junio 27, 2009

Por qué

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

La agenda de la siguiente legislatura no debe quedar en manos de la misma clase política, timorata, irresponsable, baquetona y mediocre

Voy a anular mi voto porque me parece inaceptable que el IFE les otorgue este año 3 mil 600 millones de pesos a los partidos políticos. Para los políticos profesionales la crisis no existe y el ajuste del cinturón es una práctica buena para los ciudadanos y las empresas, pero inaplicable a ellos porque trabajan por... la patria. ¿Ok?

Voy anular mi voto porque me parece escandaloso que el Partido Verde (propiedad de la familia González Torres), el Partido del Trabajo (encabezado por un maoísta trácala), Convergencia (negocio de Dante Delgado), Nueva Alianza (feudo de la maestra Gordillo) y el Partido Socialdemócrata reciban este año mil 300 millones de pesos.

Voy a anular mi voto porque estoy harto de escuchar los spots-basura de todos y cada uno de los partidos políticos. La vacuidad y pobreza de esos mensajes contrasta con la pretenciosa definición de los partidos como "organizaciones de interés público". La simulación y la mentira no pueden ser el santo y la seña de nuestra Constitución.

Voy a anular mi voto porque me parece de un cinismo descomunal que quienes ofrecieron "desespotizar" las campañas políticas nos estén bombardeando con 23 millones 400 mil spots. Si la participación el 5 de julio ronda los 30 millones y de esos 4 y medio millones anulan su voto, los electores que sufraguen por los partidos sumarán poco más de 25 millones, esto es, tendríamos, casi, una correlación de un elector por un spot.

Voy a anular mi voto porque el artículo 41 de la Constitución viola el derecho a la información de todos los ciudadanos al impedir el debate y la confrontación de ideas entre partidos y candidatos. La legislación es tan efectiva y sofisticada que el único debate que se estaba gestando entre el PRI y el PAN lo echó abajo el IFE enarbolando el principio de equidad.

Voy a anular mi voto porque el artículo 41 viola el derecho a la libertad de expresión de todos los ciudadanos. Mientras los partidos nos tapizan de basura con spots llenos de promesas vacuas o absurdas -como bajar el precio de la gasolina-, quienes están a favor de la anulación del voto tienen prohibido contratar espacios en radio y televisión para explicar y promover su movimiento. Si esto no es un atentado contra el derecho a la libertad de expresión, entonces qué es.

Voy a anular mi voto porque el IFE se ha convertido en el gran censor de la vida pública y no sólo durante las campañas políticas. Lo mismo censura a López Obrador por autonombrarse "presidente legítimo" que saca del aire un spot del PAN por definir como violentos a los partidos políticos, leales al rayito de esperanza, que tomaron la tribuna del Congreso.

Voy a anular mi voto porque si las cosas continúan como van y los partidos siguen haciendo lo que les venga en gana, pasarán a censurar internet. Ya ha ocurrido con varios spots y el espíritu de la ley lo alienta. El pulpo de la censura debe ser detenido.

Voy a anular mi voto porque el PRI, el PAN y el PRD cometieron un verdadero atraco contra el Instituto Federal Electoral. La decapitación de los consejeros, sin causa que lo justificara, fue un ajuste de cuentas. No les importó vulnerar la autonomía del IFE ni restarle credibilidad. La contrarreforma de 2007 constituye un paso atrás y atenta contra las instituciones y los principios democráticos.

Voy a anular mi voto porque el nombramiento de los nuevos consejeros fue un atraco aún mayor. Todos llevan el sello de un partido, son personajes de medio pelo, y entraron en funciones con una advertencia muy clara: deben abstenerse de lastimar a los partidos, porque de hacerlo correrán la misma suerte que el anterior Consejo Electoral. La espada de Damocles pende sobre la cabeza de cada uno y en especial del consejero presidente, que puede reelegirse. ¿Qué se puede esperar de un árbitro que los partidos pueden emplear y despedir a voluntad?

Voy a anular mi voto porque ni el PAN ni el PRI ni el PRD, para no mencionar al presidente de la República, han hecho un mea culpa. Se niegan a reconocer, primero, que la contrarreforma de 2007 es ya un completo y absoluto fracaso. Segundo, no se hacen cargo de las violaciones flagrantes a la libertad de expresión y de información.

Voy a anular mi voto porque todos los partidos, pero en particular los tres grandes, nos están dando atole con el dedo. Agustín Carstens reconoció hace unas semanas que las finanzas públicas tienen un boquete de 400 mil millones de pesos. Consecuentemente, la primera medida de la nueva legislatura será operar una nueva "reforma fiscal". ¿Cómo? Como siempre: cargándole la mano a los causantes cautivos. Los tres grandes están de acuerdo en lo esencial: viven de nuestros impuestos y no están dispuestos a reducir su tren de vida. Los paganos seremos, como siempre, los ciudadanos.

Voy a anular mi voto porque los partidos han hecho del consenso la piedra de toque de la democracia. El debate y la confrontación de ideas y programas están ausentes. Por eso vimos al presidente de la República festejar una reforma energética, con sello perredista, que no aborda ni resuelve los problemas. En la noche del consenso todos los partidos son pardos. Al final del día, los diputados del PRI o del PAN terminan confundidos con los del PRD.

Voy a anular mi voto porque el fracaso de la contrarreforma del 2007 obligará a una nueva reforma electoral. La agenda de la misma no debe quedar en manos de una clase política mediocre, timorata, irresponsable y baquetona. La anulación del voto puede y debe ser el primer paso de un movimiento ciudadano que presione y obligue a la partidocracia a rectificar. Si el cambio no viene de abajo, no vendrá de ninguna parte.

¿Por quién vota el que no vota?

Ilán Semo
La Jornada

El debate entre "abstencionistas" y "anulacionistas", es decir, entre quienes propugnan hoy no asistir a las casillas y quienes están por ir a las urnas para anular el voto, podría adquirir una dimensión inédita en los pocos días que faltan para las elecciones federales.

En general, los índices de abstención en la historia electoral mexicana siempre han sido cuantiosos. No es casual. Entendido como una práctica clientelar por millones de electores durante más de 70 años, el ritual de "elegir" representantes se reducía a una manifestación de lealtad o de obediencia al único poder que podía dispendiar los beneficios de la política. En rigor, era un ritual que grosso modo condonaba (y no penaba) la abstención como forma (incluso celebrada) de indiferencia. Finalmente, la diferencia entre los sistemas autoritarios (como lo fue el mexicano) y los regímenes totalitarios a lo largo del siglo XX residió en que los primeros se limitaban a controlar las acciones de los individuos, mientras que los segundos aspiraban a gobernar sus mentes.

Pero si se examina con más detalle, el antiguo sistema priísta fue mucho más lábil (y vulnerable) frente a sus implosiones electorales u oleadas de abstencionismo de lo que se podría pensar. Hay dos "picos" en la estadística abstencionista de la segunda mitad del siglo XX mexicano, que se suceden, el primero, en las elecciones intermedias de 1961, y el otro, en las presidenciales de 1976. No parece ser casual que ambas fechas fueran sucedidas por sendas reformas electorales, que querían legitimar un sistema que se sabía en control pleno de sus disidencias. En 1961, el ausentismo en las urnas alcanzó proporciones inéditas, y en 1976 el partido oficial llegó al absurdo de tener que presentarse a las elecciones sin contendiente alguno. Sea como sea, se puede inferir que la implosión ausentista del 76 causó tantos estragos en la percepción que el poder tenía de su propia legitimidad como muchos de los movimientos que se le opusieron abiertamente.

El movimiento por la abstención y/o la anulación de 2009 tiene, obviamente, características muy distintas. Para empezar es eso: un movimiento (y no una simple deriva). Ha creado ya el código de un efecto: a más votos faltantes mayor será su éxito. Por ello, sería demasiado sencillo concluir que la abstención (es decir, el no presentarse a la urna) no afectaría los tejidos esenciales de la forma, prácticamente distópica, como se concibe hoy el problema de la legitimidad. Es una acción que se propone causar un "efecto de ausencia" y no un "efecto de presencia", operación en torno a la cual gira toda la mercadotecnia electoral actual. Habría tan sólo que imaginar un mercado sin consumidores, o al centro comercial Santa Fe sin clientes, o la exhibición de una película sin público, para imaginar sus efectos. Su fin no es movilizar, sino dejar a quienes hablan en nombre del "consenso" en el lugar del monólogo, hablando solos. En realidad, ya ha tenido efectos antes de la elección. Habría que escrutar, por ejemplo, las dificultades del IFE para encontrar presidentes de casillas en las grandes urbes. La información es que la gente está haciendo mutis al "cargo". Un fenómeno paralelo es el rechazo de muchas instituciones públicas (¡!) para servir de espacio a las campañas electorales. Y sobre todo: la extinción del concepto de "militante", y su sustitución por el de "promotores del voto", que reciben una paga. En suma: un sistema electoral incapaz de afianzar las condiciones mínimas que le permiten hacer del voto la razón de su existencia. Paradójico, sin duda.

El "anulacionismo" parte de la idea de que un "no voto" es un voto, una manera de votar. Y tiene razón al respecto. Pero aquí cabría diferenciar las posibilidades del voto mismo. Habrá quienes voten por representantes locales y anulen los votos federales. O viceversa. Todos ellos guiños de un mismo embalaje: extraviar las cuentas de quienes no quieren contar.

Abstenerse o anular son dos formas de hacer presente una ausencia: la de los ciudadanos que disienten no entre sí sino de la forma en como se ha creado el consenso mismo. Habrá que ver los efectos que tiene cada una de estas variantes de un llamado a reformar lo que nadie, en la sociedad política, ni siquiera quiere mencionar.

Búsquense otra sociedad

Diego Petersen Farah
Acentos
Milenio

La frase del presidente Calderón “si no convencen éstos (partidos), hagan otros” es poco afortunada. Aunque pueda ser bien intencionada, equivalente a la del papá que le dice el hijo adolescente “si no te gusta cómo llevo las cosas en esta casa, consíguete otra”. No cabe duda que desde el poder las cosas se ven distintas y que desde el último piso del Empire State hasta Obama se ve chiquito. El mareo de altura es una de las peores enfermedades del poder, decía Castillo Peraza, y es evidente que el Presidente no está entendiendo el tamaño de la crisis del sistema de partidos, porque él lo ve desde arriba.

Quizá lo que no se ha entendido desde el poder es que lo que la sociedad reclama no es falta de opciones ideológicas. Ese no es el problema: tenemos desde fascismo verde hasta izquierda autoritaria, pasando por liberalismo zapateado y derecha clerical. Podríamos pensar en otras alternativas, como laborismo gay o socialismo tropical, pero no es el tema. Lo que no terminan de entender los partidos y los políticos es que lo que la sociedad les reclama es que tengamos que mantener a un grupo político que viven de nuestros impuestos (y esto incluye a López Obrador) y que estos partidos se pongan de acuerdo para reservar los espacios sólo para la clase política existente. Que Calderón revise a los candidatos de su propio partido para que se de cuanta cómo éste ha sido cooptado por una burocracia alimentada, corruptamente, desde el poder. Y lo mismo sucede en el PRI y el PRD.

Pero más allá del costo de los partidos, lo que está en el fondo es que los ciudadanos no nos sentimos representados en ese sistema, y eso sí es grave. La democracia funciona en la medida en que cada ciudadano transfiere su derecho a decidir sobre cuestiones puntuales en un tercero que lo represente. Esta transferencia se hace a través del voto. Si los partidos no son capaces de materializar esta representación el sistema de partidos entra en crisis, que es lo que está evidenciando esta elección.

Una nación, y una familia, no se pueden administrar con lógica de mercado. No se trata sólo de hacer nuevos partidos. Menos aún cuando el sistema está diseñado para que esto no suceda, pues los nuevos partidos no pueden acceder a presupuestos públicos y al mismo tiempo se les prohíbe el acceso a recursos privados. Es como decirle al hijo rebelde que se haga de comer él solo, pero que el refrigerador y la despensa son sólo para los hijos que se portan bien.

Si no empezamos por reconocer que el sistema de partidos vigente está en crisis, no vamos a resolver el problema. Y está en crisis porque es un sistema que fue diseñado para liberar presiones de los partidos políticos en un Estado autoritario y un régimen de partido único. El absurdo más grande del sistema de partidos, valga como ejemplo, fue la invasión del Senado. Le cambiaron radicalmente el sentido de representación del pacto federal para convertirla en otra cámara de representantes. En el Senado no deben estar representadas las corrientes ideológicas (aunque al llegar a través de un partido evidentemente representan ciertas ideas). Los senadores deberían representar los intereses de sus propios estados, en igual número y en igualdad de condiciones. El Senado debe ser la representación del pacto federal y no un espacio de tour de force entre los partidos. ¿Para qué sirven los senadores plurinominales? Para desviar al Senado de sus funciones, para hacerlo grillo y cada vez más caro de operar. Hay que regresar a la fórmula de dos senadores por estado. Incluso habría que pensar si ellos deberían ser de elección directa o si podrían, por ejemplo, ser nombrados por los estados, a través de los Congresos locales, como representantes en el pacto federal, tal como sucede en otras repúblicas federales. Al estar metidos los partidos en la elección de senadores éstos se convierten en el premio de consolación o los cargos de retiro de los militantes. Tenemos senadores que no se hablan con sus gobernadores o los que consideran que el puesto es un bono de vejez.

Otro tema fundamental de la agenda para la desarticulación del oligopolio de la política nacional es abrir los cauces de las candidaturas independientes y los partidos regionales. La excusa ha sido la fiscalización de recursos y evitar que las mafias se metan a las campañas. Primero, los partidos no son una barrera para las mafias. Y si no que nos expliquen lo que pasó en Michoacán y lo que está sucediendo en estas campañas en todo el país. El mismo trabajo cuesta fiscalizar una candidatura independiente o un partido regional que a uno grandote. El problema es que para fiscalizar a una candidatura independiente hay que ser mucho más estrictos de lo que se es ahora y que esas mismas reglas tendrían que aplicarse a todos los partidos y todos los candidatos. No es que no se pueda fiscalizar a los candidatos independientes, es que los partidos no quieren ser fiscalizados con el rigor que se requiere.

No deja de extrañar (y de divertir) que los partidos estén ahora en plan de mártires ante la sociedad que les reclama. Las campañas del voto blanco y el voto nulo los desnudaron y exhibieron. Entiendo que los partidos consideren que el argumento es demasiado simplista. Detrás de la frase simplificadora “todos los hombres son iguales” (que no hay hombre que la festeje) lo que hay es un reclamo sobre la cultura machista que en menor o mayor medida todos reproducimos. Detrás del “todos los partidos son iguales” hay un reclamo a la cultura política y al sistema de partidos del cual todos los políticos y los ciudadanos somos responsables.

A la propuesta del Presidente de “hagan otros partidos” sólo se puede responder con “búsquense otra sociedad”. Pero como ni unos ni otros nos vamos a ir, mejor pongámonos de acuerdo.

Legisladores caros y sin memoria

Manuel Gómez Granados
La Crónica de Hoy

Una costumbre arraigada entre los políticos mexicanos es que, ante las demandas de los ciudadanos, son reactivos más que proactivos.

Cada inicio de legislatura “olvidan” que sus propuestas son las mismas que intentaron sacar en la anterior. ¿Por qué esta desmemoria en nuestros legisladores?

Simple: aunque la realidad y los ciudadanos griten desesperadamente por la urgente solución a temas de interés colectivo, su respuesta estará sujeta a la coyuntura y vaivenes del juego político.

El más reciente ejemplo es el del senador Manlio Fabio Beltrones, quien en su artículo de Reforma: “Las reformas necesarias”, enumera acciones legislativas que permitirían, según él, “avanzar de la alternancia a la transición política”.

No obstante, “sus” propuestas son demandas enarboladas desde hace tiempo por los ciudadanos y muchas responden sólo a intereses políticos de la nueva mayoría priista, que el senador tricolor prevé para la LXI Legislatura.

Como hace poco en “8 erres”, nuevamente el senador las presenta como necesarias:

1. “Ratificación de los integrantes del gabinete por el Senado”. ¿Ganan con esto los ciudadanos o su grupo parlamentario, que tendría más elementos para presionar al Presidente de la República? Con ello, la partidocracia incrementaría su poder.

2. “Reducción del tamaño de las cámaras legislativas, sin lista nacional en el Senado y 100 diputados de representación proporcional menos”. ¿Por qué no eliminar totalmente la representación proporcional, como demandan los ciudadanos? ¿Acaso no es cierto que esta figura está de más y ya cumplió su cometido?

3. “Reelección inmediata de legisladores y munícipes”. Otra vieja demanda ciudadana para tener representantes eficientes comprometidos con los ciudadanos.

4. “Reorganización del gobierno federal para reducir el dispendio… y (que) cueste menos”. ¡Buena propuesta! Empecemos con las dietas, aumentos, bonos, prestaciones, boletos de avión y “apoyos” que reciben los legisladores y que, junto con la reducción de su número, significarían un ahorro enorme para el erario.

5. “Referéndum en reformas constitucionales de trascendencia”. Esta “nueva” propuesta ya está vigente en varias legislaciones locales y resulta inexplicable que no se haya elevado a nivel constitucional.

6. “Revocación del Mandato”. Lograr esta añeja demanda significaría una poderosa arma para despedir a gobernantes y representantes ineptos y corruptos. ¿Qué tan dispuestos estarán nuestros legisladores a ponerla en práctica?

7. “Rendición de cuentas”. A esta vieja propuesta le faltaría un pequeño pero elemental detalle: que la instancia que vigile la comisión de actos de corrupción, impunidad y negligencia sea efectivamente autónoma de los tres poderes, de otro modo será simple comparsa.

8. “Regulación económica moderna”. Yo diría regulación económica efectiva, las instituciones ya existen (Cofetel, Cofeco, Cofemer), lo que falta es autonomía, mayor infraestructura jurídica, técnica y humana y “dientes” para cumplir cabalmente su función: garantizar la competitividad de las empresas en beneficio de consumidores y trabajadores que somos todos y no de unos cuantos empresarios, y que el Ejecutivo dé marcaje a estos objetivos.

Si la intención es, como dice Beltrones, “transformar a México y ponerlo en pie” (parece que para él el país no se ha transformado y está en la lona) y una reforma que “devuelva el poder al ciudadano” (aceptación implícita de que los ciudadanos no tenemos poder), habrá que exigir que él y su partido pugnen por alcanzar estas reformas, sobre todo las que le devolverían el poder a la ciudadanía.

No nos engañemos, México no puede ser mejor que la suma de los mexicanos: nuestra clase política no es sino la expresión de lo que es la sociedad. No podemos pedirle “peras al olmo”, tal vez sea el momento de empezar a sembrar perales.

El efecto Juanito

Rafael González Montes de Oca
rafael@gonzalez.com.mx
La Crónica de Hoy

Como no me gusta utilizar este espacio para repetir comentarios que se han expresado en todas partes, no me detendré a analizar mucho en qué grado se opone a la democracia lo que está sucediendo en Iztapalapa, de todo el país la unidad geográfica que más beneficios electorales aporta al partido que gana ahí –desde hace nueve años el PRD–. Ha sido casi unánime la opinión de que la churrigueresca propuesta que ha planteado López Obrador a los votantes es antidemocrática, contradictoria, incongruente y mañosa. Sí es ingeniosa, eso nadie lo cuestiona. No dudo que varios guionistas de programas de parodia política al escucharla hayan sentido franco coraje: “¿Cómo no se me ocurrió a mí para un sketch?”.

Pero cabe detenerse un poco más en el personaje cuya vida cambió en el momento mismo del anuncio de esa especie de rally electoral, en el que se gana si se va avanzando en cada una de las etapas y se superan todos los obstáculos: un hombre llamado Rafael Acosta e identificado por todos como Juanito, que se precia lo mismo de haber golpeado a policías con sus propios toletes que de haber aparecido en una película, bailando con Lynn May.

Existe una teoría denominada “de las rebanadas delgadas”, desarrollada por el psicólogo de la Universidad de Washington John Gottman, según la cual al observar una pequeña muestra se pueden hacer observaciones generales con bastante precisión. Es algo parecido a lo que sucede con un pastel: al probar una rebanada, aunque sea una delgada, se puede conocer ya el sabor de todo el pastel. Si hacemos un análisis del caso de Juanito a partir de esta teoría podemos comprender mejor la dinámica relacional y conductual que se da entre López Obrador y sus aún muchos seguidores.

Cada vez que el ex candidato presidencial incurre en algún exceso, o que tiene expresiones que salen de cualquier lógica, o que se conduce en contradicción con lo que ha anunciado como sus valores y creencias, se cree que va a perder seguidores y, por lo tanto, parte de su fuerza. Incluso se presentan hechos que parecen comprobarlo, como cuando no llegó casi nadie a una marcha de gran importancia convocada hace unos meses. Sin embargo, después de algún tiempo vienen nuevas elecciones, se hacen encuestas y los seguidores siguen ahí, fieles por encima de toda expectativa lógica. ¿Por qué, a pesar de todo, siguen ahí? Tal vez la respuesta la encontramos en Juanito.



Para quienes lo vemos desde fuera, Juanito fue claramente agraviado, tratado con desdén, si no es que desprecio. “El candidato que aquí… está conmigo”, dice López Obrador, señalándolo con el pulgar, evidenciando que no sabía siquiera cómo se llamaba. ”Que haga el compromiso… porque él no se la va a creer, que él lo va a ganar”. ¡Qué pena con Juanito! No sólo es maltratado públicamente, sino forzado a comprometerse frente a todos a seguir las instrucciones y hacer lo que tal vez sería su único acto como jefe delegacional de dos millones de habitantes: renunciar.

Ah, pero Juanito toma el micrófono para aceptar esa vergüenza, aparentemente convencido, y no sólo eso, sino que aprovecha para ensalzar a su “presidente legítimo”. ¿Por qué acepta estas condiciones poco honrosas? ¿Por qué la reacción obediente de Juanito? Porque estas condiciones no vienen de cualquiera: vienen del héroe. Y más allá: en el pensamiento de quien tiene un héroe, seguir sus designios lo hace a uno mismo un poquito héroe también. Si todo sucede como ahí fue anunciado, Juanito será para los lopezobradoristas iztapalapenses un héroe de la democracia. Sería una especie de mártir, ¿y no tienen todos los mártires algo de héroes?

Cuando los designios vienen de quien es percibido como un salvador, no valen tanto por sí mismos, sino por aquél. Quien cree que ha hallado a un salvador no le pone adjetivos que no sean positivos, hay que comprenderlo así. Nadie que se esté ahogando diría por ejemplo: “¡por fin llega el salvavidas… pero está feo y su mirada es extraña!”. En ese momento no es más que el salvavidas, y si acaso se le puede calificar sin duda será de glorioso, de heroico, de maravilloso, y así será al menos mientras lo pone a uno a salvo.

Existe un sentido místico, se hace real la proverbial longevidad de la esperanza, tiene un sentido profundo seguir al líder alfa a pesar de todos los elementos que pongan en duda el sentido de hacerlo. Existe esa idea de que seguir al guía en lo que diga, sin importar si es algo razonable o francamente descabellado, finalmente servirá de algo. Porque Juanito sin duda cree que algo pasará, que tendrá una recompensa, si no tangible, al menos de satisfacción personal: un papel en la historia.

Poder observar de primera mano en la persona de Juanito lo que sucede en las motivaciones y justificaciones profundas de los seguidores del líder perredista/petista (¿ambos? ¿ni lo uno ni lo otro?) nos permite comprender mejor no sólo a la parte de la población que cree que tiene otro presidente, sino al país mismo, al México en el que vivimos el día de hoy, y entender cómo es que se mantiene en el pueblo el efecto Juanito. Juanito Pueblo. El pueblo con Juanito.