junio 15, 2009

Voto y UNAM

Jacobo Zabludovsky
Bucareli
El Universal

Hace tres años voté para presidente de la República por un ciudadano sin partido político.

Después de hacer público mi voto recibí ataques por la inutilidad de emitirlo a sabiendas de que no sería contabilizado. El Código Federal de Procedimientos Electorales priva a las ciudadanos del derecho de votar por quien quieren, piedra fundacional de toda democracia, al dar a los partidos el monopolio absoluto del registro de candidatos, en el inciso 1 del artículo 218: “Corresponde exclusivamente a las partidos políticos nacionales el derecho de solicitar el registro de candidatos a cargos de elección popular”.

Mi voto de entonces tuvo dos motivaciones. Primero, la satisfacción personal de votar por quien yo creía firmemente que tenía atribuciones suficientes para gobernarnos. Después, la parte de protesta que tal voto llevaba contra una ley defectuosa. Los hechos me dan la razón: la institución que ese ciudadano dirigió durante ocho años fue galardonada esta semana con el Premio Príncipe de Asturias. El premio no fue para él, por supuesto, sino para miles de alumnos y maestros, generaciones de mexicanos que han hecho de la UNAM un orgullo de México. Pero es un ejemplo de la restricción a que nos somete la fórmula que rige las elecciones.

En otros países las leyes que norman el proceso electoral permiten que los ciudadanos manifiesten su voluntad por conductos que no necesariamente sean partidos políticos. Ambos sistemas coexisten, parten del respeto al derecho ciudadano de escoger candidato, registrarlo para que aparezca en las boletas y poder votar por él. Es sana la existencia de partidos políticos. Lo que mi voto nulo pretende es abrir la discusión pública para examinar sin violencia cómo adecuar la ley a la exigencia de un número todavía indeterminado de ciudadanos que aspiran a registrar, sin mediación de partidos, sus candidatos a puestos de elección popular. Debemos analizar las posibilidades jurídicas y permitir a los ciudadanos sin partido, que somos los más en este país, aportar la fuerza de nuestro voto a la elección de mejores mandatarios.

En México quienes hicieron la ley privaron a los mexicanos del derecho de escoger y entregaron todo el poder a los partidos.
José Woldenberg, aplaudido por su labor al frente de un Instituto Federal Electoral que ha perdido respeto desde su ausencia, publicó el jueves en Reforma un artículo en que pregunta: “¿Qué tienen en común Dulce María Sauri, José Antonio Crespo, Diego Valadés, Jacobo Zabludovsky, así como algunos otros intelectuales?... Los emparenta un malestar... están cansados
de lo que ven en el escenario político… En México, el voto anulado será en el mejor de los casos un termómetro del humor público, pero al final los votantes por los diferentes partidos y candidatos decidirán quiénes gobiernan y quiénes legislan”. Coincido con el comentario de Woldenberg, aunque no me convence de la necesidad de que sea exclusivo de los partidos el derecho de registrar candidatos.

Junto a defensores de buena y mala fe de la ley electoral se colocan instituciones y personas del más diverso pelaje que también se rasgan las vestiduras por las ofensas a su solución jurídica. Qué curioso. Las grandes, tradicionales y ricas agrupaciones que coinciden en defender la ley y calificar de estúpido y traidor a quien vote nulo, tienen un denominador común: están satisfechas. Personajes notorios sonríen seguros, con el optimismo propio de quien se siente dueño. Lucharán a morir por que nada cambie. Los partidos políticos les sirven la comida y debajo de la mesa algunos trovadores reciben los pellejos.

Por eso el 5 de julio votaré nulo, aunque los invitados a la fiesta opinen que mi voto no vale. Mienten. Los votos nulos son contados. Tienen que ser admitidos por los funcionarios electorales si su número es mayor a la diferencia de votos entre los candidatos que van en primero y segundo lugares. En ese caso (artículo 279) se ordenará un nuevo escrutinio durante el cómputo oficial en las juntas distritales. O sea, que el voto nulo, no lo es tanto.

Creo que mi voto del 2006 fue precursor de este movimiento espontáneo que por la vía de la nulidad se convierte en un escape al descontento. No nos dejemos confundir: abstenerse es una grave torpeza. Debemos ir a votar. Votar nulo. Opinar contra una manera de elegir a nuestros gobernantes que ha dado resultados lamentables. Por la vía legal y pacífica de nuestro voto, voto nulo, pedimos que se modifique la ley.

Eso es todo. Nada más. De la UNAM y el Príncipe de Asturias hablaremos con calma. Para regocijarnos.

Anular es votar

Denise Dresser
Reforma

Anular es votar. Es participar. Es ir a la urna y depositar una boleta para expresar el descontento con un sistema democrático mal armado, que funciona muy bien para los partidos pero muy mal para los ciudadanos. Hemos construido una democracia parcial en la cual existe la capacidad de votar pero no de sancionar. Es como si usted -lector o lectora- contratara a un empleado, le pagara el sueldo durante los próximos tres años, y no pudiera despedirlo o castigarlo si su desempeño es malo, o atenta contra el bienestar de la empresa. Eso es, en efecto, lo que hemos venido haciendo: votando por personas a las cuales nunca volvemos a ver, cuyo comportamiento en el Congreso desconocemos, cuyo incentivo para representarnos es nulo porque al final de su periodo saltarán a otro puesto. Porque no hay reelección pero sí hay trampolín; porque nos han otorgado la capacidad para llevar a alguien al poder, pero no contamos con instrumentos para asegurar que lo ejerza en nuestro nombre. La anulación no busca acabar con la democracia sino aumentar su calidad y su representatividad. La anulación no intenta dinamitar el sistema de partidos sino mejorar su funcionamiento.

Anular es votar. Es contribuir. Es ir a la urna y votar por "Esperanza Marchita" o por cualquier candidato independiente, usando el único instrumento con el cual contamos. El único mecanismo -imperfecto, difuso, chato- que nuestra democracia trunca ofrece hoy en día. Porque llevamos años pidiendo que los partidos democraticen el sistema, sin que lo hayan hecho. Porque llevamos años exigiendo que combatan la corrupción, sin que hayan mostrado la menor disposición a ello. Porque llevamos periodo legislativo tras periodo legislativo de bancadas que congelan iniciativas prometidas durante la campaña y archivadas cuando llegan al poder. Porque queremos ayudar desde afuera a los que están intentando reformar desde adentro; a aquellos que enfrentan cotidianamente la resistencia de partidos autistas que defienden intereses enquistados.

Y esa inercia no se puede combatir -ya lo hemos visto- con lo que algunos proponen como solución. No basta con formar otro partido, si acaba corrompiéndose para sobrevivir. No basta con cabildear a los legisladores, si su futuro no depende de escuchar a los ciudadanos sino de disciplinarse ante su líder parlamentario o algún poder fáctico. No basta con organizar otro foro -como los tantos que hubo en torno a la reforma del Estado- para fomentar la discusión si ese foro va a terminar siendo ignorado. El problema fundamental del sistema político es la ausencia de mecanismos que le den a la ciudadanía peso y voz. Los incentivos del sistema político están mal alineados: los legisladores no necesitan escuchar a la ciudadanía ni atender sus reclamos, porque la longevidad política no depende del buen desempeño en el puesto. Entonces, la anulación no busca destruir el andamiaje institucional sino centrar la atención en sus imperfecciones y en lo que falta por hacer y mejorar.

Anular es votar. Es tratar de componer lo que está descompuesto. Es usar esta oportunidad para cambiar un sistema que privilegia la rotación partidista por encima de la representación ciudadana. Es usar esta oportunidad para rediseñar las reglas y no sólo votar para darle un par de curules más al PRD o al PAN. La anulación no entraña dejar en manos de otros la decisión, sino crear las condiciones para que los ciudadanos verdaderamente cuenten. La anulación no entraña fortalecer el "voto duro", sino crear condiciones para que se vea reemplazado por el voto ciudadano. Para que el acarreo corporativo vaya perdiendo peso conforme aumente la participación de personas que creen en las instituciones en vez de desconfiar de ellas. Para que en lugar de cortejar a Elba Esther Gordillo o a Valdemar Gutiérrez, los partidos se vean obligados a cortejar a personas como usted.

Anular es votar. Es contribuir. Es diagnosticar problemas con la intención de proponer soluciones. Es apelar a los partidos para que comprendan la crisis de representación que han creado y busquen maneras de afrontarla. Y aunque el movimiento impulsado entre tantos mexicanos reúne diversos reclamos, parece haber consenso en torno a algunos ejes. La necesidad de darle a los ciudadanos una forma de castigar o premiar a sus representantes. El imperativo de las candidaturas ciudadanas independientes. La reducción del financiamiento público a los partidos. La posibilidad de incorporar figuras de participación directa como el plebiscito y el referéndum. La propuesta de atar el voto nulo a la cantidad de recursos que se destina a los partidos.

Todo ello con la intención de fortalecer la democracia y asegurar su representatividad. Todo ello con la intención de empujar a los partidos a enarbolar reformas que tanto resisten. Porque como decía Barack Obama a lo largo de su campaña presidencial: "el poder nunca concede por su propia cuenta". Y la anulación del voto es una forma de obligar a que lo haga en nuestro nombre.

Voto razonado, sea blanco, de color o anulado

José Contreras
expedientepolitico@yahoo.com.mx
Expediente Político
La Crónica de Hoy

Muy pocos de quienes se han sumado públicamente a la campaña de voto en blanco han explicado el por qué de su decisión.

La mayoría alude a un hartazgo “de los políticos” y en especial de los partidos políticos, pero en forma genérica, como un cliché.

El origen poco claro de esta campaña y la intención muy cuestionable de algunos personajes de convertirse en líderes de la misma, genera dudas sobre la conveniencia de adherirse a ella.

Una ciudadanía madura y responsable debe ser capaz de ejercer su derecho a votar o a no votar en forma razonada e informada, más allá de sorpresivas campañas.

En lo personal me abstendré de votar el 5 de julio, pero no por sumarme a esta campaña, sino por mantener mi decisión, sostenida desde que tengo edad para votar, de no avalar un sistema político-electoral con el que no estoy de acuerdo.

Nunca en mi vida he participado en algún proceso electoral y no cambiaré de opinión de cara al proceso del 5 de julio.

Mi voto en abstención será un voto razonado y sustentado en diversos elementos como los que expongo a continuación.

Nuestro sistema político es sumamente caro, poco democrático y excluyente y ha llevado al fortalecimiento de las cúpulas partidistas.

Este año el IFE entregará a los ocho partidos con registro tres mil 633 millones 67 mil 851 pesos, de los cuales, 819 millones 488 mil 876 pesos corresponden a gastos de campaña.

Los más beneficiados con estos registros son los tres principales partidos: el PAN recibirá 227.8 millones de pesos; el PRI, 159.3 millones de pesos y el PRD, 136.9 millones de pesos.

En las elecciones del 5 de julio se renovará la Cámara de Diputados, pero el 40 por ciento de los integrantes del órgano legislativo llegará a San Lázaro por dedazo.

Solo 300 de los 500 diputados serán electos mediante voto directo y secreto. Los 200 restantes serán designados mediante el sistema de representación proporcional, a través de listas que controlan a su antojo las dirigencias de los partidos.

Esta antidemocrática figura de la representación proporcional también se aplica en la conformación del Senado —cuya renovación se llevará a cabo en el 2012—, aunque en una forma todavía más aberrante.

El Senado es la representación del pacto federal y de acuerdo con ese espíritu, debería contar con un mismo número de senadores por cada entidad federativa, como ocurría hasta 1988, en que había dos senadores por cada entidad.

Actualmente, el Senado se integra con 128 legisladores: dos de mayoría por cada entidad, uno de primera minoría por cada entidad y 32 de lista nacional o de representación proporcional, que al igual que los diputados llamados “plurinominales” no hacen campaña y llegan al Congreso por el dedazo de las cúpulas de sus partidos.

Durante la aprobación de la reforma electoral del 2007, los partidos representados en el Congreso pactaron la eliminación de toda posibilidad de que hubiera candidaturas ciudadanas, al elevar a rango constitucional que los partidos políticos son la única vía para postular candidatos a cargos de elección popular.

Con esta disposición queda frenada cualquier posibilidad de participación política de los ciudadanos que no simpaticen con alguno de los partidos que cuentan con registro ante el IFE.

Si a eso se suma la reciente conformación de un Consejo General del IFE por medio de un reparto de cuotas entre coordinadores parlamentarios que constantemente se excede en sus funciones, considero que hay motivos de sobra para sostener mi inclinación hacia la abstención.

Es deseable que exista tolerancia entre quienes decidan votar y quienes opten por no hacerlo o por anular su voto, pero más deseable aún es que todos los ciudadanos tomen su decisión de manera razonada y no sólo por sumarse a una moda o a una campaña, insisto, de dudoso origen.

OFF THE RECORD

**CANDIDATO CIUDADANO. En Oaxaca hay un candidato sin partido que realiza campaña y que, según las encuestas, ya superó al PAN en la intención de voto.

Se trata de Geovany Vázquez Sagrero, quien se dice candidato a diputado federal por el distrito VIII con sede en la capital de Oaxaca.

El pasado sábado reunió a cerca de 400 personas, poco más que las que convocó López Obrador en la misma plaza unos días antes.

Las encuestas señalan que en ese distrito el PRI va en primer lugar, el PRD en segundo y Geovany en tercero, aunque los votos que obtenga no contarán.

**MINIDEBATE EN EL TEC. El pasado miércoles se realizó un desangelado debate en el Tecnológico de Monterrey campus Santa Fe, entre los candidatos a diputados federales del PAN, Luis Enrique Mercado; del PRI, Luis Videgaray y del PRD, Vidal Llerenas.

Dicen los que vieron el debate que el más inseguro era el panista, quien trastabilló al intentar explicar que no son tiempos para una reforma fiscal.

De todos modos, ninguno de los tres convenció al auditorio.

Antes se llamaba desvergüenza

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

No, no digo que todos los partidos sean iguales y por eso no debamos votar; sí dije que “en la noche de las indefiniciones, todos los gatos son pardos y los partidos iguales”. Aunque todos se parezcan espantosamente al PRI, no son iguales porque un partido tiene una D donde otro pone una I, y así por el estilo. Esa noche de las indefiniciones es el alud de spots que nos ahoga, todos indistinguibles en su absoluta trivialidad, todos firmables por todos, todos insultantes en su falta de identidad.

Una manta en el salón de sesiones de la Cámara de Diputados exigía hace poco: “Ante la crisis… ¡urge! actuar a favor del pueblo”. ¿Quién no firmaría tal muestra de aridez en la sesera? Lo mismo el cardenal tapatío que la señorita Morett, ésa que hacía su tesis de doctorado entre el millar de secuestrados por las FARC, la firmarían Beatriz Paredes y Diego Fernández, el partido de La Maestra y el partido propiedad de los González verdes. ¿Alguien en contra de “actuar a favor del pueblo”? Que levante la mano. Insulta que nos crean estúpidos.

Es que, vean ustedes, hacer propuestas concretas, como la de no construir una refinería con fondos públicos, sino diez con fondos privados y con eso perder una franja del electorado, es un riesgo que esos mazacotes de partidos no se toman. Y son mazacotes porque ya no tienen forma ni delimitación alguna: el PRD se pasó veinte años gritando que el PT era creación de los satánicos hermanos Salinas para dañar a la izquierda… y ahora nos pide votar por el PT y, con desvergüenza absoluta, nos informa el motivo: para no perder los millones que, bajo cuerda, le pasa a su campaña presidencial adelantada.

El priista Ricardo Monreal, que llegó a acusar a Cuauhtémoc Cárdenas de intentar vender Pemex, nada menos, de pronto fue miembro prominente del partido fundado por Cárdenas y, por ende, enemigo de Salinas de Gortari… hoy coordina la bancada del PT, el partido creado por Salinas. Quien encabezó a los appos de Oaxaca, miembro del PRD, hizo campaña por Fox y luego apareció como cabecilla de un “movimiento magisterial” que es tan previsible como las crecidas del Nilo: cada mes de mayo inunda Oaxaca, el estado con los peores índices educativos en un país de malos índices educativos. A México le convendría que los appos declarasen a Oaxaca nación independiente: nos ahorraríamos ese 97 por ciento de presupuesto que debe enviarle la Federación a un estado incapaz de subsistir por sí mismo con su producción de mole de perro y barro negro chueco.

Es una tesis platónica la que afirma que los partidos son “entidades de interés público”. Falso: en la práctica, la legislación que ellos crearon los hace negocios inmensos, y el brincadero de trapecistas que vemos ir de un partido al otro se explica por los miles de millones en juego. Cuando hay 13 mil millones para sostenimiento y 3 mil 600 para campaña, con todo y que los spots en radio y tv ya son gratuitos, la rebatinga tiene los niveles de obscenidad monstruosa que estamos viendo. ¿Qué hicimos mal? ¿Cuándo nos equivocamos?

Fue cuando quisimos remediar una injusticia. La actual composición de la Cámara de Diputados es de 500 diputados (que son ya demasiados), sólo 300 se someten al voto popular. Los otros 200 tuvieron, en los tiempos del PRI-aplanadora, un sentido justiciero: dotar de representantes a partidos chiquilines que, sin ganar en ningún distrito, tenían, sin embargo, digamos un 3 por ciento de la votación total. Era pues legítimo que pidieran un 3 por ciento de representantes. El gran error de nuestros legisladores fue haber entregado esa bolsa de 200 diputados de representación proporcional a las cúpulas de los partidos, a las oligarquías, para que designaran a quien desearan. Y por supuesto, a dedo hacen una lista donde primero van los dirigentes mismos y luego, si queda algo, van los cuates. De ahí que hagan lo que las oligarquías les ordenan, aunque sea aberrante. No necesitan para nada al elector.

Debemos reducir a 100 los diputados “de partido” o representación proporcional, y, además, dar a los ciudadanos participación para elegir, de entre esas listas de partidos, a aquellos cuya trayectoria les parezca más digna de confianza. Listas formuladas por las dirigencias, pero votadas por el elector: una combinación, que, con la reelección, los arraigaría al elector y así podríamos exigir con éxito una reducción del financiamiento público.

¿Por qué anular el voto?

Manuel López San Martín
Contracorriente
El Universal

El genuino y espontáneo movimiento ciudadano que se gesta y tiene como principal bandera la anulación del voto en los comicios del 5 de julio es más que una manifestación de hartazgo, descontento y hastío hacia la clase política. Es, por el contrario, la muestra de que existe una franja de ciudadanos dispuestos a plantear ideas y propuestas de altura para contribuir así, al fortalecimiento de nuestra endeble democracia.

Quienes nos hemos pronunciado desde hace meses por anular el voto somos, en su gran mayoría, ciudadanos sin partido que no nos sentimos representados por partido político alguno y a quienes nos resulta insostenible seguir siendo cómplices de un sistema que margina a la sociedad civil y por tanto, nos negamos a continuar votando por el menos malo de la mediocre gama de candidatos que la partidocracia nos presenta en cada proceso electoral.

***

Anular el voto no es mostrar indiferencia.

Anular el voto es manifestarnos para exigir un cambio; es señalar que queremos una nueva forma de hacer política; es expresar que reclamamos partidos que rindan cuentas a la sociedad; es hacer notar que no toleraremos más una partidocracia que excluya a la ciudadanía; es protestar en contra del monopolio que los partidos políticos ostentan para postular a candidatos de elección popular; es exigir que se abran las candidaturas ciudadanas e independientes; es demandar la reducción de diputados y desaparición de senadores plurinominales; es protestar contra el escandaloso gasto público que los partidos, desde el Congreso, se asignan a sí mismos; es hacer latente la necesidad de instaurar la reelección en el legislativo y a nivel municipal; es reclamar que se instituyan las figuras de referéndum, plebiscito e iniciativa popular; es manifestar que requerimos representantes que tomen en cuenta a sus representados; es señalar que urgimos la necesidad de políticos que atiendan las necesidades ciudadanas y que pedimos servidores públicos que trabajen por y para la sociedad.

Anular el voto no es un capricho. Anular el voto no es una moda. Anular el voto no es llevar la contra. Anular el voto es una decisión pensada e informada. Anular el voto es una postura valiente. Anular el voto es no permanecer impávido ante un país y una democracia que se nos va de las manos.

***

Detrás de un voto nulo hay un ciudadano inconforme, activo e informado. Un ciudadano dispuesto a contribuir, con su granito de arena, a enfrentar a la partidocracia.

Detrás de un voto nulo hay un ciudadano que ha dado el primer paso y que, seguramente, esta dispuesto a seguir protestando y exigiendo.

Al final, el 5 de julio, sabremos cuántos somos. El mensaje es claro y puede resumirse en un rotundo no a la partidocracia, y un profundo deseo de sí a la participación ciudadana.

Claro, podría argumentarse y con razón, que aún con un histórico nivel de votos anulados, la partidocracia se repartirá el botín. Cierto, pero en esta democracia, votar en blanco o no acudir a la urna, es tan útil como sufragar por cualquiera. Sirve de muy poco.

Por eso el llamado es a participar, sí, para no renunciar a un derecho cívico, pero anularlos a todos, para mostrarles así nuestro descontento y hartazgo.

La fecha se acerca. El 5 de julio debemos hacernos escuchar en las urnas. Hay que dar el primer paso. No será el último ni el definitivo, sin duda, pero no parece haber otra forma de manifestar nuestro enojo. Que la partidocracia nos escuche. La próxima elección parece ser el inicio de un camino que buscará el empoderamiento ciudadano frente a la clase política. El trayecto será tan largo o corto como deba serlo. Y a partir del 6 de julio, tendremos que empezar a construir un gran movimiento nacional que ponga sobre la mesa las legítimas demandas ciudadanas que nos unen.

¿Ustedes cómo la ven?

Vengan sus participaciones.

Aquí nos encontramos.

Las redes sociales y el voto nulo como grito de cambio

Víctor Sánchez Baños
Opinión
sanchezb@metropipe.net y vsanchezb@gmail.com

Cuando debemos hacer una elección y no la hacemos,esto ya es una elección.
William James (1842-1910), psicólogo y filósofo estadunidense.

En las redes sociales como Facebook y Twitter, la lucha por el voto nulo no tiene cuartel. Y, hay quienes defienden el voto nulo, como yo, y otros que quieren que se vote por cualquier partido aunque ninguno de ellos (en una buena parte de los distritos electorales) sirva en lo mas mínimo a los intereses de los mexicanos.

En esas redes, donde participo activamente, se observan a personas convencidas y a los "contestatarios profesionales" de los partidos políticos, quienes dicen que el voto nulo favorecerá al PRI o al PAN, y otros más que al PRD, de acuerdo con las áreas de influencia de cada partido.

¡No se asusten políticos! No van a perder sus cotos de PODER Y DINERO, simplemente recibirán una llamada de atención de la ciudadanía (que no los legitima) por su larga historia de abusos en contra de sus "gobernados".

¿La ciudadanía mexicana tendrá tan baja estima que acepta la pobre oferta política de los partidos, fundamentalmente la santa trinidad (PRI, PAN, PRD), que no tenemos de otra más que aceptar a cualquiera de los tres aunque sean ineptos, corruptos y cínicos?

Merecemos mucho más, pero la resignación es tener que mantener a esos personajes con gran derroche.

Apoyo el voto nulo, como simple protesta. ¿Qué no cambiará nada? Seguramente, ya que los políticos tienen la cara dura. Pero dentro de los cauces legales y en paz, cientos de miles nos manifestaremos el próximo 5 de julio por una llamada de atención a la casta dorada que vive a costilla de nuestros impuestos.

PODEROSOS CABALLEROS.- Varias secciones sindicales, entre ellas la 62 y la 261 de Zacatecas, la 30 y 71 de Chihuahua, la 74 de Coahuila, la 94 de Sonora, la 219 del Estado de México, ya no están con Napoleón Gómez Urrutia. Así se quedan con las cuotas sindicales. Al final de cuentas, el dinero se lo quedan esos dirigentes. Otra fauna que vive como casta dorara a costa de los trabajadores. *** Hipotecaria Su Casita, que preside José Manuel Agudo, en una entrevista con Dow Jones, reconoció que redujo sus metas de crédito y financiamiento para este año ante el mayor gasto que está representando sus preparativos para convertirse en un banco y por la menor demanda hipotecaria que está provocando la recesión economía.*** A finales de mayo el presidente Felipe Calderón inauguró el hotel de lujo Grand Velas All Suites & Spa Resort en la Riviera Maya. Con una inversión de 250 millones de dólares, Juan Vela, presidente del grupo crea una sólida cadena hotelera en Puerto Vallarta (Velas Vallarta Suites Resort & Convention Center y Casa Velas Hotel Boutique) y en Nayarit (Grand Velas All Suites & Spa Resort Riviera Nayarit.

RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL.- Para que una empresa se gane un distintivo de Empresa Socialmente Responsable, debe ganárselo a pulso. El caso de Home Depot de Ricardo Saldívar, es una de las empresas que sólo usan el membrete ESR. El primer paso para ser ESR es ser responsable con sus clientes y, no lo son. Ejemplos de esa empresa son innumerables como el no dar la factura al momento de hacer la compra, no dar responsivas civiles, etcétera. Ejemplos, tenemos muchos. ¿Por qué le dieron el distintivo? ¿Son distintivos para el mejor postor? Hay que ver.

CHIQUILLERÍA.- El consorcio integrado por CAF-CONOISA-ICF-Constructora Hispánica, y Global Vía, Mexicana de Global Vía y Autobuses de Oriente, licitarán para la construcción del Sistema 3 del Ferrocarril Suburbano, que correrá entre Chalco, La Paz y Nezahualcóyotl tendrá una inversión de 14 mil millones de pesos

Voto nulo: efectos jurídicos

José A. Crespo
Horizonte político
Excélsior

El miércoles, el ex consejero electoral del IFE, Mauricio Merino, escribió un artículo en el que comenta que el voto nulo cuenta para determinar si un partido alcanzó o no el umbral de 2% exigido por el Cofipe para poder preservar su registro (El Universal, 10/VI/09). A partir de lo cual, mientras más votos anulados, mayor la probabilidad de que los pequeños pierdan su registro (mientras más cercanos estén a 2%). Un día después, no sé si respondiendo a lo escrito por Merino, el consejero electoral Benito Nacif afirmaba que, por el contrario: “Los votos nulos simplemente se hacen a un lado (...) Los partidos pueden mantener su registro” (Excélsior, 11/VI/09). El viernes, Leo Zuckermann corrige a Nacif a partir de lo expresado por Merino (Excélsior, 12/VI/09). Jesús Cantú, también ex consejero del IFE, ratifica la posición expresada por Merino (Proceso, 15/VI/09).

Extraña disyuntiva: ¿a quién creerle, a los ex consjeros Merino y Cantú o al consejero Nacif? Conozco a los tres desde hace años y guardo por ellos amistad y respeto profesional. Pero ese no debe ser el criterio para definir a quién daba creérsele. Mejor revisar lo que estipula la normatividad. El artículo 32 del Cofipe señala: “Al partido político que no obtenga por lo menos 2% de la votación en alguna de las elecciones federales… le será cancelado el registro”. ¿Cuál votación? ¿La emitida, la válida, la efectiva? El artículo 32 lo aclara en un párrafo posterior: se trata de “la votación emitida en alguna de las elecciones federales”. Es decir, si un partido no obtiene 2% de la votación emitida en esta elección, perdería el registro. Queda por precisar cómo se determina la votación emitida, ¿incluye los votos nulos y los emitidos por candidatos sin registro o se excluyen y quedan sólo los destinados a un partido político o coalición? El artículo 12-1 define la votación total emitida como “la suma de todos los votos depositados en las urnas”. Es decir, los votos emitidos por un partido, por un candidato no registrado y los nulos. Pero también incluye otra definición, denominada votación nacional emitida, definida como “la que resulte de deducir de la votación total emitida, los votos a favor de los partidos políticos que no hayan obtenido 2% y los votos nulos”. Viene entonces una gran duda. El artículo 32 habla de votación emitida, pero no define si es total (con votos nulos) o nacional (sin votos nulos). También así lo hace al artículo 101, relativo a la pérdida de registro de los partidos. Eso hace la mar de diferencia con respecto al efecto del voto nulo: una definición del voto emitido (nacional) no afectaría la composición de la Cámara baja, pero la otra definición del voto emitido (total) sí lo haría, con potencial de eliminar uno o más partidos que, dependiendo del número de votos nulos, no lograran preservar su registro. ¿A cuál de las dos definiciones se refieren los artículos 32 y 101, ya que sólo hablan de votación emitida, sin especificar si total o nacional?

El TEPJF ha despejado esa duda en una de sus tesis relevantes, aprobada por unanimidad. La define como “el total de votos depositados en las urnas sin deducir los votos declarados nulos y, por tanto, se confirma la convicción de que dichos votos se constituyen parte integrante de la votación total emitida, toda vez que, de no ser así, el legislador hubiere plasmado como condición (para preservar el registro) el que se alcanzara por lo menos 2% de la votación válida y no de la emitida” (Votación emitida: concepto. Sup-Jrc-062/97). Es decir, para calcular el 2% que exige la ley para preservar o perder el registro de los partidos la votación emitida incluye los votos nulos, según el Tribunal. De lo que se infiere que, como asegura Merino, a mayor número de votos nulos, menor la probabilidad de los partidos emergentes de preservar su registro. Así pues, de acuerdo con esta tesis del Tribunal, el voto nulo —dependiendo de su magnitud— sí podría tener un efecto importante sobre la composición de la Cámara baja (el número de partidos que la conforman), aunque no en la distribución de curules de los que sí hayan preservado o alcanzado su registro. Es decir, todo lo que se ha dicho en este debate sobre la futilidad y carácter fantasmagórico del voto nulo habría perdido su fundamento y veracidad. Tendría, pues, repercusión sobre la composición de la Cámara baja, contrariamente a lo que se nos ha dicho hasta ahora.

Por otro lado, según el artículo 295 del Cofipe, en los distritos donde éste supere la diferencia entre primero y segundo lugares, todos los paquetes serán abiertos y sus votos recontados para dar mayor transparencia y certeza al resultado. Justo lo que no se hizo en la elección de 2006. De haber existido esta disposición en la pista presidencial de aquel año, en 25 de los 300 distritos se hubieran recontado todos los votos (lo que de cualquier manera no hubiera despejado las dudas sobre la elección presidencial, pues su resultado no se define a partir del número de distritos legislativos ganados, sino de la mayoría de votos en una sola circunscripción nacional). En suma, durante el debate sobre cómo puede usar el elector su voto en estos comicios, prevalecen dudas y confusión sobre lo que implicaría la anulación del sufragio. Por lo cual, el IFE debiera pronto despejar esa incógnita con toda precisión y veracidad —en particular el efecto del voto nulo sobre el registro de los partidos—, de acuerdo a lo establecido por la normatividad aplicable. De esa forma, el elector podrá valorar los efectos de cualquiera de las opciones que contempla la ley —y, por ende, legítimas e institucionales— antes de decidir por alguna de ellas, incluidas el voto nulo y la candidatura no registrada (que no son abstención, como pretenden los partidos políticos, hoy unidos en torno a la defensa de sus enormes intereses comunes).

El IFE debiera despejar la incógnita con toda precisión —el efecto del voto nulo sobre el registro de los partidos—, de acuerdo con la normatividad aplicable.

Voto en blanco y abstencionismo…

Juan P. Becerra-Acosta
jpbecerracostam@prodigy.net.mx
Doble Fondo
Milenio

Revisemos estas cifras sobre el abstencionismo:

1. De 1997 a 2005 el promedio de votación en todo el país cayó de 65 a 49 por ciento: ¡16 puntos en ocho años! Dos menos por año. 2. Los comicios locales de 2007 y 2008 no fueron la excepción: en promedio sólo cuatro de cada diez mexicanos sufragaron, salvo en la elección para el gobierno de Yucatán, donde participó un sorprendente 70 por ciento. 3. En las elecciones presidenciales ocurre lo mismo: a) en 1994, cuando triunfó Ernesto Zedillo gracias al voto del miedo, sufragó 67 por ciento; b) en 2000, año histórico por la alternancia en la Presidencia, la participación descendió a 64 por ciento; c) en 2006, una elección competidísima que en apariencia interesaba a todos los mexicanos, la votación cayó hasta 58 por ciento. Así, el descenso en comicios presidenciales ha sido de… ¡9 puntos en 12 años!: 1.3 puntos menos cada elección. Estamos estrenando democracia y tal fiesta cívica debería estimular altas votaciones, ¿no?

Pero los políticos no entendieron, no quisieron escuchar el sonoro silencio de las urnas a la mitad.

En MILENIO hicimos reportajes sobre el tema: en uno entrevisté a los presidentes de los tres principales partidos: a la sazón, Mariano Palacios Alcocer, del PRI; Manuel Espino, del PAN; y Leonel Cota, del PRD. Y nada. Me soltaron frases de circunstancia pero ni se inmutaron. Sólo Luis Carlos Ugalde, consejero presidente del IFE en ese tiempo, y Teresa González Luna, consejera ciudadana, fueron medianamente receptivos al fenómeno del abstencionismo creciente.

En la comentocracia sucedió algo similar: que no pasaba nada, que si los hombres no van a las urnas es porque prefieren el futbol, unas chelas o una jeta dominguera; que si las mujeres tampoco acuden es porque les interesa más ir al cine o de shopping; y que los jóvenes andan crudos en domingo viendo películas en su casa…

¡Exacto! Todos esos millones de mexicanos (en promedio cinco o seis de cada diez) que pasan de votar… lo hacen porque prefieren hacer cualquier cosa ¡un mísero domingo cada tres años! en vez de ir a las urnas. Los candidatos y sus partidos no les dicen nada, no se ocupan de lo que verdaderamente les atañe. No los estimulan para levantarse, bañarse, vestirse, desayunar e ir orgullosamente a decidir quién debe gobernarnos.

Bueno, pues entonces, a votar en blanco, a ver si ahora oyen. ¿Qué tienen qué escuchar? Varias cosas, más allá del desprecio que inspiran: se las expongo la próxima semana, aunque colegas de estas páginas, como el vecino Luis González de Alba o Héctor Aguilar Camín, ya han adelantado puntos muy relevantes…

Todo por la borda

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

Desencadenan su furia e ignorancia contra uno de los únicos programas de este gobierno, que yo conozca, que ha tenido un efecto benefico en las colonias y comunidades: el de las estancias infantiles

Hay escándalos estériles y tragedias paralizantes. Lo ocurrido en Hermosillo puede fácilmente acabar en un retroceso del derecho de las mujeres trabajadoras de acceder al servicio guarderías y estancias donde dejar a sus hijos.

No sería la primera vez que a una tragedia le sigue una respuesta caótica e impulsiva de las autoridades. Hace diez años, en la ciudad de México, el incendio del Lobombo dejo un saldo de más de 20 muertos. El dueño se fugó y la entonces delegada Dolores Padierna se puso frenética a cerrar antros. Había que demostrar que se estaba haciendo algo y era más fácil cerrar antros que desterrar la corrupción de los inspectores.

Hoy en el caso de las guarderías ya se escuchan voces que todo lo confunden: es la subrogación la culpable – dicen algunos--. Otros desencadenan su furia e ignorancia contra uno de los únicos programas de este gobierno, que yo conozca, que ha tenido un efecto benefico en las colonias y comunidades: el de las estancias infantiles. Por 100 pesos al mes las madres trabajadoras pueden dejar a sus hijos en condiciones más controladas y mejores que antes.

Lo cierto es que el problema no es subrogación o no subrogación, privado contra público. Hoy en ambos sistemas los beneficiados inflan sus carteras sin vergüenza y sin control a costa del erario público. En las guarderías que maneja el IMSS el costo de cada niño por mes es de más de 4000 pesos, lo mismo que la colegiatura de primaria de uno de las mejores escuelas privadas de México, el Colegio Suizo. En las subrogadas, por cada niño al mes los prestadores de servicios reciben 2500. Y a las estancias, la SEDESOL les da 700 pesos por niño.

El problema no es que particulares atiendan a los niños sino que se les conceda la autorización como un favor político sin una licitación y que los controles sean deficientes y corruptos. El problema no son las estancias sino la inequidad con que se reparte el dinero público, ¿por qué unos niños merecen 4000 pesos y otros sólo 700?

Por lo pronto el IMSS acaba de suspender la licitación de 129 nuevas guarderías. ¿Por qué? En el papel la normatividad es la correcta y el retraso en el servicio es enorme. El IMSS hoy sólo atiende a 25% de la demanda de mujeres trabajadores con derecho al servicio de guardería.

Pero es lo mismo de siempre, ante la tragedia, respuestas sin sentido que buscan calmar los ánimos y disminuir el costo político en lugar de diseñar un sistema de supervisión confiable y mayor equidad en la utilización de los recursos públicos. ¡A tirar todo por la borda!