mayo 25, 2009

El combate a las drogas

María Elena Álvarez de Vicencio
malvarezb@diputadospan.org.mx
La Crónica de Hoy

El narcotráfico es un fenómeno que se ha convertido en un problema económico, político y social para los países productores y consumidores, ya que entre muchas otras consecuencias ocasiona desintegración familiar y destrucción física y mental de los individuos. Además, participa en las redes de corrupción y violencia, y tiene como principal ventaja el poder económico que mueve a países, autoridades y ciudadanos.

El gobierno del Presidente Felipe Calderón, con ayuda del Ejército, desde sus inicios, enfrentó el problema y puso en marcha programas sociales orientados a la prevención del consumo; aumentó la vigilancia en escuelas y espacios en los que se ubica la población de riesgo; detectó complicidades que se tejen entre los narcotraficantes y las autoridades municipales y estatales.

En nuestro país, el problema del narcotráfico es muy grave, además del daño que ocasiona a las familias y a los ciudadanos, distorsiona la economía con el lavado de dinero; está asociado a otros delitos del crimen organizado como el secuestro y los robos, y crea un ambiente de violencia por las mafias que luchan por el control de las plazas.

Además, en México ya se ha desarrollado el equipo y la organización para sembrar y transformar la pasta de cocaína en polvo y el país se ha vuelto importante productor y consumidor en potencia.

La producción de anfetaminas o de drogas sintéticas que se crean en laboratorios no puede ser cubierta por un solo grupo, se requieren amplias redes para conseguir agentes químicos como la efedrina, que es la sustancia activa que produce los mayores efectos de las pastillas, las cuales son muy populares. Estas sustancias entran por el sur y por las costas del Golfo de México como importaciones de productos farmacéuticos.

En nuestro país estuvo permitida la importación de efedrina, pero se descubrió que muchos narcotraficantes acordaban con laboratorios farmacéuticos para simular que éstos compraban la sustancia para elaborar medicamentos legales, pero en realidad fungían como intermediarios, facilitando el ingreso de la efedrina y pseudoefedrina al narcotráfico. Para evitar esto, se modificó la Ley General de Salud y se prohibió la comercialización de medicamentos que utilicen principios activos o procesos con efedrina.

Nuestras fronteras son el paso obligado de sustancias como la pasta de coca que viene de Colombia, o las pastillas ya elaboradas que provienen de El Salvador, y que transitan por México para venderse en el territorio o para llegar a Estados Unidos.

La lucha emprendida por el presidente Felipe Calderón ha logrado avanzar en el control del problema, pero aún falta mucho. Un obstáculo se refiere al hecho de que la materia del narcotráfico caía exclusivamente en el ámbito federal y por esta razón las instancias estatales y municipales no tenían facultades para intervenir en el combate del narcotráfico. Para eliminar estos inconvenientes, en una de las últimas sesiones de la Cámara de Diputados se aprobó la minuta para reformar varios ordenamientos legales, a fin de ampliar la competencia a las autoridades federales, estatales y municipales en la prevención y combate a la posesión, comercio y suministro de estupefacientes y psicotrópicos.

Al colocar esta facultad en autoridades locales, se requería evitar la penalización indiscriminada de enfermos y miembros de pueblos y comunidades indígenas que utilizan estas sustancias para seguir con sus costumbres. El Ministerio Público no podrá sancionar a un farmacodependiente que esté en posesión de dosis permitidas de narcóticos para su propio consumo, sólo deberá conminarlo a someterse a un tratamiento.

Estas disposiciones han causado temor de que pueda aumentarse la adicción, sobre todo en los jóvenes, al no estar penalizando el traer una dosis para consumo personal; sin embargo, la ley señala que el Ministerio Público podrá ejercer acción penal cuando la posesión del narcótico se realice por tercera o ulterior ocasión, y en cualquier caso cuando ocurra en el interior de centros educativos, deportivos, parques públicos, o privados de acceso público, o dentro del espacio comprendido en un radio que diste a menos de trescientos metros de los límites de la colindancia de estos lugares.

La ley marca, además, la obligación de elaborar un programa nacional para la prevención y tratamiento de la farmacodependencia, el cual deberá establecer los procedimientos y criterios para la prevención, tratamiento y control de las adicciones.

Las dependencias de salud, federales y locales, tienen la obligación de crear centros especializados en la prevención, tratamiento, atención y rehabilitación para farmacodependientes, así como celebrar convenios de colaboración con instituciones nacionales e internacionales de los sectores público y privado dedicados al tratamiento de la farmacodependencia, con el fin de que quienes requieran de asistencia accedan a los servicios que estas instituciones ofrecen. Además de realizar procesos de investigación en materia de farmacodependencia para determinar características y tendencias del problema, así como su magnitud e impacto en lo individual, familiar y social.

La mejor solución al problema del narcotráfico será evitar el consumo y para esto pueden ayudar las escuelas, informando completa y oportunamente sobre el narcotráfico para que los niños y jóvenes no caigan en sus redes. La familia, como educadora en valores y fuente de afecto y seguridad, también puede orientar y apoyar a los jóvenes para que no busquen la salida falsa de las drogas.

Sin derecho de réplica

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.

Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.

Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.

Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.

El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.

Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.

El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.

Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.

Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.

Voto duro vs. voto nulo

José A. Crespo
Horizonte político
Excélsior

En una sociedad “sospechosista” hasta la médula, muchos se preguntan qué oscura fuerza está detrás de la campaña a favor del “no voto”.

Una de las inquietudes más fuertes ante el dilema sobre votar, anular el voto o abstenerse, es ¿quién resulta favorecido de un escaso voto efectivo? En una sociedad sospechosista hasta la médula, muchos se preguntan qué oscura fuerza está detrás de la campaña a favor del “no voto” (cualquiera que sea su modalidad), qué partido o personaje patrocina esa corriente de opinión. Hay quienes se niegan a creer que algunos ciudadanos simplemente no se identifiquen con ningún partido, que les han perdido la confianza, que están enojados con ellos por sus diversos abusos e injustificados privilegios y que se han organizado espontáneamente en diversos movimientos inconexos entre sí. No, un siniestro cerebro maestro, con aviesos intereses, debe estar detrás. ¿Quién? He oído y leído diversas teorías al respecto; el infaltable Peje, porque “busca destruir las instituciones”; el PRI, el PAN o el PRD, con la premisa de que alguno de ellos maneja un voto duro superior al de los otros o, ¿por qué no?, el villano favorito, al que hemos visto cómo jala todavía muchos hilos políticos. Tales teorías reflejan una crisis brutal de confianza pública, que descree incluso de la autonomía ciudadana.

Entrando en materia, si bien es cierto que hay diferencias significativas —simbólicas y políticas— entre la abstención y el voto nulo (con su variante de sufragar por un candidato independiente, como lo es la joven Elisa de Anda), las secuelas sobre el resultado final son similares: una y otra expresión de “no voto” favorece al voto duro, es decir, aquel que, bien por un convencimiento ideológico o por estar encuadrado en estructuras corporativas o clientelares, vota siempre por el mismo partido. Y, por eso, la mayor objeción a abstenerse de votar o anular el voto consiste en que, mientras mayor sea el “no voto”, más peso tendrá el voto duro de los partidos. Así es. Pero hay dos aclaraciones sobre ello:

A) No en todos lados el mismo partido es quien tiene mayor voto duro y, por eso, la pregunta de quién se beneficia del “no voto” no acepta una sola respuesta. Podemos partir de que las estructuras partidarias son más fuertes ahí donde se es gobierno: el PRD en el DF, el PAN en Jalisco y Guanajuato, el PRI en Puebla y Tamaulipas. En la pista nacional, se puede suponer que el PRI tiene todavía mayor voto duro y mejores estructuras electorales. Pero la tendencia a favor del tricolor aparecía aún antes de que se debatiera el “no voto”. Curiosamente, he podido observar que los votantes duros de cualquier signo y color tienden a pensar que el “no voto” favorecerá a sus rivales, más que a su respectivo partido, precisamente porque no hay claridad en todos los casos.

B) A quienes se sienten alejados de todos los partidos, por considerarlos esencialmente iguales en su ineficacia, corrupción, abuso e impunidad, les es indiferente el voto duro de algún partido, porque les da igual cuál de ellos gane. Por ejemplo, si ahora el PRI obtuviera una mayoría en la Cámara baja, no verían mayor diferencia respecto a cuando el PAN la ha tenido, o del PRD en la capital. De ahí que, para este segmento del electorado, no genere preocupación si gana un partido u otro —en distintas circunscripciones— a partir de su voto duro. Y es que se parte de que lo que está mal es el sistema de partidos en su conjunto, no un partido con respecto a otro. Desde esa óptica, votar implica respaldar y fortalecer la partidocracia. El voto nulo pretende generar una fuerte presión ciudadana para orillar a los partidos a aceptar reformas que limiten sus privilegios y fortalezcan políticamente a los ciudadanos. O , en el peor de los casos, hacer patente a los partidos el grado de inconformidad existente, en lugar de hacerles ver que estamos muy contentos y satisfechos con su desempeño y sus privilegios.

De tal forma que, si un ciudadano muestra preocupación por el voto duro, significa que no es indiferente a que gane uno u otro partido. Aquellos a quienes les molesta que, por ejemplo, el PRI pueda ganar la mayoría de diputados o el PRD repita en el DF o el PAN siga siendo gobierno en San Luis Potosí, en realidad no son indiferentes: consideran que un partido es peor o mejor que los demás. En tal caso, no votar resultaría irracional. Quien piense que el partido X de verdad es menos malo que el partido Z debiera votar por el primero. Por ejemplo, Mará Elena Morera ha escrito: “Echemos del poder a corruptos e ineficientes y premiemos a los que actúan con compromiso, y hayan privilegiado el bienestar de los mexicanos” (El Universal, 22/V/09). Evidentemente, quien pueda distinguir, como ella, entre un partido corrupto y otro comprometido, debe votar por el segundo (y ojalá nos compartiera cuál es ese estupendo partido). Para quienes no vemos con nitidez esa distinción, da lo mismo votar por el partido X que por el Z.

Incluso, ambas posiciones pueden ser albergadas por un mismo individuo —sin que ello implique una contradicción o un “voto esquizofrénico”—, como lo ejemplifica un lector de Excélsior, crítico del PRD capitalino: “Lo de anular el voto es una buena opción, pero si lo hacemos en las elecciones locales, como en el DF, favorecemos al partido que sea mayoría a nivel local. Así, con el PRD en el DF, anular el voto es casi como votar por esos bandidos. Para diputados federales, no veo problema en anular votos, pues son igual de inútiles unos (partidos) que otros”. De tal forma, quien piense que un partido determinado será motor confiable para reformar al sistema de partidos desde dentro, debería votar por ese partido. Pero quienes creemos que ningún partido está interesado en ello, podríamos anular el voto para presionar desde fuera la reforma de nuestro ineficaz y arbitrario sistema de partidos, más partidocrático que representativo.

Hay quienes se niegan a creer que algunos ciudadanos simplemente no se identifiquen con ningún partido.

Votar de otra manera

Dennise Maerker
Atando Cabos
El Universal

No puedo no ir a votar. Y tampoco me siento conforme con la idea de anular el voto, no me convence. Me dispongo mejor a votar de otra manera. Las elecciones en las que he participado han sido prácticamente todas de definición de régimen. En el 88 estaba en juego la posibilidad de ganarle o de menos darle un buen susto a la imbatible y tramposa maquinaria priísta. En 94, 97 y 2000 fue lo mismo, había que romper el monopolio del PRI. Las motivaciones eran de gran calado: alternancia, transición, pluralidad; las expectativas también. La elección de 2006 no fue la excepción, había que elegir entre dos formas muy distintas de gobernar, entre dos visiones de México y de su futuro. En la mayoría de las viejas democracias sólo una vez cada 20 o 30 años hay elecciones de ese tipo, el resto del tiempo son asuntos mucho menos trascendentes los que están en juego. Creo que nosotros también debemos aprender a votar en situaciones menos definitorias, ser sencillamente más pragmáticos. Por eso, he decidido votar por el candidato a diputado federal que se comprometa públicamente a votar a favor de ciertas medidas que según la opinión compartida de muchos especialistas son esenciales para mejorar nuestra democracia. Esta es la lista:
*Votar a favor de la reelección inmediata de legisladores. (Con el objetivo de premiar o castigar a un diputado según su desempeño)

*Votar por una reforma que impida que los diputados se aumenten sueldos o se exenten de pagar impuestos. (Podrán aumentar los sueldos de los próximos diputados y pagarán como el resto de los mexicanos)

*Votar a favor de las candidaturas independientes.

*Votar por reducir significativamente el dinero público destinado a las campañas y al financiamiento ordinario de los partidos.

*Votar por que se puedan presentar acciones colectivas ante los tribunales. (Que la sociedad se pueda organizar y pueda denunciar en grupo y no como ahora, sólo de forma individual)

*Votar una ley que le dé autonomía a la Auditoría Superior de la Federación. (Es indispensable que el órgano que controla los gastos deje de depender de los mismos legisladores)

Esta lista no es exhaustiva y sólo pretende que ellos y nosotros estemos en una relativa igualdad de circunstancias.

El límite a mi pragmatismo es que jamás voy a votar por alguien que esté a favor de la pena de muerte ni dispuesto a limitar los derechos de las mujeres a decidir sobre su vida reproductiva. A reserva de estos dos temas, me dispongo a votar por primera vez de forma minimalista.