junio 29, 2009

El club de los Presidentes autoritarios

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

Hoy, algo diferente. En lugar de comenzar con las noticias y terminar con mi opinión, como solemos hacerlo, voy a empezar despachándome de entrada

El motivo: Es difícil mantener la cabeza fría ante el desmantelamiento de la democracia que está teniendo lugar en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Honduras.

La semana pasada, cuando los Presidentes de estos países se reunieron en Maracay, Venezuela, para celebrar una cumbre extraordinaria del Alba -la alianza regional de países de izquierda encabezada por Venezuela- fue difícil no ver el grupo como una sociedad de ayuda mutua para la autoperpetuación en el poder.

Todos ellos fueron elegidos democráticamente por sus promesas de combatir la corrupción, pero casi todos, apenas asumieron sus cargos, concentraron toda su energía en cambiar la Constitución para permanecer indefinidamente en el poder.

Veamos los titulares de los últimos días:

· En Honduras, el Presidente Manuel Zelaya anunció el 25 de junio que ignorará un fallo de la Suprema Corte que le ordenaba rehabilitar en su cargo al jefe del Estado Mayor Conjunto, el General Romeo Vázquez.

Zelaya había destituido al General por haberse negado a apoyar un referendo que el Presidente había convocado para cambiar la Constitución y permitir su reelección. La Corte Suprema, el Congreso y el Fiscal General del país han dicho que el referendo de Zelaya es ilegal.

Horas después de que Zelaya desconociera la decisión de la Corte Suprema, el Presidente venezolano, Hugo Chávez, denunció que "en Honduras se prepara un golpe de Estado" encabezado por "la burguesía retrógrada", y todos los Presidentes del Alba manifestaron su apoyo a Zelaya.

· En Ecuador, el Presidente Rafael Correa, quien ya ha cambiado la Constitución para reelegirse, está aumentando sus ataques contra los medios después de que el diario Expreso informó que empresas fantasma propiedad de su hermano Fabricio Correa han ganado licitaciones gubernamentales por más de 80 millones de dólares.

Días después de publicada la noticia sobre Fabricio Correa, el Presidente firmó un decreto prohibiéndoles a las instituciones gubernamentales hacer publicidad en los principales periódicos. La semana pasada, la agencia de telecomunicaciones ecuatoriana impuso una segunda multa administrativa a la emisora de TV independiente Teleamazonas, en medio de advertencias gubernamentales de cerrarla.

· En Venezuela, Chávez, que ya cumplió 10 años en el poder y fue quien inició la actual ola de cambios constitucionales destinados a permitir las reelecciones, dijo en su programa "Aló, Presidente" del 25 de junio que "es probable" que la emisora de televisión Globovisión sea clausurada.

Chávez inició una investigación de Globovisión por supuestamente "incitar al pánico" cuando informó antes que las emisoras oficiales sobre el terremoto que sacudió a Caracas el 4 de mayo. Chávez ya cerró la cadena de televisión independiente RCTV en 2007, después de anunciar repetidamente que lo haría.

En su mismo discurso del 25 de mayo, Chávez atacó al Alcalde opositor de Caracas, Antonio Ledezma, por su viaje a Nueva York para denunciar su caso. Ledezma fue elegido Alcalde en noviembre de 2008, pero al poco tiempo el Congreso dominado por Chávez creó un nuevo cargo, el de "jefe de gobierno" de Caracas, y lo colocó por encima de Ledezma. Luego, Ledezma fue despojado de sus oficinas y de casi todo su presupuesto, que fueron trasladados a la nueva funcionaria municipal que nunca fue electa para nada.

Todo esto es tan sólo una muestra. Por razones de espacio, no vamos a abundar en las medidas de los Presidentes de Bolivia y de Nicaragua para perpetuarse en el poder.

Pareciera que todos ellos están siguiendo el mismo guión.

Acto 1: Presentarse al país como un idealista antisistémico -ya sea encabezando un intento de golpe militar, como Chávez, o encabezando violentas protestas, como Evo Morales- y aprovechar los titulares para convertirse instantáneamente en el centro de atención nacional.

Acto 2: Tras ganar la elección presidencial, cambiar la Constitución introduciendo una claúsula que permita la reelección.

Acto 3: Apenas aprobada la Constitución, adelantar las próximas elecciones presidenciales.

Acto 4: Una vez reelecto, acusar a Estados Unidos, la Iglesia y la oligarquía de intentar un magnicidio, y usar ese pretexto para encarcelar a los líderes de Oposición y cerrar medios de comunicación críticos, preparando el terreno para gobernar con una oposición simbólica y asumir poderes absolutos.

Es cierto que los Presidentes del Alba no son los únicos. Otros, incluido el Presidente colombiano, Álvaro Uribe, están coqueteando con una nueva reelección, aunque todavía no está claro si seguirán ese camino.

Pero Chávez y sus aliados serían mucho más convincentes en sus aseveraciones de que están luchando para los pobres si se dedicaran precisamente a eso, y lograran reducir las tasas de pobreza a la mitad, tal como lo hizo Chile sin tener Presidentes obsesionados por el poder.

En este momento, resulta muy difícil no ver el Alba como una sociedad de ayuda mutua para Presidentes que se cobijan en eslóganes ideológicos para esconder sus agendas narcisistas.

Posdata: Horas después de entregada la primera versión de este artículo, llegan noticias de que Zelaya ha sido expulsado por los militares. Si hubo un golpe militar, debe ser condenado sin vacilaciones.

Tiempo de definiciones

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

Por si alguna duda nos quedaba, hemos corroborado la precariedad de nuestro acuerdo en lo fundamental. Carecemos de un verdadero consenso para dirimir el disenso. Por eso, porque los nuevos actores del México plural no se han puesto de acuerdo en qué hacer cuando no están de acuerdo, padecemos tantas incertidumbres y turbulencias.

Este domingo vamos a elegir 500 diputados federales y, en algunas entidades federativas, gobernadores, presidentes municipales o jefes delegacionales y diputados locales. También vamos a determinar el tamaño de la inconformidad ciudadana con nuestro sistema de partidos. Antes, en los próximos seis días, sabremos además si el gobierno federal panista se decide a usar uno de los misiles mediáticos que tiene listos contra narcopriistas o si se lo guarda para lanzarlo de cara a la elección presidencial del 2012. Y poco después conoceremos la correlación de fuerzas políticas y las agendas que habrán de desbrozar —que no pavimentar— la salida de un sexenio que quizá termine tan accidentadamente como empezó.

Estas campañas nos están enseñando muchas cosas. No recuerdo un proceso electoral tan revelador de la transición inveterada en que los mexicanos estamos atrapados ni tan rico en reflexiones y debates sobre la democracia y sus instrumentos. Por si alguna duda nos quedaba, hemos corroborado la precariedad de nuestro acuerdo en lo fundamental. Carecemos de un verdadero consenso para dirimir el disenso. Por eso, porque los nuevos actores del México plural no se han puesto de acuerdo en qué hacer cuando no están de acuerdo, padecemos tantas incertidumbres y turbulencias. Las reglas no escritas de la era del partido hegemónico han cedido el paso a las reglas que fueron escritas para servir de referente límite y no para aplicarse sistemáticamente, y el rediseño institucional brilla por su ausencia. Se han reemplazado algunos engranajes pero la maquinaria sigue siendo la misma y es, en condiciones diametralmente opuestas a las que le dieron origen, disfuncional.

Pero la coyuntura da para rebasar el análisis del régimen mexicano. El debate sobre el voto nulo ha exhibido una de las limitaciones del sistema democrático: la personificación del menú y a la concomitante nebulosidad de la voluntad del electorado. Al votar por alguien más que por algo se fomenta el culto a la personalidad y se relegan las ideas, dificultando así la lectura de lo que la gente manda. Quienes queremos que la democracia siga siendo la fuente de legitimación de poder por antonomasia no podemos conformarnos con eso. La solución, a mi juicio, está en crear mecanismos de rendición de cuentas y consecución de promesas electorales. El célebre “mandato de las urnas” es la conclusión a la que políticos y académicos llegan tras de elucubrar y conectar miles de decisiones a menudo inconexas. ¿No sería mejor imprimir en la boleta, junto al nombre y en lugar de la fotografía del candidato, la descripción en un par de renglones de sus dos o tres propuestas principales? ¿No convendría supeditar la continuación del gobernante o del legislador en su cargo al cumplimiento de sus compromisos electorales?

Por otra parte, las secuelas de la polarización de 2006 piden a gritos mojoneras democráticas. Ninguna democracia funciona bien sin delimitar la cancha ideológica. Si los jugadores no saben dónde están las líneas de meta y de banda, ningún árbitro puede manejar el partido y los equipos acaban a golpes. En Europa, cuando llegan al gobierno, la izquierda respeta los intereses legítimos de los empresarios y la derecha no intenta desmantelar el Estado de bienestar. El ejemplo no es el más feliz porque a raíz del derrumbe del socialismo real el mundo se derechizó y el terreno de juego se ha ido estrechando del lado progresista, pero si retrocedemos a las contiendas europeas de los años 60 o 70 la metáfora es válida. En México, en cambio, persisten sectores derechistas e izquierdistas anacrónicos, alérgicos al pluralismo, proclives al veto de contrarios e incapaces de aceptar linderos y por ende entorpecedores de la transición. Y es que los extremismos son intrínsecamente antidemocráticos. Si las opciones de poder se radicalizan al grado de no tolerar que sus adversarias gobiernen, la democracia se pervierte. Un deplorable ejemplo de ello es lo que está ocurriendo en Honduras.

El 5 de julio será muy importante, pero más lo será la actitud de la ciudadanía a partir del 6 de julio. El fenómeno del anulismo enfrentará su prueba de fuego, y su éxito o fracaso dependerá de su organización poselectoral: si su desencanto se traduce en unidad y estrategia, la partidocracia mexicana tendrá que transformarse. Con una agenda común, sin sucumbir al canto de las sirenas fácticas, sus demandas pueden convertirse en realidad. Hay discrepancias en otros temas, pero es grande la coincidencia en tres puntos: reelección consecutiva de diputados y senadores, candidaturas independientes y plebiscito, referéndum e iniciativa popular. Algunos partidos ya dicen sí a esa agenda, pero eso habían dicho antes y ante la ausencia de una exigencia social se desdijeron. Si no hay presión, o si esa presión es difusa o desarticulada, van a postergar esas medidas una vez más. Es obvio: las tres cosas debilitan un poco a sus dirigencias. No tanto como ellas creen, por cierto, porque en Europa los legisladores se reeligen consecutivamente y pueden llegar al Parlamento sin postulación partidista, mientras que los ciudadanos cuentan con las herramientas de la democracia participativa, y sin embargo los partidos siguen siendo muy fuertes. Pero aquí sienten que legislar en ese sentido sería un suicidio. Y el suicidio es antinatural.

Estos son tiempos de definiciones. Pronto conoceremos los resultados electorales, con los ganadores y perdedores de la competencia que se libra en este país cada tres años. Pero ahora hay algo más en juego. Estamos ante la posibilidad de saber también si, la próxima vez, las reglas y los competidores seguirán siendo los mismos.

Votando

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Me preguntan lectores cómo votaré el 5 de julio. A los que saben que simpatizo con el movimiento anulista les sorprende la respuesta: no anularé todos mis votos, votaré diferenciadamente.

Las elecciones intermedias incluyen la elección de legisladores y autoridades locales: jefe delegacional y asambleísta, en el caso de la Ciudad de México, además de diputado federal.

Desde hace muchos años he dado mi voto en esas elecciones sólo a candidatos que han hecho algún contacto significativo con mis necesidades o mis expectativas como votante.

Siguiendo ese criterio, en las últimas dos elecciones intermedias me he abstenido de votar por diputado y por asambleísta.

He votado en cambio dos veces por el PAN para jefe delegacional. Las dos veces en reconocimiento a un delegado panista anterior, por el que no voté, pero que hizo en mi colonia, la San Miguel Chapultepec, un cambio completo de las banquetas, que son ahora de las mejores banquetas de la ciudad.

Es el único bien público tangible que he recibido de alguna autoridad local como vecino de la San Miguel Chapultepec. Y no me olvido.

Votaré nuevamente por el candidato panista a jefe delegacional de la Miguel Hidalgo, Demetrio Sodi. Lo haré por las banquetas que hizo su antecesor, pero lo haría sin ellas, porque Demetrio Sodi me parece un candidato serio, comprometido y experimentado: el mejor candidato que he tenido al alcance en mucho tiempo.

Ningún contacto han hecho con mis necesidades o mis expectativas los candidatos a la Asamblea y a la diputación federal que me corresponden.

En vez de abstenerme, como otras veces, votaré anulando mi voto en la modalidad de votar por un candidato no registrado, lo cual equivale a un voto nulo, pero el IFE está obligado a contarlo por separado.

El voto nulo me ha sacado de la simple conducta abstencionista de antes. Me ha dado un horizonte para manifestar algo más que indiferencia a los candidatos: rechazo al diseño vigente de nuestro sistema de partidos.

No se trata del abandono de la política, como sugirió el Presidente la semana pasada, ni de renunciar al voto, como dicen otros. Se trata de un acto político de rechazo a los acomodos de un sistema de partidos inoperante, centrado en sí mismo. Y de usar el voto para algo más que resignarse a la lógica del candidato menos malo.

El movimiento anulista ha tenido ya consecuencias políticas. En parte debido a él han empezado a abrirse instancias de nuevas reformas a la infortunada reforma del 2007. No es poco ni mucho, pero es más de lo que conseguirán los votantes resignados.

X

Jacobo Zabludovsky
Bucareli
El Universal

El próximo domingo votaré nulo. Mi intención, generada sólo por una ley electoral defectuosa, para presionar su reforma, podría tener muchos otros motivos. La semana ha sido pródiga en causas de protesta que un voto nulo puede desahogar, aunque se estrelle contra el muro del importamadrismo oficial.

No sé por dónde empezar. Por donde sea. Es igual. De pronto aparece el escudo nacional que interrumpe los programas más vistos de la televisión y el presidente Felipe Calderón, entre la bandera y la secretaria de Relaciones Exteriores, informa solemnemente al pueblo de México que una francesa secuestradora convicta y sentenciada no será extraditada a su país. Bastaba un boletín de prensa de seis renglones. O tres. Me imagino a Sarkozy de pronto en la televisión francesa para informar a sus compatriotas que un mexicano delincuente, confeso, procesado y encarcelado en París por delitos del orden común, no será extraditado a México. Esa misma noche la señora Bruni dormiría sola y su esposo con camisa de fuerza en un asile d’aliénés. Pero, claro, Francia y el México actual son países distintos, cada uno con sus costumbres y cada cosa en su lugar. Allá ellos. Nosotros estamos orgullosos de ser una república chocolatera marca Morelia Presidencial.

En cambio, la tragedia más grande de la historia de México en que las víctimas fueron niños, no mereció un mensaje televisado. Aunque sólo fuera para dar el pésame a los padres de 70 niños quemados vivos, 48 de ellos sepultados y los demás con lesiones graves, dolorosas, que les dejarán huellas físicas y síquicas irreversibles. Aunque sólo fuera para comprometerse con la justicia y manifestar una voluntad política de no dejar impune el complejo de delitos que, emanados de la corrupción, provocaron el desastre del sexenio.

Todo terminó, aparentemente, en la aprehensión de funcionarios de inferior jerarquía y un pugilato verbal entre el secretario de Gobernación y el gobernador de Sonora. “No le acepto al gobernador el tono altanero con que se refiere al Presidente”, dijo un secretario que está ahí por un dedazo, al hablarle en tono altanero a un gobernador que está donde está mediante el voto ciudadano en un estado libre y soberano. Dicho sea esto refiriéndome a las instituciones, no a las personas, después de que el gobernador elevó la discusión a las alturas del intelecto socrático al dictar cátedra: “Queremos saber a qué se refiere con eso de aventar la bolita”. No hay a quién irle.

Desde antes de que se enfriaran las cenizas, el procurador general de la República declaró que nadie iría a la cárcel y ahora, al atraer el incidente, como lo llamó el invisible director del Seguro Social, dirigirá las investigaciones que llevarán al resultado previsto: se los dije, y a otra cosa mariposa.

Es entonces cuando el presidente Calderón toma el toro por los cuernos y nos aconseja afiliarnos a los partidos políticos. “Si se quieren mejores partidos, particípese en los partidos, y si éstos no convencen, fórmense otros”, dijo. Nunca habló de reformar una ley injusta, para que coexistan partidos y otras maneras de registrar candidatos de acuerdo con el espíritu de la Constitución, que hace del derecho de votar por quien uno escoge libremente la piedra fundamental de la democracia. Para el señor Calderón no hay más ruta que la nuestra, como dijo el comunista Siqueiros. Yo creo en un camino probado en otros países, con partidos políticos que coexistan con organismos que ofrezcan más opciones. Que desaparezca el sistema monopólico del registro de candidatos, que no sea derecho exclusivo de los partidos políticos. Todo por la vía pacífica, respetuosa, dentro del marco de la ley.

Por eso mi voto será nulo. Si tuviera alguna duda me bastaría, para fortalecer mi convicción, ver quiénes reprueban esta forma reposada de ejercer un derecho. No debo estar tan extraviado si los que se creen dueños de la brújula, del rumbo y del destino, se muestran unánimes en urgir la presencia de un exorcista para que nos saque del cuerpo el espíritu maligno.

Que cada quien vote como se le pegue la gana y en santa paz.

Yo votaré con una X.

El doctor Calderón, médico forense

Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
Gaceta del Ángel
Reforma

Ustedes ya podrán imaginarse a la familia de Michael Jackson. Como siempre que se junta un grupo de consanguíneos para lucrar con la vida y con la muerte de alguien que ha tenido en vida una cierta fama; este grupo se va pareciendo cada vez más a una bandada de buitres donde todos quieren su jirón del difuntito. Comento esto porque, ahora que tratan de establecer las causas de la muerte del negrito bailarín, todavía es la hora de que no llegan a un veredicto serio y científico. Los doctores ya hicieron una autopsia, pero a la familia no le gustó el resultado y de inmediato ordenó que se le haga otra. Creo que aquí es muy pertinente aclarar que a mí Michael Jackson ni me va, ni me viene: desconozco minuciosamente su obra, he leído y oído hablar de su fabulosa fortuna que, al parecer fue siendo dilapidada entre pitos y flautas; recuerdo vagamente su visita a México donde tuve el gusto de no asistir a ninguna de sus presentaciones y donde fue recibido en Los Pinos por Carlos Salinas. Parece que a Michael le gustaban los pequeñines. Le pegó una santa corretiza por todos Los Pinos al maligno chaparro. Hasta aquí mis recuerdos más vívidos de Michael Jackson.

Por puras casualidades, me enteré después de que se había hecho una casa-castillo muy roara y extrania de donde entraban y salían los niños que, casi siempre, eran patrocinados por sus papacitos. Luego se supo que él ya estaba dando síntomas de locura, que, tal como mandan los cánones de esta época, gastaba a lo imbécil y se aproximaba en caída vertiginosa a la quiebra. Con esto queda claro que el conocimiento de esa persona de tantos colores me fue casi totalmente negado. Como bien diagnosticó Fita a pregunta expresa: pues no sé quién sea ese señor, pero todos los muertos merecen nuestro dolor y eso es lo que yo digo. Como verán, Fita es una filósofa estoica y melenuda.

Este artículo iba por otro rumbo, pero se desvió ligeramente para fundamentar el hecho de que ya con Michael Jackson me tienen optudimóder y que no entiendo las primeras planas que le han dedicado, ni el caudaloso dolor que ha manifestado López Dóriga. Me pregunto: ¿quién era ese buey cuya muerte, según nuestros jilgueros, ha paralizado al mundo?. ¿Y si le achicáramos?.

Vean, por favor, el caso de Felipe Calderón. Tal parecería que no tuviera problemas de urgencia nacional y que nuestras guarderías fueran lo más seguro del mundo y que el Dóberman Bours estuviese aplacadito y contento y no haciendo sus berrinches que, en el fondo, lo único que quieren es mostrarle a los posibles votantes que el PRI no se deja ni de nada, ni de nadie (¡Ay, Chuss!). Bueno, como si todo esto no existiera, Calderón aborda otras materias y tal parecería que quiere igualar en frecuencia y contenidos a aquellas pláticas mañaneras de AMLO.

Sin ir más lejos, esta semana que concluye, Calderón estaba hablando de no sé qué relacionado con las drogas que tanto dañan a nuestra juventud, sobre todo a aquélla que no tiene asideros morales, ni conoce a Dios (y como dice el pueblo: el que no conoce a Dios, a cualquier barbón le reza). Dicho esto, pasó sin más ni más a hacer ese diagnóstico de la muerte de Michael Jackson que ningún gringo ha querido hacer. Según Calderón, la muerte de M.J. se debió a un uso indebido y excesivo de drogas. ¡Éntrale a San Juan bailando y a México de rodillas!. A mí no me deja de alegrar que, además de Presidente, tengamos a un médico forense que es capaz, sin siquiera ver el cadáver, de diagnosticar las causas de la muerte de cualquier ser animado cuya talla supere la de un conejo. Ahora que yo procedo a internarme en Cardiología, espero honestamente no necesitar de los servicios de Felipe Calderón, médico forense.


¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDLXXXII (1582)

MONTIEL.

Cualquier correspondencia con esta columna médica, favor de dirigirla a dehesagerman@gmail.com (D.R.)