julio 04, 2009

Vota nulo

Jaime Sánchez Susarrey
Reforma

La necesidad de una nueva reforma electoral no está a discusión. Todos los partidos saben que es impostergable. Por eso hay que incidir en la agenda abriendo un gran debate

1. El voto nulo es un instrumento, no un fin en sí mismo. Por eso es perfectamente razonable que un ciudadano decida votar por algún candidato o partido en un proceso local, sea para elegir delegados, Presidentes Municipales, Gobernador o diputados estatales, y nulifique su voto en los comicios federales. No hay en ello contradicción alguna. En cambio, resulta inadmisible que se haya satanizado a los ciudadanos que han emprendido un movimiento cívico, pacífico y responsable para manifestar su inconformidad. El derecho a votar nulo es inherente a cualquier sistema democrático.

2. El medio es el mensaje. El voto nulo es, ante todo, la expresión de un hartazgo y un rechazo. Hay millones de ciudadanos que no se sienten representados y que están hartos de la voracidad y los abusos de los partidos políticos. Por primera vez en la historia ese malestar ha encontrado un canal para manifestarse. La mayoría de los electores, sin embargo, optará por la abstención. Pero el dato relevante es que la abstención y el voto nulo podrían situarse alrededor del 70 por ciento -tal como lo señaló María del Carmen Alanís, presidenta del Tribunal Electoral Federal. Ese gran No es un mensaje que no podrá soslayarse. Entre otras cosas, porque la nueva Cámara de Diputados sería electa por una minoría (23 millones de un padrón de 77 millones de electores).

3. El voto nulo no es anularse. Al contrario, es una manera legítima y efectiva de manifestar la inconformidad y el rechazo. Los efectos del movimiento anulista son tangibles y están a la vista: ocupó el centro del debate y despertó el interés de muchos ciudadanos que estaban hartos de la gazmoñería y las mentiras de las campañas. Provocó el compromiso de los presidentes del PAN, PRI y PRD de promover la reelección consecutiva de senadores, diputados y Presidentes Municipales en la próxima Legislatura. Impulsó el compromiso de Josefina Vázquez Mota y otros legisladores de revisar los artículos que atentan contra la libertad de expresión y el derecho a la información.

4. El voto nulo es una de las llaves que abrirá la puerta para que se discutan abiertamente los temas de la nueva reforma electoral. No hay que olvidar que la contrarreforma del 2007 fue un verdadero albazo. Con el pretexto de no alertar a "los poderes fácticos", los senadores Beltrones, Creel y Navarrete cocinaron la ley a puerta cerrada. La iniciativa se hizo pública el 30 de agosto y fue aprobada el 14 de septiembre. Eso es lo que no debe suceder otra vez. La contrarreforma debe ser derogada y la agenda de los cambios que son indispensables debe discutirse ampliamente. Sólo quienes tienen un temple autoritario se oponen a un debate abierto y plural.

5. Los movimientos anulistas son diversos. Su fuerza no está en la unidad de propósitos, sino en la pluralidad de ofertas. Los puntos acordados por algunos ciudadanos y redes en la Ciudad de México son positivos, pero no agotan la agenda. La encuesta de Grupo Reforma (Enfoque, 28/junio/09) apunta prioridades y convergencias muy interesantes propuestas por los anulistas: 79 por ciento está por la reducción de recursos públicos a los partidos; 68 por ciento está a favor de la reducción de diputados de representación proporcional; 58 por ciento apoya las candidaturas independientes; 67 por ciento se pronuncia por la reelección consecutiva de legisladores. A estos puntos se podrían agregar la figura del referéndum y recuperar la autonomía del IFE, tal como se plantea en la página www.basta10.com. Lo importante, en suma, no es acotar y cerrar una propuesta, sino hacer que florezcan mil flores y se abra un verdadero debate sobre la nueva reforma electoral.

6. Los votos nulos no servirán para hacer una pira y quemar a todos los partidos y los políticos. Pero sí servirán para decirles No y denunciar sus excesos. El objetivo de mediano plazo debe ser acotar el poder de la partidocracia y ampliar los márgenes de la participación ciudadana. En ese camino deben coincidir los ciudadanos que decidieron anular su voto con los que sí votaron, pero comparten la convicción de que las cosas pueden y deben mejorar. Cabrán, también, los políticos que sean más abiertos y responsables. Todos los que entiendan que en el 2007 se cometió una serie de excesos que es necesario corregir y que asuman la exigencia de nuevos cambios. Manuel Gómez Morin advertía que todo iluso termina por ser decepcionado. El voto nulo lejos de ser el camino de la ilusión es la senda de una protesta responsable.

7. La fuerza del voto nulo dependerá de la participación de cada ciudadano. Si el porcentaje es bajo, la potencia del mensaje será poca. Si el número es alto, no habrá forma de cerrar los ojos ni los oídos. El terreno que se ha ganado hasta ahora dependerá de lo que pase mañana. Por eso es muy importante ir a votar. La coyuntura que hoy vivimos no se volverá a repetir. La necesidad de una nueva reforma electoral no está a discusión. Todos los partidos saben que es impostergable. Por eso hay que incidir en la agenda abriendo un gran debate. La oportunidad es única. Dentro de tres años, los comicios presidenciales polarizarán la contienda y será muy difícil que un número importante de ciudadanos opte por nulificar su voto.

Así que es ahora o nunca. Abramos las puertas de la nueva reforma electoral. Dejarla en manos de los políticos sería una grave irresponsabilidad.

Hay que acudir a las urnas y nulificar el voto. No importa cómo. Elige la forma que mejor te parezca: táchalo con una cruz, vota por un ciudadano independiente o ráyalo con una leyenda (¡Basta/10!). Haz como quieras, pero demos mañana el primer paso y hagamos que florezcan mil flores.



Mis razones para apoyar el voto nulo: uno de tres

José Sosa
ppsosa@hotmail.com
La Crónica de Hoy

Hace unos quince años, el Instituto de Investigaciones Jurídicas auspició un seminario sobre las perspectivas del Estado contemporáneo, con énfasis en las de los Estados latinoamericanos. El seminario y sus resultados no serían en si mismos relevantes a tal distancia en el tiempo, si no fuera porque algunas de las elucubraciones formuladas en aquella ocasión están teniendo lugar ahora, justo en el momento histórico que sus postulantes dijeron.

Me refiero a la idea formulada por los ponentes franceses que, de forma por demás reflexiva y seria, plantearon la tesis de que podría existir en México un ciclo histórico inevitable, en el que cada cien años ocurre una revolución social. Sus argumentos no pretendían ofrecer un esquema predictivo. Por el contrario, se basaban exclusivamente en evidencias históricas que, desde su punto de vista, configuraban una trayectoria similar a la que muestran los ciclos económicos de Kontradieff.

Me ha parecido pertinente traer a colación esta idea, dada su relativa similitud con el contexto que se vive actualmente. Con ello, no pretendo dar la razón —o siquiera apoyar de forma vaga— las afirmaciones absurdas que existen en torno a la erupción de una revuelta social en los próximos meses. Mi interés reside, más bien, en analizar hasta qué punto lo que ocurre ahora puede tener el mismo sentido y efectos que los procesos políticos que tuvieron lugar en las décadas de 1810 y 1910 y que, como es sabido, se significaron por haber contribuido a una ruptura del orden político y a encauzar la insatisfacción de elites y de grandes masas de población movilizadas. Lo que pretendo es, si se quiere, comprender si la propuesta del voto nulo es sólo una ocurrencia genial o si es, en realidad, un síntoma de malestar social que podría derivar en otro tipo de manifestaciones.

El primer elemento que puede emplearse para substanciar esta comparación tiene que ver con el hecho de que, tanto en 1810 como en 1910, una parte importante de la población se sentía excluida y consideraba que las reglas del juego político no permitían que todos los interesados en participar lo pudieran hacer. En un caso los mestizos y los criollos, en el otro los hacendados del Norte que no formaban parte de la elite porfiriana, se manifestaban en contra de los mecanismos que permitían que, sólo aquellos favorecidos por ciertas instancias, tuvieran acceso a puestos, recursos gubernamentales y favores públicos. El deseo inicial de estos grupos de impulsar cambios a las reglas del juego, que les permitieran participar en política, fue insistentemente frustrado por los detentadores del poder bajo el argumento que sólo desde los órganos decisionales establecidos se podían alterar esas reglas. Ante tal frustración, los grupos excluidos decidieron adoptar otro tipo de estrategias que llevarían, a final de cuentas, al alzamiento de Hidalgo en Dolores y a la formación del Ejército Libertador de Madero.

El segundo elemento a tener en cuenta se refiere a la forma en que se definían en aquellos tiempos los intereses que eran objeto de la atención del gobierno y sus instituciones. Por decirlo de manera simple, cómo se integraban las llamadas agendas públicas. En este rubro, las similitudes entre los inicios de ambos siglos no son tantas, ni tan evidentes. En el primer caso, los intereses políticos y económicos correspondían al gobierno de una Colonia que recibía órdenes desde la Metrópoli. En el segundo, se trataba de un gobierno independiente, si bien de corte dictatorial. En cualquier caso, lo que sí parece vincular a ambos contextos históricos es la percepción de que ninguno de los dos regímenes políticos era sensible a las necesidades y reclamos de los grandes grupos de población. Las agendas, por así decirlo, eran extremadamente peninsulares y científicas, en referencia a los nombres de los grupos más hegemónicos.

Al trasladar a nuestro tiempo estas dos características de los regímenes colonial y porfirista, resulta inevitable encontrar similitudes y paralelismos. La otrora tan deseada transición a la democracia en México no ha sido el paraíso participativo que sus promotores ofrecieron. La alternancia partidista —que es para fines prácticos el único resultado tangible— ha adoptado como propias las formas y los ritos del periodo autoritario precedente. El gobierno sigue siendo el reino del patrimonialismo a plenitud, en el que las camarillas y sus proyectos personalistas son más importantes que las políticas públicas. El hermetismo de las elites legislativas se mantiene vigente, habiéndose ampliado las modalidades de exclusión y control para el acceso y goce de posiciones parlamentarias. La vida interna de los partidos políticos se asemeja mucho a las prácticas de las elites virreinales y del cerrado grupo de Los Científicos porfiristas.

En términos de la exclusión de los grupos sociales más activos, se puede dar cuenta de la repetición de las prácticas de otros tiempos; pues es casi imposible ubicar en los órganos representativos y de gobierno de principios del siglo XXI a verdaderos ambientalistas, sindicalistas, promotores de los derechos humanos, funcionarios públicos profesionales, expertos en temas sectoriales, o activistas a favor de la erradicación de prácticas de explotación, entre otras causas. Los parlamentos y las oficinas públicas están llenos de antiguos compañeros de escuela, de amas de casa bravuconas, de camaradas de velada literaria, de viejos políticos que han militado en todos los partidos, y de artistas y deportistas retirados que desean seguir aportando al desarrollo del país, según su propia y ególatra visión.

Ni qué decir de la formación de las agendas, donde cuentan más los favores personales, los intereses de grupo y las creencias religiosas y antirreligiosas, que cualquier demanda social o económica, por sólida que pueda ser.

Es en este contexto, que la propuesta del voto nulo aparece más como un auténtico buen propósito, que sólo como el afán protagónico de unas cuantas figuras intelectuales. Anular el voto puede ser, si se mira con cuidado, una forma de evitar que los grupos que no están siendo atendidos por las actuales reglas del poder decidan radicalizarse y adoptar estrategias como las que siguieron los conspiradores Hidalgo, Aldama y Allende. Anular el voto puede ser también un mecanismo que vincule de forma positiva a una parte de las elites con grandes núcleos de población que carecen de medios para manifestarse; evitando así la distancia social y la ingenuidad que pareció caracterizar al gobierno de Madero.

Es por ello, estimado lector, que debemos tomar con toda seriedad la propuesta de anular el voto. Pero, a diferencia de la postura radical, sugiero retomar la idea de Roberto Campa en el 2006 y aplicar la fórmula del uno de tres. Es decir, vote usted por alcalde o delegado y vote por diputado local. De esa forma, ejercerá su derecho a elegir a sus autoridades más próximas. En cambio, en la boleta por diputado federal escriba con toda claridad la frase ASÍ NO, pues es a los miembros de esta cámara hacia los que debe dirigirse la principal queja por el estado actual de cosas. Una cámara federal con baja legitimidad electoral puede llegar a ser un mecanismo de cambio a favor del interés ciudadano. Pero es sólo una propuesta más. Sólo a usted le toca decidir qué hacer con su voto.

Silencio que pesará

Ivonne Melgar
Retrovisor
Excélsior

Ahora el silencio es subversivo. Cala. Molesta. Porque en realidad el voto nulo se traduce en un vacío colectivo de los ciudadanos a la clase política.

Y aunque no me considero una anulista pura —como tampoco soy militante de sigla alguna—, encuentro en la boleta “apartidista” una opción adicional a nuestra cada vez más diversificada y plural postura política en las urnas.

Así que me siento en la obligación de defender esta apuesta, a pesar de que en algunos casos seguiré avalando las propuestas partidistas.

Y es que, a diferencia de los que van por el tribunazo, de los rijosos, de los gritones, de los expertos en descarrilar hasta a sus propios compañeros de partido, de los que nunca votan, de los que carecen de credencial de elector, de los indolentes, nosotros los anulistas —seamos parciales o sean radicales— tenemos que justificar nuestra definición política, ciudadana y crítica a la partidocracia.

Tenemos y debemos hacerlo, porque esperamos que esos votos blancos cuenten en el registro final, sí, y sobre todo en la obligada interpretación del mandato de las urnas.

Tampoco hay que hacerse muchas ilusiones. Porque en los hechos, la clase política no sólo nos da la espalda en la obligación de garantizar respuestas a los déficit en seguridad, empleo, salud y educación, sino que también falla a la hora de las urnas, eludiendo el compromiso de entender qué hay detrás de los votos para actuar en consecuencia.

Los políticos necesitan sumar boletas para legitimarse. Pero una vez conseguido ese aval ciudadano, se van por la libre.

Acaso esta vez volverán a ignorarnos. No sería la primera ocasión. Ni lo peor. ¿Puede darse un desdén más dramático y oprobioso que el protagonizado este largo mes de espera de una señal de justicia, que hoy se cumple, en el incendio de la guardería ABC? ¿Existe una prueba tan pública y evidente de la sordera del poder que el incumplimiento en torno a las prometidas listas de quiénes son los propietarios de las guarderías subrogadas del IMSS?

En lo personal, esa promesa incumplida ha sido suficiente para inclinar la balanza a favor del voto nulo que, sumado a miles, sé que ya pesa como pesa el silencio cuando la violencia del poder pretende aplastar cualquier palabra.

Es la ley del hielo de los ciudadanos frente a una clase política que sólo se escucha a sí misma. Sí, la ley del hielo, el silencio deliberado, de castigo, de reclamo, de condena; un silencio que exhibe la inútil y ruidosa retórica de la partidocracia.

Es un silencio que descalifica la pretensión de que los ciudadanos se adhieran ciegamente a sus pleitos, montados en spots publicitarios que telenovelizan y, en muchos casos, caricaturizan nuestras carencias.

Llama la atención el enojo que esta opción desata en los profesionales de la política, el mismo que genera el silencio en medio de los gritos que apabullan.

Porque este silencio ciudadano igualmente suena y, más allá del número de adeptos que alcance, ya ha hecho el ruido suficiente en el debate electoral, convirtiéndose en una expresión que habrá de calificar esta contienda, aún cuando en términos de monto sea una minoría.

Pero se trata de una ruidosa minoría que con su ley del hielo a los partidos ha colado su malestar en la mesa de los políticos y de sus apuros y ocupaciones.

Porque así como el asunto de la seguridad y la recesión económica figurarán en la agenda legislativa, el rechazo ciudadano a los partidos se considera ya desde las cámaras el síntoma de un padecimiento que reclama cirugía y de ahí el desempolvo de la siempre pendiente reforma del Estado y de sus instituciones políticas.

Si en la composición de la Cámara de Diputados los votos deliberadamente anulados llegan a representar una cifra de 5%, el triunfo de ese amorfo movimiento sustentado en el hartazgo sería innegable, convirtiéndose en una puñalada ciudadana para un sistema de partidos herido en su credibilidad.

Hay algo más grave para el ego de los políticos y su espejismo de que no todos son iguales, sea por sus diferencias ideológicas o por su capacidad de operación, su pragmatismo, historia, tradición o doctrina.

Y es que los anulistas parten de la premisa de que esas son consideraciones teóricas que en la práctica se diluyen. Porque los anulistas vienen de todas partes: de la izquierda, del centro y de la frustrada transición panista.

Nadie está pidiendo que los partidos se mueran. Pero están enfermos de ineficiencia. Y ese diagnóstico ya no puede ocultarse.

Porque el silencio de los anulistas balconea los excesos que los políticos minimizan: los sueldos de escándalo en el Congreso, la política al servicio de los negocios, el mal uso de los bienes nacionales, la tapadera a la opacidad de los sindicatos, el miedo a los monopolios.

Callar no sirve de nada, argumentan algunos. Depende. Cuando los gritos, los reclamos y hasta las ofensas han dejando de tener eco y sentido, el silencio exhibe. Por eso el voto nulo duele. Y porque mañana, cuando las cuentas no le salgan a la partidocracia, inevitablemente sus expertos en simulación estadística harán el cálculo de cuál habría sido su suerte con las voluntades perdidas. Entonces, nuestro silencio pesará.

¡Gracias, señores políticos!

Francisco Garduño
francisco.garduno@milenio.com
Doble o nada
Milenio

¡Gracias!, de verdad, muchísimas gracias, es lo menos que puedo decirles a todos esos políticos que inundan desde hace ya varios meses el panorama nacional.

No podemos menos que agradecerles por apiadarse de todos nosotros, los mexicanos de pie, por su misericordia y comprensión, pues a la mayoría de ellos, a partir de este lunes, no los volveremos a ver en, al menos tres años, y en el mejor de los casos, nunca más.

Este domingo, ¡gracias al cielo!, llega a su fin uno de los procesos electorales más ruines, sucios y jodidos en la historia de México.

Antes, por lo menos, los candidatos a cargos de elección popular se preocupaban por dar una imagen positiva a los ingenuos electores y venderles sueños de opio, prometiendo futuros maravillosos si se votaba por ellos.

Ahora, ni eso, a los candidatos y a los dirigentes de sus partidos les importa un verdadero rábano lo que piense la gente, pues están inmersos en sus mezquinos ataques personales y partidistas.

Por un lado, el simpatiquísimo de Germancito Martínez, quien parece merolico de feria, defendiendo, hasta la ignominia, la actuación del presidente Calderón en cualquier frente y deshaciéndose en ataques y críticas cansinas y repetitivas a los anteriores gobiernos priistas.

Y Beatriz Paredes, en un papel lamentable tratando de responder a la madriza panista con un discurso desgastado, monótono y falto de imaginación, y qué decir del pobre Jesús Ortega, que va lo mismo de comparsa de Germán y Beatriz, que de víctima propicia para el mayor depredador electoral, Andrés Manuel López Obrador.

Y lógicamente, si los guías están así, qué esperar de sus huestes, que van jalando cada una por su lado y ni qué decir de los candidatos de sus partidos que, como pueden, van tratando de llevar agua a su molino.

Los partidos chicos, paradójicamente, se han manejado mejor que sus hermanos mayores en esta carrera, pues sin que ello signifique que están haciendo un buen trabajo, al menos han demostrado que tienen claro su objetivo: conservar el registro electoral.

Algunos como el PT, el PVEM y el Panal parecen tener muchas posibilidades de lograrlo, a diferencia del PSD y Convergencia, que cada vez ven más lejos las jugosas prerrogativas.

Mañana será el momento de las definiciones, en los partidos se retuercen las manos mientras esperan ver cómo se va a repartir el pastel electoral y parece que poco les importa que se espere un abstencionismo de 60 por ciento y que, sin duda, de 40 por ciento que sí irá a las urnas, un elevado número hará válida la opción democrática del voto nulo o voto en blanco.

Pobres diablos que sólo ven intereses partidistas y personales en estos comicios, por eso les reitero: ¡muchísimas gracias, señores políticos, por haber terminado con una campaña electoral aberrante!.

Voto en gris

Nicolás Alvarado
El Universal

En efecto, votar en blanco nunca me pareció una opción. No que no lo considere justificado y justificable: me siento tan poco representado por cualquiera de los partidos como el que menos y, además, ninguno de ellos se me antoja una opción viable de gobierno ni se me figura siquiera remotamente preocupado por devenirlo.

El asunto, entonces, habrá de responder a un principio irrenunciable: la idea de que los esquemas clientelares constituyen lo más pernicioso de nuestro sistema político. Así, este domingo bajaré a votar —si digo “bajaré” y no “iré” es porque el patio de mi casa, que es particular pero tiene conciencia cívica, habrá de albergar una casilla— sólo por contribuir con lo mío a evitar que ésta sea una elección en que triunfen los bejaranos y los basureitors: una, pues, que se defina en una guerra de aparatos.

Sé ya cómo he de ejercer dos de mis tres sufragios. Para diputados federales y locales daré un voto convencido, aunque no orgulloso, al PSD, partido que me hace recordar una cita de La dama de las camelias de Dumas junior (ni modo: así de melodramático me pone nuestra política): “Es demasiado pero no es suficiente”. En efecto, hay propuestas del PSD que me parecen demasiado… es decir, demasiado buenas para ser ciertas. Legalización de las drogas para combatir al narcotráfico: de acuerdo. Despenalización del aborto: de acuerdo. Derechos de las minorías: de acuerdo. Demasiado, pues, en un país cuyos partidos tradicionalmente progresistas se han revelado siempre más tradicionales que progresistas, pero insuficiente para quienes aspiramos a que un partido equivalga a un proyecto de nación. Me pronunciaré, pues, por algunos puntos de una agenda y no por un proyecto (y es que no hay tal).

Lo del jefe delegacional está más complicado. Dado que ese voto no cuenta para el Congreso, no lo desperdiciaré en un partido sin posibilidad de triunfo. Restan PAN, PRI y PRD. En mi delegación, el aspirante perredista es un graduado de las sombrías Brigadas del Sol de Bejarano: descartado; del priísta poco sé, a no ser por su fama de mitotero y por esos espectaculares en que se deja fotografiar con cara de iluminado, en una estética redolente del más puro realismo socialista: otro descarte. Me queda el PAN, partido con el que nunca he coincidido, pero que, en tan desolador contexto, será mi pioresnada.

No votaré, pues, en blanco sino en gris. En el gris de lo triste, de lo desvaído, de lo indiferente. Y, sobre todo, de lo mediocre.

Preguntas para un domingo

Carlos Puig
Historias del más acá
MIlenio

1. ¿Qué pasará con el incipiente movimiento de protesta reflejado, sobre todo, en la red que pide el voto nulo? ¿Se rebelarán los creadores ante aquellos que quieren apadrinar (adueñarse de) el movimiento? ¿Lograrán mantenerlo como uno que nació casi por generación espontánea en ese espacio de anarquía? ¿Se institucionalizará y en unos años convertirá en partido político?

2. ¿Quién y cómo se decidió enfilar dos filtraciones de la Procuraduría General de la República contra la alianza PRI-PVEM en Reforma unos días antes de la elección? ¿Cuánto afecta a la reputación del principal instrumento en la guerra contra la delincuencia organizada su utilización para ganar un par de puntos electorales, si acaso?

3. ¿Fueron las consignaciones contra los dueños de la guardería ABC en Hermosillo y el incumplimiento de la promesa de publicar la lista de los dueños de empresas que operan guarderías subrogadas sincronizadas para efectos electorales?

4.- Si el voto nulo/blanco/independiente no logra una masa crítica suficiente, ¿los partidos se pueden sentir tranquilos? ¿Lo utilizarán para decir que los que lo promovieron mentían/no saben? ¿Habrá valido el riesgo?

5. Si el voto nulo/blanco/independiente logra más de 4 por ciento, ¿los partidos aceptarán que están en problemas? ¿Las disputas al interior de los anulistas terminarán el movimiento? ¿Nos quedaremos igual?

6. ¿Cuántas semanas pasarán para que los partidos olviden las recientes promesas hechas de revisar la agenda de los anulistas?

7. ¿Cuál será le costo para Alejandro Martí y su movimiento ciudadano por su incursión en asuntos electorales? ¿Lo tentará la política?

8. ¿Cuántos votos tiene que lograr Juanito, el de Iztapalapa, para que Andrés Manuel López Obrador y su movimiento se declaren triunfadores?¿Cuántos votos tiene que sacar Juanito, el de Iztapalapa, para que Marcelo Ebrard y su equipo cercano sonrían de cara al 2012? ¿Cuántos votos tiene que sacar Juanito, el de Iztapalapa, para que los Chuchos se queden con el partido hasta el 2012?

9. Si se cumple lo que anticipan las encuestas, ¿qué dice del electorado mexicano que el Partido Verde sea el gran ganador? ¿Qué van a decir los legisladores del Verde cuando sea claro que ni la pena de muerte ni sus pagos para escuelas y medicinas son posibles? ¿Dónde está Jorge Emilio González Torres? ¿Cuánto tiempo para que el Verde se venda a otro mejor postor? ¿Cuánto cuesta?

10. ¿Cuánto tiempo pasará para que las televisoras abandonen a sus candidatos en busca de otros dineros y otros horizontes?

11. Si se cumplen las encuestas, ¿de quién será la victoria priista? ¿De Beatriz? ¿De Peña Nieto? ¿De Beltrones? ¿Cuál será el costo de esa disputa?

12. Si la victoria es apretada o si es derrota, ¿de quién será? ¿Le echarán toda la culpa a Bours? ¿Al gobierno?

13. ¿Qué necesita Germán Martínez que suceda el domingo para celebrar? ¿Será Sonora suficiente? ¿Cuántos diputados? ¿Cuántas

gubernaturas? ¿Está su posición en juego? ¿O la confianza del Presidente es suficiente? ¿Si el PAN fracasa, quién celebra? ¿Espino? ¿Creel? ¿Qué necesita Josefina Vázquez Mota para ser jefa de la bancada? ¿Se enfrentará César Nava al Presidente?

15. ¿Qué sucede con Marcelo Ebrard hacia el 2012 si ganan Gabriela Cuevas, Demetrio Sodi, César Nava y Mario Palacios? ¿Qué hace Andrés Manuel López Obrador si gana Bátiz, Ana Gabriela Guevara, Guadalupe Loaeza?

16. ¿Cuál es el futuro de Alejandro Encinas? ¿Líder de la bancada perredista? ¿O de un frente con algunos perredistas, petistas y convergentes? ¿Se puede liderar a Gerardo Fernández Noroña y a Porfirio Muñoz Ledo?

17. Si el voto nulo no pinta, ¿qué debemos interpretar de la fuerza real en el país de internet y de los intelectuales que hoy lo abanderan?

18. ¿Qué incentivo tiene cualquier partido que alcance la mayoría relativa de cambiar la ley electoral? ¿Qué incentivo tienen los partidos que acumulen diputados y gubernaturas para cambiar el sistema por el que llegaron a tenerlas?

19. ¿Cómo demostrarán “la nueva actitud” los, sin duda experimentados, diputados del PRI: Eliseo Mendoza Berrueto, Francisco Rojas, Óscar Levín, César Augusto Santiago, Humberto Benítez, Carlos Flores…

20. ¿Renunciará Beatriz Paredes a liderar su bancada, y tal vez el Congreso, o al PRI? ¿Qué prefiere Peña Nieto?

21. ¿Sancionará el IFE a algún partido por las simulaciones en los medios electrónicos? ¿Sancionará alguien a algún medio por las entrevistas cobradas?

22. ¿Tiene futuro este IFE? ¿Se lo van a tragar igual que al anterior?

23. Ante el nuevo Congreso ,¿existe un plan en Los Pinos? ¿Les preocupa el 2010 o el 2012?