enero 19, 2009

El borbollón

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

El 4 de marzo de 1861, reunidos temprano en el Hotel Willard, James Buchanan —Presidente saliente de los Estados Unidos—, recibía a Abraham Lincoln para desayunar antes de dirigirse a la toma de protesta —a la vera de un Capitolio en construcción— de un hombre, que no sólo tendría que enfrentar los retos de la división de una Confederación de Estados Sureños que meses antes proclamaba su separación de Washington, sino del momento clave de su historia que sería marcada con la decisión de crecer iguales desde la óptica social. Era un país de diversidades étnicas auto-impuestas, con migraciones de esclavos africanos que crecían en sus demandas de equivalencia. “Los místicos acordes de la memoria, hincharán los coros de la unión… y cuando vuelvan a ser entonados, entonces serán interpretados por los mejores ángeles de nuestra naturaleza”. Treinta y ocho días después inició La Guerra Civil. La realidad pudo más que la esperanza depositada en un Presidente conciliador. No obstante Lincoln se resistía a la confrontación… ésta se dio, llegando sin faltar a la cita histórica de una página violenta y acaso innecesaria. Esa mañana, una carroza jalada por caballos, llevó a Abraham Lincoln camino a su toma de protesta, pero también a su muerte segura… cuatro años después.

Las expectativas crecen ante el inminente arribo al poder, del primer afroamericano en la vida de los Estados Unidos. Así como en nuestro país vemos cómo en un evento similar, todos los sectores con cierto ámbito de influencia le dan “una caladita” al nuevo inquilino en Los Pinos. En el caso de La Casa Blanca, los sectores se multiplican y los grupos de poder, no solo son diversos en su ámbito nacional. El mundo todo está a la espera de las respuestas, acciones y reacciones que vayan a moverse desde la posición política más alta del planeta. De aquel Lincoln de hace 147 años a la fecha, Estados Unidos es otro. La crítica coyuntura financiera. La tensión en algunos puntos del planeta. La intentona de recomposición de los balances de un mundo que pierde la Unipolaridad a pasos agigantados, para volver a la lucha por la Hegemonía, hacen de este momento… uno muy particular. Y no sólo es política de lo que estamos hablando. Es la forma en que concebimos la vida moderna la que está en juego. En aras de proponer —cómo es que vamos a querer vivir en La Tierra en décadas por venir—.

Parece que el consciente colectivo no avanza. Seguimos pensando que un hombre es suficiente para cambiar un “estado de cosas”. Infinitas son las variables que han demostrado su inoperancia. Estamos obligados a revisar todos los errores contemporáneos. Barack Obama llega a la escena. Las expectativas están a flor de nuestra piel. Habrá aciertos y errores. Pasos necesarios al filo del precipicio. Así como esta en el camino de ser el comandante del timón que lleve al hombre posmoderno a aguas tranquilas —a juzgar por su ideología— puede que resulte el hilo conductor que acabe siendo mecha de una bomba detonante. No lo sabemos… como tampoco la sociedad de 1861.

Mañana, Barack Hussein Obama, hará el mismo recorrido que al Capitolio hiciera Abraham Lincoln, su fuente inspiradora. Como todo evento de un presente, avistamos la parte más cercana del curso de la historia, más no el final de la hebra. Ignorando así si vamos camino a aguas mansas, o al borbollón más revuelto de la humanidad.

Preocupación en EU

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Es verdad que la crisis económica mundial es de una magnitud poco común. La contracción de la industria mundial es espantosa: en EU alcanza 8% al cierre del año, en Europa promedia lo mismo en noviembre (Francia llega a -9, España a -17), en Japón la caída es de 16%, en Corea de 14% y en Singapur de 8%. Taiwán llega a casi -30%. En América Latina, Argentina está en -7%, Brasil en -6%, lo mismo que Chile, y México es de los menos lastimados, con -3.5% en noviembre. Prácticamente no hay números negros: India con 2.4, China con 5.4%, pero comparando con los crecimientos de dos dígitos que tenían hace pocos meses, la caída es también grave.

Para México, esta crisis significa dos cosas. A corto plazo: desempleo. La crisis afectará a quienes pierdan el empleo, pero no a los demás. Por el momento, no hay un brote inflacionario grave, ni alzas en tasas de interés que pudieran dispersar el efecto sobre la población en general. A mediano plazo el problema sí es agregado: México necesita cada año de 25 mil millones de dólares para salir tablas. Ese dinero solía llegar a través de inversión extranjera directa, de forma que cualquier dinero adicional que llegara por inversión de cartera era ganancia, permitía incrementar las reservas del Banco de México, y fortalecía el peso.

Pero para 2009 esa cantidad de recursos no parece que esté disponible en el mercado mundial. El mercado financiero tiene problemas, de forma que no hay financiamiento privado en abundancia. Por su parte, el financiamiento público se utilizará para proyectos de infraestructura dentro de los planes de impulso económico de la demanda, en EU y en muchas partes del mundo. Puesto que estamos hablando de una reducción en el consumo, no tiene mucho sentido incrementar la producción en este momento, y posiblemente no lo tenga por un par de años.

Esto significa que México enfrenta un problema de escasez de divisas hacia la segunda mitad de este año y para 2010. Frente a este problema, los políticos hablan de fortalecer el mercado interno. La parte que no entienden bien es que cualquier impulso a la demanda interna en México se convierte en demanda de importaciones, agravando el problema de falta de divisas. Es decir, los que gritan que hay que cambiar el modelo económico en realidad piden que nos lancemos de lleno a la insolvencia.

Nuestro problema económico sigue siendo el mismo desde mediados de los años 60: no producimos bien. Somos ineficientes, malhechos, tramposos y además quejumbrosos. Contra eso, no hay modelo económico que funcione, pero sí hay formas de complicarnos aún más la vida. Hacerle caso a esos políticos sería precisamente eso.

El pilar soporte de la propuesta del presidente Calderón

María Elena Álvarez de Vicencio
malvarezb@diputadospan.org.mx
La Crónica de Hoy

El quinto pilar del plan de acción que el gobierno federal propone como parte importante de la solución a la crisis que afecta al país y que tiene su origen en la que afecta al vecino del norte, es un pilar indispensable para que se mantengan en pie los primeros cuatro. Las principales acciones de este pilar consisten en transparentar el gasto público y lograr que éste se invierta oportuna y eficientemente.

Una de las principales acciones que propone es “aplicar la Ley de Contabilidad Gubernamental”, que obliga a los órganos de gobiernos estatales y municipales a llevar una contabilidad igual a la federal, para que sea posible transparentar y fiscalizar todos los gastos que realicen los estados y los municipios.

La transparencia en el gasto público es una necesidad, ya que la discrecionalidad y corrupción en el manejo de los recursos públicos ha sido constante en nuestra historia.

Recordando nuestro pasado reciente, Miguel de la Madrid recibió un país no sólo devastado por la crisis económica, agravada por la nacionalización de la banca y la baja del petróleo, sino por la corrupción cada día más generalizada. Con el fin de dar a los electores la idea de que con él todo cambiaría y que no toleraría la corrupción, tomó como lema de campaña y de gobierno “La Renovación Moral”.

Su propósito quedó sólo en varias reformas legales. Creó la Secretaría de la Contraloría General de la Federación; sustituyó en el título cuarto de la Constitución el término de funcionario público por el de servidor público. Estas y otras reformas no lograron disminuir la corrupción.

Su sucesor, el presidente Carlos Salinas de Gortari, ya no le dio tanto énfasis al tema y la percepción nacional sobre la corrupción generalizada siguió en aumento y le llegó directamente al Presidente, agravada por la de su hermano incómodo y el asesinato del candidato priista Luis Donaldo Colosio.

Al presidente Ernesto Zedillo la nueva crisis económica, con las quiebras bancarias, las irregularidades relacionadas con el Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB) y las investigaciones sobre el asesinato del candidato Colosio, le hicieron menos visible la corrupción general que seguía vigente.

En México se han creado mecanismos de incentivos perversos, los cuales permiten que los beneficios por cometer actos de corrupción sean superiores a los posibles costos relacionados con tales actos. Para obtener dichos beneficios, muchos funcionarios se las han ingeniado para burlar las leyes o para aparentar su cumplimiento. La cultura del sector público ha sido el resultado de la interacción de los incentivos del sistema con los valores de la sociedad y ahora se pretende eliminar esto desde la raíz, con la Ley de Contabilidad Gubernamental.

Los múltiples casos de funcionarios corruptos fueron socavando la confianza de los ciudadanos; el Estado fue perdiendo credibilidad y su legitimidad se hizo cada día más dudosa. Ahora el presidente Calderón se propone cambiar esa percepción atacando la corrupción histórica con transparencia y eficacia. No será fácil, pero es buen momento para impulsar estas acciones.

Hay que considerar que no sólo los funcionarios públicos están implicados. La corrupción involucra a gran parte de la sociedad. Al menos 85 por ciento de los habitantes vive a diario en función de una cultura de la ilegalidad. Federico Reyes Heroles afirma que “en México un gran número de personas, de todas las edades y clases sociales, no viven de acuerdo con las normas de la legalidad establecidas”.

Si bien la corrupción es un problema de los individuos que muestran conductas ilícitas, es también el resultado de un sistema y de una sociedad que no funcionan en forma apropiada.

Ante una carencia de valores éticos el marco normativo es indispensable para dar certeza jurídica y estructura al Estado de derecho y al comportamiento personal y social. Sin embargo, la mejor legislación puede ser inoperante si no hay la disposición de respetarla y cumplirla. Casi siempre será posible encontrar la manera de violarla o de aparentar su cumplimiento cuidando sólo la formalidad externa. Puede haber actos de corrupción que formalmente cumplen todas las disposiciones legales.

La corrupción se retrae en medida en que la democracia avanza y se arraiga en la cultura popular la necesidad de obedecer las leyes. La clave para tener buenos resultados consiste en una adecuada interrelación entre los controles administrativos, jurisdiccionales, sociales y políticos, ya que ninguno es suficiente por sí mismo y en eliminar la impunidad.

Para combatir la corrupción, a veces se requiere tomar decisiones que enfrenten fuertes intereses económicos y de poder, y es muy difícil que el poder se castigue a sí mismo o que castigue a los suyos, el poder busca siempre castigar a los otros. Por otra parte, los ciudadanos no se han decidido a asumir la vigilancia de sus gobernantes ni han hecho valer su exigencia para que los servidores públicos tengan un comportamiento ético y eficaz.

En este momento la voluntad del Ejecutivo se enfocará a cuidar la transparencia y eficacia en el destino de los recursos públicos. Los ciudadanos tendrán que cooperar para vigilar a sus funcionarios y denunciar las irregularidades que descubran. Su participación es indispensable.

Historic Inauguration

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Con un poco de humor, los blancos cuentan que los negros están insoportables. Y más en el último fin de semana previo al Historic Inauguration. En las paradas del camión o en las colas de los restaurantes de fast food; tomaron, además de los noticieros, el resto de la pantalla de televisión: ahora los sujetos de la publicidad son negros que anuncian herramientas, medicinas o programas sociales y se sirven de las baratas y el Levitra (el Viagra resiste como uno de los reductos blancos en estas horas previas al Historic Inauguration).

Yo, extranjero, no veo tan sobrados a los negros en la opulenta Houston que comienza el fin de semana con la noticia de que Conoco Phillips, una de las orgullosas petroleras de la ciudad, es la primera en anunciar un recorte. Pronto se irán a la calle mil 300 empleados.

Aquí dicen que la crisis no pega aún tan fuerte, por eso las rebajas en las tiendas están a 50 y no a 90 por ciento, como, por ejemplo, en la boutique Donna Karan, de la calle Madison, en Nueva York. Pero que es cuestión de días, porque ni los cada vez más que van por las estampas para alimentos al Seguro Social, ni los aristócratas de River Oaks barridos en los mercados bursátiles y financieros serán excepción en la calamidad.

Nueve de cada diez estadunidenses creen este fin de semana que la economía está mal o muy mal, según una encuesta nacional del New York Times. Pero seis de cada diez están convencidos de que mejorará de aquí a cinco años. Quizá por eso nunca, desde que hay mediciones de esta clase, un presidente fue esperado con mayor optimismo: Reagan, 69 por ciento; Bush padre, 68; Cliton, 70; Bush hijo, 64; Obama, 79.

Pero Obama, mejor informado, repite en el trayecto por tren que lo lleva de Philadelphia a Washington: "Tough year, tough year". Año rudo, año rudo.

Y optimismo histórico.

Oposición racional

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

El defecto de la democracia es que incentiva a medio país para desear que le vaya mal al país entero. Me explico: los líderes de la oposición en los regímenes parlamentarios y en los presidenciales bipartidistas o de balotaje, que representan a poco menos de 50% de la gente (en los pluripartidistas sin segunda vuelta pueden representar a la mayoría), pugnan por que el gobierno fracase para ganar las siguientes elecciones. Desde luego que hay excepciones que confirman la regla. Pienso en casos como el del partido opositor Fine Gael en Irlanda, que en 1987 y ante una situación crítica decidió apoyar el proyecto económico del su rival histórico, el gobernante Fianna Fáil. Pero la perversidad de la lógica democrática a la que aludo no tardó en poner las cosas en su lugar: Alan Dukes, jefe de la oposición, colaboró a la gestación del milagro económico irlandés pero cavó su propia tumba. Poco tiempo después habría de nacer el famoso Tigre Celta y habría de morir la carrera de un político brillante.

La democracia moderna es inconcebible sin partidos políticos que se disputen el poder. Esa lucha tiene un efecto positivo, porque ofrece opciones, genera equilibrios y pone a prueba planes y programas perfectibles. No es inusual que quienes gobiernan se equivoquen y menos que incurran en actos de corrupción. Sin el contrapeso activo de la ideología, sin la conciencia crítica del adversario, los gobiernos democráticos cometerían más errores y serían más corruptos. Como he dicho en otros textos, el poder no es por naturaleza comedido sino expansivo, y tiende a ejercerse hasta el límite de lo contraproducente. Y uno de los responsables de hacer que a los poderosos les sea más costoso que benéfico el abuso de su fuerza es justamente la oposición.

Así, la función opositora es obviamente pertinente y útil. Pero llevarla a extremos de rechazo automático a todo cuanto proponga el contrario es caer en la irracionalidad. Es prácticamente imposible que todas las decisiones de un gobierno sean erradas —por más que a veces se hagan enormes esfuerzos en ese sentido— y por eso aun entre partidos némesis hay margen para el acuerdo. Entre la oposición sistemática y la oposición dócil existe un justo medio, que es el de la oposición racional y propositiva. Se evalúa la agenda legislativa y se rechaza lo rechazable con la misma firmeza con la que se acepta lo aceptable. En buena tesis ideológica, en la mayoría de las iniciativas se estará en contra y en unas cuantas se estará a favor, si bien en un caso y en otro se partirá de propuestas propias. Además de ayudar al país se ayuda a la causa partidaria, porque está visto que los opositores empedernidos alejan a los votantes tanto como los opositores desdibujados. El eterno “no” repele al centro electoral lo mismo en las épocas de vacas gordas que en las de vacas flacas.

En México hemos visto esa película varias veces. Los partidos de oposición que se han enfrentado al gobierno en la mayoría de los temas, pero que también han respaldado lo que consideran necesario, son los que han tenido mayores beneficios electorales. Hoy lo estamos constatando una vez más en las encuestas, donde el PRI va arriba de un PAN desgastado y de un PRD que es visto por la mayoría como el rijoso que se opone a casi todo. En la actual coyuntura, y de cara a 2012, el único escenario en que triunfaría la apuesta del ala radical perredista es en el que se conjuntara el derrumbe del país y la percepción de que el gobierno panista es el culpable y los priistas son sus cómplices. Porque si no hay una debacle, o si la hay pero la gente percibe que el presidente es víctima de factores externos, el ganón será el PRI. En cualquiera de esas circunstancias un extremismo opositor será juzgado como victimario y pagará el precio en las urnas. El PRD sólo podría tener posibilidades de ganar si cambiara su estrategia y se convirtiera en una oposición más racional y propositiva, pero para eso tendría que aceptar que la dignidad no excluye el realismo. En política, el corazón debe estar caliente pero la cabeza debe estar fría, especialmente cuando de responder agravios se trata. Una falta de legitimidad no se combate exitosamente con un exceso de indignación sin con la dosis justa de sagacidad.

Hasta aquí el cálculo para los partidos; ahora veamos lo que nos conviene a todos los mexicanos. Estamos empezando un año endiabladamente difícil, con condiciones socioeconómicas sumamente adversas. El escenario catastrófico no beneficiaría a nadie, ni siquiera a los radicales, porque en el mejor de los casos gobernarían sobre ruinas. Es el momento de forjar un pacto de unidad nacional para enfrentar la crisis, para cambiar la política económica y combatir a fondo la criminalidad y la corrupción; en otras palabras, para detonar el renacimiento de México. Por cierto, esa propuesta debería provenir de una oposición patriota e inteligente que sepa armonizar sus principios y su rentabilidad electoral con el interés de la nación.

El defecto de la democracia se mitiga con tres cualidades: amor a la Nación, sentido de Estado y generosidad de liderazgo. Si los actores políticos las tienen, los partidos seguirán deseando que les vaya mal a sus adversarios pero nadie buscará la ruina del país entero.

Homenaje. Murió el doctor Carlos Canseco, médico insigne, filántropo en el mejor sentido de la palabra, gran hombre. Por si sus otros méritos no bastaran, se dio tiempo para fundar el que está destinado a ser el mejor equipo de México: el Club de Futbol Monterrey.

abasave@prodigy.net.mx

El defecto de la democracia es que incentiva a medio país para desear que le vaya mal al país entero. Se mitiga con tres cualidades: amor a la Nación, sentido de Estado y generosidad de liderazgo. Si los actores políticos las tienen, nadie buscará la ruina del país entero.

Complicarnos la vida

Jorge Chabat
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
El Universal

La semana pasada se dio a conocer en los medios el reporte de 2008 que emitió el Comando de las Fuerzas Conjuntas de EU sobre los desafíos que éste enfrenta.

En el informe se hace una evaluación de la seguridad mundial y escenarios para el futuro. Se menciona que, en el peor escenario, hay dos países que pueden sufrir un colapso rápido y repentino: México y Pakistán, lo cual concuerda con la apreciación mencionada hace un par de semanas por Enrique Krauze de que para Condoleezza Rice estos mismos paises preocupan a Estados Unidos.

Obviamente, esta categorización de México como un estado en proceso de fallar (failing) aunque todavía no fallido, ha desatado una fuerte polémica en nuestro país que apunta a una evaluación negativa del papel del gobierno mexicano en la lucha contra las drogas.

Esta repentina preocupación sobre México tiene que ver con los altos niveles de narcoviolencia registrados en los últimos años, en particular en 2008.

El reporte se basa en la apreciación de que el gobierno mexicano, “sus políticos, la policía y la infraestructura judicial están bajo un asalto sostenido y bajo la presión de bandas criminales y cárteles de la droga”.

Incluso menciona que si México cae en el caos, ello demandará “una respuesta americana, basada en las serias implicaciones para la seguridad de la patria”, lo cual evidentemente ha desatado ya especulaciones incontables sobre una posible intervención de EU en México.

Ahora bien, más allá de que se dé o no alguna intervención, la pregunta es ¿qué tan sustentado es este análisis? Ciertamente refleja una preocupación por un crecimiento desbordado de la violencia en nuestro país, pero afirmar que por ello se va a colapsar el Estado mexicano es simplemente no conocer México.

Las mafias del narco han tenido una gran presencia en el país por lo menos desde mediados de los 90 y el país ha estado plagado de corrupción desde su creación.

En otras palabras, el poder del narco no es ahora mayor que hace una década, pero se nota más. La descomposición que genera el narcotráfico ha estado oculta por años bajo la alfombra y Calderón simplemente la ha destapado.

Por eso la alarma. Es cierto, h ay un Estado que está enfrentando a un enemigo poderoso con instrumentos débiles, lo cual en buena medida es provocado por la prohibición de las drogas, lo cual a su vez es resultado de las políticas estadounidenses.

O sea que el clima de violencia que se vive en el país es simplemente consecuencia de aplicar las leyes contra el narco, algo que el gobierno estadounidense ha demandado por años. ¿Que ello genera un caos? Pues sí. Pero entonces, ¿qué hacemos? ¿Regresamos a la política de simulación del pasado? Tal vez con ello los círculos gubernamentales de EU estarían más tranquilos.