junio 30, 2009

Lean

Federico Reyes Heroles
Reforma

El próximo domingo puede ser un día memorable. Memorable porque se ratificará cuáles son los nuevos obstáculos de la democracia mexicana. Memorable porque, una vez más, se hará evidente que la sociedad va por delante, que partidos y pseudolíderes van a la zaga. Lastres y potencialidades quedarán desnudos. Podría ser memorable porque se mostrará una fortaleza institucional que está ahí y que no obedece a ninguna sigla. Alrededor de un millón de ciudadanos estarán encargados del proceso, esto también es México. Curules más curules menos, eso pareciera estar ya en un segundo lugar. El fenómeno del hartazgo ha rebasado a los formadores de opinión y se ha convertido en algo más extenso. Las cifras nos dan sorpresas.

Según las más recientes cifras de Reforma pero también de otras casas como GEA, el movimiento del voto nulo, en blanco o a favor de candidatos independientes, podría haber rebasado 15%. A cinco días de la elección no existe un liderazgo sino varios, lo cual nos habla del grado de espontaneidad del movimiento. Si a los nulos, blancos e independientes sumamos a los mexicanos que votarán por un partido, que no están dispuestos a sacrificar su voto -y pueden tener muy buenas razones- es decir los que sí votarán a pesar de su inconformidad, las cifras podrían englobar a varios millones de mexicanos. A ello se suma otro fenómeno muy interesante.

Pareciera que en las últimas semanas la intención abstencionista ha disminuido. Podría ser menor a lo calculado al principio, en lugar de 70%, sesenta o menos. Pero la intención a favor de los partidos no aumenta en la misma proporción, sí en cambio la intención anulista. En pocas palabras: pareciera que los mexicanos están decidiendo salir a votar pero no por los partidos, sino también por los otros cauces legales que les permiten expresar inconformidad. No tiene sentido lanzar decenas de razones para votar o afirmar que el movimiento anulista nos llevará a la antesala de la dictadura. Antes de lanzar juicios morales a favor o en contra, lo primero es entender el fenómeno, explicarlo y rescatar el mensaje.

Podríamos estar hablando de la tercera fuerza política nacional que estando dispersa -en tanto que esos mexicanos no militan o simpatizan por un partido político y tampoco expresan una misma inclinación ideológica- sí coinciden en el cansancio y aburrimiento, en el hartazgo. Si el PRI sube, si el PAN sigue siendo oposición en Nuevo León o qué tanto caerá la izquierda, se miran ya como asuntos menores frente a una manifestación ciudadana que, tanto por cantidad y como por calidad, debe ser tomada en cuenta. El cerco que los partidos construyeron alrededor de la ciudadanía se empieza a cimbrar. Si el 5 de julio un número significativo de mexicanos expresa su inconformidad votando o anulando y si además logramos descifrar el mensaje, los partidos no podrán negar el hecho. Sería tanto como ignorar la realidad, sería suicida.

Reforma nos brinda ya un primer bosquejo. Anulistas y votantes coinciden en varios puntos: reducir los recursos que el Estado otorga a los partidos (79%); reducir los diputados de representación proporcional (68%); permitir las candidaturas ciudadanas o independientes (58%). Los porcentajes corresponden a quienes opinan que esas medidas ayudarían mucho o algo a mejorar la vida política. Hay otros temas controvertidos, quizá por complejos, como el número de senadores de representación proporcional o permitir que los partidos se anuncien en los medios de comunicación o la reelección. Pero quizá lo más relevante de este estudio (Enfoque, 28 de junio, 2009) es la radiografía general del sistema.

Los anulistas se sienten con menos derechos plenos (67%) que los no anulistas (85%). ¿Por qué? Seis de cada diez anulistas sienten que las elecciones no son libres y equitativas lo cual también es la percepción del 42% de los que sí votarán. ¿Por qué de esta percepción? Dos de cada tres anulistas expresan que todos los partidos son iguales, pero también hay 41% de los votantes que tienen la misma impresión. Un porcentaje altísimo, 91%, reclama que sus representantes informen lo que han hecho. Es una inquietud muy sana. Pero quizá lo más relevante es que anulistas (87%) y no anulistas (76%) no se sienten representados por algún partido. Ocho de cada diez mexicanos NO se sienten representados por algún partido. Hay un problema real y profundo. Ojalá y las dirigencias lean el mensaje.

Pero para quienes miran en este movimiento ciudadano el inicio del incendio basta revisar la convicción democrática de unos y otros. La gran mayoría de los anulistas (76%) y de los no anulistas (84%) declaran que la democracia es una buena forma de gobierno y que debemos fortalecerla. ¿Cuál es el miedo? Sí a la democracia, no al exceso de recursos, no a la excesiva representación proporcional, sí a las candidaturas independientes. Y, finalmente, no nos sentimos representados. No apunten al mensajero, mejor lean el mensaje.

El mundo al revés

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Estimados lectores: el mundo —es decir, los jefazos políticos de las naciones presuntamente civilizadas y los caciques monárquicos de las comarcas salvajes secundados, unos y otros, por sus segundones, como mandan los mandamientos— ha lanzado una condena de lo más unánime para condenar unánimemente a esos buenos congresistas del Congreso de Honduras y a esos magistrados de la Corte Suprema y a esos otros jueces del Tribunal Superior de Elecciones, o como se llame, y esos comandantes y generalotes de las Fuerzas Armadas que, todos juntos y revueltos, decidieron defenestrar a un tipo que, debidamente avisado de que su señora Constitución le prohibía expresamente celebrar un referéndum para que el pueblo soberano de su país expresara su dudoso deseo de que volviera a ser presidente y mandamás absoluto de la sufrida nación centroamericana, decidiera ignorar olímpicamente dicha prohibición, violentando no sólo las disposiciones legales a las que se debía someter por juramento sino desafiando a los otros Poderes del Estado. Bueno, señoras y señores, pues el mundo está mal: el apoyo universal que le brinda a don Zelaya, un personaje proveniente de la oligarquía hondureña devenido en izquierdoso populista aspirante a reelecciones sucesivas conducentes a dictadura disfrazada, no es el sostén que merece un individuo de su calaña que, encima, no es víctima de un golpe de Estado —como dice, precisamente, todo el mundo— sino que fue él quien pretendió quebrar, en un primer momento, la institucionalidad y, al no querer controlar sus instintos de perpetuación en el poder, mereció la respuesta, perfectamente legal, del Congreso y el Poder Judicial de la República de Honduras .

Las simpatías de los líderes del mundo, por el contrario, deberían de dirigirse a un sistema político que, por una vez, se ha desembarazado de un personaje incómodo y peligroso antes de que éste comience su artera estrategia de acoso y derribo de la democracia. Pues eso.

Atentamente: su columnista golpista consentido.

Dos golpes de Honduras: Zelaya y el ejército

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

El golpe de Estado en Honduras, que derrocó al presidente Manuel Zelaya , fue atípico porque se realizó con el respaldo del Congreso y de la Suprema Corte de Justicia e incluso del partido de donde surgió Zelaya, el Liberal. ¿Cómo se puede explicar la conjunción de esas fuerzas en el derrocamiento de un mandatario? Sólo colocando lo que sucede en Honduras en un contexto mucho más amplio, local y regional, lo cual permite confirmar las fallas indudables que existen en los procesos democráticos de América Latina.

Ningún golpe de Estado puede ser aceptable en una comunidad democrática, pero en los últimos años hemos visto cómo se ha ido desarticulando esa comunidad y cómo los instrumentos democráticos han sido utilizados una y otra vez para construir regímenes autoritarios. Zelaya cayó porque quiso, con menos suerte, seguir el camino que ya han recorrido muchos mandatarios en la región: la reforma constitucional para poder reelegirse una y otra vez. El camino lo iniciaron Carlos Menem en Argentina y Alberto Fujimori en Perú en los 90, pero se ha ido perfeccionando y fue llevado al límite por Hugo Chávez, que ha modificado una y otra vez la Constitución para garantizarse una reelección casi a perpetuidad, incluso renovando el ejercicio en las ocasiones en que perdió las consultas populares. Lo ha hecho Chávez y, en cada reforma constitucional, ha cerrado aún más la libertad de expresión, los derechos humanos esenciales, ha perseguido y dejado menos espacio para las oposiciones, hasta convertirse, prácticamente, en un régimen de partido único, gobernado en los hechos por militares, muchos de ellos los que acompañaron a Chávez en sus intentos de golpe de Estado, antes de hacerse con el poder por la destrucción de los partidos tradicionales de centroderecha y centroizquierda. Lo mismo han intentado hacer, con menos control sobre el sistema político y militar, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Lo hizo también, realizando una extraña alianza con el ex presidente de derecha Arnoldo Alemán, el nicaragüense Daniel Ortega. Fue lo que hicieron, con un giro legal demasiado obvio, los esposos Kirchner en Argentina. Lo ha realizado, en otro extremo ideológico, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, y era lo que quería hacer Manuel Zelaya en Honduras.

Quizá la única diferencia de Uribe (e incluso de los Kirchner, quienes el mismo domingo perdieron las elecciones en su país) respecto a Chávez, Morales, Correa, Ortega y lo que quería llevar a cabo Zelaya, es que han mantenido funcionando su respectivo sistema político sin convertirlo en maquinaria autoritaria. Pero la norma ha sido la de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, gobiernos que han utilizado los mecanismos de la democracia para transformarla en una coartada con miras a consolidar regímenes autoritarios y unipersonales. Y la comunidad de naciones de América Latina ha caído en esa trampa gustosamente, porque muchos mandatarios creen que podrían recurrir a esos mismos mecanismos si su fuerza y su popularidad se lo permitieran. Hasta ahora, Brasil (donde hubo presiones muy fuertes para que Luis Inácio Lula da Silva buscara también una reforma constitucional que le autorizara reelegirse nuevamente), Chile y Uruguay son los que se han librado en forma más exitosa de esa tentación. Y México, donde el tema de la reelección, sobre todo presidencial, es tabú, incluso yendo más allá de lo deseable en cualquier sistema político maduro. Un tabú que no hubiera resistido mucho tiempo eso ya es una especulación si un personaje tan cercano en sicología y forma de entender el manejo personal del poder con los Chávez, los Morales, los Correa, los Ortega del continente, como López Obrador, hubiera llegado al poder.

Eso es lo que ocurrió con Zelaya, un hombre que llegó al poder gracias a un partido de centroderecha, el Liberal, con el respaldo de Estados Unidos y que, estando ya en el gobierno, abandonó a su partido, rompió sus alianzas nacionales e internacionales, se pegó a la Cuba de Fidel y tomó como modelo a Chávez, con la intención, explícita, de reformar la Constitución de su país para poder reelegirse. Allí se originó el conflicto: ¿la conversión de Zelaya, como había ocurrido antes con Chávez, Correa o Daniel Ortega, se dio porque cambió sus convicciones ideológicas ya en el poder o porque simplemente vio que esas nuevas convicciones le permitirían perpetuarse en el mismo? Por supuesto que fue lo segundo.

El tema es el poder y cualquier mecanismo que permita la reelección continua de quien lo detenta está vulnerando el sistema democrático que lo llevó al gobierno. En cualquier democracia puede haber posibilidades de una reelección o dos, pero debe existir un periodo de tiempo máximo para la permanencia en el poder: es una condición básica del sistema, con el fin de renovarse y legitimarse con regularidad. Si las reelecciones permanentes en el Ejecutivo distorsionan el sistema, mucho más lo hacen cuando el mismo, reconociéndose de derecha o de izquierda, se convierte, como en la enorme mayoría de los casos que hemos citado, en un régimen autoritario y populista.

En última instancia, todos los gobiernos autoritarios del siglo XX buscaron formas de legitimación e incluso por la vía electoral llegaron al poder tanto Benito Mussolini como Adolfo Hitler. El voto es parte indivisible de la democracia, sin embargo, para que sea considerada como tal debe tener otros atributos. Y esos los ha ido perdiendo la enorme mayoría de los regímenes que la han utilizado para garantizar un poder unipersonal y permanente. El golpe de Estado es inaceptable, aunque sea con respaldo del Congreso y de la Corte (debe haber mecanismos de revocación que usen otras vías), pero también lo es perpetuarse en el poder escudándose en una escenografía democrática.

Ningún golpe de Estado puede ser aceptable en una comunidad democrática.

“Juanito” Zelaya

Rafael Cardona
racarsa@hotmail.com
El Cristalazo
La Crónica de Hoy

Si el ex presidente Zelaya (hoy irónicamente peregrino por tierras ticas con la “dignidad” de legítimo) regresara a su silla, Hugo Chávez habría logrado imponer a su “Juanito” en la Iztapalapa de Tegucigalpa

Termine como termine el episodio rocambolesco de un presidente echado a patadas en calzoncillos (como Calles) por los militares de la Casa Presidencial de Tegucigalpa, el episodio típico del cuartelazo latinoamericano se convierte hoy en materia de escándalo, al cual se oponen quienes tradicionalmente patrocinaban los cuartelazos: los Estados Unidos y la OEA.

Se ha dicho en todos los tonos posibles que este atropello cercena las posibilidades de la incipiente democracia hondureña; como si la intentona zelayista de perpetuarse en el poder mediante reformas constitucionales, a cuyo contenido se oponían los demás poderes, no hubiera sido el primer atropello a la democracia. O al menos a su espíritu.

Como se sabe, Manuel Zelaya iba tras los pasos de Hugo Chávez, quien hoy como siempre amaga con una imposible intervención, pues ya se sabe cómo reacciona ante el viejo paracaidista ante cualquier episodio: muestra los colmillos y luego se raja del mero asiento como los cántaros de Jalisco.

Zelaya propuso cambios para la prolongación del mandato. A ello se opusieron los miembros de la Suprema Corte de Justicia y buena parte del Congreso, quienes ordenaron la detención del Ejecutivo de afanes repetitivos.

Don Manuel pretendía cambiar la ley fundamental para obtener la reelección, algo expresamente vedado por la propia carta magna, a cuyo contenido sometió su juramento. Eso no sólo está explícitamente prohibido, sino con claros impedimentos para modificar la restricción o brincársela a la torera.

Además, veta cualquier cambio en ese sentido y prevé sanciones (artículos 239 y 240) para quien pretenda hacerlo.

Roberto Micheletti ha sido designado interinamente al frente del país y, según su palabra, las elecciones se realizarán normalmente en la fecha prevista antes del impulso del irrefrenable reeleccionismo: el 29 de noviembre. En este caso los militares no toman el poder.

Solamente como un apunte al margen valdría la pena mencionar hasta dónde pueden derivar los afanes de “anulistas” y “onanistas electorales” en México, cuya mejor oferta “democrática” es por la relación legislativa, comenzando —como casi todo en la vida— por el principio: la repetición inmediata de diputados y senadores en sus cargos, quienes beneficiados por tal condición no dudarían, pasado el tiempo, en cambiar la Constitución para ampliar el beneficio de la extensión al Ejecutivo, con lo cual volveríamos a donde estábamos en 1910.

Pero de vuelta al caso hondureño y las consecuencias de las ambiciones temporales ilimitadas (de seguro, como Porfirio Díaz, allá nadie leyó el Plan de Tuxtepec), llama la atención cómo se preocupan los países latinoamericanos por el asunto. Tanto, como para irse a Managua a salvar la democracia.

El mundo cambia. Eso no se hizo cuando los gringos le dieron un golpe cruento a Salvador Allende, en el Palacio de La Moneda, en el lejano año 1973; tampoco evitaron circunstancias tales en los múltiples casos parecidos en Buenos Aires o Bolivia, ni mucho menos cuando Madero fue asesinado. En aquel tiempo no había OEA, claro; pero la doctrina Monroe se creaba como la verdadera constitución iberoamericana

Hoy, los vientos de la democracia neoliberal dispersan otras semillas. Esas cosas no se hacen, niños, dicen desde Washington la señora Clinton y la Organización de Estados Americanos, cuya reivindicación a la autonomía cubana (por cierto) ha tardado nada más medio siglo y cuya historia es una vergüenza de burocratismo colonial tardío.

Y ante el asunto se alza una voz igualmente descalificada: el organismo internacional de reparto de petrodólares de Hugo Chávez, poéticamente llamado ALBA.

“…los países miembros de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (aquí entran a coro Soledad Bravo y Daniel Viglietti) hemos decidido retirar a nuestros embajadores y dejar a su mínima expresión nuestra representación diplomática en Tegucigalpa hasta en tanto el gobierno legítimo del presidente Manuel Zelaya sea restituido plenamente en sus funciones”.

Si el ex presidente Zelaya (hoy irónicamente peregrino por tierras ticas con la “dignidad” de legítimo) regresara a su silla, Hugo Chávez habría logrado imponer a su “Juanito” en la Iztapalapa de Tegucigalpa.

Pero en este caso con el aplauso, consenso y colaboración de las “jóvenes democracias” latinoamericanas, incluyendo la nuestra. ¡Dios mío!, cuánta banana…

Calderón en el circo de Chávez

La historia en breve
Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

No había de otra más que estar en esa mesa en Managua. Y subrayar con aire indignado el discurso antigolpista. Lo hizo Felipe Calderón al exigir para Honduras política sobre violencia, racionalidad sobre sinrazón.

Calderón tenía que ir a decirlo sin ambigüedades, ahí, a la casa de Daniel Ortega, quien hace 30 años tomó por las armas el poder en Nicaragua; a un lado del presidente de la dictadura cubana, Raúl Castro, quien, caradura, señaló que el “golpe de Estado fascista en Honduras es una afrenta a Latinoamérica”.

Había que ir a apuntalar a Manuel Zelaya, quien habla en primera persona del singular y presume haber logrado, él, el mayor crecimiento económico en la historia de Honduras, y a quien no sólo se le rebeló el Ejército, sino el Congreso y la Corte, cuando se le ocurrió organizar con todas las ventajas una “consulta ciudadana” para poder reelegirse una y otra vez.

Pero, sobre todo, había que irse a meter al reino de Hugo Chávez, un militar que encabezó un fallido golpe de Estado y ahora usa su inmenso poder para mantenerse a perpetuidad en la presidencia de Venezuela. Al circo de Chávez: habló el tiempo que quiso, adjetivó como un gorila, entró y salió de los problemas de otros países con su pasaporte de impunidad.

Calderón, en su papel de presidente pro témpore del Grupo de Río y moderador de la mesa, celebró, aplaudió. En nada se diferenció de Ortega, Raúl, Evo Morales. Sin matices, fue ayer en Managua otro de los peones de Chávez.

Lo más notable, quizá, es que se le veía en su mole. No está por demás recordar, entonces, que él gobierna México con 30, 40 mil soldados patrullando las calles a diario.

Las venas abiertas de la América Latina del siglo XXI.

Siéntense

Marcelino Perelló
bruixa@prodigy.net.mx
Excélsior

Es preciso no hacerse demasiadas bolas. Sólo tantitas. La democracia no es la libertad.Lo asentó de manera transparente, y hace muy poco, quien es el principal apologeta teórico de la democracia, Jürgen Habermas. La democracia es el voto. Ni más ni menos.


Fue Thomas More, Tomás Moro, quien llamó a su obra magna Utopía, el espacio que no está. Que no está en ningún lugar. Que no tiene sitio. Apareció a inicios del siglo XVI. Thomas escribió primero el segundo volumen y un año después el primero. Por lo visto ya había perdido la cabeza mucho antes de ser decapitado.

Se trata, ya lo sabe usted, de la descripción de una ciudad ideal e imaginaria, en la que no existen los conflictos. Con el tiempo, el término y sus derivados fueron haciendo fortuna y hoy se emplea en el sentido de una jalada inalcanzable. Inalcanzable, tal vez sí, pero jalada en ningún caso. Se trata de uno de los textos más perspicaces y filosos de la historia de la reflexión social. A través de la ironía, Moro pone de manifiesto de manera flagrante, sanguinaria, diría yo, que a la sociedad le es inherente el conflicto.

Es un libro que se adelanta por lo menos dos siglos a su tiempo. No será sino hasta Jonathan Swift cuando podremos volver a ver una sátira semejante. Y tendremos que esperar otros dos siglos para que sea recuperada por los pensadores del XIX. Entre ellos destaca de manera brillante, por supuesto, Karl Marx, quien de la mano de Georg Wilhelm Hegel deja establecido para siempre que Utopía no existe. Ni puede existir.

El mismo Lenin fue preguntado alguna vez si, una vez superado el socialismo, en la sociedad comunista seguirían vigentes las leyes de la dialéctica y se producirían contradicciones y enfrentamientos. “Por supuesto”, respondió, sin titubear. “¿Y cuáles serán estos?”, inquirió a continuación el interlocutor, desconcertado. “Esto, joven camarada, deberá esperar a preguntárselo a los ciudadanos del comunismo”.

A mediados del siglo XX, el poeta francés Roger Fernay le puso letra a una bellísima melodía del gran Kurt Weill, y la llamó Youkali. “Con mi barca vagabunda salgo en búsqueda de Youkali, la isla de la felicidad perpetua. Se encuentra en el fin del mundo, pero no renunciaré en mi empeño. Youkali es el país de los amores correspondidos, de la armonía, del entendimiento y el bienestar permanentes. Sólo un problema tiene Youkali: Youkali no existe”.

Youkali es, pues, una utopía. Inalcanzable. También es generalmente considerado utópico el proyecto anarquista de una sociedad sin gobierno, sin leyes y sin dinero. Y sin dios, de pasadita. Ya lo he dicho y repetido, y hoy lo vuelvo a decir y a repetir: Si la acracia, la ausencia de gobierno, es una utopía, la democracia, el gobierno del pueblo, lo es en grado mucho más extremo y descabellado.

Los problemas empiezan desde la etimología misma. Demos y kratos. Pueblo y poder. Pero el pueblo, por definición, es aquello que carece de poder. Sobre el que se ejerce el poder. ¿A quién gobernaría un gobierno del pueblo? ¿A sí mismo? Variante curiosa del gobernar, ya no sé si especialmente fácil o especialmente difícil.

Desde hace unos años, digamos 30 o 35, la democracia ha sido instalada en un altar. Es Youkali. Es el ideal que nuestra barca vagabunda debe perseguir incansablemente. Con la diferencia de que los demócratas de pro están convencidos de que su Youkali sí existe. Y siguen remando. Y siguen esperando que lleguen esos vientos favorables que nunca llegan.

El término “democracia” (las comillas deberían ser consideradas un signo ortográfico obligatorio. Los niños, entonces preguntarían: “¿Papá, democracia se escribe con comillas?” Y el progenitor, cariñoso pero severo, les respondería: “Obviamente, hijo mío. ¿O si no, cómo?”). El término “democracia”, pues, se identifica hoy, de manera inextricable, con el de “libertad”.

¿Es necesario decir que se trata de un craso error? Esperaría que no, pero igual lo digo. Se atribuye a Alexis de Tocqueville la definición lapidaria: “Democracia es la tiranía de la mayoría”. Se trata de un esclarecimiento mucho mejor, más ajustado, pero aún insuficiente. ¿La mayoría de quiénes? ¿De veras creía el buen Alexis que las mayorías realmente gobiernan? El poder, el poder real, reside siempre en una minoría muy estricta. Del que alguna mayoría tal vez hace el coro.

Los crímenes cometidos en nombre de la democracia son incontables a lo largo de la historia y a lo ancho de los meridianos. Desde la Revolución Francesa al putsch de anteayer en Honduras. Pasando por la democrática destrucción de Irak y la no menos democrática persecución a los vascos, avaladas ambas con alborozo por los representantes del pueblo en Estados Unidos y en España.

Es preciso no hacerse demasiadas bolas. Sólo tantitas. La democracia no es la libertad. Lo asentó de manera transparente, y hace muy poco, el que es el principal apologeta teórico de la democracia, Jürgen Habermas. La democracia es el voto. Ni más ni menos. Si hay voto hay democracia y, si no, no. No es preciso darle demasiadas vueltas.

Es una forma particular de legitimación del poder actual, como antaño lo fueron la herencia dinástica o la voluntad de los dioses. En plural o en singular. Da lo mismo. En otra aproximación, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que la democracia era una superstición, un abuso de la estadística. En otras palabras, la cuantificación de la razón. Eso sería, divino ciego, si el voto fuera libre, pero resulta que no lo es. Los mecanismos de control, condicionamiento y manipulación que hoy poseen los game masters han convertido el viejo sueño del ágora griega o de Montaigne en un simple acto más de consumo.

Y ya que voy de citas, permítame recordar al más ilustre publicista de México, el siempre añorado Eulalio Ferrer (don Eulalio era mucho más que eso). De él escuché que ya no existía ninguna diferencia entre la propaganda electoral y la publicidad comercial.

Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista. Sus promotores e integrantes, por otro lado harto respetables, insisten en que hay que votar, votar nulo, pero votar. Es imprescindible cumplir con la obligación ciudadana. Con el ritual democrático. Finalmente no hacen sino convertir el acto de protesta en una opción electoral más. Queremos participar del proceso. Queremos que nos cuenten. La cosa es contar: Quiénes son más y quiénes son menos, independientemente de la razón que les asista.

Hay una contradicción de fondo ahí. Hay un apoyo vergonzante al IFE y a toda su parafernalia. A fin de cuentas será el IFE quien les diga cuántos son. Y sería realmente chistoso que después de los comicios acusaran al Instituto Electoral de haber cometido fraude y de haberles escamoteado muchos de sus votos nulos.

A los abstencionistas también los va a contar el IFE. No le va a quedar de otra. Pero al menos no le van a hacer el juego. No lo van a usar. Y a los no empadronados, como yo, ni siquiera nos van a contar. Y a mucha honra. Ellos, que saben contar, no cuenten conmigo. Vayan a votar, amigos míos anulistas. Vayan a votar en blanco o por candidatos independientes. En la siempre reconfortante expectativa de que los políticos aprenderán la lección. Vayan a votar y esperen. Sentados.

bruixa@prodigy.net.mx

Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista.