enero 21, 2009

Paco Calderón

El regreso de Chuayffet

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Tan seguros parecen sentirse algunos jerarcas del PRI mexiquense que están empujando a Emilio Chuayffet como candidato a una diputación federal.

Chuayffet, para quien no lo recuerde, fue un fugaz gobernador del Estado de México (septiembre 1993 a junio 1995), un fallido secretario de Gobernación de Ernesto Zedillo (junio 1995 a enero 1998) y un polémico coordinador de los diputados del PRI (2003 a 2006): héroe en las batallas para acabar con la maestra Elba Esther Gordillo y mariscal de campo para reventar la reforma hacendaria que gravaría con el IVA a los alimentos y las medicinas; hizo, con gusto, la tarea que tenía que hacer para desaforar a Andrés Manuel López Obrador; sacó sin un voto en contra las reformas a la ley de radio y televisión.

Y, además, devino madracista, hasta que Roberto Madrazo y los suyos decidieron no incluirlo en la lista de candidatos plurinominales al Senado. Chuayffet quería pase directo, pues sabía, y con razón, que el riesgo de competir y perder ese año contra el PAN de Felipe Calderón y el PRD de López Obrador era muy alto. Enfureció y amenazó con dejar su curul, pero no tenía a donde irse. Se disolvió.

Su nombre suena ahora para regresar a San Lázaro. Lo notable es que, a diferencia de hace tres años, parecería decidido a pelear en las urnas. Podría ir por el distrito de Atlacomulco, el de Ixtlahuaca; quizá el de Zinacantepec o alguno de los de Toluca.

Más notable aún es que, para sentirse más fuerte, el PRI buscaría alguna forma de colaboración con Nueva Alianza. Cosas de la política: Chuayffet tendría cuando menos que hablarle bonito a Elba Esther Gordillo.

Porque real politik mata todo. Y la maestra suma, suma.

Obama, día 1

Yuriria Sierra
Nudo Gordiano
Excélsior

Imposible no sentir adrenalina al ver a Barack Hussein Obama llegar al estrado donde haría su juramento con la mano derecha puesta sobre la misma Biblia en que lo hizo Abraham Lincoln. Una multitud calculada en poco más de dos millones de personas en los alrededores del Capitolio. Una plataforma perfectamente arreglada en detalles y que en el inconsciente colectivo recordó las utilizadas en las grandes explanadas germánicas de antes de la guerra, inevitable mencionarlo porque, sin pretenderlo, asustan un poco esas muestras de grandilocuencia.

Y no, como ayer lo dijimos, Barack Obama no es el mesías: por muchas que sean sus ganas, ni él ni nadie podría contar con todas las herramientas con las que muchos a veces soñamos, para arreglar el mundo en un dos por tres. Pero sí tiene esa virtud de los grandes líderes, para que sus palabras sean escuchadas, aplaudidas y produzcan eco en todos los rincones.

Claro que la emoción de ayer también tiene mucho que ver con la cuasi perfección de la logística estadunidense para armar un gran show hasta de sus tragedias. Pero, claro, la lucha racial que durante muchos años había mermado el desarrollo de la sociedad estadunidense no merecía menos. La ceremonia, corta pero decididamente deslumbrante. Aretha Franklin, la mismísima reina del soul, inició el espectáculo; bandas de guerra entonaron el himno nacional de EU y hubo melodías compuestas especialmente para el evento por John Williams (quien también le dio sonido a Star Wars) y excepcionalmente ejecutadas por el famoso violonchelista Yo-Yo Ma.

Y lo más esperado del evento: el primer discurso que Obama daría como el presidente número 44 de la historia de Estados Unidos, y el primer afroamericano. Se esperaban palabras fuertes, frases para citar toda la vida, anuncios importantes y un discurso apenas a la altura de la ansiedad con la que se vivieron los días previos. Pero no, Barack Obama regaló a sus gobernados, y al resto del mundo, palabras emotivas, claro, mas también moderadas, realistas y, sobre todo, responsables.

No se anunció el cierre de la prisión de Guantánamo ni soluciones a corto plazo para el conflicto que su antecesor compró en Irak. Tampoco el definitivo fin del embargo a Cuba ni un nuevo papel en el actual conflicto que se vive en Gaza. No puso fechas para el fin de la crisis financiera ni profundizó en el camino que seguirán sus relaciones con la Unión Europea ni anunció un pacto migratorio para América Latina. Pero hubo esperanza, conducida de la mano de un panorama realista: los retos son demasiados, pero “Estados Unidos podrá enfrentarlos”… Un discurso balanceado en el que, como ayer dijimos, la tarea de Obama, desde ayer, es cambiar el aire de desazón que su país respira (y el mundo con él), por un aire de confianza.

En su discurso se recordaron los errores, las luchas y las flaquezas de los gobiernos previos; se reconoció el trabajo que debe hacerse y no se escucharon promesas ni compromisos para resolver estas debilidades que se ahondaron con tantos años y gente de por medio. Ese fue el mejor mensaje que pudo dar como inicio de su mandato.

Porque casi por inercia se espera que un personaje con ese poder para convocar a multitudes, alimente las expectativas y los sueños de cambio. Sin embargo, no, Obama sólo nutrió esa esperanza por el nuevo camino que su país ha esperado los últimos años: el del esfuerzo colectivo y no de los superpoderes mesiánicos del gobernante.

A partir de hoy, veremos el trabajo que Obama hará para sembrar esa certeza, pero, antes de eso, debe insistir en que él es tan sólo un ser humano y el trabajo que se necesita no depende nada más de él ni de sus cuatro u ocho años que pueda estar despachando en la Oficina Oval, o de la gente que integra ya su gabinete.

Sí, Obama en Washington, D. C., es una gran noticia. La historia ya guarda este 20 de enero. Ojalá también guarde los días, las semanas, los meses y los años por venir. Porque, para EU y el resto del mundo sería un desastre que los caminos sigan sin abrirse…

Alertador diálogo de Hillary en el Senado

Juan María Alponte
alponte@prodigy.net.mx
México y el mundo
El Universal

La presencia de Hillary Clinton ante el Comité del Senado para obtener su ratificación como secretaria de Estado ha sido, a todas luces, un impresionante atestado —alertador— sobre su visión del mundo en el cuadro de la de Obama. No hay que olvidar —ni exaltarlo más allá de las peripecias de una campaña electoral— que ella dijo de él: “Su única experiencia internacional son los años que pasó en una escuela de Indonesia”.

Él dijo de ella: “Su experiencia internacional es el té que ha compartido con las esposas de los jefes de Estado que pasaron por la Casa Blanca”.

Ahora, durante las largas horas de revisión de los problemas internacionales ante el Comité del Senado, Hillary Clinton reveló que si en la Casa Blanca aprendió mucho con el té con pastas, su paso por el Senado ha sido una escuela totalizadora de la política y de su capacidad para hacer frente a las más duras interrogaciones. Ejemplo: “A los 79 días de la elección presidencial hay pruebas (sintetizo) de los desafíos del terrorismo. Nuevo conflicto en Gaza, ataques terroristas en Bombay matanzas en el Congo, cólera en Zimbabue, informes sobre el avance de los efectos de la contaminación en los glaciares y, aun, una antigua forma de terror (la piratería) en su forma moderna en el cuerno de África (Somalia)”.

Para hacer frente a esa situación emplea una nueva definición, el poder inteligente. “Deberá vincular todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición: diplomáticas, económicas, militares, políticas, legales, culturales… Con el poder inteligente la diplomacia será la vanguardia de nuestra política exterior…”.

Oriente Medio: “Por difíciles que puedan parecer los problemas —y muchos presidentes, incluido mi marido, han pasado años trabajando para llegar a una solución— no podemos renunciar a la paz. El presidente electo y yo comprendemos y somos profundamente cercanos al deseo de Israel de defenderse de los misiles de Hamas. Sin embargo, tenemos presente los trágicos costos, humanitarios, del conflicto que pagan y sufren los palestinos y los civiles israelíes. Ello debe incrementar nuestra determinación para buscar un acuerdo de paz justa que suponga la seguridad real de Israel, normales y positivas relaciones con sus vecinos, independencia y progreso para los palestinos en su propio Estado, (in their own state)…”.

En su larguísima intervención ante las preguntas de los senadores, dijo: “…Hamas debe renunciar a la violencia, debe reconocer a Israel y aceptar todos los acuerdos previos…”.

En otro momento de su intervención, Hillary Clinton fue terminante: “Pienso, sobre Israel, que no se puede negociar con Hamas hasta que no renuncie a la violencia, reconozca a Israel y esté de acuerdo con los acuerdos del pasado. Esto es, para mí, absoluto. Esa es la posición del gobierno de Estados Unidos y esa es la posición del presidente electo (that is the President-elect’s position)…”.

El alto el fuego de Israel, antes de iniciar el periodo de Obama —sin abandonar sus soldados el suelo de Gaza— parece encontrarse con problemas serios. La diplomacia inteligente tiene que asumir, de inicio, contradicciones importantes.

En el curso del debate sobre su ratificación los senadores han insistido, ante Hillary Clinton, en un tema crucial: la fundación de su marido.

En efecto, la fundación, por sus actividades internacionales de ayuda humanitaria puede interferir la diplomacia. Han solicitado, por tanto, esclarecimiento de los donantes y de los recursos. Ella: se esclarecerá todo.

Es patente que en dos cuartillas y media no se puede recuperar un diálogo de horas. Cabe señalar que Hillary Clinton da gran importancia a la próxima Cumbre de las Américas (“en 100 días”) y a las relaciones con México y Canadá.

La diplomacia de la inteligencia tiene, ante sí, un universo en crisis. Las palabras al asalto de esa montaña de fuego.

Claves de Obama

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Así tituló su nota principal de ayer The New York Times y de inmediato concedió la dificultad de etiquetar o leer lo que será la presidencia de Barack Obama: “Centrista en sus nombramientos y bipartidista en su estilo, pero en busca de la mayor expansión del gobierno vista en generaciones”.

Obama es más que un político, dice el Times. Es también un símbolo, un ícono de esperanza para jóvenes y viejos.

Respecto de las claves prometidas, el Times no avanza mucho. Obama ha mostrado una inusual capacidad de dialogar con sus opositores.

Parece convencido de que en los asuntos cruciales del país, hay acuerdos posibles entre las fuerzas más dispares.

No teme las decisiones ni los riesgos. Decide rápido y corrige rápido también. A las nueve horas de saber que habría un escándalo con Bill Richardson por tráfico de fondos de campaña, lo desnombró secretario de Comercio.

Según sus colaboradores, Obama es una esponja, que absorbe información y la combina con rapidez mirando siempre hacia el objetivo que busca, más que hacia el proceso político necesario para alcanzarlo.

Según John Podestá, uno de sus coordinadores, Obama empieza las juntas preguntando lo que quiere saber, oye, discute, y al final resume sus impresiones y su preferencia. Después de las diez de la noche sigue haciendo telefonazos a sus colaboradores.

Pero el gobierno no empieza aún, ni son visibles las decisiones que definirán su rumbo. La más importante hasta ahora es que el poder se ha concentrado como pocas veces en la Casa Blanca.

Cuando empiecen las decisiones duras, la luna de miel con el público terminará y empezará a despejarse la incógnita número uno de la sociedad política norteamericana sobre su nuevo presidente. Esa incógnita es: cuánto gobierno intervencionista hay en las alforjas de Barack Obama. Todo el que funcione bien, fue la respuesta de Obama en su discurso inaugural.

Un alarmado Dick Morris, sexoadicto, deslenguado y brillante ex vocero presidencial de William Clinton, dijo a Fox News el día anterior que sabía como era Estados Unidos al empezar el gobierno de Obama pero no como sería al terminar.

Quizá será más como Francia y menos como Estados Unidos, previó Morris, refiriéndose a la dosis de intervencionismo estatal que exige la crisis y que auguran los programas de seguridad social de Obama.

“Socialismo” llaman a esto los espeluznados comentaristas de Fox News. Uno se pregunta si un poco de socialismo europeo no le vendría bien al escarmentado capitalismo de las orillas del Potomac y el Hudson.

El compromiso, la fe y la determinación

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Si en la histórica ceremonia de ayer en la que asumió como presidente de Estados Unidos Barack Obama hubo un punto que debe ponerse por encima de los demás, es la vitalidad que conserva un sistema democrático, con todas sus fallas, todas sus imperfecciones, para renovarse, reinventarse incluso y generar entre la gente las expectativas de seguir avanzando. Como dijo la legisladora Diane Feinstein ese acto demostraba que los votos, la política, la voluntad, pueden más para cambiar un régimen, construir y avanzar y generar esperanzas, que cualquier arma, cualquier visión integrista de las cosas, cualquier intolerancia.

Los votos pueden cambiar sociedades, pero éstas deben ser partícipes, después de votar, del proceso de cambio. El discurso de Obama tuvo el enorme mérito de recordar todos los problemas a los que se enfrenta su país, mas también de asumir que ellos serán encarados pero, demandando la participación de la gente, de los grupos, de las empresas, en la búsqueda, cada uno de ellos en su ámbito, de las soluciones posibles. La fe y la determinación, dijo Obama, mueven al pueblo y han marcado a su país. Y es verdad, pero también demandó regresar a los fundamentos de esa nación y de cualquier democracia: la responsabilidad de cada uno de sus integrantes dándole forma al respectivo destino.

Allí está el corazón de la propuesta de Obama y la que le ha permitido colmar de expectativas a la sociedad estadunidense y a buena parte del mundo. No es, como en los populismos que azotan a amplias zonas del continente, una visión en la que todo se promete realizar desde el gobierno: se asumen las responsabilidades, no se pregunta si el gobierno es grande o pequeño sino si ese gobierno realmente trabaja y para quién, pero coloca buena parte de la responsabilidad en la gente. Y ese simple cambio de factores es lo que, bien llevado, puede modificar el producto.

Lo hemos visto en las semanas pasadas en Estados Unidos y lo vemos en México. La lista de demandas para el Estado es enorme: que bajen los impuestos, disminuya el precio del diesel, aumenten por decreto los salarios, se instaure un seguro de desempleo, se entregue dinero contante y sonante a las organizaciones campesinas, a los presidentes municipales, a los gobernadores, se apoye a los pobres de la ciudad, pero también a las clases medias, a los empresarios, a los banqueros y a los trabajadores del Estado.

La noche previa a la toma de posesión de Obama veía algunos programas de la televisión estadunidense donde había espacio, también, para una multitud de demandas, tantas como pueden existir en un país en guerra, con la peor crisis económica de su historia reciente y desafiado por grupos terroristas. Pero aquel espíritu que permeó la ceremonia en Washington estaba mucho más presente que entre nosotros. Y era el espíritu del compromiso: un grupo de actores y actrices destacadísimos anunciaban en televisión cuáles serían sus compromisos, desde adoptar un grupo de escuelas para ponerlas en condiciones dignas hasta brindarles equipo de cómputo a muchas de ellas; desde asumir la necesidad de realizar labores comunitarias hasta comprometerse en el impulso a nuevas energías. Lo importante es que estábamos ante una multitud de compromisos personales o de grupo para encarar diversos proyectos: grandes o muy pequeños, pero ninguno de ellos impuestos por el gobierno o el Estado. A lo que sí se comprometía Obama es a impulsar grandes estrategias de todo tipo (que se basan fundamentalmente en proyectos contracícilicos que buscan aprovechar el momento de la crisis para mejorar la infraestructura, revolucionar la educación y modificar la generación de energía, como si eso fuera poco) y, sobre todo, a revisar los mismos para ver si funcionan o no, a eliminar los que no sirvan y fortalecer los que sean útiles. Destacó un punto que podríamos asumir sin mayores problemas en nuestro país. Los cínicos, dijo, son los que aseguran que no se pueden tolerar y ejecutar demasiados planes simultáneamente, los que proponen quedarse sólo en lo principal y modificar poco. La diferencia, precisó, es que por dondequiera que miremos hay cosas por hacer. Y deben hacerse, no sin esfuerzo, no prometiendo resultados a corto plazo, pero sí con la convicción de sacarlas adelante.

No tenemos ni esa fe ni esa determinación en nosotros mismos, no la hemos construido. Tantos años, diría Paz, de un ogro filantrópico que todo lo proporcionaba, todo lo decidía, todo lo administraba, nos llevó a contar hoy con una sociedad que pide, exige, en muchas ocasiones con razón, pero no está dispuesta a asumir sus respectivos compromisos. Es verdad: hay más pobreza, ha habido mayor desencanto, hay más corrupción pero también mucho más cinismo y menos visión de conjunto, de comunidad. Y ello comienza por la clase política, que resulta incapaz en la enorme mayoría de las ocasiones de tener por lo menos un espacio de generosidad y todo lo circunscribe a las más egoísta lucha por los más pequeños espacios de poder, dentro y fuera de sus partidos; continúa con el gobierno federal, los estatales y municipales, que parecen temerosos de lanzarse a gobernar de acuerdo con sus convicciones y las necesidades del país, más allá de la buena voluntad presidencial o de otros funcionarios; sigue con los sindicatos, los empresarios, las organizaciones sociales, y por los medios, que pelean, peleamos, espacios pequeños, mezquinos y donde los límites de los intereses propios están siempre tan cerca que impiden tener una visión de conjunto. Eso puede cambiar, pero hay algo que se dijo ayer que resulta clave: la convocatoria debe hacerse desde el poder, en su más amplio sentido, y asumir con la gente que se puede, como también se dijo, construir juntos un destino. No lo estamos haciendo.

El poder laico

Mauricio Merino
Profesor investigador del CIDE
El Universal

El presidente Obama juró su investidura sobre la Biblia, tras la oración de un ministro religioso. Pero no podría emplear la religión para dirimir asuntos de gobierno, para hacer política, ni mucho menos para discriminar o excluir a quienes no comparten su credo personal.

En aquel país, el sentido de la laicidad es respetado: cada quien tiene sus creencias, pero la política acepta e incorpora a todas. En México, en cambio, la religión no está siendo ajena a la búsqueda de medios de poder. No hay espíritu laico, sino militante.

Decir que el activismo religioso que hemos visto en estos días en nuestro país no es ajeno a los tiempos electorales que ya corren es decir una obviedad. De ahí que preocupe tanto ver al presidente Calderón metido en esos lances. Por supuesto que es lícito buscar alianzas, pero hacerlo a costa de la laicidad que ha de guardar el jefe del Estado es inaceptable.

Fue un organismo de su gobierno el que editó las tesis de Pedro Salazar sobre La laicidad: antídoto contra la discriminación (Conapred, 2007). Su autor nos recuerda que la laicidad ha evolucionado desde la Ilustración de la mano con la tolerancia y que no supone solamente la aceptación del otro, sino su incorporación activa en el derecho y en el discurso; el respeto a la creencia ajena y la distancia inequívoca entre la religión y la política.

Nadie sensato le pediría al Presidente que se vuelva ateo. Por el contrario, una de las virtudes del Estado laico consiste en que cada uno puede abrazar su propia fe, sin distinguirse ni separarse de los demás.

La laicidad no equivale a la militancia antirreligiosa, ni a una suerte de religión civil de descreídos. Significa lisa y llanamente el predominio de la igualdad jurídica y del respeto activo hacia las diferencias. Y, en consecuencia, del rechazo a cualquier forma de discriminación.

En su intervención en el Encuentro Mundial de las Familias, convocado por la Iglesia católica, hubo un cálculo político. El Presidente buscó reforzar sus señas de identidad católica con los millones de electores potenciales que profesan esa religión, pensando quizá en trasladarle simpatías a su partido.

Pero al hacerlo, no sólo olvidó que preside un Estado en el que la ley electoral prohíbe expresamente la apelación a los credos religiosos para ganar votos, sino que avaló la fuerza de la jerarquía católica que, sin ambages, ha declarado su intención de influir cada vez más, y más directamente, en la vida política de México. Es decir, de romper la laicidad.

Esa jerarquía está formada por personas con muchas ambiciones y una larga historia de conflictos con el poder político, que en los últimos meses ha demostrado ser capaz de aceptar recursos públicos para sus propios fines, como sucedió en Jalisco; de hacer la vista gorda frente a los casos de pederastia que se han documentado; de llamar públicamente a enfrentar las decisiones del Poder Legislativo; de proclamar su derecho a integrar partidos; o de declarar inexistentes matrimonios válidos por razones de poder, como en el caso de los Fox, mientras divulga su rechazo a la reconstrucción de familias en segundas nupcias.

Usar la religión para hacer política produce discriminación, intolerancia y polarización. Y nada de eso debería ser promovido desde la jefatura del Estado, y mucho menos en un año que promete ya ser muy difícil.

Que cada quien defienda a su propio Dios y que conserve su derecho a declararlo en público. Pero hacer política con argumentos y alianzas religiosas es, por el contrario, sellar un pacto con el diablo.

Diagnósticos preliminares

Carlos Marín
cmarin@milenio.com
El asalto a la razón
Milenio

A punto de cumplir 77 años y operado hace poco de un tumor cerebral maligno, el senador demócrata por Massachusetts desde 1962, Edward Kennedy, se desmayó ayer durante el almuerzo en honor de Barack Obama, y es probable que su desvanecimiento esté relacionado con la secuela de la intervención quirúrgica.

Y ¡chin!: le sucedió lo mismo y en el mismo acto a su correligionario y compañero de bancada por Virginia Occidental, Robert Byrd, quien tiene ya 91 años y padece el mal de Parkinson.

El segundo caso quizá nada tenga que ver con oncólogos ni gerontólogos, pero sí con psicólogos y hasta psiquiatras, ya que se trata de un ex persecutor de negros que en sus años mozos militó en el Ku Klux Klan. Y ya estaba grandecito y era senador (lleva siéndolo 50 años: los mismos de Fidel Castro en el poder cubano) cuando, en 1964, combatió rabiosamente la Ley de Derechos Civiles.

Así que es de imaginarse al viejito intentando, junto con el almuerzo, tragarse el acontecimiento que se estaba celebrando.

Obama y la economía mexicana

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

No son pocos los mexicanos que se preguntan, como si el nuevo presidente estadunidense fuese todopoderoso, ¿qué puede hacer Obama por la economía mexicana?, cuando la pregunta pertinente es ¿qué podemos hacer, cada uno de nosotros, por nuestra actividad económica? Haciendo caso omiso de esto último, respondo a la primera pregunta, señalando que dos son las acciones que Obama puede tomar a favor de algunos agentes económicos mexicanos, a quienes no hay que confundir con la economía mexicana.

En primer lugar, Obama puede hacer todo lo que esté en sus manos para avanzar en la apertura de los mercados estadunidenses a la entrada de mercancías mexicanas, lo cual beneficiaría, uno, a los exportadores mexicanos y, dos, a los consumidores estadunidenses, quienes en este asunto son los mejores aliados de aquellos. ¿Quién es el enemigo a vencer? Los productores estadunidenses quienes, si se avanza en la apertura comercial, enfrentarían más competencia provocada por los productos mexicanos, obligándolos a volverse más productivos y competitivos, lo cual, ¡obviamente!, no tendría nada de malo: al contrario. Llegados a este punto no hay que olvidar que a las políticas económicas hay que calificarlas por el efecto que tienen sobre el bienestar de los consumidores o, dicho de otra manera, por el grado de competencia que le generen a los productores nacionales. Desde este punto de vista una mayor apertura de los mercados estadunidenses a los productos mexicanos sería una política que habría que calificar con 10. Obama, en esta materia, ¿aspira al 10?

En segundo lugar Obama puede hacer todo lo esté a su alcance para avanzar en la apertura de la frontera estadunidense a los mexicanos inmigrantes, siendo lo ideal la eliminación de la frontera, los pasaportes, las visas y demás obstáculos que los gobiernos imponen, de manera arbitraria, al libre tránsito de personas entre países. ¿Quiénes sería los beneficiados de esta medida? En primer lugar los trabajadores mexicanos, para quienes el costo, y el riesgo, de la migración se reduciría. En segundo término los empleadores estadunidenses, para quienes el acceso a dicha mano de obra se facilitaría. ¿Quién es el enemigo a vencer? Los trabajadores estadunidenses, quienes gracias al libre tránsito de personas, enfrentarían en el mercado laboral una mayor competencia, sobre todo en determinados tipos de trabajo, trabajadores estadunidenses que pueden estar respaldados en sus demandas antiinmigración por sus respectivos sindicatos.

En ambos casos, mayor apertura de mercados y fronteras, y de manera ideal la total y definitiva apertura de las fronteras y los mercados, el enemigo a vencer es el nacionalismo, que por lo general encontramos en el lado de la oferta, ya sea de bienes y servicios, ya de trabajo, nacionalismo que afirma que lo importante es dónde y quién produce las mercancías, siendo lo

correcto que se produzcan en el país, por nativos del país, no concediéndolo mucha importancia a la cuestión de cómo se producen los bienes y servicios (por ejemplo: con qué productividad o competitividad), nacionalismo que, sobre todo en tiempos de crisis económica, se exacerba, debiendo ser todo lo contrario. ¿Qué una buena manera de contrarrestar las presiones recesivas no es por medio de la ampliación de los mercados, ampliación que se logra yendo más allá de las fronteras nacionales, es decir, teniendo la posibilidad de ofrecer lo que se produce en otros mercados?

Dos son las acciones —apertura de mercados y frontera—, que Obama puede tomar a favor de algunos agentes económicos mexicanos, quedando pendiente la respuesta a la pregunta de si, pudiendo hacerlo, lo hará. Ya veremos, pero no nos hagamos muchas ilusiones.

Barack, el hombre símbolo

Víctor Gordoa
Excélsior

Bienvenidos una vez más al mundo de la imagen pública, un terreno en el que cualquier cosa o persona puede constituirse en un símbolo siempre y cuando haya alguien que pueda interpretarlo. Lo anterior lo digo para poder introducir ante ustedes el tema de que creo que nunca antes en la historia moderna de Estados Unidos había llegado alguien a la presidencia que significara más que Barack Obama, a tal grado que me atrevo a afirmar que al puesto de poder más grande del mundo llega un presidente-símbolo. Vamos por partes. Cuando algo o alguien es capaz de enviar un mensaje completo sin palabras, eso se convierte en un signo. Un signo será entonces la relación que exista entre una cosa, el mensaje que esa cosa envía y el intérprete que es capaz de entenderlo. Para no complicarlos mucho les pido que piensen en un letrero de No Estacionarse. La cosa será el letrero con la letra E cruzada por una diagonal; el mensaje será que no te puedes estacionar y el intérprete serás tú que puedes entenderlo. Podemos entonces hablar de que ese letrero es un signo porque le dice algo a alguien. Ese es precisamente el sentido del verbo significar.

Signos y Símbolos…

Por favor, siga leyéndome porque voy a preguntarle: ¿Es lo mismo un signo de sumar que la cruz católica? ¿Pesa igual en significado la figura de Martin Luther King que un signo de pesos? Evidentemente, no, la diferencia estriba en que unos son solamente signos y los otros ya pueden considerarse símbolos, entonces… ¿cuál sería la diferencia entre un signo y un símbolo? Primero les diré su similitud: un símbolo tuvo que haber sido antes un signo, es decir algo que significara una cosa para alguien. Ahora paso a su gran diferencia: el mensaje que transmite un símbolo tiene que ser más amplio y más profundo que el que transmite un signo. Por ejemplo: el signo + (más) sólo indica sumar y el símbolo de la Estrella de David significa toda la historia y el contexto religioso del pueblo judío.

Hombres símbolos...

Un ser humano puede perfectamente convertirse en un símbolo al representar un mensaje más profundo en vez de una simple instrucción. Tomemos el caso de Marilyn Monroe que se convierte, al través de su mítica historia y atractivo físico, en el símbolo sexual de muchos hombres, o el del logotipo de la marca Nike que ya significa todo un estilo de vida ligado con la salud, la energía, la decisión y el triunfo. Ejemplos similares podemos encontrarlos a lo largo de toda la historia del hombre: ¿Quién simboliza la filosofía? Platón ¿Quién la Siquiatría? Freud ¿Quién al auto americano? Ford.

Barack Obama...

El hombre que a partir de ayer es el presidente de Estados Unidos, aun sin conocerse cuáles serán sus resultados como gobernante dentro de cuatro o probablemente ocho años, llega al puesto ya convertido en hombre símbolo y yo no recuerdo otro que lo haya logrado. El caso de Barack Obama es digno de estudio pues arriba representando muchas cosas que se derivan de la imagen pública que cientos de millones de personas en el mundo se han forjado acerca de él. Veamos los factores más importantes.

El símbolo Obama…

Por primera vez un afroamericano llega a la presidencia de EU, lo que simboliza el triunfo de la raza negra desde la abolición de la esclavitud hasta la detentación del máximo poder político. Simboliza el triunfo de la juventud sobre la vejez decadente, corrupta y muy lenta. Simboliza el nuevo liderazgo capaz de reunir en torno a sí factores en apariencia antagónicos, como la humildad de los latinos y la riqueza anglosajona en su máxima expresión. Representa a la nueva clase política, moderna tecnológicamente y mucho más conciliadora y refinada en sus formas. Simboliza la posibilidad de superación del hombre común y hace verdad el que los sueños de cualquiera pueden convertirse en realidad. En consecuencia, el señor Obama se convierte en un modelo a seguir, en motivo inspiracional y aspiracional, en el nuevo arquetipo del político no solamente americano sino mundial. No me cabe la menor duda de que estamos ante el caso inédito de que un hombre se convierta en símbolo antes de haber entregado los resultados de su trabajo y todo gracias al uso eficiente de tres elementos: imagen, imagen e imagen. ¿Alguien duda todavía de que la era de la imagen ya está aquí y llegó para quedarse?

Defender el Estado laico

Lorenzo Córdova Vianello
Investigador y profesor de la UNAM
El Universal

No la presencia, sino la intervención del presidente Calderón en el sexto Encuentro Mundial de las Familias el pasado 14 de enero es, por decir lo menos, irresponsable y contradictoria con la investidura política que ostenta. Al menos lo es en el contexto del Estado laico que establece nuestra Constitución.

Como privado él tiene el derecho de profesar y practicar la creencia religiosa que quiera al amparo de la libertad que a todos nos reconoce el artículo 24 de la Carta Magna. Como Presidente, es decir, como el titular de un órgano de Estado que no supone una representación partidista o de fe alguna, está obligado constitucionalmente a ciertas responsabilidades elementales. Ello no quiere decir que no pueda asistir a eventos de corte abiertamente religioso como el aludido, ni siquiera que no pueda inaugurarlos, como lo hizo (aunque un mínimo de sensatez política habría sugerido no hacer ninguna de esas dos cosas), pero sí que en su discurso debe mantener, en todo caso, el tono neutro en cuanto a cuestiones religiosas que le impone el haber asumido una responsabilidad pública de primer nivel y haber jurado respetar y hacer cumplir una Constitución laica (y subrayar el adjetivo no es menor).

El sermón que pronunció el Presidente de la República en nombre del pueblo de México al darle la bienvenida a nuestro país (una tierra ahora expropiada por santos, vírgenes y órdenes religiosas de nomenclaturas francamente medievales) a la alta jerarquía católica y a la grey que confluyó en ese evento es simple y sencillamente ofensivo para quienes en ejercicio de la misma libertad religiosa no comulgamos con sus creencias (o simplemente no creemos en nada).

No debemos olvidar que el Estado laico, es decir, aquella forma de organización política que parte de no asumir como propia una religión, que tampoco persigue a religión alguna y que, por lo tanto, se funda en el principio de tolerancia religiosa (que quiere decir respeto y consideración de igual dignidad a todas las creencias), es la premisa de una forma de gobierno democrática.

Y es que la democracia no puede existir ahí donde no existe un respeto a la diversidad política, ideológica y religiosa que caracteriza a las sociedades modernas (incluida, aunque le pese a algunos, la nuestra). Sólo a partir de ese respeto es concebible la interacción pacífica y respetuosa de quienes piensan y creen en algo distinto. Y eso es posible sólo en un contexto en el que haya logrado cuajar la que es, sin duda, la conquista civilizatoria más importante de la modernidad: la separación neta y tajante entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado. Esa que Calderón diluyó de cuajo la semana pasada.

El Presidente, insisto en ello, tiene el derecho de sostener en su fuero interno los valores que considere mejores o convenientes, pero nunca —como lo hizo— el de afirmarlos, en su papel de jefe de Estado, como un postulado absoluto, como la Verdad (con mayúscula), porque entonces está olvidando el carácter democrático de su encargo y se convierte en el cruzado de una fe que, por muy mayoritaria que sea, no deja de ser una visión parcial y excluyente del mundo y sus problemas.

Exigir al Presidente que respete la Constitución y que mantenga en su fuero privado sus creencias religiosas no es baladí, menos aún en un contexto en el que la Iglesia católica ha públicamente desatado una agresiva ofensiva por suprimir el carácter laico de la educación y la separación entre religión y política que sanciona nuestra Carta Magna. Lo que está en juego es, ni más ni menos, el futuro del Estado democrático que por definición es, guste o no, precisamente aconfesional.

Salinas, el PAN y las mentiras (1)

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

Nadie puede probar el fraude de 1988; el PAN hizo lo mismo que AMLO en 2006
Los hechos, y los años, demuestran que el PRI se movió a hacia la derecha


Parece que no existe duda de que alguien miente —si no es que todos— sobre negociaciones y acuerdos pactados luego de los comicios de 1988.

Como todos saben, a partir de la publicación del libro: 88, el año que calló el sistema —de Martha Anaya—, se desató un debate que hizo dudar de las capacidades memoriosas de Carlos Salinas, Luis H. Álvarez y “los Manueles” —Bartlett y Camacho—, entre otros.

Y es que a 20 años de esa elección, resulta que nadie recuerda con precisión —como lo revela la periodista—, el pacto que legitimó al salinismo por parte del PAN “alvarista”, y menos si el cuestionado gobierno adoptó el programa azul, que proponía Manuel J. Clouthier.

En rigor no hace falta que Salinas, Álvarez, Bartlett o Camacho recuerden el pacto, ya que a la distancia y frente a la realidad política de hoy —“aiga sido como aiga sido”—, quedó claro el viraje del PRI a la derecha, y la alianza con los azules para alargar una agonía que con el tiempo llevó al tricolor a entregar el poder al PAN.

Pero vale el ejercicio memorioso para tratar de entender a los actores políticos de la transición mexicana, y exhibir que en la lucha por el poder —entre PRI, PAN y PRD— no existen ángeles ni demonios ni demócratas puros, y menos tiranos buenos, sino ambiciones desmedidas de poder, al más puro estilo del florentino Nicolás Maquiavelo. ¿Qué negociaron Salinas y Luis H. Álvarez —jefe panista de entonces— en 1988?

Sí, Salinas, don Luis y los Manueles pueden decir lo que quieran pero los hechos hablan más que la memoria. Y es que la noche del 16 de noviembre de 1988, ante el Zócalo pletórico, y una vez que Manuel J. Clouthier anunció el fin de su post-campaña electoral —vale recordar que realizó campaña antes de la elección, y meses después, porque denuncio fraude—, Luis H. Álvarez anunció a la multitud el “Compromiso Nacional por la Legitimidad y la Democracia”. ¿Qué era eso?

¿Un pacto entre los jefes del PAN y Salinas, para “legitimar” al nuevo gobierno en el ejercicio del poder? ¿Y eso con qué se come? Si algún curioso quiere saber de qué se trata, puede acudir a una hemeroteca y encontrará un texto en donde el PAN se compromete a reconocer al gobierno de Salinas, a cambio de una reforma electoral urgente; que Salinas reconocerá los triunfos electorales azules en Guanajuato, Jalisco y San Luis Potosí, entre otros y, en efecto, que Salinas convirtiera en acciones partes sustanciales del programa de gobierno del PAN. Y sí, si existen dudas, basta con leer dicho texto. Queda claro. Todos mienten.

Más aún, en la edición de Excélsior del 22 de enero de 1993, se difunden partes sustanciales de una plática entre Luis H. Álvarez y un grupo de reporteros —entre ellos el autor de Itinerario Político, a lo que el saliente jefe panista confesó —off the record—, que era “humanamente imposible saber quien había tenido la mayoría de los votos en la elección… es probable que Salinas, es probable, pero nada más eso”.

Luego el jefe panista reveló que no se sumaron a Cárdenas, “porque aquí entre nos, no teníamos la seguridad de que hubiera ganado… nos llegó información de cómo se ayudó a Cárdenas en Baja California, Michoacán y en Veracruz. Él recibió votos producto de la alquimia, de la burocracia. ¿Por qué creen ustedes que (Salinas) quitó a los gobernadores de Baja California, de Michoacán y de otros lados? ¿Por qué quitaron a La Quina? ¿Por qué Porfirio Muñoz Ledo se negó a que se abrieran los paquetes de senador? Todo fue un cochinero”, dijo el jefe del PAN.

Los periodistas le preguntaron: ¿Por qué no se dijo eso antes? Y explicó: “Si estamos luchando juntos, ¿por qué habríamos de exhibir a Cárdenas públicamente?”. De nuevo los periodistas. ¿Cuál debió ser el camino? “¡Que se invalidaran las elecciones!”, dijo tajante don Luis. Y nueva pregunta: ¿Entonces qué propuso el gobierno? “Adquirió el compromiso de llevar a cabo una transición democrática, cosa que no ha hecho… aunque yo creo que sí tenemos que reconocer que hubo un cambio de actitud inicial”. ¿Quién hizo el compromiso, Salinas, De la Madrid, Bartlett o Camacho?, se le insistió. “Camacho era el principal conducto”, dijo Álvarez.

A la distancia lo interesante es que queda claro que nadie probó si en la elección de 88 existió o no fraude —y el PAN fue el que propuso quemar las boletas—, y que en realidad lo que buscó Acción Nacional fue presionar para pactar con Salinas un acuerdo de cogobierno, una reforma electoral y las concertacesiones. En 88 el PAN hizo lo mismo que AMLO en 2006: desconocer la elección y buscar un pacto. Pero la diferencia es que los azules fueron inteligentes, por eso llegaron al poder en 2000. En 1996 AMLO siguió los pasos del PAN, pero esa historia, mañana.