julio 27, 2009

Por una nariz

Germán Dehesa
german@plazadelangel.com.mx
Gaceta del Ángel
Reforma

Mi corazón está exultante de júbilo. La arrasadora victoria de los Ratones Verdes sobre el equipo de Estados Unidos me tiene intensamente subyugado. Bien sabemos los mexicanos de lo que es perder frente al Imperio. Desde el siglo XIX nos tienen absolutamente atejonados. Esto no es bueno, pero es así. Entonces cuando en algo, aunque sea un deporte de masas, México vapulea (5-0) a los norteamericanos, mi alma se llena de gozo y desde mi reclusión, me da por cantar himnos nahuas y canciones de Esperón y Cortázar. Las gordas humean en los comales; me refiero a las tortillas y no a las adiposas que están tiradotas en Cancún, el molcajete y el metate apenas se dan abasto para preparar todas las exquisiteces mexicanas y el blanco y nacarado pulque reposa quién sabe dónde porque he de confesarles que tan mexicano como para zumbarme un tornillo o una cacariza no alcanzo a ser. Fresco está además en mi memoria el recuerdo de mi añorado amigo Ricardo Garibay quien, por hacerle segunda a Rubén Olivares, se zumbó una buena ración de curado de tomate que, de inmediato, lo trasladó a un hospital víctima de una disentería muy cañona a la que milagrosamente sobrevivió. En fin, yo lo que quería crear es la atmósfera de una jubilosa comida dominical en donde se compartiría el desusado gozo de festejar una victoria. Hablando de esto, creo que nuestra satisfacción sería completa si Televisa decidiese dispensarnos de la presencia del megalactante Perro Bermúdez y del insufrible "Compayito" que es un ente que pretende ser pícaro e incisivo y lo único que obtiene es ser soez e insoportable. Y no digo más porque se supone que éste es un domingo alegre y festivo, aunque no deje de provocar un cierto escozor el saber que a los gringos, en su gran mayoría, perder o ganar en futbol soccer les viene valiendo absoluto gorro.

Termina el partido y se escucha el timbre de esta casa de piedra y flores. Es la puntual Rosachiva que llega para que hagamos este artículo. En sus tersas mejillas quedan rastros de las lágrimas derramadas por la oprobiosa derrota de las Chivas. Yo decido no profundizar en el asunto porque, el sábado por la noche, los Pumas regaron hectolitros de baba en el Estadio Jalisco y cayeron derrotados por el humildísimo Atlas, un equipo cuya porra está formada por un solo y sospechoso individuo conocido como "Trino".

Cerramos el capítulo del futbol antes de que las señoras se pongan fufurufas y me acusen de que yo no escribo para ellas. Una información que puede resultar interesante para ellas es la que hace unos minutos han divulgado las agencias informativas: se perdió la nariz de Michael Jackson. Como lo leen. Resulta que en la autopsia que, en su caso, fue más bien deshuesadero, del Rey del Pop, tal parece que los encargados de ella trabajaron muy a lo loco y bajo la intensa presión de los medios. El caso es que a la hora de volverlo a armar descubrieron que la nariz estaba perdida. Alguien sugirió que con plastilinita podían subsanar la falla, pero como a los gringos les da por ser muy éticos, dijeron los doctores que eso sí no, que lo conducente era informar a la opinión pública de que, después de una búsqueda intensiva debajo de todos los muebles, no apareció el ínfimo apéndice nasal del Rey del Pop. Realmente no veo por qué los gringos están tan acongojados y sufren por una nariz lo que no sufren por una patiza futbolera. Yo opino con todo respeto, pero también con conocimiento, que una de las características más salientes de los muertos es que no respiran y entonces dígame usted para qué fregados quiere unas narices. Lo que sí me preocupa es que llegue ante el Supremo Hacedor y éste, por gangoso, no le entienda nada y lo mande al fuego eterno bailando de reversa. En fin.


¿QUÉ TAL DURMIÓ? MDXCIX (1599)

MONTIEL.

Cualquier correspondencia con esta gangosa columna, favor de dirigirla a dehesagerman@gmail.com (D.R.)

El fragmentado PRD

José Antonio Crespo
Horizonte político
Excélsior

Las derrotas electorales suelen ser acompañadas de recriminaciones, deslindes y reajustes en los partidos políticos. El PRD se encuentra fragmentado, por lo cual las corrientes rivales buscan un esquema de convivencia como alternativa a la abierta ruptura. No es la buena voluntad ni el entendimiento lo que los motiva a ello, sino la estricta racionalidad tras haber constatado que la decadencia del partido se traduce en la debilidad de cada corriente. A todos conviene, en principio, limar asperezas y mantener la unidad. Pero eso no será posible bajo las condiciones imperantes. Compiten dentro de ese partido dos visiones distintas (al menos) de cómo hacer las cosas, dos rutas estratégicas de conducción frente a las demás fuerzas políticas. Dos líneas que probablemente volverán a chocar. Unos son, a la vista de los otros, colaboracionistas con el gobierno, y los otros son considerados rijosos, radicales, hasta violentos. Y ambos han pasado por alto en distintos momentos la normatividad interna y los acuerdos previamente alcanzados. En los sucios comicios internos del año pasado para elegir al dirigente nacional, ambos incurrieron en trucos y fullerías. Los obradoristas van por la libre cada vez que así lo considera conveniente su líder, Andrés López Obrador. Y Jesús Ortega aceptó la inadecuada y sospechosa designación hecha desde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, cuando lo más sensato y razonable era admitir la anulación de esos comicios, para reponer el proceso después de las eleccione intermedias. La sentencia del Tribunal sólo exacerbó la conflictividad interna y dinamitó cualquier puente de entendimiento que pudiera quedar en pie en ese tiempo. Por todo lo cual, no hay la confianza mutua entre las facciones para cohabitar juntos en el partido y recomponerlo. Pero el intento prosigue ante las enormes pérdidas para todos que una fractura franca pudiera provocar: un claro juego de suma negativa. Los partidos que formaron el Frente Amplio Progresista en 2006 perdieron casi seis millones de votos. Y si la comparación se hace respecto de 2003, hubo también pérdidas importantes en votos y curules.

Ahora, preservar la validez de la normatividad interna exigiría darle cabal cumplimiento. Y eso implicaría llevar a cabo las expulsiones previstas por los estatutos a quienes promovieron a partidos rivales o aceptaron candidaturas bajo siglas contrarias, como muchos hicieron en esta ocasión bajo la égida de López Obrador. Eso daría pie a la ruptura que se pretende evitar, por ser muchos y varios con peso político quienes se hallan en esa situación. Por otro lado, si se optara por una “amnistía general”, se envía el mensaje de que las reglas pueden violentarse abierta e impunemente. Una disyuntiva difícil, sin duda. Debido a lo cual, en un comunicado del partido, de la Comisión Política, tras reunirse en Cuernavaca, la semana pasada, se dice: “Se manifiestan diferencias respecto al tema de qué debe hacer la dirección del partido respecto a aquellos compañeros perredistas que fueron candidato por otros partidos que son representantes de otras organizaciones partidistas o que son francamente dirigentes formales de otros partidos” (17/VII/09). Se ha sugerido que la expulsión ante tales infracciones no es algo que deba decidirse mediante un proceso formal, con posibilidad de defensa de los infractores, sino que ocurre en automático. Pero en México las leyes siempre pueden cumplirse eludiéndose al mismo tiempo. Por lo cual también se ha planteado que, quienes resulten expulsados, podrían ser recibidos al día siguiente, si así lo consideran conveniente. Se supone que la expulsión no es una sanción menor, y por ello se aplica sólo a quienes incurren en conductas que afecten gravemente al partido: la idea es que dicha penalización sea permanente, o al menos aplicable por un lapso respetable, para sentar un precedente eficaz. Ese juego de espejos (expulsar un día para reincorporar al día siguiente) es muy frecuente en nuestros políticos (y no sólo del PRD, desde luego).

Por su parte, y quizá como contrapeso a la amenaza de expulsión, los obradoristas dijeron también en Cuernavaca que “Jesús Ortega debe renunciar. La derrota no fue menor, exige una mínima congruencia y dignidad política. Su dimisión sería el costo menor que habría que pagar. Si permanece en el cargo no habrá unidad posible al interior, no se unificará la izquierda partidaria y la sociedad no verá que el PRD sabe corregir errores y, con hechos, es capaz de reivindicarse ante el electorado” (17/VII/09). Hay, en efecto, una responsabilidad de Ortega en los resultados, como la que corresponde a cualquier jefe de partido en el mundo. Pero hay también corresponsabilidad de los obradoristas por profundizar la fractura operando a favor de partidos formalmente rivales del PRD (al menos en esta ocasión). Y, en medio de todo el conflicto, surge la figura de Cuauhtémoc Cárdenas para exigir la aplicación cabal de los estatutos o la renuncia de Ortega por no aplicarlos. Formalmente puede tener razón, pero ya no se le reconocer mucha autoridad moral en su partido al haberlo abandonado en el trance de luchar por la Presidencia en 2006. Su falta de respaldo a López Obrador (que le ganó la candidatura presidencial) pudo haber hecho la diferencia. Tampoco gustó mucho, supongo, que en pleno conflicto postelectoral de 2006, Cárdenas aceptara un cargo en el gobierno de Vicente Fox. Se tomó como una bofetada, no sólo a AMLO, sino a todo el PRD. En todo caso, es lamentable que el país no pueda contar con una izquierda moderna y democrática (el PRD no lo es ni el PT ni el PC, desde luego), y tampoco tenemos una derecha moderna y democrática (el PAN no lo es), con lo cual se allana el terreno a un partido como el PRI, tampoco moderno ni democrático, pero lo suficientemente avezado para capitalizar las pugnas y claudicaciones de sus adversarios.

Las derrotas electorales suelen ser acompañadas de recriminaciones, deslindes y reajustes en los partidos políticos.

Los dueños de la Cámara

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

El Grupo de Economistas y Asociados ha hecho un servicio al público con su análisis sobre la composición de la próxima Cámara de Diputados.

No más de 30 personas con nombre y apellido tienen influencia decisiva sobre los 500 diputados electos el 5 de julio. Hago la lista de “los dueños” de la Cámara en orden descendente, según las cifras de GEA.

1. Enrique Peña Nieto (gobernador del Estado de México, PRI): 43

2. Fidel Herrera (gobernador de Veracruz, PRI): 29

3. Andrés Manuel López Obrador (PRD + PT + Convergencia): 29

4. Jesús Ortega (Nueva Izquierda, PRD): 24

5. Juan Manuel Oliva (gobernador de Guanajuato, PAN): 16

6. Felipe Calderón (Presidente de la República, PAN): 15

7. Ulises Ruiz (gobernador de Oaxaca, PRI): 14

8. Mario Marín (gobernador de Puebla, PRI) y Manlio Fabio Beltrones (líder del Senado, PRI): 12

9. Beatriz Paredes (presidenta del PRI): 9

10. José Osuna (gobernador de Baja California, PAN), Humberto Moreira (gobernador de Coahuila, PRI), Eugenio Hernández (gobernador de Tamaulipas, PRI) y Amalia García (gobernadora de Zacatecas, PRD): 8

11. Miguel Ángel Osorio (gobernador de Hidalgo, PRI) y José R. Baeza (gobernador de Chihuahua, PRI): 7

12. Francisco Ramírez Acuña (ex secretario de Gobernación y ex gobernador de Jalisco, PAN), Vicente Fox/Manuel Espino (ex presidente de la República, PAN, y ex presidente del PAN) y Jesús Aguilar Padilla (gobernador de Sinaloa, PRI): 6

13. Natividad González Parás (gobernador de Nuevo León): 5

14. Leonel Godoy (gobernador de Michoacán, PRD), Santiago Creel (senador, PAN), Héctor Ortiz (gobernador de Tlaxcala) y Emilio González (presidente del PVEM): 4

GEA agrupa otras clientelas por rubros genéricos:

Sindicatos (incluyendo SNTE): 34

Empresarios: 4

Grupos empresariales: 7

Televisoras: 6

Todo un retrato.

Fe de erratas: Dije en mi artículo del viernes pasado que la Constitución de 1824 no otorgaba al Presidente facultad de nombrar libremente a sus colaboradores. Falso. Lo que le impedía era despedirlos, autorizándole sólo a suspenderlos hasta tres meses con disminución de hasta la mitad de su sueldo (artículo 20). Atribuí también a Lucas Alamán la expresión de los “sombríos y melancólicos” legisladores de Cádiz. “Sombríos y desconfiados”, fue la expresión de Alamán. Melancólico estaría yo.

Traiciona Felipe al PAN

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

La crisis política, de identidad y doctrinaria que vive el PAN —y la manera en que es resuelta por Felipe Calderón—, va mucho más allá de un mero revés electoral. En el fondo parece que asistimos a un golpe de timón que para no pocos azules es una traición al partido, a su historia y doctrina.

Y el traidor se llama Felipe Calderón, despacha en Los Pinos y trabaja de Presidente de los mexicanos. ¿Por qué abundan los que insisten en la traición? La explicación podría estar en esa poco clara relación del partido con el poder. Y es que si apelamos a la memoria, concluiremos que la vocación fundacional del PAN —desde 1939—, no era el poder, sino el apostolado democrático. Vamos por partes.

En la abundante literatura sobre las siete décadas de vida del PAN son frecuentes las referencias y citas —de dirigentes y estudiosos del partido azul—, de que el mayor tesoro y virtud del PAN en 70 años de vida era su independencia frente al poder. Además era la diferencia fundamental del PAN respecto al PRI.

Si la vocación del PAN era construir ciudadanos libres, más que acceder al poder, ¿cómo es que accede al poder en 2000? Resulta que la historia cambió en 1987, cuando llegaron a la dirigencia azul los líderes del grupo que hoy detenta el poder presidencial. Luis H. Álvarez fue el jefe que —ante la fractura del PRI—, cambió el apostolado democrático por la “política total”, que no era más que detonar la vocación de poder que llevó a Clouthier a la contienda de 1988. El ideólogo del grupo era Carlos Castillo Peraza, y sus alumnos más avanzados eran, en ese orden, Felipe Calderón y Germán Martínez.

Ya en el poder, los azules comprobaron la utopía sobre la que se construyó el PAN —de un partido distante del poder—, y que su crítica al binomio PRI-gobierno había sido —por decirlo suave— injusta. Fox le arrebató el partido a Felipe Calderón para ganar en 2000 y gobernar —e impuso a su leal Luis Felipe Bravo Mena (primero), y luego a Manuel Espino. Calderón le encomendó al partido a su leal Germán Martínez y pretende imponer a César Nava. Y el que opera la imposición desde Los Pinos se llama Luis Felipe Bravo Mena. ¿Y dónde está el problema?

Fácil. En la incongruencia. El PAN vivió casi siete décadas con el discurso de partido alejado del poder. Y cuando llegó, Fox y Calderón hicieron lo mismo que Zedillo, Salinas, De la Madrid… En enero, en Davos, se vieron Calderón y Zedillo. El primero dijo que ya entendía al segundo. Sin duda, el poder los hace iguales. ¿O no?

EN EL CAMINO

Por cierto, cuestionar la imposición de Calderón en el PAN no significa avalar a Espino, Creel y otros brebajes.

La Presidencia lealtólica

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

Dos cercas limitan la acción del presidente de México y amenazan al país con tres años más de parálisis. La primera es externa: el territorio de sus opositores se ha extendido y el espacio de su partido ha quedado reducido. La elección intermedia volvió a golpear al Presidente, anticipando un larguísimo trienio, una prolongada y estéril despedida. La segunda muralla es interna. No se aloja en la complejidad administrativa del Poder Ejecutivo, está incrustada en la mente del Presidente. Es una adicción severa y, al parecer, incurable a la lealtad.

Rodearse de leales parece el único resguardo frente a un mundo hostil. Los méritos pueden dispensarse, no la fidelidad plena al jefe. Desde la nerviosa perspectiva del adicto, la biografía independiente y la competencia personal se vuelven sospechosas. La solvencia profesional puede incubar la soberbia; la autonomía política anticipa una traición. Por ello el lealtólico encuentra gratificación en la compañía de dependientes y sólo alcanza tranquilidad rodeado de subordinados que todo le deben. El séquito le provoca una sensación de seguridad pero distorsiona severamente su juicio sobre la realidad. Recluido en su refugio de adeptos, logra descartar la discrepancia. Si no la elimina, la sitúa con facilidad fuera de su circuito: la divergencia se desplaza así al campo enemigo. Quienes lo rodean conocen mejor que nadie el trastorno del jefe: saben que el desacuerdo no pertenece al recinto de los íntimos: la discrepancia es la primera evidencia de la deslealtad.

Pocos juicios podrían ser tan pertinentes en el registro de este recelo que Carlos Castillo Peraza. Castillo Peraza fue el gran promotor del Presidente, su guía y, durante muchos años, su amigo. La revista etcétera ha publicado recientemente una carta que el político yucateco le escribió a su sucesor en la presidencia del PAN. El documento es cercano y afectivo pero no deja de ser severo y, para lo que trato de decir, atinadísimo. Castillo había dejado al frente del partido a su delfín y seguía ejerciendo de consejero. Lo respetaba pero notaba en él una incapacidad para confiar en sus colaboradores, una inseguridad vertebral que le impedía presidir. "Tu naturaleza, tu temperamento es ser desconfiado hasta de tu sombra. Si te dejas llevar por ése, entonces no te asustes de no contar ni con tu sombra: ella misma se dará cuenta que es sombra, pero que no es tuya; será sombra para sí, no contigo, no tuya". Para dirigir al partido era necesario sentarse arriba y confiar en quienes estaban abajo, estimular su creatividad, escuchar sus propuestas, estar atento a sus críticas. Castillo Peraza detectaba desde aquella carta de 1996 la propensión a empequeñecer su equipo para hacerse destacar. En lo que llama amistosamente una "intromisión", Castillo Peraza lo invita a no temer la altura de sus colaboradores. Tu liderazgo crecerá si permites que tu equipo crezca, si formas un equipo con estatura propia.

Las adicciones, es cierto, no son caprichosas. Responden a una compleja interacción de azares, estímulos, circunstancias y personalidades. La calderoniana adicción a la lealtad se explica bien por su propia biografía política -de la otra no tengo claves suficientes. El éxito político de Calderón es una victoria de la testarudez que se planta contra la opinión pública y muchos instrumentos del juicio. La lógica ha apostado insistentemente en su contra. Él y su estado mayor de leales han dinamitado reiteradamente esa lógica. Su mérito en muchas ocasiones se ha fincado, en efecto, en desoír a los otros y guarecerse en los suyos. Pero de aquellos triunfos parece haber extraído el aprendizaje equivocado: la estrategia de entonces habría de ser la única estrategia. Como Presidente ha seguido la ruta del candidato terco protegido por sus amigos.

Al entrar a la segunda fase de su mandato, la obcecación puede tener mayores costos para su Presidencia y para México. La precariedad de su poder llamaría a una madura política de alianzas. No se ve en el horizonte. En su coalición más cercana, la adicción sigue suelta. Lejos de sellar una alianza estrecha con su partido impondrá a un leal que espolea el antagonismo interior. Cuando más necesita de su partido, menor disposición muestra para aliarse con él. Lo quiere subordinado y bien subordinado. Ése es uno de los peores efectos de su adicción. El lealtólico no es capaz de concebir alianzas: premia a los sumisos. Y prefiere someterse a correr el riesgo de un pacto.

Reforma fiscal: va de nuevo

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

El libreto no ha variado: cambia el gobierno y se habla de la necesidad de llevar a cabo una reforma fiscal; cambia, a mitad del gobierno, parte de la legislatura, y se insiste en la necesidad de realizar una reforma fiscal, y ello por dos razones que nosotros, los contribuyentes cautivos, debemos cuestionar si no queremos terminar tributando más. ¿Cuáles son esas razones? Los "escasos" recursos con los que cuenta el gobierno, por un lado, y las enormes y apremiantes necesidades "del país", por el otro, necesidades "del país" que el gobierno debe satisfacer. Es más, por necesidades "del país" se entienden, precisamente, aquellas carencias que el gobierno "está obligado" a satisfacer. ¿Con qué recursos? Con los que extrae del bolsillo de los contribuyentes, razón por la que la satisfacción de esas necesidades no es otra cosa más que redistribución: quitarle a unos para darle a otros.

Desde el punto de vista de los políticos que aspiran al poder, de los gobernantes que ya están en el poder, de los legisladores que representan los intereses, o de los gobernantes que ya están en el poder, el fin de la reforma fiscal debe ser aumentar la recaudación, con el fin de aliviar la "escasez" de recursos del gobierno, con el objetivo de que éste pueda satisfacer de mejor manera las necesidades "del país", fin de la reforma fiscal al cual los contribuyentes debemos, de entrada y por principio, oponernos.

La reforma fiscal correcta, antes que tributaria, centrada en las preguntas qué impuestos cobrar, a qué tasas cobrarlos, y a quién cobrárselos, debe ser presupuestaria y partir de las respuestas correctas a las siguientes tres preguntas: ¿En qué gasta el gobierno? ¿Cuánto gasta el gobierno? ¿Cómo gasta el gobierno? Las respuestas a estas preguntas son que el gobierno gasta en cosas que no debe (que van desde la promoción de la cultura y las artes hasta la formación de atletas olímpicos); que por lo tanto gasta más de lo que debería (por lo que el cobro de impuestos degenera en un robo con todas las de la ley), y que gasta de mala manera (por ejemplo: subsidiando la oferta de educación universitaria en vez de financiar su demanda).

El problema es que a ninguno de los involucrados en la elaboración de la reforma fiscal, con poder de decisión (legisladores, políticos, gobernantes) le interesa revisar a fondo en qué, cuánto y cómo gasta el gobierno, estando interesados en qué impuestos cobrar, a qué tasas cobrarlos, y a quién cobrárselos, por lo que para ellos la reforma fiscal es, ante todo, reforma tributaria pero no presupuestaria, frente en el cual, a lo más que llegan, es a proponer medidas para que los funcionarios públicos gasten mejor (entendiendo por ello honestamente), pero no para que el gobierno deje de gastar en lo que no debe gastar. A final de cuentas allí estamos los contribuyentes para pagar por los excesos del gobierno, sobre todo en materia de gasto

Una costosa decisión irracional

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

La decisión de construir una nueva refinería de Pemex es irracional. Se trata de una planta carísima que ni siquiera queda claro si se necesita. La decisión se tomó sin considerar que había alternativas más benéficas. Además, las condiciones económicas han cambiado y el proyecto ha comenzado mal.

No se necesita

Cuando se anunció la construcción de la nueva refinería, un experto en temas energéticos, David Shields, escribió: “La decisión se tomó a pesar de que la producción petrolera tiende fuertemente a la baja, por lo que el abastecimiento de crudo a una nueva refinería implicaría reducir en forma significativa la plataforma de exportación”. En otras palabras: ¿conviene construir una nueva refinería si la producción petrolera va a la baja? ¿Habrá suficiente crudo en los próximos lustros para surtir la nueva planta? ¿Conviene dejar de exportar petróleo para refinar combustibles?

Shields, que conoce los números, recomendaba desde entonces: “Lo primordial, antes de pensar en una nueva refinería, debería ser avanzar con la reconfiguración de las otras cuatro refinerías, ya que agregar capacidad de producción en un complejo existente suele ser más rentable y más rápido que construir uno nuevo. Falta terminar las obras en la refinería de Minatitlán y comenzar las de Tula, Salamanca y Salina Cruz. En el mismo sentido, circula una interesante propuesta para reconfigurar los complejos petroquímicos Cangrejera y Morelos, convertirlos en refinerías y así producir más gasolinas. Las reconfiguraciones son una tarea interminable ante la constante actualización de las normas ambientales y la creciente obsolescencia de las plantas existentes. Por lo mismo, cuando concluye un ciclo de reconfiguraciones —que en Pemex, al parecer, dura 20 años— hay que iniciar un nuevo ciclo”.

Ahí está, pues, una alternativa más racional: en lugar de construir una nueva planta, arreglar las que tenemos.

Un proyecto costoso

El presupuesto para construir la nueva refinería es de nueve mil 123 millones de dólares. Es una barbaridad de dinero comparado con lo que hoy cuesta, por ejemplo, Valero Energy, una de las principales empresas de refinación del mundo. Valero cuenta con 16 plantas con la capacidad de refinar más de tres millones de barriles de petróleo diarios. Además, es propietaria de siete plantas de refinación de etanol, una extensa red de ductos y cinco mil 800 gasolineras en territorio estadunidense. Tomando en cuenta el valor de su acción y los pasivos que tiene, toda esta empresa cuesta alrededor de 15 mil quinientos millones de dólares.

El gobierno mexicano, con los nueve mil millones que piensa invertir en la nueva refinería, podría adquirir la mayoría accionaria, y por tanto el control empresarial, de Valero. De esta forma, México tendría no sólo una nueva refinería, sino 16 más, amén de siete de etanol y una red de distribución de gasolinas en EU.

Y esta es sólo una opción de las múltiples que existen para alguien que tiene nueve mil millones de dólares. Si Pemex fuera racional, sujeto a la lógica del mercado, no construiría una nueva refinería. Buscaría maximizar el retorno de la multimillonaria inversión que de ninguna forma se logra edificando un mastodonte que ni siquiera es claro que se necesite.

Las nuevas condiciones

Las condiciones económicas han cambiado desde que se anunció la construcción de la nueva refinería el año pasado. La recesión económica mundial ha bajado el costo de importar gasolinas. Desde mayo, en el mercado internacional existen excedentes en los inventarios de combustibles. Esto ha hecho que el precio de las gasolinas disminuya. Hoy conviene más importarlas que producirlas.

De hecho, la rentabilidad de las empresas de refinación se ha desplomado, lo cual explica la caída en el precio de las acciones de compañías como Valero. Los reportes de los analistas económicos son claros: refinar petróleo no es un buen negocio en este momento.

Cualquier empresario racional, con estas nuevas condiciones, ya hubiera cancelado la construcción de una nueva planta. No así el gobierno. En vez de dar marcha atrás, y ahorrarse nueve mil millones de dólares en un momento donde las finanzas públicas tienen un déficit de casi cuatro veces esa cantidad, el gobierno se empeña en sostener una decisión irracional.

Comienza mal

Shields lo visualizaba desde octubre del año pasado: “Sólo los políticos jamás los empresarios podrían anunciar un proyecto petrolero de esa magnitud sin definir el sitio ni otros detalles específicos (sobre todo, técnicos) para su realización […] hay un enorme problema de burocratización y falta de capacidad de ejecución en los proyectos de Pemex. Por eso, se ha podido terminar de reconfigurar sólo dos de las seis refinerías de Pemex en un lapso de 15 años”. Y ahora, la petrolera pretende construir una nueva refinería.

Por lo pronto, se ha cumplido el plazo que se le dio al estado de Hidalgo para entregar los terrenos donde se construirá la planta. Por razones burocráticas, todavía no se cuenta con ellos. Comenzó, entonces, una nueva etapa donde Hidalgo y Guanajuato competirán por donar los terrenos. El primero que los entregue se quedará con la refinería.

Independientemente de quién sea, todo indica que la tierra costará una barbaridad de dinero. De esta forma, el primer costo ya estará inflado. Y luego, seguramente, los costos seguirán al alza, de tal suerte que los nueve mil millones se convertirán en muchos más.

La decisión de construir una nueva refinería es irracional. Comenzó mal y va a terminar peor. Se trata de una decisión política sin bases económicas que nos costará miles de millones de dólares en un momento donde el erario está vacío. Pero los políticos no saben hundir los costos de un mal proyecto. Primero se cortan un brazo antes de reconocer que se equivocaron.

Construir una nueva refinería es irracional. Se trata de una planta carísima que ni siquiera queda claro si se necesita.

De Zumárraga a Schulenburg

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

La oposición al culto del Tepeyac fue encabezada por los franciscanos evangelizadores de indios. Como allí había estado el santuario de la diosa Tonantzin, todos vieron con recelo el súbito fervor por una imagen que “hacía milagros”, si bien durante todo el siglo XVI nadie jamás dijo que se hubiera aparecido. Eso habría sido denunciado por los franciscanos que combatieron el culto. Sólo hacía milagros.

El testigo del milagroso estampado es el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, según la leyenda. Es por eso notable que escribiera un catecismo, llamado Regla Cristiana, en el que desliza una pregunta inusual: “¿Por qué ya no ocurren milagros?”. Responde: “Porque piensa el Redentor del Mundo que ya no son menester”. Cuando el católico y piadoso historiador Joaquín García Icazbalceta descubrió el catecismo hace unos 120 años, se quedó estupefacto: “¿Cómo decía eso el que había presenciado tan gran milagro?”

La respuesta es sencilla: no vio nada. Y, aun peor, le molestaba mucho que los indios atribuyeran milagros a una imagen de la Virgen. Los franciscanos eran erasmianos, esto es, seguían muchas de las ideas del filósofo Erasmo de Rótterdam que, si bien no se pasó al protestantismo, dio razón a Lutero en varios aspectos, dos de ellos, el excesivo culto católico por las imágenes y los lujos de la corte papal.

Por eso mismo, nuestro primer gran historiador, fray Bernardino de Sahagún, a quien debemos la recopilación de cuanto se sabe sobre el mundo indígena, por entonces en vías de desaparición, fue más allá y llamó a esa devoción “invención satánica”: no era casualidad que los “milagros” ocurrieran donde había sido venerado un ídolo pagano. Señala en 1570 que es muy sospechoso que, habiendo tantas iglesias dedicadas a la Virgen, los indios no vayan a ellas y vengan desde muy lejos al Tepeyac: “Parece ésta invención satánica para paliar (ocultar) la idolatría bajo la equivocación de este nombre Tonantzin”.

Pocos años antes, en 1556, el provincial de los franciscanos, fray Francisco de Bustamante había denunciado, en sermón ante el virrey y la Real Audiencia, que el segundo obispo de México, el agustino Montúfar, permitía a los indios el culto a la imagen del Tepeyac. Se refirió a los muchos trabajos pasados por los evangelizadores para que los indios entendieran que sus imágenes eran de piedra y palo, “y venir ahora a decirles a los naturales que una imagen pintada ayer por un indio llamado Marcos (Cipac de Aquino) hace milagros es sembrar gran confusión y destruir lo bueno que se había plantado”.

En la misma línea estuvo el abad Guillermo Schulenburg. Al preguntarle por la contradicción entre ser abad de la Basílica y no creer en las apariciones, ni menos en el origen divino de la imagen, me dio una respuesta sencilla: era correcto en cuanto culto a Nuestra Señora la Madre de Dios, Santa María de Guadalupe (y las mayúsculas de respeto se marcaban en su voz). Pero nadie debía olvidar que era María, y por eso no hubo sermón en el que no la llamara María de Guadalupe.

Después de que el abad expresara que no había prueba alguna de la existencia de Juan Diego, hasta La Jornada le entró a la beatería. Claro, por el lado de la lucha de clases: el abad no era pobre, coleccionaba marfiles y, qué horror, jugaba golf. Hubo fotos del portón de su casa (nada especial), los reporteros más ateos buscaron autos de lujo y riquezas: todo lo que no hacen con respecto al cardenal Rivera, al cardenal tapatío ni al Papa, que en pobreza no viven. Hubo hasta una paparazza de televisora, escondida entre matorrales del campo de golf, que asaltó al abad micrófono en mano, exigiendo respuestas a las tonterías que preguntaba.

Schulenburg no hizo sino seguir la norma católica que va de fray Juan de Zumárraga que pidió no creer en milagros; fray Antonio de Huete, que pidió no llamarla de Guadalupe, sino de Tepeaquilla; fray Francisco de Bustamante y su sermón contra los milagros de una imagen pintada (y ni siquiera se refiere al supuesto estampado divino, que no se menciona hasta 1648), y la maravillosa hipótesis de uno de nuestros héroes pre independentistas: el gran fray Servando Teresa de Mier, quien arruinó la fiesta, en plena Catedral, lanzando la idea de que las apariciones habían sido un auto sacramental (una obra de teatro religiosa) escrita para un cumpleaños de Zumárraga… el texto se quedó por allí, lo encontró Miguel Sánchez un siglo después y tuvimos milagro para siglos.

Cómo se combate el narco

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

“El narco no se combate con madrazos… lo que se necesita son empleos”, le dijo Samuel, obrero de Lázaro Cárdenas, Michoacán, a Thelma Gómez Durán, enviada de EL UNIVERSAL. Entonces, ¿bastaría con crecer? ¿Es un asunto de pobreza?
Sin duda la pobreza es parte de la explicación, pero no es suficiente. Ejemplos sobran. Al narco se unen jóvenes de muy diversos orígenes. En Tijuana fueron famosos los narcojuniors y hemos visto cómo detienen a familias enteras dedicadas a cuidar secuestrados en casas patriótica y costosamente decoradas para el festejo del 15 de septiembre. Cada nueva detención lo confirma: ni los secuestradores, ni los narcos son parte de lo que se define como pobreza alimentaría. Hay algo más.

Íngrid Betancourt, la famosa rehén de las FARC, me decía en entrevista que con los años ella había entendido que la razón por la que muchos jóvenes colombianos se enlistaban en la guerrilla no era ideológica, ni por escapar de la pobreza, sino porque veían la posibilidad de ser respetados. Tener un arma, ser alguien en una organización, tener un rango.

Lo mismo está pasando en nuestro país. La violencia impera en las casas y se impone en las calles. El trabajo no es garantía de nada: generaciones de campesinos han visto desaparecer el valor de su esfuerzo. Escasean los ejemplos de éxito a través del trabajo, y el estudio ya no es un pasaporte de ascenso social. La ley no se respeta y las autoridades son predadoras y ejemplo de corrupción. El más fuerte impone su ley y todos los demás se sienten vulnerables.

En esas condiciones, cuando la esperanza de mejorar, ya no digamos de destacar, se ven tan reducidas, la tentación de optar por el camino de la violencia debe ser muy grande. Porque para muchos, son ellos, los narcos, el ejemplo más disponible y cercano de éxito y poder. Las revistas Forbes y Time lo entendieron así cuando incluyeron a El Chapo en sus listas de más ricos y destacados.

Rosa Martínez, vendedora de comida, se lo explica a Thelma, y a todos nosotros, cuando enojada le dice que su hijo tiene 9.8 de promedio en el Conalep y no le llega la beca que le prometieron. Su enojo traduce el desengaño de millones, ¿pues qué no era a través del estudio como se iba uno superando? Resulta que no.

Aquí no se trata de justificar a nadie, pero sí de entender. Hemos construido un sistema que manda las señales equivocadas. Y los jóvenes ya las escucharon. Habría que tenerlo en cuenta para no nada más andar soltando balazos.