mayo 04, 2009

El origen del nuevo virus de la influenza y cómo México reacciona a su aparición

David Luhnow, José de Córdoba y Gautam Naik
Dow Jones Newswires
Sentido Común

La voz en la conferencia telefónica provenía de Frank Plummer, un científico canadiense quien había pasado las últimas 24 horas analizando muestras de virus de 51 pacientes gravemente enfermos de México.

La noticia: 17 personas portaban un nuevo tipo de virus de la influenza, uno que tenía sus orígenes en puercos. La influenza de puercos, que puede ser fatal, ha brincado en muy pocas instancias a los humanos –mucho menos aparecido en tantas personas al mismo tiempo. En unos cuantos minutos, el secretario de Salud de México tomó el teléfono rojo con línea directa al presidente Felipe Calderón: “Señor presidente, necesito verlo de manera urgente. Es una cuestión de seguridad nacional”.

Hoy, la historia está comenzando a emerger sobre cómo funcionarios estadounidenses, mexicanos y canadienses fueron gradualmente dándose cuenta que enfrentaban una nueva enfermedad y cómo reaccionaron para aislarla. Hasta ahora, la mayoría ha creído que México fue el origen del problema o ground zero. Sin embargo, ahora, algunos doctores en California están cuestionando esta noción.

Los primeros cuatro casos confirmados se dividen entre California y México. De hecho, al parecer dos niños en California enfermaron por el nuevo virus a finales de marzo, varios días después de los dos casos conocidos de México de principios de abril.

Desde entonces, el virus, que científicamente debe llamarse A/H1N1, ha aparecido desde Nueva York hasta Los Ángeles, y se ha expandido desde países tan remotos como Nueva Zelanda hasta Israel. El jueves, cerca de 300 escuelas fueron cerradas en Estados Unidos como parte de los esfuerzos por contener el brote, lo que se añade a las medidas draconianas que ha tomado México y que han virtualmente detenido todas las actividades no esenciales en el país.

A medida que la nueva enfermedad ha surgido, funcionarios de salud han ido pudiendo armar el rompecabezas de manera bastante rápida. Al revés de lo que ocurrió en China con su gobierno y que ocultó por varios meses la aparición del síndrome de insuficiencia respiratorio, el gobierno mexicano ha aparentemente reaccionado con celeridad y de forma transparente ante el problema. El país ha sido hasta ahora el más golpeado en todos los sentidos, con cerca de 176 muertes que podrían estar vinculadas a la nueva enfermedad. Estados Unidos sólo ha reportado una muerte, la de un niño mexicano que adquirió el virus en su país.

Pocas horas después de la llamada del doctor Plummer el 23 de abril, el gobierno de México decidió cerrar las escuelas de la Ciudad de México, una medida que tres días después extendió a nivel nacional. Los restaurantes, cines, teatros, bares y muchos otros negocios han cerrado sus puertas en la Ciudad de México, convirtiendo a la metrópoli de casi 20 millones de habitantes en una ciudad fantasma. Este fin de semana, todos los juegos profesionales de fútbol se jugarán a puerta cerrada.

Algo pudo haberse estado cultivando en México desde mediados de marzo, cuando funcionarios de salud notaron un incremento atípico en el número de pacientes con problemas pulmonares severos, como neumonía. A/H1N1 puede causar neumonía.

En ese momento, el ligero aumento no causó gran preocupación. Cerca de 20,000 personas mueren cada año de neumonía en México.

Además de que nadie esperaba la aparición de una pandemia en Norte América, dijeron expertos en salud. Los nuevos virus se originan a menudo en partes de Asia, donde familias rurales conviven de cerca con animales como los puercos y aves, lo que permite que virus de animales brinquen a los humanos.

Normalmente los virus de aves y puercos no tienen la capacidad de brincar de humano a humano, lo que limita su daño a las personas que están en contacto con los animales. El último virus, sin embargo, es un mezcla inusual de gérmenes de puerco, ave y humano. También tiene la temida capacidad de brincar de humano a humano. Cientos de miles de personas podrían estar ya infectados.

“Estamos en territorio sin precedente”, dijo Richard Webby, un especialista en virus de St. Jude's Children's Research Hospital en Memphis, que opera un laboratorio que trabaja con la Organización Mundial de la Salud. Hasta ahora, el virus es curable con medicamento antiviral. También aparece ser menos mortal de lo que se temía inicialmente, siempre y cuando sea tratado en las primeras horas de la aparición de los síntomas de una gripe severa.

En México, las primeras señales de alarma ocurrieron en el poblado de La Gloria, en el estado de Veracruz y el cual se ubica a varios kilómetros de una granja de puercos. Un inusual brote de enfermedades respiratorias comenzó ahí el 9 de marzo y terminó el 13 de abril, afectando a cerca de 600 pobladores, incluido Edgar Hernández, un niño de cinco años flaco, con pelos parados y una sonrisa de gato Cheshire.

“Mamá, no me siento bien”, Edgar le dijo a su madre, María del Carmen, una mañana a principios de abril. Tenía una fuerte fiebre, por lo que lo llevó a la clínica más cercana, donde espero tanto tiempo junto a otros pacientes afectados por la gripe que Edgar se durmió.

El doctor diagnosticó gripe y recetó un antibiótico y paracetamol. A los tres días, Edgar estaba bien, sólo con cierta tos. Funcionarios estatales de salud, alertados por las autoridades locales del brote, se presentaron en La Gloria el 28 de marzo y pasaron una semana tomando muestras de 43 residentes.

Para abril 8, la muestra de Edgar y otros había dado positiva para un tipo de influenza “A” (la que usualmente se ve en México a principios del invierno y principios de la primavera cuando las temperaturas cambian). La muestra fue enviada al exterior para una valuación más sofisticada antes de que los doctores pudieran discernir las reales consecuencias.

Un caso similar estaba teniendo lugar en San Diego, California, donde científicos del Naval Health Research Center estaban realizando un ensayo para un nuevo diagnóstico de la influenza. Durante las primeras semanas de abril, el centro recolectó dos muestras de un niño de 10 años y de una niña de nueve años, que resultaron no tener el típico virus de la influenza o un virus de ave. Los científicos enviaron ambas muestras al Centers for Disease Control para mayores evaluaciones el 14 y 17 de abril.

Por ello, señalar el origen del virus se está volviendo algo complicado. El hecho de que algunas personas no requirieron hospitalización sugiere que el virus ha estado presente sin haber sido detectado desde finales de marzo.

Antes de que los científicos estuvieran ya tras la pista del virus A/H1N1, éste cobró su primera víctima. Adela María Gutiérrez tenía 39 años, era contadora y madre de tres. Trabajaba para el Servicio de Administración Tributaria, la agencia encargada de cobrar los impuestos en México recolectando información y visitando de puerta a puerta a los contribuyentes. Hasta ahora, ninguna de las personas que visitó han contraído aparentemente la enfermedad, dijeron funcionarios de salud locales.

Ella enfermó el 1 de abril. Unos días después, el 9 de abril, entró a una sala de emergencia de un hospital en la ciudad de Oaxaca. Su condición era azulada por falta de oxígeno y su corazón latía rápidamente.

Los doctores batallaron para saber que es lo que estaba mal con ella. Una prueba resultó positiva para el coronavirus, un germen raro que puede causar problemas respiratorios y que fue responsable del brote de SARS. Pero la siguiente prueba fue negativa.

“Fue un caso inusual. Cuando pensamos que era el virus aviar, nos pusimos en alerta”, dijo Gerardo Pérez Lescas, el encargado de la unidad de terapia intensiva del hospital en Oaxaca.

La salud de Gutiérrez se fue deteriorando de manera rápida. Murió el 13 de abril, dejando a los doctores “en completa oscuridad”, dijo Alejandro López Ruiz, jefe de epidemiología. La siguiente mañana subió a un avión con destino a la Ciudad de México, llevando muestras de los pulmones de Gutiérrez para mayores pruebas.

Ese día, el 14 de abril, Miguel Ángel Lezana, el principal epidemiólogo del gobierno mexicano, estaba sentado en su escritorio cuando recibió una llamada del director del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, un hospital de especialización en la Ciudad de México. El hospital había descubierto un inusual número de casos de neumonía. Además, para añadir más elementos inesperados, la mayoría de los casos se deban en adultos sanos y la temporada de gripe había quedado atrás.

“Ese fue el primer momento en el que yo me comencé a preocupar”, dijo el doctor Lezana. Dos días después, dado los brotes de gripa en Veracruz, Oaxaca y ahora la Ciudad de México, emitió una alerta nacional por la aparición de un brote de influenza, notificando al mismo tiempo a la oficina regional de la Organización Mundial de la Salud.

Sin embargo, los funcionarios de salud en México sospechaban que se trataba de una gripa regular aunque fuerte. “Nuestra hipótesis era que estábamos enfrentando una influenza ordinaria que por alguna razón se estaba extendiendo más allá del calendario normal”, dijo el doctor Lezana.

Al mismo tiempo, oficiales de CDC llamaron a Michele Grinsber, encargada de epidemiología para la agencia San Diego's Health & Human Services Agency. CDC le dijo que los dos niños de California habían sido infectados por lo que aparecía una nueva gripe porcina. Lo más preocupante era que los niños vivían a más de 200 kilómetros de distancia y ninguno de los dos había tenido contacto con puercos.
Las implicaciones: había podido contraer el virus de otros humanos.

“Este podría ser el grande”, la doctora Ginsberg le dijo a sus colegas, en referencia a la pandemia que por mucho tiempo han predicho los expertos en salud.

La doctora Ginsberg se movió de manera rápida. Ella y sus colegas obtuvieron muestras de sangre y nasales de las familias de los niños infectados y las enviaron a CDC.

El 17 de abril, CDC – que sabía ya de la alerta que emitió México – habló con el doctor Lezana en México para describir sus suposiciones. “Para estas alturas la influenza debía estar muriendo”, dijo Michael Shaw de la división de influenza de CDD. “Esa fue una de las primeras alarmas – estaban detectando influenza, no sabían qué era, mientras que el número de casos aumentaba”.

El sábado por la mañana, el 18 de abril, Eduardo Sada, un respetado epidemiólogo, estaba jugando tenis cuando una llamada telefónica de un colega en la secretaría de Salud interrumpió su juego de tenis para pedirle que fuera a la oficina de emergencia. El doctor Sada les dijo que tenía que ir a casa a bañarse. “Olvida el baño, vente en seguida”, le dijo el funcionario de salud.

Una hora más tarde, el doctor Sada estaba en el centro de epidemiología en el sur de la ciudad con 60 colegas, preocupados con el alza de casos de neumonía. Los síntomas era extrañamente muy similares: fiebre alta, dolores corporales y en los huesos, intensos dolores de cabeza. Los problemas respiratorios seguían y posteriormente la muerte.

El doctor Sada y sus colegas trabajaron hasta la noche para elaborar un cuestionario y determinar la magnitud del problema. El domingo por la mañana, se dispersaron, con sus cuestionarios en la mano, por los principales hospitales de la ciudad.

Para las 6:00 p.m., tenían los datos en la mano: en las pasadas 24 horas, 120 personas habían sido admitidas a los hospitales con el virus de la influenza A. Seis habían muerto.

“Sabíamos que estábamos en medio de un brote de influenza”, dijo el doctor Sada.

Antes esa semana, el doctor Lezana había enviado 51 muestras de las personas que habían tenido los síntomas parecidos a los de la gripa al National Microbiology laboratorio en Winnipeg, Canadá.

Después de más de un día de pruebas, el laboratorio llamó con la mala noticia. “Mi corazón se desplomó”, dijo Lezana. “No sólo teníamos 17 casos positivos, sino que además estaban en la capital y en tres estados más”.

El viernes, después de tratar a pacientes enfermos y moribundos del amanecer al anochecer, el doctor Sada se fue a casas, abrazó a su hijo de dos años y a su esposa, y se hecho a llorar. “Le dije a mi esposa que era el peor día de mi vida”, dijo el doctor Sada. “Había tratado a una persona joven, quien yo sabía que iba a morir, y yo sabía que muchas otras iban a morir también”.

Al mismo tiempo, dijo el doctor Sada, podría ser algo peor. Alabó la decisión de los funcionarios de salud por haber decidido hace dos años de acumular medicamentos antivirales y mejorar el sistema de alertas contra enfermedades. “Estoy orgulloso de mi país”, dijo el doctor Sada.