abril 05, 2009

'Moscas cerradas' por Paco Calderón

Es democracia, no “guerra sucia”

León Krauze
camarahungara@hotmail.com
Excélsior

De una u otra manera, los políticos en contienda tratan de recordarle al electorado los errores de su antagonista. La historia del partido y la historia personal del candidato son argumentos válidos y recurrentes. Pasa en Francia, Inglaterra, Italia, España y, por supuesto, en Estados Unidos

Imaginemos la siguiente situación.

En los primeros días de un gobierno después de una elección disputada, la oposición descubre que un importante miembro del recién inaugurado gabinete tiene cola que le pisen. Dolidos aún por el resultado electoral, los opositores deciden atacar: salen a los medios de comunicación y acusan de corrupto al funcionario. Contra las cuerdas, el político en cuestión tarda en reaccionar. Cuando lo hace es demasiado tarde: la campaña de desprestigio ha surtido efecto y el hombre ha perdido capacidad de liderazgo. Tarde o temprano tendrá que renunciar. La oposición, pues, ha ganado la partida. ¿Es este un ruin caso de “guerra sucia”? No. Tras descubrir la polémica que esconde la vida pasada de este hipotético miembro del gabinete, la oposición simplemente se ha decidido a jugar con rudeza en la arena política. Esa aspereza no implica una traición a la patria. ¿Sería una estrategia indecorosa si esa misma oposición decidiera utilizar el caso del funcionario caído como argumento electoral en la siguiente votación? Tampoco. Un gobierno en funciones debe asumir que sus decisiones serán juzgadas por la ciudadanía y, si resultan tropiezos, aprovechadas por sus antagonistas. Imaginar que la oposición no utilizará los errores de un gobierno para tratar de vencerlo en el siguiente ciclo electoral no es sólo una muestra de ingenuidad sino, quizá, de la más perversa hipocresía.

Para nuestra desgracia, ese saco le queda al México de hoy. El escándalo que ha despertado en los últimos días la campaña del PAN en contra del PRI sería cómico si no fuera trágico. Hace unas semanas escribí en este mismo espacio que, tras la reforma electoral, México se ha convertido en un país de histéricos, en donde el ejercicio más elemental de la política equivale a un insulto a la impoluta sociedad mexicana. Sostengo lo dicho. La reacción del PRI a la famosa “sopa de letras” panista me ha recordado la rabieta de un niño de biberón. Y es que todo indica que hemos llegado al límite: ahora resulta que un par de anuncios más bien tontos pueden poner en riesgo la viabilidad del país. En la semana que termina pude leer las opiniones enardecidas de al menos una decena de colegas que acusaron al PAN de dinamitar la democracia con ese anuncio perverso, demoniaco en el que le pedía al lector relacionar un par de columnas como en un examen de primaria. Si una provocación infantil como la panista pone en peligro la gobernabilidad de México, estamos en serios problemas.

Algunos columnistas fueron más allá al suponer un escenario apocalíptico para la mañana siguiente de las elecciones. Su hipótesis es, más o menos, la siguiente: después de una campaña llena de hostilidades inenarrables como la “sopa de letras”, el PRI (¡el PRI!) entra en un estado de catatonia emocional, declarándose profundamente sentido por las groserías panistas. En ese escenario, este PRI lloroso decide cobrarle al PAN todas sus descortesías y, como amante despechada(o), opta por colapsar México. Lo dicho: si no fuera cómico sería trágico. Suponer que el PRI le dará la espalda a la negociación política el 6 de julio sólo puede ocurrírsele a un ingenuo o, peor aún, a alguien que ve a la política no como un juego infinito de reacomodos maquiavélicos sino como un kínder de niños emberrinchados.

Una enorme mayoría de las democracias del mundo incluyen campañas de contraste en sus procesos electorales. De una u otra manera, los políticos en contienda tratan de recordarle al electorado los errores de su antagonista. La historia del partido y la historia personal del candidato son argumentos válidos y recurrentes. Pasa en Francia, Inglaterra, Italia, España y, por supuesto, en Estados Unidos. El ejemplo estadunidense es particularmente interesante. Es imposible imaginar al partido demócrata haciendo campaña en 2008 sin hacer referencia alguna a la larga lista de tropiezos de George W. Bush. Los errores de Bush fueron la estrategia de campaña de los demócratas. Con toda razón y sapiencia política, Barack Obama se presentó —y se sigue presentando— como el opuesto perfecto del presidente anterior. ¿Equivale esto a una brutal guerra sucia o es, más bien, una estrategia ineludible después de la catástrofe que representó Bush? La respuesta es evidente ¿Cuál es la diferencia entre lo ocurrido con Obama y lo que pretende hacer el PAN ahora? Ninguna. Lo que sí es muy distinto es la reacción de los ofendidos en ambos países. Una de las reglas de oro de las democracias modernas —mediatizadas, obsesionadas con la síntesis de mensaje— es la importancia de la respuesta inmediata y eficaz a las campañas negativas. EL equipo de John McCain intentó deslindarse rápidamente de Bush y quizá lo hubiera logrado por completo de no ser por la explosión de la crisis financiera. Los priistas, en cambio, han optado por rasgarse las vestiduras: han preferido quejarse de la estrategia rival antes que contrarrestarla. Es un error de antología. Ya en 2006, enfrentado con una situación similar, Andrés Manuel López Obrador dejó, gracias a un silencio ingenuo e incomprensible, que la campaña negativa panista convenciera a los electores. El “peligro para México” hundió la candidatura del perredista. En el equipo de AMLO es un secreto a voces que, de haber respondido con contundencia e inmediatez a la campaña de contraste, el resultado final podría haber sido distinto. Tienen razón. Como López Obrador entonces, el PRI del 2009 deberá entender que la democracia moderna pasa por el contraste y por los medios de comunicación. El brinco que ha pegado el PAN en las encuestas después de cambiar el tono de la campaña no es ninguna casualidad. Si los priistas se suman a la histeria y deciden no responderle al PAN, el blanquiazul habrá ganado la partida. Y luego vendrá Enrique Peña Nieto, a quien no le falta historia…

Robots hicieron sus primeros descubrimientos

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

No es que se haya empleado un robot para manipular un experimento, eso no sería ninguna novedad. No, no: un robot, llamado Adam, identificó los genes propios del metabolismo de una levadura con el método que siguen los científicos: formuló hipótesis acerca del origen de ciertas enzimas que los científicos llaman “huérfanas” porque no han logrado identificar los genes que las codifican, planeó y ejecutó los experimentos con los que puso a prueba sus hipótesis, y presentó conclusiones…

Hemos visto, al menos en TV, los robots que arman, sueldan, remachan y pintan autos a lo largo de una línea de producción. Son labores de gran precisión, pero también por completo mecánicas. Hay una inolvidable secuencia de Chaplin apretando tuercas que van pasando frente a él por horas; cuando suena el silbato y termina su jornada, el movimiento se le ha transformado en un tic del brazo que no cesa de ajustar imaginarias tuercas. Eso lo hacen ahora, mucho mejor, robots que no sufren tedio ni atontamiento.

Pero Adam, creado por el científico en computación Ross King de la Universidad Aberystwyth y biólogos de sistemas de la Universidad de Cambridge, Reino Unido, emplea algoritmos para formular posibles respuestas de un problema, esto es elabora hipótesis, diseña los experimentos que pondrían a prueba cada una, los lleva a cabo, y analiza los resultados. Un algoritmo es un procedimiento del estilo: haz x, si resulta m sigue esto, si resulta n sigue esto otro.

El reporte del equipo encabezado por King está en línea desde esta semana en ScienceNOW, y el viernes en el ejemplar semanal de Science: Adam formuló 20 hipótesis acerca de genes que codifican 13 enzimas, confirmó 12.

En el mismo número viene el reporte de un logro similar en física. Michael Schmidt y Hod Lipson, de la Universidad Cornell crearon un algoritmo que dedujera leyes de un sistema dinámico no linear, “por ejemplo un péndulo suspendido al extremo de otro péndulo”. La dinámica de tal sistema puede capturarse con una función. El robot puede deducir la función y otros datos matemáticos del sistema ¡con observar el movimiento!

Como en el caso anterior, genera hipótesis, las pone a prueba y revisa los resultados. “Los científicos deberán aprender a programar computadoras y a expresar el conocimiento del mundo real de la forma en que lo hacen quienes trabajan en inteligencia artificial”, dice David Waltz de la Universidad Columbia.

Por lo pronto, Adam y el otro robot no serán candidatos al Nobel, ironiza la nota, pues hacen un trabajo que no sería muy difícil a un graduado brillante. Adam ha rastreado los orígenes, antes desconocidos, de ciertas enzimas, pero no ha producido una novedad conceptual. Todavía “hay una gran diferencia cualitativa en la cantidad de conocimiento que cualquier científico humano aporta para resolver un problema”, dice Bruce Buchanan, científico en computación de la Universidad de Pittsburgh. Aunque también predice que este tipo de sistemas automatizados alcanzarán resultados que los humanos ahora no imaginan.

Por lo pronto, tenemos un robot que diseña sus propios experimentos en biología molecular y hasta ha realizado sus primeros descubrimientos, y otro que puede redescubrir las leyes del movimiento en un sistema de péndulos interconectados, señala ScienceNOW.

La gran diferencia es que, para realizar sus brillantes trabajos, estos robots siguen algoritmos, recetas que, es cierto, se abren a diversas alternativas, complejas, hasta complejísimas, pero al fin recetas. Sabemos, desde que Kurt Gödel publicó su prueba a mediados de los años 30, que todo intento por formalizar los recursos del intelecto humano será incompleto. Y un algoritmo es, precisamente, una formalización para resolver un problema. Por el Teorema de Gödel sabemos que podremos hacer un robot que resuelva cada problema. Lo que no podemos, ni podremos jamás, es construir uno que resuelva todos los problemas.

Hay pruebas abundantes de que la mente humana también sigue algoritmos cuando realiza trabajo rutinario, pero produce saltos no algorítmicos. Son muchas las anécdotas acerca de Mozart con una obra completa en la cabeza o Poincaré subiendo a un transporte mientras vislumbra, como rayo en cielo azul, una solución matemática para un problema en el que ni siquiera estaba pensando en ese momento.

Científicos como Roger Penrose y filósofos como John Searle ofrecen ejemplos en libros que se leen con maravilla creciente. Por lo pronto, y ya que viene la Pascua, podemos crear algoritmos que nos den música, de hecho ya se hace, pero el aria Erbarme dich, de La Pasión según san Mateo, de Bach, no se obtiene con el más sofisticado de los algoritmos. Ni la prueba de la Conjetura de Poincaré, recién obtenida por Grígory Perelman, un ruso que fue al MIT a presentar su demostración y regresó a San Petersburgo, a seguir viviendo con su mamá.