abril 12, 2009

'Como creo en los clavos que te sangran' por Paco Calderón

Designan candidato del PAN al ex clavadista Fernando Platas

Redacción | Nacional
La Crónica de Hoy

Contendiente. El ex clavadista buscará la presidencia de la Comisión de Juventud y Deporte de San Lázaro. Foto: Archivo

El ex clavadista Fernando Platas Álvarez fue designado candidato del Partido Acción Nacional (PAN) a diputado federal. Contenderá por el distrito 24 electoral federal en Naucalpan, Estado de México.

Platas representó a México en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, pero fue hasta las Olimpiadas de Sidney 2000 cuando ganó la medalla de plata en la plataforma de tres metros.

Además, fue medallista en campeonatos mundiales como Juegos Centroamericanos, Panamericanos y Copas del Mundo.

En 1995 recibió el Premio Nacional del Deporte y actualmente se desempeña como director del Instituto Municipal de Cultura Física y Deporte de Naucalpan.

Platas Álvarez dijo que de ser favorecido por el voto popular el próximo 5 de julio buscará la presidencia de la Comisión de Juventud y Deporte en la Cámara de Diputados, para devolver al país lo mucho que le dio en su etapa como deportista.

"Es importante que haya gente conocedora del deporte aspirante a diputados y otros cargos de elección, para estar en la Cámara y ayudar tanto al alto rendimiento como hacer que el deporte esté en las escuelas", afirmó.

Otra medallista olímpica que se encuentra en las listas de Acción Nacional es Iridia Salazar Blanco, medallista de bronce en la categoría de 57 kilogramos en taekwondo en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

Salazar Blanco va como suplente en la fórmula para diputados federales por el Distrito 8 de Michoacán, en la cual el candidato propietario es Alfonso Martínez.

La Pascua es fiesta pagana

Luis González de Alba
Se descubrió que...
Milenio

Quizá usted haya notado que siempre, sin excepción a la regla, en Semana Santa hay luna llena. No es un milagro: son los restos de la fiesta pagana, lunar y solar, de la resurrección… No, no la de Cristo, la de la Naturaleza.

La Pascua original es fiesta judía (la palabra viene del hebreo Pésaj, cena de cordero y pan sin levadura, rito imitado casi idéntico por las iglesias ortodoxas cristianas y un tanto perdido en la católica). Cristo, judío practicante, ayunó 40 días, luego fue a Jerusalén para celebrar la cena de Pésaj, como ocurrió esa noche en todo hogar de Israel.

Pero, ¿de dónde viene el rito judío de Pésaj? Recordemos: Isaac y sus doce hijos vivían en una tierra, ya prometida, pero todavía no poseída. Isaac, de joven, pelea con un ángel, le gana y en adelante se le llama Israel: “el que lucha con Dios”. Un hijo suyo, José, va a dar a Egipto porque sus hermanos, envidiándole una túnica muy mona, lo venden a mercaderes de Egipto. Allá lo compra un rico llamado Putifar. La mujer de éste acosa al joven José que… sale corriendo… Humm… Lo acusa ella falsamente. Va a la cárcel y allí José adivina sueños al panadero y al copero del faraón.

El copero, liberado, lo recuerda cuando el faraón comienza a tener sueños raros de vacas gordas y flacas. José acierta y el faraón lo hace primer ministro (y guardián de las cosechas para los futuros años de vacas flacas, lo cual es todavía mejor). Llegan a Egipto los otros once hermanos y se reproducen como cuyos.

Quizá en Egipto conocen la sacrílega idea del faraón Aken-atón de que hay un solo dios y los demás son falsos. El caso es que los nietos de Isaac son monoteístas. Los sacerdotes egipcios restituyen el politeísmo y borran al faraón hereje. Nace Moisés y Dios le ordena sacar a su pueblo de Egipto y llevarlo a aquella tierra prometida a Abraham, y de donde habían salido los 12 hermanos. Como el faraón se niega a perder esa mano de obra, Dios le envía plaga tras plaga.

La última plaga es la del Ángel de la Muerte, que mata a todos los primogénitos de Egipto, incluido el hijo del faraón. Pero pasa de largo por aquellas casas que mostraran una señal convenida. Las familias descendientes de Isaac debían cenar cordero con pan sin levadura, permanecer en vigilia toda la noche y, lo más importante, marcar su puerta con la sangre del cordero sacrificado: el ángel pasaría de largo.

Observe usted lo infantil y ridículo del cuento: un ángel debe encontrar una señal en la puerta para no matar al primogénito de los que allí habitan. O sea, los ángeles son un poco estúpidos y no se saben el who’s who. Pero eso cuenta el Éxodo. Muerto el príncipe, el faraón permite que salgan los israelitas, luego se arrepiente, va tras ellos, Moisés abre el mar Rojo, pasa, y lo cierra sobre el ejército de Egipto.

Ninguna parte del Éxodo indica la fecha de la cena y el paso del Ángel de la Muerte. Pero los judíos, al establecerse en la Tierra Prometida, tomaron una fiesta celebrada por todos los pueblos vecinos: el equinoccio de primavera, que es el día del año en que el día alcanza en duración a la noche y son iguales, luego la rebasa y comienzan los días largos. Despojaron la fiesta de su sentido celeste y, sin dato alguno, la atribuyeron a la noche en que Dios los había salvado de la última plaga.

¿Y de dónde tomaron los pueblos paganos su rito de Pascua? La observación de los cielos para determinar el equinoccio de primavera es crucial para todo pueblo agrícola, pues señala el tiempo en que se podrá sembrar sin peligro de heladas. Muchos pueblos antiguos tuvieron calendarios que combinaban los movimientos solares con los lunares. Y una de estas fórmulas es la que asegura el fin de las heladas: el equinoccio (dato solar) y la siguiente luna llena (dato lunar). Así dioses y diosas son servidos y la siembra no corre peligro.

La Semana Santa es movible porque se celebra en la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Y es así porque Cristo estaba celebrando Pésaj, Pascua, ese jueves de marras. Y esa fecha no viene en el Éxodo, segundo libro de la Biblia, la tomaron los judíos de cuanto pueblo agrícola esperaba el equinoccio.

Por eso, los dioses que resucitan por esta época son multitud: la griega Perséfone tiene permiso de Plutón para salir… y todo reverdece. El dios trigo debe morir, enterrado, para resucitar (germinar) a los tres días, y dar de comer a su pueblo: una bella imagen poética milenios anterior a Cristo.

Al parecer, los pueblos prehistóricos sacrificaban realmente a un hombre en los campos. Los egipcios preferían un rubio, semejante al trigo, para simbolizar el cuerpo destrozado de Osiris. Para otros era Adonis. Los mexicas sorprendieron a los españoles por el pan de maíz, con forma humana, que tomaban como eucaristía. En la India, Irlanda o Alemania hubo ritos de tipo eucarístico: el pan comido como el cuerpo del dios. Y era un hecho literal porque el trigo o el maíz era un dios.

Muerte y resurrección

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

En nuestra época, toda una reflexión se ha desarrollado sobre la vida en su etapa “terminal”, de modo que médicos y sicólogos han renovado la reflexión sobre un tema tan viejo como la inquietud humana.

Hace 3 mil años, Gilgamesh, héroe leyendario de Mesopotamia, buscaba en vano el secreto de la inmortalidad; Jerónimo Bosco y Matías Grünwald pintaron la muerte; León Tolstoi la evocó con una fuerza extraordinaria en La muerte de Iván Illich, y Rainer María Rilke también, mientras que nosotros la encontramos, según nuestra edad, con una frecuencia creciente.

Los cristianos habían elaborado todo un ritual, una preparación, una práctica de la “buena muerte”, que se ha perdido. Nuestra sociedad debe elaborar una ética de la muerte lúcida, alejada de esa inhumana y doctrinaria voluntad de mantener artificialmente en una “no vida” el cuerpo de quien ya murió. Pero debe también volver a familiarizarse con la muerte, para amansarla y vivirla. La conciencia de que somos mortales hace nuestra humanidad; la muerte es a la vez la expresión más fuerte y misteriosa del mal y una ocasión de lucidez. El gran León Chestov dijo que el ángel de la muerte tiene en sus alas numerosos ojos que ven más allá de las apariencias.

No queremos pensar en ella, pero hemos tenido con ella muchos encuentros; claro, es una experiencia parcial, porque se trata de la muerte de los otros, pero cuando se van nuestros padres, cae el último muro que nos separa de ella, y la muerte de todos los que queremos anuncia la nuestra, nos “desteta” cada vez un poco más, nos vuelve adultos y conscientes. Y cada vez sentimos, lamentamos lo que no hicimos, no dijimos… demasiado tarde: la partida es sin retorno y cada vez nos encontramos un poco más solos.

Las antiguas sabidurías enseñaban que había que vivir a fondo cada momento, como si fuese el último: no perder tiempo, no descuidar a los que amamos, lo que debemos hacer. Enseñaban a considerar a los vivos como moribundos: quiero decir, dar toda la importancia a nuestras relaciones con ellos. Enseñan también a considerar a los muertos como vivos.

Todas las iglesias cristianas enseñan que Cristo ha resucitado y que los muertos en Él son vivos. Recuerdo haber asistido a una liturgia ortodoxa y escuchado con emoción al diácono cantar: “¡Hermanos difuntos! Bajen la cabeza para recibir la bendición”. Y entre el domingo de Pascua hasta Pentecostés cantan en las iglesias ortodoxas: “¡Cristo ha resucitado entre los muertos, por su muerte ha derrotado a la muerte, a los que están en los sepulcros, ha dado la vida!”.

Todos los que nos han precedido y duermen del sueño de la paz nos han engendrado, criado, educado, ayudado, ahora son nuestras raíces en lo invisible. Hasta los más materialistas saben de la existencia de esa cadena de las generaciones y pueden decir, como Chateaubriand: “Nunca olvido a los muertos, son nuestra familia”; o como el fabuloso G.K. Chesterton, que existe una solidaridad entre nosotros, los que nos precedieron y los que vienen y vendrán después.

Nietzsche les reclamaba a los cristianos que se atrevieran a dar testimonio de la resurrección de Cristo, que esa gran visión resurreccional del Evangelio por lo menos se reflejara en sus caras. Hoy, después de un siglo terrible de guerras mundiales, genocidios y bombas atómicas, exigiría lo mismo, ¿no les parece? Nietzsche esperaba de los cristianos que fuesen otros tantos San Pablo, el que dijo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí”. San Cirilo afirmaba en Alejandría: “La eucaristía es para nosotros el cuerpo mismo de la vida”. Hay una experiencia vieja de 2 mil años, la de la mística cristiana, que demuestra que podemos presentir en este mundo sublunar la alegría de la resurrección.

El obispo Anthony Bloom contaba que un canceroso, ya abandonado por los médicos, le preguntó: “¿Qué puedo hacer? Ya no sirvo para nada”. Le contestó: “En los últimos años, usted siempre soñaba con tener tiempo para meditar, para reflexionar. Ese tiempo que no tomó nunca ahora se lo dan. Revise su vida, el presente y el pasado, para librarse de todo odio, resentimiento, de toda culpabilidad”. Poco después el enfermo le dijo: “ ¡Qué extraño! Soy cada día más débil, es el fin, pero no sólo no me siento morir, sino que nunca me sentí tan vivo. Me doy cuenta de que soy una persona, independientemente de mi estado físico. Vivo mientras mi cuerpo muere”.

Bien lo dijo San Simeón, el nuevo teólogo (Bizancio, siglo XI): “Sé que no moriré, porque estoy adentro de la vida y tengo la vida entera toda que brota en mis adentros”.