junio 05, 2009

Llamado a anular voto obligará a mutar spots

Aurora Zepeda
exonline.com

La influenza, el abstencionismo y el llamado a anular el voto han obligado al Instituto Federal Electoral (IFE) a replantear su estrategia de comunicación previa a la jornada electoral del 5 de julio.

La Junta General Ejecutiva se reunió con seis de los ocho consejeros electorales para conocer los detalles de la jornada electoral y las adiciones a la estrategia del llamado para acudir a votar.

El consejero Arturo Sánchez explicó que durante la reunión con la Junta se diseñaría “el conjunto de estrategias que debemos seguir en esta última etapa para promover el voto. Primero, debido a la influenza, se nos cayó la mitad de la campaña del llamado al voto, pues durante mayo no estuvimos al aire y no tuvimos comunicación con la gente, y entonces tenemos que hacer una estrategia para este último mes.

“Segundo, vamos a usar medios alternativos: llamados en vía pública, en transporte urbano, en actos a escala nacional”, entre otras estrategias.

En cuanto al llamado de organizaciones y ciudadanos a anular el sufragio o a votar en blanco, el consejero explicó que estos exhortos están dentro de la libertad de expresión, aunque no los comparte.

Ante el crecimiento de estos llamados, Arturo Sánchez comentó que el IFE se plantea la organización de foros y mesas de discusión sobre el tema.

“Sí vamos a hacer estos foros especiales para lo del voto blanco; sí vamos a hacer llamados específicos que no estaban previstos. Como cambió la estructura de difusión que teníamos establecida por la influenza, vamos a generar otros spots que no estaba previsto producir, pero creo que todo cabe dentro del presupuesto original para el proceso electoral y no habrá un gasto extraordinario que no puede ser absorbido”, agregó Sánchez Gutiérrez.

A la emergencia sanitaria y el llamado a anular el voto o dejar en blanco la papeleta, se suma la preocupación de que la participación ciudadana no rebase el 41.8% registrado en 2003.

“Lo que me preocupa sobre manera es que la participación en la elección de 2009 sea superior a la que tuvimos en 2003, que es nuestro récord histórico más bajo, que fue de 41.8% de participación.

“Lo que sea arriba de esa cifra, indicaría que, al menos, no estamos en una situación peor de la que ya hemos estado en otra elección federal, como en 2003, pero eso dependerá de los esfuerzos que podamos hacer de aquí al 5 de julio”, consideró el consejero.

¡El mejor sistema político!

Francisco Martín Moreno
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior

El régimen castrista, el presidido por ese troglodita cruel, brutal y facineroso, ¿es un sistema que resuelve la mayor cantidad de problemas? Basta con ver las cartillas de racionamiento, el hambre, la desesperación y la miseria en la isla mayor de las Antillas.

El mejor sistema político no fue el leninista-stalinista-brejnevista, ¡uf!, qué va, ni el consecuente capitalismo de Estado ni el socialdemócrata ni el democristiano ni el socialista ni mucho menos el comunista encabezado por ese cavernícola del coma-andante antillano ni el preconizado por Chávez, ya no un peligro, sino una catástrofe real para Venezuela, ni el liberal ni el neoliberal ni siquiera el adoptado por Deng Xiaoping. No, el mejor sistema político es aquel que resuelve la mayor cantidad de problemas: el que proporciona más llaves de agua potable, más zapatos, más hospitales, más teléfonos, más líneas de fibra óptica, más teatros, más satélites, más telecomunicaciones, más vacunas, más automóviles, más escuelas, universidades y tecnológicos por persona, es decir, el modelo económico que pueda crear más empleos, generar más riqueza y ofrecer a los gobernados mejores regímenes de seguridad social es, sin duda, el que debemos elegir más allá de toda demagogia... ¿O no..?

El régimen castrista, el presidido por ese troglodita cruel, brutal y facineroso, ¿es un sistema que resuelve la mayor cantidad de problemas a los cubanos? Basta con ver las cartillas de racionamiento, el hambre, la desesperación y la miseria prevaleciente en la isla mayor de las Antillas, al extremo de que sus habitantes prefieren perecer devorados por tiburones, antes que continuar padeciendo los horrores impuestos por ese torturador, quien todavía cree que puede engañar al mundo con las bondades de una terrible dictadura, cuyos alcances se niega a aceptar refutando la más elemental evidencia.

En este mismo orden de ideas valdría la pena analizar la política de expropiaciones ejecutada por Lázaro Cárdenas, una figura intocable en el horizonte político mexicano. Las reservas petroleras se elevaban en 1938 a mil 240 millones de barriles, mismas que subieron hasta seis mil 300 con López Portillo y alcanzaron la cifra de 51 mil con Zedillo. Con la frustrante pareja presidencial el desplome llegó a 18 mil… ¿De qué les sirvió el petróleo nacionalizado a los 45 millones de mexicanos que hoy en día subsisten penosamente sepultados en la miseria o a los cinco millones de mexicanos que calientan sus alimentos con carbón después de derribar las selvas o los bosques para quemar la madera y acelerar el proceso de desertificación nacional? Hasta la fecha seguimos viviendo de los hallazgos realizados por Jorge Díaz Serrano, sin ignorar que Pemex es la única compañía petrolera mundial que, a pesar de tener el monopolio del crudo a lo largo y ancho del país, se encuentra quebrada de punta a punta. ¿Cómo creer que un país petrolero importe 65% de su gas y 60% de sus gasolinas y todavía los legisladores se nieguen a la apertura energética, por cobardía, traición o miopía? ¿Llegaremos al extremo de construir una nueva refinería para alimentarla con petróleo importado a falta del nacional..? Veremos…

En lo relativo al gigantesco reparto agrario cardenista, el más radical de la historia, se tradujo en un mero reparto de miseria. Tanto Carranza como Obregón y Calles se negaron a ejecutar una política similar de expropiaciones porque sabían que fracasaría de no abastecer simultáneamente con crédito y tecnología a los supuestos beneficiarios agrícolas. El resultado de la política suicida cardenista se tradujo, a partir de los años 60, en un escandaloso éxodo a Estados Unidos de millones de campesinos sin trabajo, sin mercados, sin esperanza, y con hambre, desesperación e ignorancia. Tuvieron que huir sin que el gobierno pudiera ofrecerles oportunidades dignas. En la actualidad, aquellos muertos de hambre que abandonaron México en busca de prosperidad, son los mismos que hoy nos mantienen enviando casi veinte mil millones de dólares, una suma cercana a los ingresos captados por las exportaciones petroleras, claro está, sin considerar el costo de la importación de gasolina y gas, con lo cual quedan prácticamente erosionadas las ventajas en materia de captación de divisas en este rubro específico.

Los gobiernos, por lo general, se han caracterizado por ser malos operadores de compañías. Las empresas privadas, dentro del esquema de control establecido por la autoridad, deben cumplir con el cometido para el cual fueron constituidas: generar riqueza, crear empleos, pagar impuestos, ser fuente de bienestar para un país. El mejor sistema, entonces, es aquel en el cual las empresas son cuidadas por un gobierno democrático, estimuladas y hasta protegidas, según sus objetos sociales, de tal suerte que su salud financiera y comercial se traduzca en una exitosa capitalización que provoque su crecimiento corporativo, resultando una mayor recaudación tributaria de donde se desprenderá un abundante gasto social para construir escuelas, hospitales y obras de infraestuctura y promover así la expansión de la economía y el bienestar de la sociedad. ¡Pobre de aquel país que no impulsa y protege a sus empresas en el marco de la ley..! ¡Pobre..!

fmartinmoreno@yahoo.com

¿De qué les sirvió el petróleo nacionalizado a los 45 millones de mexicanos que hoy en día subsisten penosamente sepultados en la miseria o a los cinco millones de mexicanos que calientan sus alimentos con carbón después de derribar las selvas o los bosques?

Pontífices del voto nulo

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

Han regresado. Cardenistas en 1988, zapatistas en 94, del voto útil en 2000, obradoristas en 2006, hoy promueven la “abstención activa”. Desde sus espacios en la academia y los medios, sostienen que los partidos políticos no están a la altura de la ciudadanía, de la sociedad, o de algo parecido. No están a la altura de los pontífices, pues, que regresan a iluminar nuestro camino, a guiarnos fuera de esta jungla de ambiciones con su linterna de moralidad.

Como siempre, ni son todos los que están ni viceversa, pero si usted tiene más de 40 años sin duda tiene tiempo de conocerlos, y tal vez los ha acompañado en más de una ocasión en sus peregrinaciones. La de hoy consiste en anular el voto, para demostrar a los partidos que la sociedad los desprecia. Hace unas semanas comentaba aquí por qué no votar no tiene sentido. Este miércoles pasado, Lorenzo Córdova explicó en estas páginas, muy bien por cierto, por qué anularlo tampoco lo tiene.

Pero si bien no votar o anular el voto no tiene impacto, la campaña por la anulación sí lo tiene. Porque en el fondo es una campaña política, que intenta capturar una parte del espacio político para un actor no estructurado que, sin embargo, tiene claros líderes: los pontífices. La apuesta es que en la elección del 5 de julio haya suficientes votos anulados como para argumentar que los partidos han sido rechazados y es necesario apelar a ese movimiento para legitimar la acción política. Quienes lo promueven podrán entonces ocupar un espacio político desde el cual guiar a la República. Y lo habrán hecho sin ensuciarse las manos con la basura de la política partidista cotidiana. Para que no haya dudas después, el porcentaje de votos nulos el 5 de julio rondará 3.5% sin pontificado. Si el dato es mayor, habrán demostrado convocatoria. No creo que tanta como para equipararse con un partido político pequeño, pero ya lo sabremos.

Hay aquí varias confusiones. La primera tiene que ver con el papel de los ciudadanos en la transición. El fin del régimen de la Revolución ocurrió mediante la ciudadanización de actividades antes inexistentes o reservadas al gobierno, especialmente las elecciones y los derechos humanos. Ambos procesos, fin del régimen y ciudadanización, prácticamente terminaron al mismo tiempo, de forma que los órganos autónomos ya no son más coto de ciudadanos ilustrados sino espacio de profesionales del servicio público. Se puede argumentar, me parece, que los nombramientos de consejeros ciudadanos ocurridos después de 2003, en todos los órganos, siguen esta segunda línea.

Y es que ese paso ciudadano del fin del régimen tenía mucho sentido. Sólo eso era creíble para la oposición y viable para el régimen. Se trató, pues, de un fenómeno transitorio, que al extenderlo arbitrariamente, como en el caso del IFE, nos ha dado pésimos resultados.

La segunda confusión tiene que ver con la idea de que la política puede funcionar de manera diferente simplemente deshaciéndonos de los políticos. Esto supone que el problema son las personas, y no las instituciones. Más todavía, supone un profundo desprecio por quienes se dedican profesionalmente a esta actividad. Desprecio que no creo que tenga fundamento: los políticos mexicanos no son diferentes de los políticos de otros países, ni tampoco son diferentes de mexicanos en otras actividades. Esta superioridad moral que los pontífices encarnan es pura y simple soberbia.

Lo que sí tenemos son fallas profundas en nuestras reglas de convivencia, porque no hemos podido desmontar adecuadamente las estructuras del régimen anterior. El presidencialismo desapareció, pero el poder casi absoluto encarnó en los 32 virreyes; el corporativismo dejó de ser soporte del régimen, pero se convirtió en poder autónomo; y el mito revolucionario no acaba de morir. No tenemos un diseño institucional adecuado para los poderes de la Unión, ni para la relación entre ellos, ni entre ellos y los órdenes de gobierno.

Pero esas fallas institucionales no se van a resolver anulando votos. Se resolverán cuando hayamos decidido si queremos dar una nueva oportunidad al nacionalismo revolucionario o si queremos abandonarlo de manera definitiva. Y eso, como vimos la semana pasada, tiene una relación directa con los partidos políticos. Es decir, el voto importa, e importa mucho, en esta definición nacional. Pero si usted cree que es preferible que sean los reyes filósofos los que nos guíen, anule su voto. De cualquier manera habrá optado por una opción política, soterrada pero política.

Nuestro problema somos nosotros, no nada más los políticos. Y podremos resolverlos cuando nos decidamos a reconocer de qué tamaño fue nuestro fracaso en el siglo XX. Cuando aceptemos que la corrupción, la ineficiencia, la farsa no es nada más de ellos. No hay ellos. Hay nosotros.