junio 01, 2009

Mi voto en blanco

Lydia Cacho
Plan B
El Universal

La gran mayoría de personas con credencial electoral hemos pasado los últimos dos meses preguntándonos y debatiendo qué hacer con nuestro voto. Las y los políticos por su parte han montado un circo espectacular; la credibilidad de quienes conforman el aparato del Estado ha llegado a su límite y va sin duda alguna hacia una estrepitosa caída. Es por ello que todos los partidos han elegido la mercadotecnia de la fama y el nombre para cooptar votos. Vemos carteles de deportistas, modelos, boxeadores, escritoras, bailarinas, corruptos cantantes de música cristiana, hijos de multimillonarios harineros, jefes de noticias de monopolios televisivos; todos ellos prometiendo honestidad y efectividad. El tratamiento que los partidos nos están dando como sociedad al elegir a sus candidatos es el de imbéciles. El insulto no podía ser mayor. El PRI y el PAN se coluden para ganar a costa de los derechos de las mujeres, el PRI y el PRD se hermanan y venden candidaturas en los estados; el caos es intencional, no casual.

México está viviendo un periodo negro. La delincuencia, dice Ernesto López Portillo, se ha convertido en una forma de vida, se ha masificado el mercado de la ilegalidad. El país celebró el cambio de partido en el poder y ahora entendemos que al desmoronarse el régimen experto en administrar el crimen la violencia y la ilegalidad, éstas se masificaron y quedaron fuera de control. De la mano de ese hecho político, está el fortalecimiento de políticas que favorecen a los ricos y excluyen a los pobres. El Estado no está capacitado para imponer la ley. Lo que sigue igual que antes es la falta de transparencia en todas las áreas de la vida política. Mientras las y los periodistas arrojamos luz sobre las élites en el poder causantes de la descomposición del país, la sociedad se indigna y las élites se ríen, las televisoras se coluden con las élites y los partidos nos dicen que vivimos en un sistema político en el cual mandan las mayorías: una democracia. Si no fuera indigno causaría risa.

En la medida en que los partidos pongan en los congresos a sus operadores, a personas famosas, ignorantes del manejo de los mecanismos del poder y la política, desconocedoras de las leyes y sus vericuetos, las élites corruptas que controlan el poder, tendrán mayor éxito en su empresa de fortalecer el pacto de impunidad que tiene paralizado al país. El voto forzado a lo “menos peor” es el peor de los votos. Que las buenas escritoras escriban, que los deportistas ganen medallas, que los cantantes canten, que las televisoras engañen desde su propio espacio, pero que no monten el teatro de la democracia.

Por esas razones y otras más yo dejaré mi voto en blanco. Aunque no exista la figura jurídica del voto en blanco, aunque los partidos digan que salieron nulos, ellos sabrán muy bien que el mensaje es: no soy tu cómplice, no me engañas, no me usas, tus candidatos no me representan. El abstencionismo es abulia, el voto en blanco es una acción ciudadana, un acto de libertad, una rebelión pacífica, un acto de congruencia, un acto de civismo.

López Obrador se los va a merendar

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Como una metáfora del “tú te lo buscas, tú te lo ten”, los hechos del sábado en Zongolica dibujaron a un líder que decide quién es digno de asentarse a su lado y quién no.

Unos perredistas veracruzanos que renegaban de Los Chuchos interceptaron a Andrés Manuel López Obrador y le pidieron que no los dejara solos, y que no confundiera al elector con las campañas a favor del PT y Convergencia. Solicitaron el micrófono para el mitin que comenzaría más tarde, pero el presidente legítimo los mandó al diablo.

Por qué no habría de hacerlo si algunas encuestas comienzan a perfilar un score soñado para el tabasqueño: el PRD en un mediocre 15, 16 por ciento y él, con sus dos apéndices, rondando el ocho. Y él, con el impulso hacia arriba y el PRD estancado.

Si López Obrador se despierta con esos números el lunes 6 de julio, que nadie alegue engaño. Lo que anunció que haría es lo que está haciendo: confundir y fragmentar al PRD en favor del PT y Convergencia. Para él sería un triunfo y el cheque que necesita para preparar la aventura 2012.

Los Chuchos no tendrán cara para reclamarle. Debieron haberlo expulsado a principio de año por pedir el voto en contra del PRD. No se atrevieron. Calcularon que López Obrador arrastraría los votos suficientes para que el PRD rondara el anhelado 20 por ciento. Hoy parece que esa tajada caerá en otra bolsa.

Tampoco quisieron creer que apartar a López Obrador podría hacer que la zona antilopezobradorista de los indecisos viera con otros ojos al PRD y quizá le dieran su voto el 5 de julio.

Queda un mes justo de campaña. Todavía pueden ellos mandarlo al diablo. Si no, las cosas pintan para que López Obrador se los meriende con una servilleta en el pecho.

Merecida, suculentamente.

Para abatir la abstención

José A. Crespo
Horizonte político
Excélsior

Ésta y el voto nulo son dos fenómenos emparentados, pero con grandes diferencias teóricas, simbólicas y políticas.

Prácticamente todos los encuestadores coinciden en que el nivel de abstención electoral será elevado. La pregunta clave es si será superior al registrado en 2003. Los cálculos apuntan hacia allá, pero no se sabe qué tanto (pues es más difícil detectar con precisión la abstención que la intención de voto por los partidos). Sin embargo, también algunas encuestas han incluido preguntas para proyectar cuánto voto deliberadamente nulo podría haber. La abstención y el voto nulo son dos fenómenos emparentados, mas con grandes diferencias teóricas, simbólicas y políticas. La primera denota esencialmente apatía, desmovilización, desconfianza —no del todo injustificada— hacia las instituciones electorales o bien un rechazo consciente y franco a todo el sistema político. El voto deliberadamente nulo (para diferenciarlo del que se anula por error) refleja en cambio una protesta abierta, un voto de rechazo al sistema de partidos y de castigo a todos ellos, pero no necesariamente al sistema político en su conjunto. Hay, pues, tres grandes segmentos del electorado (cuyos porcentajes aún desconocemos) en torno a qué hacer frente a los comicios: votar por algún partido, así sea el “menos malo” (como hará, según el diario Reforma, 70% de los votantes), anular el voto o simplemente abstenerse. Se ha dado un debate cada vez más amplio, en el que adeptos de cada una de esas opciones tratan de convencer de su respectiva estrategia. Cada segmento partiendo de diferentes premisas que, por eso mismo, los llevan a conclusiones distintas. Es posible que algunos ciudadanos cambien de parecer de aquí al 5 de julio. Y eso explica el nutrido bombardeo del IFE para llamar a votar a los ciudadanos, probablemente con poca eficacia (en parte por lo poco convincente de los argumentos usados y por la mala calidad de los promocionales).

Mi posición ha sido, en primer lugar, que cada opción es válida a partir de la libertad de sufragio, incluida la abstención. Y que quienes consideren que el sistema de partidos funciona suficientemente bien, racionalmente deben sufragar por el partido de su preferencia. Pero también que, a quienes consideren el sistema de partidos como esencialmente ineficaz en sus funciones de representación, no les conviene extenderle un renovado aval, un nuevo voto de confianza, sino hasta cuando se hagan reformas que incorporen a los ciudadanos en mayor medida, proporcionando más instrumentos para llamar a cuentas eficazmente a nuestros representantes y gobernantes. Considero el voto nulo como la mejor forma de protestar contra el sistema de partidos y presionar a éstos a aceptar aquellas reformas, además de ser una expresión institucional y perfectamente legítima en varias democracias, avanzadas y no tanto.

Pero una pregunta clave para quienes están en el segmento participacionista (incluidos los partidos y el IFE) es: ¿consideran igual de dañina la abstención que el voto nulo? ¿Piensan que ambas expresiones son igualmente perjudiciales desde una perspectiva institucional y democrática o consideran a alguna de ellas como “menos mala”? Por diversas conversaciones, tengo la impresión de que los participacionistas ven con menos rechazo el voto nulo que la franca abstención (y que eso explique precisamente que en muchas democracias exista el “voto en blanco” en la boleta, como opción institucional y legítima). También he podido detectar que varios ciudadanos que consideran seriamente abstenerse, al oír sobre la posibilidad de anular el voto, cambian su posición a favor de esa forma de protesta. Hablo de personas de diferentes niveles socio-económicos, edades y escolaridad. De lo que se puede inferir que, si algunos de los ciudadanos que piensan abstenerse y a quienes ni los promocionales de los partidos ni los del IFE convencerán de votar, son debidamente informados sobre la opción de voto nulo y lo que implica políticamente, podrían cambiar de estrategia (en vez de abstenerse, anular su voto). He atestiguado varios casos. La promoción del voto nulo como mejor opción que el abstencionismo tiene grandes límites, pues no cuenta ni de lejos con los canales de difusión ni con el respaldo institucional del que goza la postura participacionista. Se mueve en páginas y redes de internet o se expresa en algunos medios, sobre todo escritos.

Y es ahí donde el IFE podría cumplir un papel esencial para estimular la concurrencia a las urnas, ayudando a transformar la abstención a secas en un voto nulo. No pretendo desde luego que el Instituto promueva activamente esa opción, pero sí podría ser que informara a la ciudadanía sobre las posibilidades legales de ello, como parte de su responsabilidad de promover el voto y dar información político-electoral (Art. 105 del Cofipe). Podría hacerlo por los días que restan para la elección. No el voto nulo como tal, pero sí una opción legal (contemplada por el artículo 252-2 del Código Electoral), de anotar a un candidato sin registro (para lo cual hay un espacio concreto en la boleta y en el acta electoral), como lo son por ahora Elisa de Anda o Marco Rascón. Eso, aclarando que dicho voto no tiene efectos jurídicos (de acuerdo con resoluciones del TEPJF), para no generar falsas expectativas. La candidatura no registrada, precisamente por su carácter legal, se contabiliza de manera diferenciada de los votos nulos (sean deliberados o por error). Estoy convencido de que, de esa manera, muchos abstencionistas potenciales podrían preferir concurrir a la urna —y expresar ahí su inconformidad con los partidos— en lugar de quedarse en casa. Claro, una propuesta tan extravagante y seguramente, para muchos, subversiva— podría prosperar sólo si al IFE le interesara seriamente reducir el abstencionismo, si optara por promover la participación informando a la ciudadanía de todas las opciones de sufragio que contempla la ley electoral, incluida la de votar por un candidato sin registro.

Es posible que algunos ciudadanos cambien de parecer de aquí al 5 de julio.
Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

A 35 días de las elecciones intermedias el debate parece salido del Hamlet shakespeariano. ¿Votar o no votar? Esa es la cuestión. Encrucijada ontológica que confronta a los “políticamente correctos” —que perciben como crimen de lesa democracia sólo insinuar a no votar—, y a los “desesperados” que pregonan no votar o anular el voto.

El dilema parece enfrentar los extremos; la promoción del voto como única alternativa de cambio o, en contrario, la anulación del mismo voto como señal de castigo a una partidocracia irresponsable, arrogante, ineficaz e insaciable. En realidad lo interesante es que el debate está muy lejos de la premisa shakespeariana. La cuestión no se reduce a “votar o no votar”, sino que admite tantas variables como votantes acudan a las urnas, o se alejen de ellas.

Es decir, el voto y su significado son únicos, individuales, íntimos e intransferibles. El voto, en democracia, sintetiza la libertad de expresión que, al mismo tiempo, es la sabia que permite la supervivencia de la democracia misma. El acto de votar es el ejercicio de expresar con libertad —mediante una cruz en una boleta—, el grito de censura o aplauso a malos o buenos gobiernos; es el instrumento social más eficaz para premiar o castigar a políticos, candidatos y partidos. Es la única herramienta de un poder social que en México no es reconocido: la opinión pública.

Sí, pero resulta que en México el derecho a votar es un derecho mutilado. En teoría —(Itinerario Político, 30 de mayo de 2006 y 31 de agosto de 2008)—, el concepto básico del derecho a votar y ser votado lleva implícitas las opciones de los electores para decir “sí” o “no” a candidatos o partidos propuestos. Pero la ley electoral mexicana otorga a los partidos el monopolio de poner los candidatos y sólo permite a los electores que se expresen por el “sí”. ¿Y dónde queda la opción de los electores a decir “no”, al candidato propuesto, a los partidos existentes, a los gobiernos...? En México el voto es un derecho mutilado.

Por eso, desde mayo de 2006 aquí hemos promovido “el voto por el no”, que está lejos de la abstención o la anulación del voto —aunque en la práctica se confunde con las dos premisas—, pero que es un grito social legítimo para recuperar la libertad de expresión plena al momento de votar; el derecho a decir “no” a un candidato, partido, gobierno o campaña. Sólo se pide que respeten el derecho ciudadano a decir “no”, que en la boleta aparezca el espacio del “no” junto al “sí”, y que se cuente el “no”, igual que el “sí”. ¿Por qué lo niegan? Miedo a ser reprobados.

En el camino

Pese a los intentos golpistas, Víctor Hugo Círigo seguirá al frente de la ALDF.