junio 16, 2009

Acción / Reacción

María Amparo Casar
Reforma

Anular el voto o votar por un candidato no registrado son formas de participación tan válidas, legales y legítimas como emitir el voto a favor de alguna de las opciones que ofrece el sistema de partidos.

El sentido del voto tiene implicaciones y por ello lo razonamos. Al preguntarle a los amigos cómo piensan votar me he encontrado con las más diversas respuestas. Hay quien sin ser perredista votará por el PRD para diputados porque no quiere una Cámara bipartidista y porque le da miedo que un PRD muy disminuido (del 9%, por ejemplo) lleve a la izquierda a buscar cauces no institucionales. Esa misma persona votará en contra del PRD en la Asamblea porque está harta de que imponga su voluntad con su mayoría arrolladora. Para delegado anulará su voto porque ninguno de los candidatos le convence. Otro amigo dice que usará como norma en cada una de las boletas votar en contra del partido en el poder sin importar cuál o cuáles sean éstos: si su diputado o delegado son priistas votará por cualquier otra opción con el fin de castigar al incumbent. Otro más me advierte que votará por el partido en el poder para dar mayoría al Presidente y al final saber que si las cosas no salen bien será por culpa del PAN. Hay quien me ha dicho que votará por el PSD por su compromiso con el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo y sí, también, quien apoyará al Verde porque quiere la pena de muerte. Finalmente, yo podría decir que no tiene sentido votar porque el Senado no cambia así que da igual qué hagamos con la Cámara de Diputados.

Puedo no compartir las razones que expresan cada una de estas personas pero plantean una relación causa-efecto entre su razonamiento y su forma de actuar. También lo hacen los anulistas cuando dicen: "todos los partidos y candidatos me parecen la misma porquería luego entonces anulo mi voto". Plasmo mi testimonio de disgusto, reprobación y hartazgo en la boleta.

Lo que ya no entiendo es la relación entre anular el voto y el objetivo de aquellos pocos dentro del movimiento que quieren o bien "provocar una toma de conciencia y un cambio (¿?) en los partidos" o bien dotar de demandas de reforma electoral al movimiento: reelección, fin de los pluris, reducción del número de legisladores y candidaturas independientes.

Lo que no veo es por qué repentinamente los partidos habrían de reaccionar ante el rechazo de una minoría que algunas encuestas sitúan en 10% cuando esos partidos llevan años ignorando a las mayorías: al 65% de los ciudadanos que no creen en ellos, al 60% de abstencionistas en las elecciones intermedias, al 75% que no están satisfechos con la democracia y, de pilón, al 4.5 de calificación que reciben los partidos y legisladores.

Esto me indicaría la necesidad de buscar vínculos entre acción y reacción y métodos más eficaces para forzar a nuestros políticos a hacernos caso o para generar un cambio. La historia dice que los movimientos de protesta suelen servir cuando van acompañados de otras acciones.

Buen ejemplo de ello fue la transición a la democracia. Los movimientos de protesta contra el autoritarismo del sistema fueron acompañados de propuestas de reforma pero sobre todo de ciudadanos de diversas convicciones dispuestos a participar activamente ya fuese a través de los partidos existentes, la creación de nuevos partidos o la formación de organismos cívicos que trabajaron de cerca con los partidos, gobierno y legisladores para moderar sus excesos y abusos. Para que el voto nulo tenga el efecto deseado deberá seguir pasos similares. Promover acciones -como las planteadas por Alejandro Martí y el Observatorio Ciudadano o por René Delgado en estas mismas páginas- que van más allá de la protesta, que condicionan el voto por los candidatos a la adopción de ciertas decisiones o al menos ciertos compromisos y que implican un seguimiento de su cumplimiento.

Lo que no veo tampoco es por qué reducir las demandas a algunas peticiones de reforma electoral. Comulgo con muchas de ellas aunque habría que discutir sus modalidades. Pero me pregunto si al supuesto 10% que piensa anular su voto le importa un bledo que la próxima legislatura legisle en materia de reelección, candidaturas independientes o fórmulas de representación. Me temo -eso dicen las encuestas- que las motivaciones y prioridades de los ciudadanos andan por otro lado y que las demandas de reforma electoral nos interesan a unos cuantos especialistas.

El pejedogma

Francisco Garfias
Arsenal
http://www.elarsenal.net
Excélsior

Hace aproximadamente semana y media, Andrés Manuel López Obrador llegó a Chihuahua en vuelo nocturno, casi clandestino. Había convocado de urgencia a los jefes del perredismo local para hacerles llegar el mismo mensaje que ha repetido por toda la República, de cara a las elecciones del 5 de julio próximo: “Votan por el PT y Convergencia o votan por la traición”.

La confusión en la que estaban sumidos los perredistas se hizo mayor. El Peje, a quien apoyaron sin reserva durante el conflicto poselectoral de 2006, ya les había dado la espalda. Días antes había llegado al estado más grande del país, pero en apoyo de los abanderados de los partidos que dirigen Alberto Anaya y Dante Delgado, respectivamente.

En los actos que encabezó, no quiso ni banderas ni pancartas amarillas. Nada que tuviera que ver con el partido al que le debe su liderazgo y al que partió en dos cuando perdió el control que ejercía sobre el mismo. “Está claro que nadie le dijo a López Obrador que el ‘divide y vencerás’ —el célebre refrán de Julio César— se aplica a los contrarios, y no a los propios”, comentó, mordaz, el ex diputado federal del PRD Marco Rascón, quien contó a este espacio lo sucedido en su estado natal.

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El gobernadores de Michoacán, Leonel Godoy, y el de Durango, Ismael Hernández Deras, promueven con singular entusiasmo una reunión extraordinaria de la Conago dizque para consensuar acciones que ayuden a levantar el turismo en el país. La bronca es que quieren realizar ese cónclave antes de las elecciones intermedias, lo que ha levantado suspicacias entre los mandatarios panistas.

“No lo vemos bien. La agenda de ese encuentro tendría muy poco que ver con el turismo”, advirtió a este espacio uno de los ocho gobernadores del PAN. Lo más seguro es que aborte la convocatoria. Las decisiones en la Conago se toman por consenso.

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En el CEN del PAN hay irritación en contra de los consejeros electorales Marco Antonio Gómez y Marco Antonio Baños. Los acusan de abrir el pico para “condenar” algo que “no sucedió”: la suspensión en YouTube del Canal de Televisión (El Universal) a solicitud de Acción Nacional.

“Los consejeros emitieron una opinión con base en el ‘dicen que dijo’. Ya investigamos y nadie hizo semejante solicitud. Ni el PAN de Nuevo León ni el candidato (Fernando Elizondo) ni mucho menos el CEN. ¿Cómo vamos a pedir algo así a YouTube, un canal que utilizamos frecuentemente?”, nos dijo Héctor Villarreal, vocero de ese Comité del PAN. El portavoz ya entró en “contacto verbal” con los responsables de YouTube en México. En principio mandarían un oficio a ese portal, para requerir el “soporte documental” de la supuesta petición panista.

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Marcelo Ebrard anda en la “operación cicatriz” con los enfadados restauranteros de la Ciudad de México, que entre influenza, recorte de horarios, guerra al cigarro y mordidas a inspectores de protección civil, han perdido alrededor de 40% de sus ingresos en lo que va del año.

El jefe de Gobierno del DF se reunió con decenas de ellos en un comedero muy frecuentado por los panistas: El Pajares, de la colonia Nápoles. Cuatro demandas le fueron planteadas por los restauranteros: ampliación de los horarios de cierre, lugares para fumadores, deducibilidad de ciento por ciento, y combate a la corrupción que prevalece en Protección Civil.

“Ya estamos hartos de llenar el cochinito de Bejarano”, nos dijo uno de uno de los afectados que tiene su local en la delegación Cuauhtémoc. Ebrard se comprometió a ayudarlos, según el secretario de Turismo del DF, Alejandro Rojas Díaz Durán, presente en la comida.

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Anoche fue presentada la encuesta del Gabinete de Comunicación Estratégica, que encabezan Liébano Sáenz y Federico Berrueto. Las noticias para el PAN no son buenas. A la pregunta: ¿Si hoy fueran las elecciones de gobernador por cuál partido votaría?, 47.5% contestó que por el PRI; 33.2% a favor del PAN; 2% por el PRD, y 6% no apoyaría a ninguno.

Un consuelo para los azules: Felipe Calderón está mejor calificado que Natividad González Parás: 60% de los encuestados está de acuerdo con el gobierno del Presidente de la República, contra 53.1% que respalda la forma de ejercer el poder del gobernador priista.

http://panchogarfias.blogspot.com

En los actos que encabezó, AMLO no quiso ni banderas ni pancartas amarillas. Nada que tuviera que ver con el PRD.

Legitimidad anulada

Alberto Aziz Nassif
aziz@ciesas.edu.mx
Investigador del CIESAS
El Universal

La novedad más debatida en esta elección es que se ha puesto en duda, de forma directa y activa, la legitimidad de los partidos y los candidatos con el movimiento de opinión pública que se ha pronunciado por el voto nulo. Este movimiento afectará la legitimidad de los resultados del proceso electoral.

A medida que se acerca la elección del 5 de julio se terminan de pulir las estrategias y se definen con más precisión los dilemas de este proceso. Uno de los dilemas más relevantes que se presentan en este momento es el que se plantea entre cálculo político y legitimidad. El primero tiene que ver con el trabajo de los partidos y los candidatos para ganar la mayor cantidad de votos, los cuales se van a traducir en curules, financiamiento público y espacios en radio y televisión. El segundo tiene que ver con las formas cómo se van a lograr estos objetivos, es decir, si la ganancia electoral va a tener reconocimiento y prestigio social para lograr una buena representación ciudadana o, por el contrario, si se va a aumentar el desprestigio y el rechazo ciudadano hacia la política partidista.

El debate que se ha generado con esta elección sobre anular el voto es interesante porque ha permitido analizar el estado de nuestra democracia. Hay un supuesto que comparte un amplio sector de la ciudadanía, y que algunas encuestas lo han medido: la insatisfacción ante los resultados deficientes que ha tenido la democracia durante esta fase inicial. Este proceso se manifiesta en el poco aprecio ciudadano hacia las instituciones y los actores políticos.

Desde hace tiempo existe una creciente falta de participación electoral; se trata de un abstencionismo que ha tenido tres características: abultado, difuso y pasivo. No acudir a votar se ha instalado como un fenómeno que no ha tenido prácticamente ninguna repercusión en la vida pública del país. Los partidos conviven de forma más o menos cómoda con los millones de ciudadanos que no asisten a las urnas. Este rechazo silencioso no molesta a los partidos, porque se puede interpretar como un problema de falta de cultura política de los ciudadanos o como una expresión que ya forma parte del paisaje cotidiano electoral. No obliga a los partidos a hacer nada fuera de sus clásicas rutinas y, al final de cuentas, simplemente se ignora a estos millones que no votan.

Si cada tres o seis años los partidos piden el voto de los ciudadanos y sólo obtienen la mitad o menos de los posibles sufragios, piensan que se trata de un problema ciudadano. Ni la clase política ni las autoridades electorales o instituciones como la Iglesia católica se han preocupado mucho por la abstención. Es probable que esta expresión de millones de ciudadanos no afecte el cálculo político o la legitimidad de los procesos.

En cambio, hoy resulta contrastante lo que ha generado el movimiento por el voto nulo: una condena generalizada de la clase política porque, a pesar de que pueda ser una expresión relativamente pequeña, habrá que esperar la elección para conocer su dimensión; es un abierto rechazo que pega de forma directa a la legitimidad política de partidos y candidatos.

Quizá uno de los mejores aprendizajes que ha dejado el movimiento por la anulación es que le ha dado al voto un nuevo sentido, lo ha convertido es una poderosa arma de rechazo. La anulación tiene una lógica: ponerle un alto a la ineficiencia, al cinismo, a la opacidad, a la falta de rendición de cuentas y a los abusos de una clase política, que con amplios recursos y posibilidades prefiere mirarse al ombligo de sus intereses.

También puede tener consecuencias prácticas; una de ellas es la que afecta al cálculo político, el cual —según escribió en estas páginas Mauricio Merino— afectará sobre todo a los partidos más pequeños y beneficiará a las grandes maquinarias electorales que tienen capacidad para mover a los electores.

Si se afecta a los pequeños partidos, quizá se trate de una acción positiva, porque varios de estos institutos son en realidad franquicias que se alquilan o se venden, y están muy lejos de convertirse en nuevas opciones partidistas frente a los tres grandes y viejos partidos. Tenemos que preguntarnos por qué los viejos partidos son los que siguen gobernando el país y no han surgido nuevas opciones viables para ser gobierno. En otros países se ha dado una restructuración completa del sistema de partidos a partir de la transición democrática.

Una parte del malestar tiene que ver con los viejos partidos, que sólo reciclan sus mañas y acrecientan sus beneficios. Los nuevos y pequeños partidos muchas veces han resultado peores que los grandes. No se piensa que una democracia pueda funcionar sin partidos, pero parece que ha llegado el momento de decirles a los partidos que su funcionamiento no ha estado a la altura de las expectativas ciudadanas y que algo tendrán que hacer para legitimarse ahora que las urnas estarán mayoritariamente vacías con el abstencionismo y, quizá, con una legitimidad cuestionada por los votos de rechazo, nulos o blancos que se depositen.

En lugar de rechazar la anulación del voto, una clase política inteligente debería entender el malestar ciudadano y dar respuestas efectivas, pero eso es mucho pedir.