junio 19, 2009

Un peligro para México

El verdadero Andrés Manuel

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

¿La derrota lo cambió o sólo exacerbó su peor parte?

¿El Andrés Manuel que vimos el martes en Iztapalapa es el mismo que logró que 15 millones de mexicanos lo eligieran en el 2006? ¿Ese hombre de semblante duro, actitud desafiante y estrategia arrogante es el que conquistó a millones durante años de campaña? No podía dejar de hacerme esas preguntas mientras veía y reveía las imágenes del mitin de Iztapalapa. ¿Nos engañó o es otro? ¿La derrota lo cambió o sólo exacerbó su peor parte?

Pero, ¿qué es lo que vimos? De entrada, el gesto, desafiante y satisfecho. Mientras compartía su plan genial para burlar la decisión del Tribunal Electoral, Andrés Manuel se veía eufórico, parecía decirnos que a él a no se la va una, y que si algo se le pone en el camino, él siempre encuentra la forma de darle la vuelta. Y puesto que se trata de él, no importa si la salida es estrafalaria y antidemocrática, es válida porque es suya. Así de simple. Luego, el tono humillante.

Humilló a Juanito sin necesidad. —Porque él no se la va a creer— decía señalando despectivo al candidato del PT. —Él sabe que si gana es por nosotros—. Humilló también a Marcelo Ebrard al darle públicamente órdenes. Humilló a los diputados locales que sin haber sido electos ya recibieron instrucciones de cómo votar. Y los electores, que dudan entre ir o no ir a las urnas, deben haber recibido el mensaje: ni se molesten, ya todo está resuelto sin su participación.

¿Teníamos indicios de que López Obrador era así? Quisiera decir que no, pero la verdad es que sí; rasgos que sin duda la derrota ha acentuado: su desprecio por quienes marcharon contra la inseguridad, su “cállate, chachalaca”, la tolerancia con los suyos, la intolerancia con los otros, su decisión de no ir al primer debate, las encuestas inventadas. Yo no les di la importancia que tenían, y es mi deber aceptarlo públicamente, pero otros sí lo hicieron. Y no me refiero desde luego a sus eternos detractores o a enemigos viscerales. Gabriel Zaid, una semana antes de las elecciones, escribió: “No hay que votar por López Obrador, porque es un carismático que se cree indestructible, con todos los peligros de un ego temerario al volante”. Lo vio Enrique Krause que escribió el articulo El mesías tropical. Lo vio Federico Reyes Heroles.

Sigo pensando que López Obrador entiende un México que los demás no ven, que su diagnóstico sobre el país y sus males era el mejor. Pero ¡qué equivocada estaba cuando en Tercer Grado, unos días antes de la elección, a la pregunta de si López Obrador aceptaría una derrota, respondí que sí!

Hamlet ante la urna

Fernando Solana Olivares
fmsolana@yahoo.com.mx
Elitismo para todos
MIlenio

Tengo días pensándolo y desde entonces concluyo lo mismo: una de las partes lleva razón, la otra tiene la razón. Parecido, pero no. Hablando en cristiano: ¿cómo es posible que en Hermosillo se hayan quemado cuarenta y seis niños hace varios días en una guardería subrogada y que hasta la fecha (17 de junio) no haya un solo consignado de alto nivel, pero tampoco de bajo: no haya ningún responsable indiciado por el sacrificio espantoso de esos niños en un infierno de imprevención? Esto sólo es posible gracias al sistema político mexicano en creciente podredumbre. Había sido venal y arbitrario y faccioso y corrupto desde hace cinco siglos, pero ahora está mucho peor. Como una mafia, una horrible telaraña.

El esperpento de Valle-Inclán, aquel espejo de un tan ácido dramaturgo, lo hizo aquí viéndonos a nosotros, el pueblo, y al irremediable sistema político mexicano, a sus mediocres y tramposísimos actores, así sean caudillos o presidentes por apenas, líderes partidarios y candidatos, legisladores, magistrados, et al. Generalizar no es precisar, pero no conozco un político ahora cuya acción no sea determinada por las encuestas o cuya idea de la acción política no se microsintetice en algo más que en un comercial instantáneamente olvidable. Los viejos mexicanos se quedarían boquiabiertos ante la huera, carísima y muy vacía feria televisiva de vanidades políticas para votar por... ¿quién?

Al menos malo, he oído decir. Supe en cambio de una metáfora de José Antonio Crespo, célebre por precisa: “Es como ir al mercado y comprar la fruta menos podrida”. No la mejor. El problema, entonces, está en el mercado mismo, en lo que ofrece la política mexicana a su público consumidor: fruta en estado de más o menos descomposición. Quienes llevan razón dicen que anular el voto conducirá precisamente a eso: que viéndose seriamente dañada, la incipiente democracia institucional pueda debilitarse aún más.

La anterior es una consideración negativa (el menor de los males), y solamente puede aceptarse desde una lógica formal –quizá, por otra parte, la única que queda para los bienpensantes del sistema—. Pero también equivoca el tiempo real, no ha percibido que la partidocracia no es, en el fondo, ninguna ruta a la consolidación de la democracia. “Las apariencias engañan”. En mexicano subtextual esto quiere decir que nos engañemos con las apariencias, tara pública y secular de nuestra idiosincracia. Es decir, que conservemos nuestra opereta política nacional porque es la única que tenemos. Que salvemos al teatro así en él trabajen los peores actores con los más malos libretos haciendo leyes que afectarán a todos: en sus manos, y esto es literal, está el país.

No hay nada alentador, nuevo o confiable en la democracia mexicana actual y sus partidos, tan a la vista, en sus legisladores y su burbuja de intereses sectarios, capilaridades secretas y desconocidas pero transparentes de todas maneras mediante actos que siempre quedan impunes. Napoleón aseguraba que el robo no existe, que todo se paga, excepto para nuestra clase política, ese vergonzoso estamento o claque, no sé cómo llamarlo, responsable en mucho, si no es que en todo, de la decadente situación nacional actual.

Y encima, todavía hay que ir a legitimarlos mediante el voto, porque los males que pueden caer sobre nosotros si no lo hacemos serían mucho peores que las torpezas, corruptelas e irresponsabilidades de estos “representantes populares”, de estas galerías de desconocidos tan conocidos: el PRI, que acaricia obscenamente la restauración de refundarse, de gobernar de nuevo, en tanto se resuelva la lucha interna por su candidato presidencial, que será a muerte como suelen ser esas luchas, y el retroceso que ese presente del pasado implicaría para la pobre república mexicana; el PAN, que masturba la necesidad de conservar el gobierno, no el poder pues en sustancia nunca lo ha tenido, alentado por el tonillo histérico-tecnocrático-arrogante-tipludo de su insufrible jefe nacional, y las demás gentes filisteas que lo acompañan, incluido un presidente valiente, y el retroceso que ese presente del presente implicaría para la pobre república mexicana; el PRD-PT-Convergencia, que destruye la posibilidad de un gesto vinculatorio con la cultura mayoritaria, la de la gente tolerante, pacífica y decente, pues está embebido en el placer suicida de devorarse entre sí, inmerso en una noche de cuchillos largos inacabable, lumpenizados ya sus miembros sin remedio, y el retroceso que ese presente del futuro implicaría para la pobre república mexicana. O los otros: el insólito partido propiedad de esa némesis brujeril, Elba Esther Gordillo, o el de los juniors ecologistas que celebran la pena de muerte, o los demás que ni siquiera sé.

Para mí la cuestión es concluyente: no hay por quién votar, ni siquiera por el menos malo —¿dónde está?— pues todos los candidatos son parte del mismo problema que prometerán resolver: beneficios para ti. Así que con mi conciencia cívica tranquila y mis obligaciones democráticas intactas votaré el 5 de julio por algunos muertos ilustres, aquellos que sí nos dieron patria, y negaré mi voto a quienes vienen deshaciéndola. Si esa decisión ciudadana, la única que tengo, lleva a otra crisis y debilita la frágil y estrambótica democracia vernácula, si lo aprovechan las agendas ocultas o sirve a los poderes fácticos, no me consideraré responsable pues de cualquier modo, con mi decisión o sin ella, tal cosa iba a pasar.

A veces la inteligencia es la facultad que se abstiene.

El costo de no actuar a tiempo

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Llueven los adjetivos y faltan las decisiones. Luego del ridículo de Iztapalapa, del dedazo de López Obrador a favor de Juanito, el nombre con el que se conoce a Rafael Acosta, este ignoto candidato del PT que hasta hace unos días era torero (por aquello de vendedor ambulante sin puesto fijo, que tiene que huir con su mercancía cuando llegan la policía o los inspectores), así como del registro de Silvia Oliva por la dirección nacional del PRD, porque la del DF se negó a hacerlo, debería ser momento de sacar conclusiones.

Es verdad, el PRD ya no puede de aquí al 5 de julio expulsar a López Obrador. Tendría que haberlo hecho desde marzo pasado, cuando quedó en claro que apoyaría a los candidatos del PT y Convergencia en contra del PRD. Pero, en ese momento, Ortega y su equipo no se atrevieron a dar ese paso, querían llegar a las elecciones. Se equivocaron: pensaron que dándole espacios a López Obrador, Bejarano y sus seguidores, podrían calmar las aguas y seguir el proceso sin rupturas adelantadas graves, y apostaron también a poder construir una alianza con Marcelo Ebrard. Las cosas no se calmaron sino que, como siempre sucede con el ex candidato presidencial, cuanto más se le da, más exige, tenga o no derecho a ello. Se quedó con un tercio de las candidaturas del PRD y, sin embargo, le negó el apoyo a ese partido, a cuyos dirigentes envió el martes en la noche al carajo. Su partido parece ser, incluso más que Convergencia (a la que en los hechos sólo ha apoyado en Veracruz y Oaxaca), el PT. Es lógico, el PT en realidad no existe como fuerza autónoma. Desde la elección de 1994, cuando impulsaron la candidatura de Cecilia Soto, sus números han ido decreciendo día con día, elección con elección, y mantuvieron su registro porque siempre lograron terminar en alianzas con otras fuerzas que se lo garantizaron. Hoy sirve como franquicia para el lopezobradorismo, con candidatos tan identificados con el maoísmo original de ese partido como Porfirio Muñoz Ledo y el ahora célebre (a nadie se le pueden negar sus cinco minutos de fama, diría Andy Wharhol) Juanito. Por eso el PT se adapta perfectamente a lo que quiere López Obrador: una franquicia partidaria donde pueda colocar a su gente, donde nadie lo moleste con eso de las dirigencias colegiadas o la discusión sobre quién encabeza el partido o quiénes serán los candidatos. Lo vimos con toda claridad en Iztapalapa: el líder preguntando a la masa (esa noche en realidad un puñado de personas de la tercera edad, llevados por la gente de Bejarano) si aceptaba lo que él mismo acababa de ordenar, el cambio de la candidatura y el apoyo a otro partido. El líder, haciendo subir al podio a un candidato ignoto a quien le hace jurar que renunciará a su cargo si gana. Las órdenes al PRD-DF para que no registrara la candidatura de Silvia Oliva. Nadie en el PT ha dicho una palabra. No lo dirán, lo que cobran por prestar la franquicia (más temprano que tarde la tendrán que entregar al nuevo dueño, pero eso es otra historia) es demasiado para molestarse con las formas de la política.

Pero todo este affaire revela también otras cosas. Una de ellas es la extrema debilidad de Marcelo Ebrard. El jefe de Gobierno capitalino, que apoyó con la estructura de su administración (tanto que esos apoyos estuvieron, entre otras irregularidades, entre las causas de la pérdida de esa candidatura) a Clara Brugada, hizo el miércoles la peor declaración posible. Dijo que López Obrador no lo había consultado sobre el cambio de candidatura en Iztapalapa, pero que él consideraba que esa es una acción “legítima” y aseguró que René Arce tampoco lo consultó antes de impugnar la candidatura de Brugada, de quien dijo que hubiera preferido que se quedara como candidata. Eso luego de que había declarado, el lunes, que la decisión del TEPJF debía aceptarse porque era legal, lo que molestó a López, así que, al día siguiente, éste le “ordenó” proponer a Brugada en lugar de Acosta, una vez que éste ganara la elección local y renunciara a su cargo. “Ebrard se va a enterar de esto”, dijo, en Iztapalapa, López Obrador, y el jefe de Gobierno dio aviso de recibido.

El papel jugado es triste, pero más aún que se reconozca que ninguna de las dos fuerzas principales de su partido en la capital, consulte al jefe de Gobierno sobre lo que harán, en temas que afectan directamente la gobernabilidad de la ciudad. Si lo consultaron y Ebrard no pudo encauzar las cosas, está mal; si lo ignoraron y no le informaron, peor. Pocos salen tan lastimados de esta historia como Ebrard.

Los Chuchos tampoco salen bien parados, porque han tardado demasiado en decidir un curso de acción. Su apuesta es que el 5 de julio su partido triplique la votación del PT y Convergencia juntos e incluso, si alguna de esas dos fuerzas no logra el registro, sería de una utilidad política adicional importantísima. Pero deben asumir desde ahora la pérdida de una parte muy considerable del partido, inmediatamente después de las elecciones. Una pérdida que podría haber sido menor de haber tomado decisiones con anterioridad.

Tampoco gana López Obrador porque, con estas historias, nos recuerda, por si alguien lo había olvidado, cuál es su verdadero rostro. Su forma de hacer y entender la política y el poder. Y menos que nadie ganan los habitantes de Iztapalapa: les esperan, por lo menos, otros tres años perdidos.

La gestión

El hijo del candidato panista a diputado en Campeche, José Ignacio Seara, fue detenido con su banda cuando estaban efectuando un secuestro. El candidato lamentó los hechos, pero no renunció a su cargo. Antes, en cuanto supo de la detención, recurrió a las instancias de gobierno más altas del estado, desde donde gentilmente se comunicaron con las oficinas de la SSP federal para pedir el favor de la liberación del joven secuestrador. El no fue tan rotundo que aún resuena en la ciudad amurallada.

El PT se adapta perfectamente a lo que quiere López Obrador: una franquicia partidaria donde pueda colocar a su gente.