julio 02, 2009

Chantaje

Francisco Garfias
www.elarsenal.net
Arsenal
Excélsior

Hace unos días publicamos en este espacio la queja del municipio perredista de Ecatepec, en el sentido de que el Gobierno del Estado de México, determinado a recuperar para el PRI la demarcación más poblada del país (tres millones de habitantes), repartía cemento y tinacos a diestra y siniestra.

Pero esa denuncia, no desmentida, trajo una réplica, que llegó al correo del reportero acompañada de una grabación que contiene un elocuente monólogo de Carlos Bravo, director de Obras del municipio, con sus empleados.

El funcionario, cuya voz fue grabada por uno de los asistentes, advierte a sus interlocutores que si al día siguiente no le llevan copia de la credencial de elector de por lo menos cuatro personas —familiares, amigos, afines— perderán su chamba.

El descarado chantaje de Bravo ilustra cómo se hacen las cosas en Ecatepec para robarse la voluntad de los ciudadanos. El funcionario dice, textual:

“Nosotros hemos dado mucho hacia con ustedes, y eso no lo había yo reflexionado. Les agradezco su trabajo, su apoyo, porque eso también vale. Pero ahorita yo lo único que les pido es un favor, como ustedes no sé cuántos me han pedido. Y no se los estoy cobrando, solamente les pido un favor, que creo no es muy difícil de hacer.

“Y si alguien cree que es difícil de hacer ese favor, la indicación es clara y directa: ni vengan mañana si no pueden traer copia de esa cantidad de personas, porque se les va a dar de baja. Se les ha dado el apoyo, se les brindaron muchas cosas, no se vale que nos paguen o que nos tomen de a locos…

“Se ve cuando hay intención de hacer (las cosas) y también se puede notar fácilmente cuando hay desinterés y apatía, porque uno se siente tan chingón que dices ‘yo encuentro trabajo donde quiera, yo no necesito estar aquí’; si así lo creen, de verdad les digo, váyanse a conseguir trabajo donde ya saben que se los van a dar, porque son bien chingones.

“Yo lo único que les pido es ese favor: mañana, antes de las 12, necesito copia de la credencial de cuatro personas ¿ok?”

Al final de la grabación se escucha al funcionario decir que se siente “medio mal”, que nada más desayunó y que no ha comido. “El día ha sido muy pesado, uno se rompe la madre por todos”, presumió. La queja del sacrificado funcionario, usted lo entenderá, nos conmovió profundamente.

* * *

La desesperación del funcionario perredista parece explicarse por lo que se anuncia para el municipio. Encuestas internas del tricolor aseguran que su candidato a alcalde en Ecatepec, Eruviel Ávila, lleva una delantera nada más de ¡20 puntos! Peor aún: la zigzagueante ex diputada federal Marcela González Salas, originaria de ese municipio, abandonó las filas del PRD para volver al PRI, donde militó muchos años.

En la trinchera de enfrente, el demócrata Andrés Manuel López Obrador declaró que no permitirá que le arrebaten Ecatepec a los candidatos pejistas que juegan bajo las siglas del PRD, sino que evitará que “las mafias de México” lleven a la Presidencia de la República a Enrique Peña Nieto, “el ahijado de Carlos Salinas de Gortari”. ¿Andará nervioso?

Las encuestas del PRI aseveran que sus candidatos arrebatarán al PAN los municipios de Toluca, Naucalpan, la joya del panismo, Cuautitlán Izcalli y otros. Dicen que saldrán también victoriosos en Metepec, donde gobierna una coalición que encabeza el PRD. Habrá que ver si al PRI no se le pasa la mano y volvemos en ese estratégico estado a los tiempos del carro medio completo.

n Poco antes de que anunciara su renuncia al PAN para sumarse a la campaña de Fernando Toranzo, candidato del PRI al gobierno de San Luis Potosí, el ahora senador independiente Eugenio Govea se reunió con la presidenta nacional del PRI, Beatriz Paredes, de acuerdo con fuentes del tricolor.

No se sabe qué le ofreció la tlaxcalteca al ex panista para que se pusiera a operar abiertamente en favor del doctor Toranzo en la zona media del estado, donde tiene indiscutible influencia. Nadie duda que hubo un acuerdo. Sólo ellos dos saben el precio que Paredes le pagó a Govea por su traición de “cuarto para las 12”.

La desesperación de ese servidor público parece explicarse por lo que se anuncia para el municipio.

El voto nulo o consecuencias de la inconsecuencia

Lorenzo Meyer
Reforma

El rechazo actual a la clase política viene de la desilusión del ejercicio democrático una vez que se logró la alternancia

El "Voto en Blanco" y la política negra

El gran cambio político del 2000 -el hipotético inicio de la consolidación de la democracia electoral- ha resultado básicamente un hecho inconsecuente: nada realmente sustantivo ha cambiado en la dirección esperada. Al contrario, por lo que hace al sentido de rumbo, confianza, crecimiento económico, gobernabilidad, seguridad, combate a la corrupción, confianza en las instituciones, calidad de la educación y otros temas similares estamos igual o peor que antes.

La inconsecuencia del supuesto parteaguas del 2000 ya tiene consecuencias; una de ellas es el rechazo activo de una parte de los ciudadanos a la clase política usando su boleta electoral este 5 de julio para negarle su apoyo a todos los partidos registrados y dejar constancia de su total inconformidad con la situación existente. El objetivo de depositar la boleta en blanco, anularla o votar por un candidato sin registro es actuar dentro del marco institucional para hacer patente la ausencia de alternativas auténticas o, lo que es lo mismo, la falta de contenido real de la fórmula electoral. Se tratará, en cualquier caso, de un acto con claro contenido político aunque su significado está sujeto a su importancia cuantitativa.

Si el proceso político actual tuviera sentido -si el votante pudiera decidir entre programas realmente contrastantes y encarnados por políticos con carreras que confirmaran su honestidad y eficacia-, entonces el llamado a anular el voto, otorgarlo a un candidato sin registro o depositarlo en blanco, sería una estupidez, un sinsentido. Sin embargo, la innegable ineficacia, deshonestidad e impunidad de la actual clase política mexicana -existen excepciones notables pero son pocas y sistemáticamente neutralizadas por la mayoría dominante- son lo que hace que, pese a todo, el destino del voto de protesta sin referente partidista sea hoy el más digno y el menos malo de los posibles. Así de dañados nos encontramos.

Un voto que los partidos se ganaron a pulso

Desde que en los 1980 se inició la insurgencia electoral mexicana, la parte más viva y emprendedora de la ciudadanía empezó a imaginar que el voto, hasta entonces un instrumento históricamente deleznable frente a las posibilidades de la violencia y la revolución, había modificado su naturaleza y por fin la vía pacífica podría llegar a tener sentido, a tener consecuencias. El descalabro que fue el fraude salinista de 1988 no acabó con este sentimiento de esperanza, aunque sí lo hizo más realista. En los 1990 un grupo cada vez más numeroso de ciudadanos se entusiasmó con la posibilidad de estar viviendo y protagonizando un cambio histórico. Esta sensación de haber encontrado una razón de ser del ciudadano alcanzó su cima con la expulsión pacífica del PRI de "Los Pinos" en el año 2000. Sin embargo, muy pronto una parte del electorado se vio obligada a llegar a la conclusión de que su esperanza había vuelto a naufragar, que la clase política volvía a estar por debajo de las circunstancias.

La razón de fondo de la actual desilusión ciudadana es el estancamiento e incluso el retroceso de lo que podría llamarse el proyecto mexicano. Y una de las fuentes de esa ausencia de horizontes es la incapacidad de los partidos de tomar en cuenta, de asumir como propios y transformar en políticas efectivas los intereses de la mayoría. Aunque los términos crisis y permanencia son, en principio, contradictorios, en muchos círculos domina la sensación que el país está sumergido en una "crisis permanente". Domina la sensación, por un lado, de que en el último cuarto de siglo el desarrollo material del país se ha estancado y, por el otro, de que una minoría abusiva ha prosperado de manera tan notoria que resulta obscena y, finalmente, de que hay una relación de causalidad entre lo uno y lo otro.

Entre las razones más inmediatas y concretas del descontento prevalente está el sistema electoral. Las encuestas de opinión muestran que una mayoría de ciudadanos ve al sistema de partidos como un conjunto de organismos no confiables ni respetables. Desde la izquierda, el agravio es mayor por la negativa de las autoridades electorales, apoyadas por el grueso de los partidos y de los "poderes fácticos", de nulificar la elección del 2006 y ordenar su reposición como resultado de la interferencia ilegal y reconocida en el proceso electoral del presidente Vicente Fox y del Consejo Coordinador Empresarial. En el mismo sentido opera la negativa a proceder con el recuento de los sufragios para dar certeza a un resultado donde la diferencia entre el supuesto ganador y su rival más cercano fue de apenas medio punto porcentual y con muchos errores en las actas. La certidumbre de que en la actualidad los dados electorales están tan cargados como en el pasado se afirma al ver que la composición de la directiva del IFE se integra no con representantes de los ciudadanos sino de las dirigencias de los partidos o de feudos tan notables como el SNTE y que en el TEPJF sucede lo mismo.

La falla de la legitimidad

Quienes ganaron en el 2000 el control de las estructuras del poder político decidieron mantener la Presidencia en 2006 bajo la divisa de "haiga sido como haiga sido". Consideraron entonces que "Los Pinos" bien valía los costos que implicaba primero el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, el líder de la izquierda, luego una campaña electoral basada en el miedo y finalmente el desgaste de las instituciones electorales que hicieron de lado su supuesta neutralidad y privaron al proceso de su necesaria pulcritud y certidumbre en sus resultados.

En 2006 el tema de la legitimidad fue relegado a un plano secundario por los supuestos triunfadores de la contienda y lo mismo volvió a ocurrir en la lucha interna de un PRD ya muy polarizado por la derrota electoral. Sin embargo, es justamente ese tema de la legitimidad -de la ausencia de legitimidad en el sistema político- lo que ahora da sentido a la conducta de quienes rechazan al conjunto de los partidos y sus políticas. Mediante ese rechazo se pretende desaprobar la naturaleza misma del poder imperante y poner la base de otro donde la legitimidad tenga posibilidades de ser lo que siempre debió ser: su columna vertebral.

El tema de la legitimidad política es fundamental en cualquier sociedad y época. Todo ejercicio del poder necesita justificarse a los ojos de aquellos que están sujetos a sus dictados. Max Weber identificó tres formas históricas básicas de autoridad legítima: la tradicional, la carismática y la legal-racional. En los Estados modernos, esta última debe ser la dominante aunque no la única. Como bien lo señaló Seymour Martin Lipset -uno de los grandes politólogos del siglo XX- este tipo de legitimidad implica "que el sistema político imperante tiene la capacidad de engendrar y mantener la idea que las instituciones políticas existentes son las más apropiadas para la sociedad en cuestión" (Political Man: The Social Bases of Politics, 1963). Sin embargo, es justamente eso lo que no sucede hoy en México: nuestra estructura institucional es cuestionada por muchos y, de nuevo, las encuestas lo prueban.

Y es que simplemente echando una mirada a lo que nos rodea, se llega a la conclusión de que las instituciones, desde la Presidencia, pasando por la economía hasta llegar a las guarderías para niños de madres trabajadoras, están fallando de forma espectacular o trágica. Felipe Calderón pidió el voto definiéndose como "el presidente del empleo" pero con la caída de 8 por ciento del PIB lo que domina es el desempleo. La violencia relacionada con el crimen organizado no disminuye sino aumenta 67 por ciento respecto al mismo periodo que el año pasado. El director general de la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito no ha vacilado en admitir que "México es un caso extraordinariamente violento y una situación sin par en el mundo" (El Universal, 25 y 30 de junio). Por su parte, el Banco Mundial, en su Indicador de Gobernabilidad Global 2009 reprobó a nuestro país en cuatro de los seis índices que lo forman: a) estabilidad política y ausencia de violencia, b) Estado de derecho, c) rendición de cuentas y participación ciudadana y d) control de corrupción. Sólo lo aprobó, y no por mucho, en: a) calidad regulatoria (calidad de la burocracia) y b) efectividad de gobierno (Reforma, 30 de junio).

En Conclusión

La próxima elección tendrá ganadores y perdedores formales. Sin embargo, los resultados de las urnas deberían de leerse e interpretarse a la luz de la abstención, de las diferentes modalidades del voto nulo y, sobre todo, de las fallas en la legitimidad del poder político como un todo.

Diez formas de votar

Alfonso Zárate
Usos del poder
El Universal

Este domingo millones de mexicanos concurrirán a las urnas. No hace mucho el reclamo de los ciudadanos más conscientes era muy simple: “Que el voto cuente y se cuente”; los ardides para torcer la voluntad popular en los años de la República priísta configuraron una colección de trampas: las urnas embarazadas, los carruseles, el ratón loco, la operación tamal... Pero hoy no se discute la validez del sufragio, sino la valía de las opciones: lo que se debate es votar o anular el voto. La polémica, sólida, informada, ha convocado por igual a analistas que ciudadanos ordinarios y tiene un denominador común: el desencanto con los políticos y sus partidos.

En algunas de las propuestas subyace una visión cándida de la política y de los políticos; se buscan personajes virtuosos, inmaculados, y sólo encuentran seres humanos. El análisis desde “el castillo de la pureza” no encuentra a nadie digno del voto; si acaso la diferencia, dicen, es entre malos y peores. Pero si bien es cierto que entre los contendientes prevalece la mediocridad, también lo es que la clase política no es diferente a la sociedad que representa. Candidatos y dirigentes partidistas no provienen de otra galaxia ni están hechos de diferente pasta que muchos de los ciudadanos de a pie, ésos que toleran y fomentan la ilegalidad en las autoridades, se muestran proclives a eludir responsabilidades fiscales o de plano son reacios a cumplir leyes y reglamentos.

A pesar de la vitalidad de este debate, son muy diversas las motivaciones frente a las urnas que el próximo domingo habrán de expresarse significativamente:

1. El voto duro: El elector vota por el partido, más allá de quién sea el candidato; lo hace por lealtad, por militancia, por sentido de pertenencia. No hay razón que valga (las malas cuentas, la trayectoria delincuencial de algunos candidatos) ante la convicción de votar por “su” partido.

2. El voto de castigo: Al votar, el elector castiga al partido que entrega malas cuentas. En algunos casos, un buen candidato o candidata pierde porque milita en un partido que ha tenido un desempeño lastimoso.

3. El voto en defensa propia: Es aquel que se emite como reacción ante la amenaza real o imaginaria que perfilan un candidato o un partido. En 2006 el PAN logró posicionar la idea en amplios sectores de Andrés Manuel López Obrador como “un peligro para México”. También votan en defensa propia quienes han sido muy lastimados por los gobiernos neoliberales y se suman a quien promete “salvar a México”.

4. El voto de conveniencia o inducido: Se vota a favor del candidato que se considera más funcional a los intereses propios. Aquí estarían, lo mismo, las inversiones de los poderes fácticos para apuntalar un candidato o a un partido, que las viejas formas de “compra de voto”: despensas, materiales de construcción, trámites, etcétera.

5. El voto por afinidad: Cuando se produce el clic del elector con el candidato. Más allá del partido que lo postule o de las propuestas que exponga, el elector votará porque le parece atractivo, “guapo”. No importa que se trate de una envoltura sin producto, ni su trayectoria o sus complicidades con personajes turbios, carita mata biografía.

6. El voto útil o estratégico: Ante la inviabilidad del triunfo del propio candidato, se vota por el contendiente con mayores posibilidades de derrotar al partido o al candidato que les genera mayor rechazo. En 2000 la derrota de Francisco Labastida del PRI y el triunfo de Vicente Fox de Acción Nacional se explican en gran medida por el “voto útil” que al final resultó “el voto útil por el inútil”.

7. El voto ético: Se vota por un proyecto; el elector sabe que no ganará pero vota por el candidato o el partido más cercano a sus valores (el respeto a la diversidad sexual o la despenalización del aborto, por ejemplo). Eso fueron los votos por Gilberto Rincón Gallardo, del Partido Democracia Social, que, sin embargo, no fueron suficientes siquiera para mantener el registro.

8. El voto razonado: Se decide el sufragio a partir del análisis de las trayectorias y propuestas de los candidatos y los partidos. Se trata de un tipo escaso de sufragio en virtud de la desinformación que prevalece.

9. El voto nulo: El elector quiere mandar un mensaje de rechazo al sistema de partidos. No es la abstención sino la decisión más consciente de reprobar la política y a los políticos.

10. El voto “Chingue a su madre” —los oídos sensibles pueden reemplazar este nombre por otro: “Que sea lo que Dios quiera”—. Se trata de un voto irreflexivo, que se deja a la suerte.

Y usted, ¿en cuál se ubica?

Las formas no fueron las mejores

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Es cierto: los congresistas y los magistrados de la Corte Suprema de Honduras y los jueces del Tribunal Supremo de Elecciones podrían haber enjuiciado pura y simplemente al presidente Zelaya en vez de que los militares de las Fuerzas Armadas se aparecieran por su casa —de madrugada, como en tiempos de Stalin— para echarlo del país. El juicio, sin embargo, era cosa de las calendas y con esta gente, la verdad, no puede uno andarse con demasiados miramientos porque cuando te das la vuelta ya se apoltronaron para siempre en la silla presidencial lo cual, en sí mismo, sería un mal menor considerando que lo verdaderamente nefasto de su gestión es la pérdida de las libertades y el fatal empobrecimiento de sus pueblos.

En lo personal, los próceres me dan urticaria; al encargado mayor de la cosa pública en una nación lo prefiero discretito, sin carisma alguno y simplemente trabajador. Ahí están, para mayores señas, la señora Bachelet y don Tabaré Vázquez, presidentes ambos de países ordenados y pertenecientes los dos a la izquierda latinoamericana esclarecida. Son personas que llevan los asuntos de la patria sin estridencias y sin deseo alguno de protagonismos desmesurados. Y son, por ello mismo, líderes fundamentalmente beneficiosos para sus países, personas que no buscan dejar una huella inmarcesible en la historia de la humanidad ni reinventar el mundo desde sus mismísimas raíces.

Por cierto, el Ejército de Honduras no ha tomado el poder sino que nada más fue el protagonista de una operación muy desafortunada. Y el presidente en funciones, hasta nuevo aviso, no tiene la intención de perpetuarse en el poder sino de administrar meramente los asuntos corrientes hasta la celebración de nuevas elecciones, en noviembre. Éste es el golpe de Estado más tibio y menos cruento del que tengo memoria. Naturalmente, se puede alegar que el orden legal ha sido fracturado. Pero, señoras y señores, eso, en nuestro subcontinente, ocurre todos los días sin que la OEA, la ONU y todos los demás se den por enterados.

¿Formar un nuevo partido?

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Dice el Presidente: “Queremos mejores partidos, hagamos esos partidos, participemos en los partidos, y si no convencen éstos, hagamos otros”. Suena bien. Lo que no dice Calderón es el proceso tortuoso que se requiere para formar un nuevo partido. Tampoco reconoce que, conforme ha pasado el tiempo, los partidos existentes han hecho más complicado dicho proceso. En este rubro, como en otros, los partidos se han comportado como monopolios: han subido las barreras de entrada a nuevos jugadores con el fin de que haya menos competencia.

Para formar un partido, una organización de ciudadanos debe realizar asambleas “con tres mil afiliados en por lo menos veinte entidades federativas, o bien tener trescientos afiliados, en por lo menos doscientos distritos electorales uninominales”. Esto significa movilizar a 60 mil ciudadanos con credencial para votar en casi todo el país. Más aún, la ley obliga a que el nuevo partido cuente con por lo menos “0.26 por ciento del padrón electoral federal” de afiliados. Al día de hoy, esto implica 186 mil ciudadanos.

Es una barbaridad de gente. Ni Calderón logró movilizar esa cantidad de votantes en la elección interna del PAN para escoger a su candidato presidencial en 2005. El hoy Presidente obtuvo 153 mil votos de los militantes y adherentes de AN. Santiago Creel consiguió 95 mil y Alberto Cárdenas 47 mil. Y cada uno de estos candidatos se gastó 75 millones de pesos en su campaña. Vea usted la magnitud de la barrera de entrada para nuevos partidos. Con un gasto de 75 millones Calderón obtuvo 154 mil votos de gente muy politizada ya organizada dentro del PAN. ¿Quién podría hoy en México afiliar a 186 mil ciudadanos y organizar asambleas donde participen 60 mil electores a lo largo y ancho del país?

Digamos que alguien lograra esta hazaña. Tendría que enfrentarse, entonces, a un vía crucis burocrático con el fin de obtener el registro. Para empezar, el IFE sólo abre una vez cada seis años la posibilidad de nuevos registros “en el mes de enero del año siguiente al de la elección presidencial”. Luego la organización tiene que celebrar las asambleas que deben ser certificadas por el Instituto. Hay que presentar “las listas de afiliados, con el nombre, los apellidos, su residencia y la clave de la credencial para votar”. Además, el IFE tiene que verificar que en la asamblea no exista “intervención de organizaciones gremiales o de otras con objeto social diferente al de constituir el partido político”. No lo aburro más con otros requisitos que obliga la ley. En última instancia, la constitución del nuevo partido está sujeta a la aprobación del Consejo General del IFE y puede ser impugnada frente al Tribunal Electoral.

Digamos que alguna organización logra saltar esta increíble barrera. Pues tiene tres añitos para obtener en la siguiente elección nacional 2% de la votación total. De lo contrario, pierde el registro.

¿A quién benefician estas reglas? Pues a los partidos existentes.

En Brasil, que tiene 80 millones de habitantes más que México, para constituir un partido se necesitan “cincuenta mil electores, distribuidos por cinco o más circunscripciones electorales, con el mínimo de mil electores en cada una”. ¿Por qué en México tenemos una barrera más alta? Muy sencillo: porque así la han puesto los partidos existentes para limitar la competencia.

Calderón siempre ha hecho política dentro de su partido. Ha tenido que pagar los onerosos costos de la vida partidista. Y ahora aparece un grupo de ciudadanos que desdeña a todos los partidos. En la reflexión presidencial, percibo un cierto enfado contra ellos. Entiendo la molestia del Presidente. Al fin y al cabo, Calderón es un hombre de partido que tiene todo el derecho de cuestionar la postura de insatisfacción con los partidos. Lo que no se vale es que invite a formar un nuevo partido en la retórica, cuando él sabe que es casi imposible hacerlo en la práctica.

¿A quién benefician estas reglas? Pues a los partidos existentes.