julio 03, 2009

Ni golpe chavista ni golpe bananero

Fran Ruiz
fran@cronica.com.mx
La aldea global
La Crónica de Hoy

Hay dos formas de dar un golpe de Estado en Latinoamérica: la fórmula clásica de golpe de Estado militar, apoyado normalmente por Estados Unidos (pongamos como caso paradigmático el de Pinochet en Chile); o la más moderna que consiste en, una vez instalado en el poder mediante elección democrática, el presidente retuerce todos los resortes del Estado —intimida a la oposición, silencia a la prensa, etc...— para modificar a su antojo la Constitución y perpetuarse en el poder (es el caso Chávez en Venezuela).

Pues bien Honduras, el segundo país más pobre del continente y cuyo largo historial de golpes dio origen al término despectivo de “república bananera”, iba este domingo a ser escenario de un golpe de Estado al estilo Chávez, pero se anticipó en la madrugada de ese mismo día otro golpe, en este caso al estilo clásico bananero: el presidente Manuel Zelaya es despertado a punta de fusil y, sin tiempo para quitarse la pijama, es obligado por los militares a montarse en un avión y es sacado del país.

El venezolano Hugo Chávez —cuyas ansias de aferrarse al poder le llevaron primero a encabezar un golpe de Estado militar (1992), que fracasó, y cuando ganó por las urnas, hace ya 10 años, a moldear la Constitución para gobernar indefinidamente— se desgarra ahora las vestiduras erigiéndose como abanderado de la democracia, cuando en realidad está maldiciendo a los nuevos golpistas sólo porque estos militares hondureños no apoyaron el autogolpe que pretendía asestar su aliado Zelaya.

Efectivamente, los militares hondureños le estropearon su plan, consistente en apoyar logísticamente a su aliado Zelaya —con el envío de urnas y papeletas, que el propio mandatario hondureño recogió en el aeropuerto— para haber celebrado el pasado domingo un referéndum con el que pretendía adaptar la Carta Magna de esa nación centroamericana al socialismo chavista, empezando por la reelección indefinida del presidente.

Chávez, ya sabemos, lo mismo manda maletas llena de dinero a Cristina Fernández para su campaña electoral en Argentina, que vende petróleo barato al sandinista Daniel Ortega o a los hermanos Castro, que suministra de armas al boliviano Evo Morales: el objetivo es tejer una red de clientes en toda la región dispuestos a seguirlo donde sea.

A Honduras la tenía prácticamente en su órbita, pero Chávez y su aliado Zelaya cometieron varios errores de cálculo que han llevado a la actual crisis: Honduras históricamente es un país muy ligado a Estados Unidos, no sólo por los centenares de miles que trabajan allí, sino por las ayudas financiera y militar que Washington envía. Prueba de estas buenas relaciones fue la victoria del Partido Liberal, un partido derechista proestadunidense en el extremo opuesto del modelo de izquierda radical chavista que se expande por la región.

Por eso, la sorpresa para muchos liberales tuvo que ser mayúscula cuando su candidato Zelaya, ya elegido presidente, anunció su conversión al chavismo. Pero quizá el error más grave del nuevo mandatario fue pretender que su partido, los votantes liberales y las instituciones del Estado, empezando por el Ejército, se convirtieran también a la fuerza.

Era tal la confianza que tenía Zelaya en sí mismo que la noche del sábado al domingo pasado se fue tranquilamente a la cama sin sospechar que el cese fulminante de su jefe de las fuerzas armadas, Romeo Vázquez, por no aceptar el citado referéndum, declarado además ilegal por la Corte Suprema y el Tribunal Electoral, traería graves consecuencias.

Pero la lógica en cualquier manual democrático habría sido radicalmente diferente a lo que a continuación sucedió. En vez de abrir el Congreso un proceso de destitución contra el presidente, por el desacato manifiesto de Zelaya al Poder Judicial, los militares, con la complicidad de los legisladores y los jueces, optaron por la peor de las soluciones: un golpe de Estado para evitar otro golpe de Estado. Todo al más puro estilo de república bananera.

Las que iban a ser víctimas de la deriva autoritaria de Zelaya —los poderes Legislativo y Judicial, y las fuerzas armadas— son ahora los malos de la película y el presidente depuesto se ha convertido en víctima arropada por toda la comunidad internacional, que exige, como no podía ser de otra manera, la restitución del orden democrático, empezando por la vuelta al poder de Zelaya.

Para empeorar las cosas, el gobierno “de facto” está recortando más derechos civiles y mantiene su desafío a las amenazas de aislamiento internacional. Honduras se hunde así cada vez más en el abismo y crece el peligro real de un enfrentamiento civil entre chavistas-zelayistas y sus adversarios.

Por eso es vital que se imponga la cordura y ésta pasa por el rápido regreso de Zelaya y la apertura de un proceso dialogado y sin revanchas entre las partes, que bien podría pasar por un adelanto de las elecciones de noviembre, para que sea el pueblo el que dirima qué modelo de gobierno quiere.

Sería imprescindible, por otro lado, que el nuevo líder continental del intervencionismo abandone cualquier injerencia en Honduras; no hablamos ya de Estados Unidos, que con la llegada de Barack Obama ha demostrado su voluntad de no interferir en los asuntos internos de sus vecinos, sino del venezolano Chávez, el único mandatario que no le tiembla la voz a la hora de amenazar con sus ejércitos a otros países y el aspirante a un nuevo modelo de imperialismo que empieza a dividir seriamente a los latinoamericanos.

Por subdesarrollo. No voto

Manuel Frías Alcaraz
Opinión del experto
Excelsior

México siempre se encuentra en elecciones. Dilapida sus limitados recursos en inacabables, confusas y cuestionables contiendas político-electorales. Para conmemorar futuros aniversarios de su vida histórica y asegurar su unidad-posteridad, requiere trascender de sus conflictos internos, liberarse de partidos y grupos que anhelan su propio beneficio; impedimentos que se complican por:

—Aplicación de recursos humanos, naturales y económicos en actividades poco útiles e improductivas: a) Campañas y elecciones políticas continuas y onerosas, presididas o bien representadas por líderes, candidatos y organizaciones que tratan de imitar, adecuar e instituir generalmente de forma errónea teorías y preceptos concebidos para pueblos y naciones muy distintos a México; b) derroche monetario y de tiempo en funciones sociales, burocráticas, especulativas y políticas; c) sobrevivir con planes y programas de emergencia que además de dispendiosos y parciales, sólo aplazan y acrecientan los problemas nacionales.

—Dirigentes que tienen la mente y el corazón puestos en dimensiones inferiores a la grandeza del país. El desarrollo, la riqueza y la distribución equilibrada del patrimonio y el trabajo no se consigue con acciones de compasión, planes ilusionistas y programas de promesas ni con ciudadanos indiferentes pero complacientes y contentos por un regalo o coacción para otorgar su sufragio a partidos que siempre ofrecen las mismas quimeras y pocas veces cumplen. Si se reflexionara en lo expresado por los diversos actores políticos, la sociedad seleccionaría mejor su porvenir; pero al enterarse poco del acontecer nacional, la elección se basa en la opinión de sistemas de comunicación y en tendenciosas encuestas.

—Sustentar y convalidar el hecho de que la democracia el concepto más repetido y menos respetado es la forma y justificación para tener gobiernos que velen por los intereses del país. Al ignorar las raíces y relaciones históricas de los mexicanos para inculcar que el poder reside en el pueblo, lo único obtenido es una malversación del erario para financiar partidos e instituciones político-electoreras que aprovechan la credulidad y paciencia del pueblo para administrar esas organizaciones como propiedad privada y colocar muchas veces en los distintos escaños a familiares, incondicionales y amigos, aunado a que el voto emitido (o renunciado-anulado) es de los más costosos y ofensivos en una nación con severas carencias y graves contrastes sociales.

—En nombre de la libertad de expresión y la democracia, los gobernantes indican el camino al pueblo. Sus expresiones simplistas y triviales para agradar y atraer a una sociedad con poco hábito por la lectura, apoyadas por programas televisivos, radiofónicos e internet; medios impresos que reproducen y engrandecen las incoherencias y procacidades de políticos, se convierte en un ejemplo que deforma y conduce a un estado de indefinición y subdesarrollo.

—Conflictos de poder entre partidos y organizaciones registradas-subsidiadas y no registradas. Servidores públicos y legisladores que en su mayoría tienen superficiales conocimientos de temas trascendentes emplean el tiempo y los recursos en discutir, analizar, estudiar, reformar, cambiar, alterar, detener, anular, archivar, tergiversar propuestas de ley y reglamentos. La vida nacional queda supeditada a la manera de interpretar de los múltiples funcionarios y legisladores, soslayándose el requisito de si cuentan con la experiencia y preparación idónea.

—Grupos insurgentes, de narcotraficantes e inconformes que surgen por doquier. Esta guerra civil motivada por intereses públicos y privados que consideran al país como de su propiedad se extiende con rapidez. La paciencia y el desconcierto llegan a su límite y se manifiestan en organizaciones que toman como estandarte ideologías e iconos revolucionarios con poca aceptación e identidad interna, aunado a que el tráfico de estupefacientes se disemina como un real y peligroso poder y de subsistencia por falta de empleo.

—Insistir en teorías económicas, sean socialistas, capitalistas o combinadas, que favorecen la exportación de productos sin industrializar para intercambiarlos por divisas de papel, en lugar de procesar en la nación los recursos para darles el mayor valor agregado, lo cual favorezca la generación de actividades-trabajos productivos, riqueza e impuestos. En contradicción, aumentan las importaciones para subsanar los desequilibrios asociados a una balanza comercial donde México compra productos manufacturados a muy alto precio y vende-regala recursos de alto valor energético-económico.

—Protagonismo de instituciones y grupos de gobierno, políticos, empresariales, académicos o sociales que reiteran los problemas y necesidades nacionales, sin especificar las soluciones adecuadas. Esta incesante situación de iniciativas incompletas y parciales a los fines de quienes las presentan entorpecen y confunden los objetivos y aspiraciones respecto de la instauración de un auténtico proyecto de país. El resultado, cada organización tiene su planteamiento, sin importar si su compilación o reproducción de las fuentes originales se efectuó bien.

—Queda la factibilidad y construcción de importantes obras de infraestructura a la voluntad y finalidad de grupos que enarbolan y defienden intereses propios, relegándose directrices regionales y nacionales. Este desfavorable hecho se agrava por complacencia e ineptitudes de entidades de gobierno que tratan de justificar sus funciones, pues al aplicar una visión restringida alteran proyectos originales con altos índices de rentabilidad y participación.

Sin duda, existen otras razones por las que México se encuentra en retroceso. Los prevalecientes e interminables conflictos de poder se convertirán de no corregirse a tiempo en una secesión territorial. De ahí que frente a este horizonte político de obstrucción, descalificación, expatriación de ideas y planes de progreso... Por subdesarrollo. No voto.

El desarrollo, la riqueza y la distribución equilibrada del patrimonio y el trabajo no se consigue con acciones de compasión, planes ilusionistas y programas de promesas

Quién gana el domingo

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Gana el presidente Calderón con un 5 de julio en paz y si el PRI (con o sin el Verde) no alcanza los 251 diputados y el PAN obtiene 170. El eventual triunfo del PAN en Sonora no le podrá ser adjudicado bajo ninguna circunstancia.

Gana Enrique Peña Nieto si el PRI le arrebata al PRD una tercera parte de los votos que obtuvo en 2006 en el oriente del Estado de México (Texcoco, Chimalhuacán, Chalco), se impone en Ecatepec y no es barrido en el corredor azul Naucalpan-Atizapán.

Gana Marcelo Ebrard si el PRD se lleva 14 de las 16 delegaciones del DF y los distritos federales y locales obtenidos en 2006, no importan los porcentajes (y si no hay sangre en Iztapalapa).

Gana Andrés Manuel López Obrador si PT y Convergencia alcanzan el registro y, sobre todo, si la suma de los votos de los dos partidos es la mitad de los del PRD (vbgr: PRD, 15; PT + Convergencia, 8); no se diga si Juanito le quita al PRD 30 por ciento de los votos en Iztapalapa.

Gana Germán Martínez si el PRI (con o sin el Verde) no es mayoría absoluta y el PAN obtiene 170 diputados, y si, además de Querétaro y San Luis Potosí, triunfa en Sonora.

Gana Beatriz Paredes casi con cualquier resultado que le dé la victoria general al PRI.

Gana Jesús Ortega si el PRD alcanza 17 por ciento de los votos y, sobre todo, si PT y Convergencia no suman más de seis por ciento.

Gana el Verde casi con cualquier resultado.

Gana Nueva Alianza simplemente sobreviviendo.

Gana el Socialdemócrata simplemente sobreviviendo en el DF.

Gana el movimiento del voto blanco con cualquier resultado por arriba del cinco por ciento.

Gana el IFE con una jornada impecable, un PREP inobjetable y una participación superior a 35 por ciento.

El pleito cuesta

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

No lo sabíamos hace unos años, pero desde las elecciones de 2006 no lo podemos ignorar: las campañas tienen un alto costo para nuestra convivencia.

Acostumbrados como estábamos en el antiguo régimen a que las batallas entre aspirantes fueran palaciegas y a que las labores de cicatrización se dieran también entre bastidores, nos lanzamos a la competencia sin reparos. Tanto en 2000 como en 2006 los candidatos, en particular los panistas, se lanzaron con todo en contra de sus rivales. Pero el pleito cuesta.

Salir de la campaña y la elección de 2006 nos ha llevado años. La polarización cuidadosamente alimentada por Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador estalló en julio de 2006 y nos dejó exhaustos a todos e inoperante a la clase política. Han pasado más tiempo regateándose el reconocimiento y reafirmando su derecho a gobernar que acordando medidas necesarias para el desarrollo del país.

¿Y ahora qué? ¿Cuáles van a ser los costos de esta campaña?

Otra vez la agresiva campaña del PAN nos condena a un tiempo perdido de obligada reconciliación. Ahora será el PRI el que se tome su tiempo para digerir la campaña de Germán Martínez, que recorrió el país sugiriendo que todos, menos Calderón, están tocados por el crimen organizado. No se la van a perdonar tan fácil, y no a él que finalmente es reemplazable, sino al Presidente.

Triunfa el pragmatismo del PRI. Con esa sigla llegan a la cámara los enviados de los nuevos virreyes. Más que diputados priístas habrá que contar con los diputados de Ulises Ruiz, los de Peña Nieto o los de Fidel Herrera.

El Partido Verde, oportunista como siempre, deja una sociedad más proclive a la estéril pena de muerte. La medida no es posible ni deseable, pero al PVEM no le importa, le da votos, nada más (si por algún partido se debe llamar a no votar nunca es por éste).

La izquierda queda hecha trisas y pasará buen rato lamiéndose las heridas antes de volver a ser alternativa para la Presidencia. ¡Si lo vuelve a ser! Se consolida la radicalización de una parte de la izquierda que tardó décadas en abandonar la lucha armada por el poder.

Habrá además que volver a definir las reglas de la competencia porque todos los que pudieron, incluidos los que votaron por la reforma electoral, hicieron todo a su alcance para ridiculizarla.

La competencia es buena y sirve, nadie puede ponerlo en duda. Pero hasta para pelearse hay que aprender.