía empacho en decir, llanamente, “guerrilleros”.

En el lenguaje militar, sin embargo, la hilaridad es impensable.

Por eso mismo, sobre la detención (y liberación inmediata) de cinco guardaespaldas de Andrés Manuel López Obrador en un retén de Mazatlán por portar armas de uso exclusivo del Ejército, resalta en el comunicado de la Defensa una mordaz textualidad:

Los detenidos manifestaron pertenecer a la Policía Bancaria e Industrial del Distrito Federal, identificándose con las credenciales que expide la Secretaría de Seguridad Pública de esta ciudad capital, careciendo de oficio de comisión, mostrando únicamente un documento expedido por un organismo denominado “Gobierno Legítimo de México”. Cabe mencionar que dos personas más se identificaron con credenciales similares del área de Comunicación Social del organismo antes señalado…

Más que contrariarle la ilegalidad, a López Obrador parece haberle agraviado el nombre que la Sedena encontró para su movimiento ya que, pese al reconocimiento de ilegalidades por parte de las autoridades del DF (“ante cualquier hecho eventual, se encontrarán los mecanismos necesarios para acatar los lineamientos que marque la autoridad competente”, o sea el Ejército), el presidente del organismo reaccionó de una manera que conmueve:

“Fue un acto de provocación de nuestros adversarios, ya que no saben qué hacer para atacarnos…”.

Sí, claro: como al Ejército no le basta la guerra contra el narco y su secuela de muerte (para empezar la de sus efectivos), abrió ya un segundo frente contra el mismísimo Ooorganismo...

¿Dónde está Dios?

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

Una de las marcas que distinguen al mundo desarrollado de aquel que se estanca, es el pensamiento que hace saltar a sociedades del dogmatismo al escepticismo. Es la salida del mundo medieval, donde todas las explicaciones a la realidad se justifican por la voluntad de Dios, a otra en la que se sientan las bases del método científico, que se permite dudar, experimentar y sacudir la idea de que todo aquello que pasa, deja de pasar… es o deja de ser, es justamente porque así lo quiere el Creador de todo.

El mundo moderno convive entre todas las ideas. Desde aquellos pueblos primitivos que a todo le dan una explicación divina… a otros que no solo han brincado las trancas de lo oculto y místico, sino que se empiezan a permitir hacerle “al todopoderoso” creando vida por formas diversas, que van más allá de las propias que provee la naturaleza.

Si bien las bases del pensamiento humano se asentaron en función de aquello que se creía verdadero, la modernidad y nuevas tendencias se ven obligadas a demostrar la verdad, antes de creer en ella. La fe se enfrenta al entendimiento por la vía de la demostración de lo que se concibe como verídico.

Si tengo un hijo enfermo de un mal incurable, el hombre del pasado tenía como única vía para la solución de su encrucijada, el recargarse en el misticismo de esperar un milagro para su cura o bien aguardar su muerte como desenlace de la voluntad de Dios. Ese dogmatismo que si bien tuvo que ser la base primigenia del conocimiento, evolucionó hasta buscar soluciones que descartaban la expresión pura del milagro y tenían forzosamente que pasar por la experimentación que llevara al “descubrimiento” de soluciones que iban más de la mano del hombre que de un destino imperturbable. La base del nuevo desarrollo está cimentada en el estudio, experimentación, práctica de mente abierta, sobre las soluciones que podemos encontrar en el acervo de conocimientos que estamos obligados a descubrir. En el mundo medieval, tan alejado de la verdad científica… con su ética, moral, política —concebida a su manera— había por lo menos una ventaja. Salvo las diferencias teológicas, se podía uniformizar el pensamiento de la civilización de esos primeros tiempos del pensamiento colectivo. La uniformidad, marcó una relación vertical de las sociedades y el ejercicio del poder político y económico. De ahí las monarquías, el absolutismo, totalitarismo, dictaduras, imperios, césares y formas de potestad incuestionadas. Por otra parte, el principio de la búsqueda de la verdad por métodos humanos, trajo un aumento en el acervo de conocimientos, pero rompe la uniformidad de criterios, porque cada quien llega a “la verdad” por caminos diferentes, que imprimen a la actividad humana un carácter diverso. Se enriquece la propuesta humana, aunque irremediablemente empieza la confrontación, bajo distintos conceptos de la vida moderna. La iniciativa misma del hombre florece… y con ella los enfrentamientos se acentúan hasta llevarnos —entre la armonía y la crisis— a la resultante natural… ¡la evolución!

El pensamiento secular marca paradigmas… Estas, formas repetidas de proceder. Más lo fascinante de esta época, es que ahora —que todo cambia— vamos en el tránsito al necesario empalme de sociedades dogmáticas con otras puramente escépticas que nos llevarán —espero— a la creación de otros patrones de relación humana.

Hoy todo lo conocido está en crisis. La educación, la teología y religión. Las finanzas, la economía, producción y empleo. La política, las sociedades y su identidad. La ciencia, la investigación y la revolución del pensamiento empírico. Lo espiritual y lo material. Lo ético y lo moral. La abundancia se confronta con la escasez. La fe, con la irreverencia de su ausencia total. ¡Todo se ha recorrido! Ahora falta por saber qué camino seguirá el hombre del futuro. Un sendero más cercano al conocimiento absoluto… Acaso más conocedor del porqué, de un necesario y consciente orden superior.

¡¿Esto es México?!

Ricardo Raphael
Analista Político
El Universal

Entre la comunidad mexicano-estadounidense que vive en San Diego, California, circula la versión de un episodio ocurrido durante los primeros días de la campaña presidencial de Barack Obama.

Se cuenta que el ex candidato demócrata, en visita por el extremo suroeste de su país, llegó a estar parado a unos cuantos metros de la garita de San Ysidro, herida abrumadora que divide la frontera entre los dos países.

De pie sobre una planicie elevada, Obama habría observado la densa y desordenada grisura de nuestra ciudad de Tijuana. Su mirada atravesó el horizonte y se topó con el río disecado, con las largas filas de pacientes automóviles y con las colonias populosas e irregulares que duermen en la retaguardia de esa inmensa urbe.

Los supuestos acompañantes de Obama narran que este hombre delgado y sobrio se habría limitado a levantar la ceja para luego interrogar a sus interlocutores con una lacónica pero admirativa pregunta: ¡¿Esto es México?!

De ser cierto el episodio es muy probable que se trate del momento de mayor proximidad física que el futuro habitante de la Casa Blanca haya tenido con nuestro país. Una mirada de desagrado que cruzó la frontera sin necesidad de mostrar pasaporte.

Esta anécdota no desentona con la percepción que nos hemos venido haciendo sobre el interés que Obama mantiene sobre nosotros. Quizá por ello es que se haya tomado como cierta. Y es que mucho llamó la atención entre los mexicanos la parquedad de referencias que este ex candidato hizo a propósito de sus vecinos del sur durante la campaña presidencial.

En su día, también fue notoria la diferencia que marcara John McCain con respecto a su adversario, cuando el republicano vino a visitar a Felipe Calderón durante su respectiva campaña, al mismo tiempo en que Obama prefería hacerse de buena imagen doméstica entre sus electores recibiendo aplausos en Alemania.

Si las relaciones diplomáticas comienzan por lo simbólico —antes de pasar al tratamiento de los contenidos—, hasta hace pocos días cabía en México una sincera preocupación por la futura relación entre la Casa Blanca y Los Pinos.

Es desde este contexto que ha de entenderse el terco empeño de Arturo Sarukhán, embajador mexicano en Washington, por lograr el apretón de manos entre Obama y Calderón antes de que el primero tome posesión de su cargo.

Desde donde se le mire, la cita de hoy para almorzar en el Instituto Mexicano de Cultura en la capital estadounidense es una estupenda noticia. Sin embargo, mejor haríamos en casa si no le imponemos demasiadas expectativas al hecho. Es evidente que en su propósito, el encuentro termine tomando un cariz más emblemático que significativo.

Foto de ambos mandatarios almorzando juntos. Foto de ambos dándose fraternalmente la mano. Sonrisa complaciente de uno. Sonrisa satisfecha del otro. Y las dos banderas ondeando fuera de la institución mexicana. El ritual iniciático y de buena educación que se deben dos vecinos, pero nada más.

No hay condiciones para que en esta primera cita se aborden los temas álgidos: ni los imperiosos, ni los pendientes. Dentro de las prioridades de Obama, antes que los asuntos nuestros van los expedientes de Irak y Afganistán, la guerra en Oriente Próximo y, sobre todo, la acalambrante crisis económica.

No será por descortesía que nos quedemos en el segundo círculo de las angustias de Obama, sino por la simple intensidad de las alarmas encendidas que su antecesor le habrá heredado.

De regreso a México, previsiblemente Calderón traerá el siguiente mensaje: México es importante para Obama, pero los temas mexicanos no son de urgente atención. Con esta claridad tendremos que vivir durante el 2009.

Lo relevante de esta visita, en todo caso, sucederá en el Capitolio. Cuando el Ejecutivo mexicano revise y promueva el Plan Mérida con el Congreso de Estados Unidos.

Mentiras exitosas

Luis González de Alba
La Calle
Milenio


Limpieza étnica” es una mentira que corre por los medios con facilidad escalofriante. Se le atribuye esa intención a Israel, a pesar de que haya en su territorio palestinos de nacionalidad israelí y su fuerza aérea lance volantes avisando a la población civil los blancos de futuros bombardeos en Gaza. Con todo, seguirá habiendo víctimas civiles porque esa población es el escudo humano de Hamás. Y porque uno y otro bando padece a su propia ultraderecha. Sólo recordemos el asesinato de Isaac Rabín por un israelí ultra a causa de sus negociaciones con los palestinos. Hay diferencia, enorme, entre unos y otros bombardeos: Israel ataca a Hamás, éste a todo judío; Israel hace víctimas civiles, Hamás eso busca.

Los nazis intentaron esa “limpieza” con la raza alemana y la exige el grupo Hamás, no todos los palestinos: limpiar de judíos Palestina. No lo digo yo, lo dicen la plataforma de principios de Hamás, que en la práctica abolió al gobierno de Gaza presidido por Mahmud Abbas:

“Estrategia y métodos

“La estrategia de Hamás: Palestina es una Waqf [territorio islámico sagrado].

“El Movimiento de Resistencia Islámico [traducción del acrónimo Hamás] cree que la tierra de Palestina ha sido una Waqf islámica a través de generaciones y lo será hasta el Día de la Resurrección. Nadie puede renunciar a ella o a parte de ella, o abandonarla o a parte de ella.”

¿Y por qué Palestina pertenece al Islam, si el fundador, Mahoma, no predicó hasta el siglo VII después de Cristo? Por derecho de conquista, responde Hamás: “Desde que fue conquistada por el Compañero del Profeta [Omar ibn al-Jatab, segundo califa del Islam, 634 a 644 d.C.], sean la oración y la paz de Dios con él.”

Si a conquistas vamos, ese territorio pertenece a Israel porque unos 2 mil años antes de Omar fue conquistado por Josué, ¿recuerdan?, el que derrumbó las murallas de Jericó sonando trompetas, como le había mandado Dios, el dios de israelitas, cristianos y musulmanes: un dios abominable.

Pero Palestina es de Grecia porque la conquistó Alejandro Magno en el siglo IV a. C.: mil años antes de Mahoma.

Es de Italia porque, al ser Grecia derrotada por Roma, la Filistina griega pasó a ser Palestina romana, como sabemos todos por los evangelios: Poncio Pilatos era el gobernador romano cuando Jesús. A la caída de Roma, en el siglo VI d. C., subsistió el Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla, y Palestina fue una provincia de ese imperio, luego llamado Bizantino. Todos ellos la conquistaron antes que el bueno de Omar ibn etc., “Compañero del Profeta”.

Palestina es de Turquía porque, después de Omar, la conquistaron los turcos y pasó a ser parte del Imperio Otomano hasta 1918.

Y es de Inglaterra porque la ganaron los ingleses en 1918. En 1948 la ONU dio una pequeña parte a judíos y una grande a palestinos. Unos aceptaron y allí siguen, otros se fueron y formaron los primeros campos de refugiados porque es una sagrada Waqf. Entonces… ¿de quién es por conquista?

También es cierto que, con cada guerra que comienzan los países árabes y gana Israel, éste se toma nuevas tierras. Es verdad que la ultraderecha judía establece nuevos asentamientos en territorio palestino; también lo es que el ejército israelí ha destruido algunos, para horror de judíos ortodoxos.

Esa ultraderecha está representada en el Parlamento porque Israel es una democracia, también hay moderados y hay palestinos: abra en www.knesset.gov.il las páginas de los diputados palestinos… ¿Ya? Ahora imagine diputados judíos en el Reichstag nazi, que no hablaran alemán, sólo yidish, ¡y exigieran traducción simultánea para hacerse entender de Goebbels! La Knesset es un parlamento bilingüe hebreo-árabe.

Los ultras de cada bando impiden un arreglo civilizado. Y aun en esto hay diferencias, veamos: hombres, mujeres y niños de Hamás ponen bombas, o se convierten en bombas humanas, en mercados, autobuses y calles atestadas. Los ataques de Israel se dirigen contra los grupos armados palestinos que lanzan misiles contra escuelas y granjas de Israel porque han declarado su intención de eliminar a los judíos, combatientes y no combatientes.

La diferencia es una, es grande, y es ética: las bombas de Hamás no hacen víctimas civiles por error: van contra toda la población israelí, incluidos palestinos.

En Israel hay palestinos que llevan vida ordinaria y votan como ciudadanos. ¿Alguien puede imaginar un abarrotero judío en Gaza?

¿Somos o no somos de América del Norte?

Pablo Hiriart
Vida Nacional
Excélsior

En 1988 México vivía una crisis que se expresaba en inflación anual de 151 por ciento y devaluación drástica del peso.

Nuestros números indicaban que estábamos en la tabla baja del Tercer Mundo.

Siete meses después, en París, en el bicentenario de la Revolución Francesa, Carlos Salinas le planteó a George Bush padre un Tratado de Libre Comercio.

“Es una locura”, se comentó aquí y allá.

Esa “locura” fue la que permitió a México salir de la crisis de 1995 y levantar el vuelo posteriormente.

México ha sido ampliamente beneficiado con el TLC.

A Estados Unidos y a Canadá también les ha convenido.

Ahora, en el contexto de una crisis global, el presidente Calderón tiene la oportunidad de plantear a Barack Obama los siguientes pasos de la integración del bloque de América del Norte.

El narcotráfico, la migración y la crisis económica son tres problemas que afectan de manera agresiva a los tres países: México, Estados Unidos y Canadá.

¿Por qué enfrentar esos temas de manera separada, sólo con políticas domésticas?

¿No es hora de un acercamiento decidido, expedito y sin prejuicios entre estos tres países?

¿No hay que dar respuestas comunes a los problemas comunes?

La reunión de hoy entre Felipe Calderón y Barack Obama es fundamental para que el vecino entienda que México es vital para ellos.

Tiene que captar la importancia de ser vecinos y socios. Nos levantamos juntos o nos hundimos juntos.

Lo que el gobierno de Estados Unidos haga o deje de hacer con la industria automotriz nos va a afectar directamente a nosotros.

De igual forma lo que el gobierno canadiense haga o deje de hacer en algunos de sus sectores va a afectar a la economía de Estados Unidos.

Y lo que hagamos nosotros en el campo va a repercutir en la migración y hasta en el narcotráfico.

Hay que avanzar hacia una integración mucho mayor. Nos conviene a los tres.

La Unión Europea se reúne con frecuencia para enfrentar como bloque los efectos de la crisis.

¿Cuál es la razón por la que no planteamos a Estados Unidos y a Canadá la creación de organismos que tracen políticas conjuntas para encarar esos tres grandes retos?

La crisis que golpea al mundo es global, por lo que es una respuesta coja enfrentarla únicamente con políticas locales.

¿México es parte de América del Norte, sí o no?

Claro que sí, y debe ser una prioridad de interés nacional avanzar en la integración de ese bloque.

El presidente Felipe Calderón presentó el programa de su gobierno para hacer frente en México al vendaval económico que sacude al mundo.

Del otro lado de la frontera, George Bush ya presentó dos planes y Barack Obama presenta uno nuevo cada ocho días.

¿Dónde están los programas que América del Norte tendría que presentar como un solo bloque?

Está muy bien que el presidente Calderón se palmotee la espalda con Raúl Castro y con Hugo Chávez, pero el esfuerzo esencial debe dirigirse hacia el norte.

Nadie duda de la vocación latinoamericanista de Felipe Calderón.

Pero... el asunto es con Obama.

Tenemos que asumir, sin prejuicios, que somos parte de la comunidad de América del Norte.

A pesar de que la crisis se originó en la Unión Americana, el mundo financiero se ha refugiado en los bonos del Tesoro de Estados Unidos.

A pesar de que las tasas de interés en Estados Unidos son las más bajas del mundo, allá se fue el dinero.

¿Por qué? ¿Porque es un país cuya hegemonía se va a extinguir y va a desaparecer el capitalismo?

Pamplinas. Esa hegemonía puede mermar, puede tener contrapesos, pero al norte de nuestra frontera seguirá estando el principal mercado comprador del mundo.

Con ellos estamos atados por la geografía.

Los lazos comunitarios y familiares que se han desarrollado entre los dos países son tan evidentes como fuertes.

Tenemos un Tratado de Libre Comercio.

Compartimos problemas y oportunidades.

Hay que trabajar juntos y es tarea del presidente Calderón hacérselo ver a Obama.

El siguiente paso

Leonardo Curzio
Analista político
El Universal

Es muy probable que la economía mexicana no crezca este año ni siquiera al 0.1%. Es más, según la estimación de The Economist, podríamos experimentar un retroceso de 0.2%. El gobierno de Calderón rectificó sus primeras y superficiales estimaciones sobre el impacto que la crisis generada en Estados Unidos tendría en nuestra economía y ha decidido dar un primer paso adelante al que supongo seguirán otros más.

Ha habido una corrección sobre la marcha y como toda enmienda tiene el mérito de enderezar al camino erróneo. El gobierno reconoce hoy lo que hace unos meses negaba, pero no me parecería justo dejar de reconocer dos aspectos en su actuación. La primera es que su supuesta debilidad de origen por las cuestionadas elecciones del 2006 no le ha generado un problema de operación política significativa. La agenda legislativa se procesó (desde lo electoral hasta lo energético) con un alto nivel de convergencia entre las principales fuerzas políticas. Además, en unos cuantos meses el Presidente ha sentado a todos los actores políticos institucionales a firmar sendos acuerdos en los asuntos más candentes (la seguridad y la economía) y ha demostrado una capacidad de convocatoria innegable que coloca a la institución presidencial en el centro desde donde se controla la agenda pública.

La segunda es que no es un gobierno con una ideología paralizante. Es un gobierno que ha tenido la capacidad de ir adaptando sus decisiones de política a las circunstancias imperantes, incluso dar marcha atrás a decisiones anunciadas. Sería impreciso seguir colocando la etiqueta de neoliberal a un gobierno que promueve el gasto público con singular alegría. Es un gobierno que ha sabido escuchar a la oposición en la calle y enmendar; ha decidido congelar el precio de la gasolina, el gas y la electricidad. Hace unos días esa petición la escuchábamos en los mítines de su principal impugnador. Si solamente se juzgaran los hechos, las decisiones de Calderón podrían comparase con las de un cañón giratorio y no un obús unidireccional.

La rectificación y la reconducción de la situación por la vía de un acuerdo me parece un acierto. Sin embargo, deberá complementarse con tres elementos que le permitirían a la acción gubernamental marcar un cambio aún más profundo. La primera es que, al igual que lo ha planteado Obama, se cree una oficina que vigile que los millones que se están gastando no se despilfarren ni se usen para otros propósitos. El gobierno tiene una larga tradición de gastar mucho y mal. La segunda sería más simbólica, pero podría tener un carácter ejemplar y sería la reedición del decreto de austeridad con el que inició su mandato.

Aunque no se recaude mucho dinero por congelar o reducir sueldos a los altos funcionarios, no deja de ser un gesto que da credibilidad y popularidad al político que la aplica. Me parece muy bien que se busque mitigar el impacto de las crisis en las familias, pero detrás de esta crisis tenemos algo más grave, y es que una forma de capitalismo se ha colapsado y es importante no imaginar que una vez pasada la tormenta todo volverá a ser como en los viejos tiempos.

México necesita cohesionarse más social y económicamente y, como lo ha sugerido en estos días la canciller Merkel, tal vez no sería vano pensar en consejos Económicos y Sociales que fomenten el alineamiento de los objetivos económicos en tiempos de vacas flacas y en tiempos de vacas gordas se trabaja de manera consciente en reducir desigualdades. La cohesión social es el gran tema.

Aprovechar para tomar una clase en Washington

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Un fruto al menos debe obtener el presidente Calderón de su encuentro con Barack Obama esta mañana en Washington. Y es más bien un fruto psicológico: terminar de quitarse los complejos heredados tras tantos años de luchas contra el PRI y el PRD de López Obrador, y asumir sin culpas que la circunstancia mundial ha movido los argumentos del Estado liberal y democrático.

Quería rebasar por la izquierda, hela ahí: el carril está libre. La adoración fanática del mercado es hoy tan anacrónica como la dictadura del proletariado o el nacionalismo revolucionario.

El propio Obama le da la pauta en una imprescindible entrevista con el The New York Times publicada el fin de semana. Guste o no a los ortodoxos mexicanos, ése es el discurso con el que navegarán las naciones libres y productivas, al menos en los cuatro años que le restan a la presidencia de Calderón.

Obama pone en primer lugar los programas de rescate, impulsados y tutelados por el gobierno: “Todo el dinero ha de gastarse en crear empleo y estabilizar la economía”. A la iniciativa privada le advierte: “No quiero una intervención del gobierno a largo plazo, pero hoy es necesaria”. En cuanto a los bancos y el sistema financiero, deja en claro: “Debemos reformar por completo el marco regulador y hacer que el crédito vuelva a circular”.

Y va mucho más allá del programa anticrisis que Calderón presentó hace unos días. Promete, por ejemplo, que 95 por ciento de las familias trabajadoras tendrán un respiro fiscal, con recortes selectivos.

Es el signo de los tiempos, el nuevo ideario democrático, con su abecedario, su diccionario. Por eso no debe desaprovechar esta oportunidad de tomar un curso rápido de Estado benefactor moderno en la mismísima ciudad de Washington.

Hoy, hoy, hoy.

Krauze, estados fallidos, embajadores

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

A pocas horas de que el presidente Calderón se encuentre con el mandatario electo de Estados Unidos, Barack Obama, hay varias reflexiones que se deben hacer en torno a la relación bilateral. Primero, es casi obligado leer el texto que Enrique Krauze presentó ante la reunión de embajadores y cónsules (y el presidente Calderón) el viernes pasado. Es obligado porque del mismo se divulgaron sólo algunas frases, en la mayoría de los casos fuera de contexto, y porque allí Krauze establece con claridad algunos puntos que son imprescindibles para comprender hacia dónde pueden los presidentes Calderón y Obama llevar la relación.

Enrique consigna el deterioro de la imagen de México en el mundo y en particular en Estados Unidos. Es injusto, dice, porque opaca los progresos que ha logrado el país en los últimos 20 años ante las imágenes de violencia y guerra, misma, dice Krauze, “que el destino y la geografía nos tenía deparados”. Es, agrega, “una guerra sin ideología, sin nobleza, sin rostro, sin reglas, sin cuartel” y acepta que “no sé si podemos ganarla”, pero sí “que debemos librarla y valerosamente lo estamos haciendo”.

No está el historiador esperanzado en que se modifiquen las tendencias en el consumo de drogas en Estados Unidos, pero considera que es mucho lo que se puede hacer para mejorar la realidad y la imagen en ese país. Plantea continuar con la construcción de un aparato de seguridad, que “disipe las nubes de teoría e ideología, para modificar con empeño y rigor nuestras cárceles, policías, leyes, sistemas de inteligencia, servicios de información, tecnologías, estrategias de comunicación” (con un agregado nuestro: quien quiera comprender cómo interfieren esas “nubes de teoría e ideología” en esa construcción debe leer Legado de cenizas, el libro del periodista Tim Weiner sobre la historia de la CIA, es un trabajo espléndido). Pide, en ese sentido, “abandonar la esperanza de cambios súbitos y gigantescos que nunca ocurren”.

Demanda Krauze recuperar “la concordia” recordando a Lincoln (y seguramente sin olvidar el destino que le tocó vivir a ese presidente de Estados Unidos). Cuando llegue 2010 propone no concentrarnos en los movimientos insurgentes y revolucionarios, sino en recordar lo que hemos edificado a lo largo de 200 años.

El tercer punto es clave y sobre todo lo será hoy: debemos, dice, dar un giro a la relación con Estados Unidos. Explica el director de Letras Libres que, en una plática off the records con Condoleezza Rice, la todavía secretaria de Estado de la Unión Americana, dijo que los dos sitios más álgidos del mundo eran “Pakistán y México”. Según Krauze no lo son, pero señala que la percepción de que México puede resultar un “Estado fallido comienza a permear en los salones de Washington”. Para “revertir esa tendencia”, dice Krauze, no basta con la publicidad, además de los resultados tangibles de la guerra contra el crimen es necesario instrumentar una nueva relación con EU, que avance en la agenda bilateral y los persuada de modificar su cómoda percepción del tráfico de drogas y la violencia (y que debería pasar, agreguemos, en estos momentos, más que en la multicitada y poco probable reforma migratoria, por una exigencia real en el control de armas y el lavado de dinero, además del comercio). Y recalca que para ello no basta la tarea diplomática. Y concluye con una reflexión personal ante la visión del Estado fallido que ha publicado, por ejemplo, la revista Forbes: las caras de los miles y miles que el domingo pasado caminaban en paz por el centro de la ciudad. “No son inquilinos de este país concluyó llevan generaciones de habitarlo y amarlo. Debemos proyectar esas caras al mundo exterior”.

El texto engarza perfectamente con la realidad: una guerra que tal vez no se pueda ganar, desde el momento en que quizá ni siquiera pueda definírsela como tal, pero se debe librar; que disloca la percepción del país; exige, demanda, recuperar la concordia en lugar de ahondar las heridas. Y un contexto global que nos obliga a replantear la relación con un Estados Unidos que comienza, también, una nueva era con la que hoy tendremos, como país, un primer contacto formal.

Dice Krauze, y es verdad, que todo ello excede la labor diplomática. Pero sin ella lo demás termina girando en el vacío. Por una extraña coincidencia (pocas veces ha sido así), México y Estados Unidos han tenido en estos momentos dos embajadores que, como pocos, pueden y han contribuido a buscar mejorar ese entendimiento, a colocarlo sobre otras bases. El estadunidense Tony Garza, que dejará esa posición en las próximas semanas, ha sido uno de los representantes de su país que más y mejor han entendido a México, y de los que mayores esfuerzos han realizado para que ello permeara en Washington. Hablando de despejar “las nubes de teoría e ideología”, el trabajo de Garza ha sido notable y, sea quien sea su sucesor, tendrá que superarse en extremo para alcanzar esos niveles de diálogo y comprensión, con el gobierno y con la sociedad, aquí y en la Casa Blanca.

En Washington, Arturo Sarukhan ha tenido una labor notable. El manejo del proceso electoral, tanto en las internas como en las elecciones y en la transición, ha sido pulcro en extremo y ha logrado que, en ese contexto, en el cual la xenofobia, el discurso antimexicano o el legítimo temor ante la violencia podrían haber marcado la campaña, consiguió que todos los participantes principales terminaran intentando comprender lo que sucede en México, tratando al país con respeto y, como se dijo el viernes, “quizás no queriéndonos pero sí con posibilidades de que nos conozcan mejor”. El resultado del encuentro de hoy es producto de muchas cosas, de labores de cancilleres, equipos, funcionarios, tradiciones, incluso de errores, pero también del trabajo de dos buenos embajadores. Para Tony Garza, sólo cabe desearle lo mejor.

Las tradiciones ayudan a vivir mejor

María Elena Álvarez de Vicencio
malvarezb@diputadospan.org.mx
La Crónica de Hoy

Tradición es legar de generación en generación una herencia valiosa; es enseñarles a los niños y jóvenes los valores, nuestra cultura, nuestras fiestas. Es darles a conocer nuestra comida. Es lograr que aprecien su país, que sepan de dónde vienen para que comprendan a dónde van. Tradición son nuestros antepasados. La tradición es un bien que nos conviene conservar.

Una característica de la tradición es la novedad; es algo nuevo para quienes la reciben y si ese legado encaja en su vida, será aceptada y seguirá siendo transmitida. La tradición no es anclarse en el pasado, es renovarse con el legado, el cual puede iluminar permanentemente.

Un país sin tradiciones es como un pan sin levadura; no crece, no se expande, no logra desarrollarse. Las tradiciones de los pueblos son como las raíces de las plantas: si no se riegan, si no se cuidan, las plantas se debilitan, se enferman y, finalmente, llegan a extinguirse.

Las tradiciones son lazos de unión entre las personas, entre las familias y son el vínculo más fuerte para aglutinar a un país y fortalecer su identidad, sobre todo, en épocas de incertidumbre.

Las tradiciones son dinámicas; el paso del tiempo las va modificando, pero sin extinguir su esencia. El tiempo también las erosiona y pueden desaparecer por la plaga del olvido, si no se impulsan conscientemente.

La sabiduría de un pueblo se manifiesta en la atingencia para la conservación de las tradiciones que contribuyan al bienestar integral de los ciudadanos, y en la asertividad para adecuar o eliminar las que les sean perjudiciales.

El propio desarrollo y la convivencia con otros pueblos pueden ayudar a enriquecer las tradiciones, pero también se corre el riesgo de perderlas. Las tradiciones aparecen en todas las áreas de la vida, por ejemplo, en el ámbito religioso, los mexicanos tenemos una gama tradicional que enriquece la existencia con valores, heredados o adquiridos, como las fiestas del santo patrón del pueblo, los mayordomos, las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe, y a otros santuarios. Las familias que las viven plenamente permanecen unidas, a pesar de las adversidades, y encuentran en las celebraciones apoyo y fortaleza para sobreponerse al dolor, y también agrandan su alegría cuando se tienen motivos de regocijo. Las familias que tradicionalmente celebran juntas, también permanecen cercanas aún cuando no convivan con frecuencia.

En lo social, las tradiciones mexicanas ofrecen una variedad de prácticas que le dan sentido y cohesión a la convivencia humana, por ejemplo, las celebraciones de acontecimientos como los bautizos, cumpleaños, bodas, o alcanzar grados académicos, son motivos de celebraciones que nos unen y nos permiten compartir y comunicarnos de manera grata y positiva.

La temporada del mes de diciembre, con las celebraciones religiosas y sociales, son ejemplo de cómo las tradiciones son parte esencial e indispensable para la convivencia y cómo a toda la sociedad, en el ámbito público y en el privado, le conviene participar para que estas tradiciones se conserven y se vivan en forma positiva, ya que contribuyen al desarrollo integral de la familia y por consiguiente de todos los mexicanos.

La Navidad y la recepción del Año Nuevo que acabamos de celebrar han logrado movilizar a toda la sociedad, en lo económico y en lo social. El gobierno también cumplió con su parte, tomó medidas para que se respetara el orden público, ayudó a evitar accidentes y con el programa “Paisano” cumplió sus objetivos de que los mexicanos que viven en el extranjero visitaran a sus familias con la certeza de que sus derechos y su integridad serían respetados. Las familias se reunieron, celebraron, se expresaron buenos deseos, oraron para pedir un año con paz y seguridad, con salud y empleo, y se hicieron propósitos, muchos propósitos para lograr una vida mejor en 2009.

Desde el Día de la Virgen de Guadalupe hasta la fiesta de los Reyes Magos, los mexicanos vivieron con sus familias emociones y sentimientos que reforzaron sus lazos.

El Día de Reyes, la noche más larga para los niños, es una espera que dura todo el año, es un gozo infantil que también llena parte de la vida adulta. Los que ahora son niños la seguirán con sus hijos. Las tradiciones se transforman o se adicionan, como el 24 de diciembre con el Niño Dios o Santa Claus, lo cual es ganancia para los pequeños.

Lo importante es conservar la tradición, es que respondan a nuestro pasado y experiencias personales. Si se enriquece con la de otros países o familias, no importa, lo valioso es no perder lo nuestro.

La Candelaria, del 2 de Febrero, es el colofón de la rosca de Reyes. A quien le toca el niño debe invitar los tamales. A nadie le hace mal comerlos también una vez al año y recordar así el contenido religioso agregado con la tradición culinaria de nuestro pasado indígena.

Si la celebración de nuestras tradiciones no afecta la economía familiar ni altera el orden social, sean bienvenidas todas. Un pueblo sin pasado no tiene futuro. Un país sin raíces será siempre débil. Las tradiciones sirven para vivir mejor.

Calderón y Obama: ¿un milagro?

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Los gobiernos de Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses
La prioridad que da Obama a México, del tamaño del crimen organizado


Un viejo adagio dice que los gobiernos de Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses.

Y viene a cuento el tema, a propósito del cabildeo diplomático del gobierno mexicano —sobre todo del embajador Arturo Sarukhán—, que hizo posible el primer encuentro entre Felipe Calderón y el presidente electo del vecino norteño, Barack Obama. ¿Cómo debemos entender que el mexicano sea el primer —y único— presidente que se entrevistará con Obama antes del 20 de enero?

Las razones pueden ser muchas; desde un milagro, una casualidad, un gesto de buen vecino y, en el extremo, un verdadero interés de seguridad nacional para los estadounidenses y una amenaza de crisis mayor para su nuevo gobierno, el de Obama. Por eso se debe insistir; los gobiernos de allende la frontera norte, sólo tienen intereses. ¿Y cuál es el interés en este caso? Esa es la cuestión.

Contra lo que muchos suponen —y apenas hace días no pocos hablaban con sorna de ese posible encuentro—, los estrategas del electo Obama hicieron una lectura puntual de los reportes enviados a Washington —desde la embajada de Estados Unidos en México—, sobre la guerra que libra el gobierno de Felipe Calderón con el crimen organizado y el narcotráfico, y sobre el peligro de que esa guerra se mude al territorio estadounidense, con su consecuente crisis de seguridad nacional.

Pero eso no es todo. Los especialistas en la “lectura del tiempo” —el timing—, de la relación México-Estados Unidos han detectado otro riesgo asociado. Se trata de la presión que enfrentará la frontera norte ante la crisis global. Y es que esa crisis arrojará a la calle a miles de trabajadores que ya viven en Estados Unidos, al tiempo que acelerará el flujo de desempleados provenientes de México.

¿Qué trabajos desempeñarán los mexicanos indocumentados que ya viven en Estados Unidos, una vez que sean despedidos? ¿Es correcta la apreciación de que regresarán a México? ¿O será capaz de detener la corriente migratoria de mexicanos a Estados Unidos la crisis global que germinó en el vecino del norte?

Si los mexicanos que cruzaron de manera ilegal la frontera norte se jugaron la vida para alcanzar el “sueño americano”, será difícil que regresen. Más aún, ante el riesgo de quedar desempleados también en aquel país, no pocos serán capaces de aceptar cualquier trabajo, igual que harán los recién llegados. Y esa es la condición ideal para que allende las fronteras florezcan las bandas criminales. Ya se habla, del otro lado de las fronteras norte y sur, de las mafias mexicanas.

Y es que nadie ignora que la guerra que libra el gobierno mexicano contra los barones de la droga, ha desplazado a esas bandas criminales más allá de las fronteras, con su cauda de violencia y corrupción. Por eso los gobiernos de Estados Unidos y Guatemala decidieron blindar militarmente sus respectivas fronteras. Esa militarización a secas, carente de un arreglo político, diplomático, económico, comercial y migratorio, no es más que una bomba de tiempo que al estallar causará graves daños a todos.

Lo cierto es que terminadas las campañas electorales, y una vez frente al “México real”, para el naciente gobierno de Barack Obama la relación con México parece prioritaria; no por un gesto de buena vecindad, no por un milagro, y menos por una predicción astral. México será una prioridad para el vecino del norte y para el gobierno de Obama, en tanto su guerra contra los criminales organizados sea un riesgo para la seguridad nacional de aquel país.

Al inicio del gobierno de Ernesto Zedillo, el presidente Clinton rescató a México del “error de diciembre” con un crédito millonario. Y lo hizo no por buena voluntad, sino para blindar la economía estadounidense. Hoy las voces allende la frontera norte —los hombres de Obama— suponen que la guerra del gobierno de Calderón con el crimen organizado pone en riesgo al Estado mexicano y a su democracia. Pero esa realidad es también una bomba de tiempo para la administración de Obama.

No está a discusión si es buena o mala señal que el gobierno de Obama otorga un trato prioritario a México y a su gobierno. En todo caso lo interesante sería entender que la aparente prioridad que otorga Obama a su relación con México, deja ver el tamaño y el riesgo del adversario al que se enfrenta el gobierno de Calderón en su lucha contra el crimen organizado. Lo interesante sería saber si Calderón y Obama tienen talento y talante para trascender una relación sólo de interés individual, o si son capaces de cimentar una relación basada en el interés compartido de socios, vecinos y demócratas. Pero hoy pocos creen en los milagros. Al tiempo.