mayo 18, 2009

Para políticos nulos… un voto nulo

José A. Crespo
Horizonte político
Excélsior

También, se discute si el “no voto” es un derecho, como parte de la libertad de votar (la cual implicaría también la de no votar).

Me encuentro, en diversos portales, mensajes y blogs de internet, varios ciudadanos y organizaciones que convocan a anular el voto o abstenerse en estos comicios intermedios, no siempre por idénticas razones, pero sí parecidas. Usan distintos lemas, frecuentemente creativos. Una especie de campaña underground que contrasta con la del IFE que exhorta a votar por algún partido. El Instituto asocia el voto por algún partido como la vía de cambio. Muchos pensamos, en cambio, que, en las actuales condiciones partidocráticas, un alto nivel de participación efectiva (por uno u otro partido) sería un factor de inercia y estancamiento, al validar a los partidos en su actual ruta. Uno de esos movimientos por el “no voto” utiliza el lema: “Un voto anulado dice más”, con el evidente propósito, no sólo de protestar a nivel individual contra todos los partidos (por no resultar convincente ninguno), sino hacerlo masivamente y que al menos quede constancia de la magnitud de dicha inconformidad.

Otro movimiento se denomina, de manera no muy rebuscada, “Yo anularé mi voto”, cuyos promotores sintetizan el sentir de muchos ciudadanos, que refleja una fuerte crisis de representación política: “Cada tres años (los partidos) llaman al pueblo a las elecciones. Despilfarran cuantiosas sumas del erario en campañas y encuestas para convencernos de darles unos minutos en las urnas; porque es a unos minutos que se reduce nuestra participación. Lo más absurdo es que nuestro voto es indispensable para que esta clase política usurpe nuestros derechos democráticos… Por eso no votaremos por ellos este 5 de julio. No seremos cómplices de su impunidad”, dicen ahí.


Otro movimiento, en Jalisco (desconozco si también está extendido a otras entidades), se denomina: “Para políticos nulos, un voto nulo”. El título lo dice todo. Hay también blogs especiales en torno a este tema, como lo es anulomivoto.blogspot.com. Ahí los participantes discuten si votar por algún partido político, el de su preferencia, el “menos malo”, o uno al azar, con tal de votar. O bien si es válido no sufragar por ninguno. Y, en otro plano, se debate si estratégicamente conviene más abstenerse o concurrir a la casilla y anular el voto. Se dan evidentemente razones en uno y otro sentidos. Los inconformes con los partidos reclaman su derecho a protestar contra el sistema de partidos (y, a veces, también contra el electoral). Y debaten cuál de esas expresiones, la abstención o el voto nulo, puede presionar más eficazmente a los partidos para que realicen reformas que incluyan en mayor medida a sus “representados”. También, se discute si el “no voto” (en cualquiera de sus dos expresiones) es un derecho, como parte de la libertad de votar (la cual implicaría también la de no votar). Yo así lo creo. Algunos polemistas en ese debate dicen que no es obligatorio votar por algún partido (como los “participacionistas” quieren). Dicen que eso es como elegir entre morir en la horca o en la guillotina. Quienes prefieren anular el voto insisten en que no se desea mandar el mensaje de la apatía (como comúnmente se interpreta la abstención), sino de rechazo activo y deliberado a todos los partidos. Concuerdo con ello. Es lo que suele llamarse “abstencionismo activo, o cívico”, pero que fácilmente puede confundirse con el abstencionismo apático o indiferente, si no se plasma en una boleta anulándola con claridad. Nuestra legislación no contempla el “voto en blanco”, como sí existe en varias democracias, es decir un espacio, en la boleta, especial para quien quiera votar por “ninguno”, en cuyo caso no tacha toda la boleta, sino sólo ese espacio creado como una opción legítima, na posibilidad de la libertad de votar. Habrá que empujar que en adelante se incluya ese derecho (que en general, aún los “participacionistas” reconocen como menos perjudicial institucionalmente que sólo abstenerse de ir a las urnas).

Un ciudadano abstencionista expresa, por su parte: “Se trata de no votar, no de anular el voto: un voto anulado brinda legitimidad al sistema, dado que, en las cuentas finales, gane quien gane, sin importar con cuántos votos, lo habrá logrado con un índice significativo de votos emitidos. La lección que requieren los partidos y los candidatos es que, si resultan elegidos, sea con un índice extremadamente reducido de emisión de votos: que quede claro que sabemos que no representan a nadie, más que a sus respectivos intereses”.

Por su parte, el Movimiento Segunda Generación promueve la anulación del voto en lugar de la abstención: “Si dejamos de votar, el gobierno cree que los ciudadanos no estamos interesados en las elecciones, si anulamos el voto mostraremos inconformidad con los candidatos; siendo ésta una democracia, tenemos el derecho de decidir no votar por nadie, dado que nadie nos convence”, asegura su líder, Gabriel Hinojosa, cuya campaña se denomina “Tache a Todos”. Y un ciudadano que coincide con ello, argumenta: “En vez de ser un ciudadano irresponsable que no cumple con sus responsabilidades sociales, este año ejerceré mi derecho a votar y cumpliré con mis responsabilidades sociales, anulando mi voto”. Yo coincido con esta óptica, pero seguramente muchos otros inconformes con los partidos no lo vean así, por lo cual es probable que el abstencionismo sea superior al índice de votos nulos. Sería interesante y conveniente que el IFE, en su empeño por abatir el abstencionismo, informara también a la ciudadanía la posibilidad de participar sufragando por un candidato no registrado, que es equivalente a anular el voto, algo aceptado por nuestro sistema electoral como legal y legítimo, pues incluso la boleta reserva un espacio para dicha opción. A menos, claro, que el IFE esté al servicio de los partidos, y no de la ciudadanía, que merece y requiere la información completa antes de tomar su decisión.

Sería interesante que el IFE informara también a la ciudadanía la posibilidad de sufragar por un candidato no registrado.

El columnista más influyente del mundo

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

El primer priista de Cuba, un señor que ejerce un poder terrenal incomparablemente mayor al que se le supone a Carlos Salinas de Gortar i, se ha puesto muy grosero y respondón con el gobierno de México. Algunos comentaristas opinan que el hombre va de salida y que quien tiene realmente las riendas del poder, en estos momentos, es el hermano. Sus aviesos y cada vez más frecuentes artículos (hasta dos por día, lo cual no debe sorprender en un personaje que le asestaba al respetable discursos megalómanos de cinco horas) serían patadas de ahogado, la prueba de que ya no manda en sus comarcas luego de que su gente en el aparato oficial fuera defenestrada. No me creo mucho esta interpretación de la realidad cubana porque el mismo Fidel fue el primerísimo en denostar a sus presuntos lugartenientes —el señor Lage y el otro, el Pérez Roque—cuando cayeron en desgracia. Es más, se rumora que uno de los dos se hubiera suicidado lo cual sería una historia bien típica de cómo las gastan en un régimen de macabros castigos: esto es estalinismo al estado puro, señoras y señores, y doña Povlensky, o como se llame, bien haría de emigrar definitivamente a la isla para comprobar, de primera mano, que vivir bajo la tiranía de un caudillo que “nunca se equivoca” sería lo peor que le podría ocurrir a ella misma, tan oronda como se exhibe en una sociedad donde puede gruñir a diario lo que le da la gana sin que nadie la encierre en una mazmorra.

En fin, los promotores de la especie de que Fidel ha perdido empuje y de que su traidor carnal le está comiendo el mandado proponen, entonces, que la política exterior del supremo Gobierno de Calderón siga por los mismos derroteros de complacencia y consentimiento que ha adoptado hasta ahora. Las majaderías del dictador desempleado no tendrían mayor importancia en tanto que no es ya el jefe del Estado cubano sino un simple escribidor de columnas periodísticas. Sí, cómo no.

Conciencia de Miguel de la Madrid

Ricardo Raphael
Analista Político
El Universal

Pregunta un periodista a la presidenta del Partido Revolucionario Institucional, Beatriz Paredes Rangel, si ella metería las manos al fuego por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Ella responde: “Yo no meto las manos al fuego ni por migo (sic) misma”.

El cuestionamiento resulta relevante y la respuesta lo es aún más. Carlos Salinas es todavía militante activo y destacado del PRI. Consta en varios testimonios que su participación fue crucial durante el proceso de elección a la dirigencia priísta de 2002, cuando Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo compitieron por el control de este partido, justamente contra Beatriz Paredes.

Pruebas hay también de que fue mediador entre el gobierno de Vicente Fox y esa fuerza de la oposición. Y que su red de influencia aún sigue proyectándose sobre los tiempos actuales. De ahí que sea pertinente pedir cuentas a la líder más importante del Revolucionario Institucional sobre el papel que jugó y sigue jugando el ex mandatario dentro de su institución partidaria.

Paredes respondió lavándose las manos por un hecho que evidentemente la trasciende. Pero el asunto no se quedó ahí. La aludida completó la frase advirtiendo que no está dispuesta, siquiera, a meter las manos al fuego en defensa propia.

Esta no es una anécdota menor dentro del conjunto de hechos lastimosos que ocurrieran recientemente. Todo lo contrario, es síntesis —metáfora poderosísima— para comprenderlos. Si algo relaciona las declaraciones de esta líder política con las que Miguel de la Madrid le hiciera en entrevista a Carmen Aristegui, y también con la carta que el ex presidente enviara después para autodescalificarse, es precisamente el tema de la conciencia.

¿Cómo pretender que el individuo sea responsable ante sus semejantes, la ley, las instituciones o el Estado, si éste abdica a serlo, en primera instancia, frente a sí mismo? El conocimiento íntimo, la ciencia a propósito de las decisiones y los actos propios, es la pieza fundacional de nuestra humanidad.

La conciencia individual es la que nos define en la última de las circunstancias; la materia moral que ha de colocarse por encima de cualquier otra a la hora de resguardar la dignidad propia. Tanto Beatriz Paredes como Miguel de la Madrid, cada uno enfrentado a su propio contexto y presiones, optaron por la más triste de las abdicaciones.

El juicio que pesa sobre la personalidad pública de Miguel de la Madrid —poco más de 20 años después de que dejara la Presidencia de la República— está a punto de cerrarse. Hoy se le imputan equívocos, errores y, sobre todo, se le acusa de tibieza. Sin embargo, ninguno de los argumentos usados para hacer su crítica han contravenido la convicción que él tuvo y ha tenido de sí mismo como un hombre básicamente íntegro y honesto.

(He de precisar al lector que la objetividad requerida para escribir lo anterior me es imposible. La cercanía personal que sostengo con Miguel de la Madrid —soy hijo de su hermana— me obliga a hacer explícita la subjetividad que puede producirse de esta afirmación: lo valoro y lo respeto, desde mi más lejana infancia, como un hombre que ha vivido en acuerdo con su ética y moralidad).

Es desde esta perspectiva que no puedo ponderar la entrevista entre el ex presidente y la periodista como producto de una mente carente de discernimiento. Tampoco puedo descalificar, en complicidad con él, “la validez o exactitud” de sus reflexiones. Esa conversación es coincidente con su propio trayecto vital.

En todo caso, habría de reclamársele por el retraso para comunicar públicamente sus sospechas y reflexiones. Y, sobre todo, por signar un documento donde se anula a sí mismo, renunciando en simultáneo a la más preciada de las libertades humanas. Se trató de una mala broma, dolorosa y profundamente injusta para consigo mismo.

En algún lugar esa carta recuerda aquella paradoja que Epiménides dejara en el siglo VI antes de nuestra era: “Todos los griegos son mentirosos. Lo digo yo que soy griego”. O dicho en lenguaje del siglo XXI mexicano: “Mis respuestas carecen de validez y exactitud. Lo digo yo, que afirmo lo anterior”.

Algo anda muy descompuesto en nuestra sociedad cuando la libertad de conciencia puede ser aniquilada asumiendo que hay otros valores más importantes a tutelar. ¿Cuánta habrá sido la presión sobre De la Madrid? Ahora que la voz se ha diluido a sí misma es probable que nunca lleguemos a saberlo.