septiembre 03, 2009

¿Con qué me quedo?

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

Los votantes son un mercado;
los candidatos, un producto, ¡y me
hablan de democracia! Florestán


El doctor Leopoldo Gómez me preguntó, ¿con qué te quedas del discurso del presidente Calderón?, refiriéndose al que pronunció ayer por la mañana en Palacio Nacional con motivo de su tercer Informe de gobierno, y hablé de su autocrítica a gobierno, políticos y país que nos retrata como un proyecto fallido y de su convocatoria al cambio —“con todos los riesgos y todos los costos que ellos implique”—, en el contexto del reencuentro histórico independencia-revolución, para lo cual, le comenté también, le queda poco tiempo.

Me quedo, ahora que me explayo, con la insuficiencia de lo realizado para sacar de la pobreza extrema a uno de cada cinco mexicanos y con la falta de visión crónica de los actores políticos para ponerse de acuerdo por el bien del país.

Me quedo también con el llamado, dentro de esa convocatoria al cambio, “a pasar de la lógica de los cambios posibles, limitados siempre por los cálculos políticos de los actores, a la lógica de los cambios de fondo que nos permitan romper inercias y construir, en verdad, nuestro futuro”.

“Es la hora de dejar atrás nuestros miedos y ponernos seria y profundamente a discutir aquello que tiene que cambiar a fondo y de lo que cada quien puede y debe aportar para que los cambios sucedan (...) y no pienso provocar ni convocar a la división del país, al contrario, convoco a la unidad para transformar a México en el país que queremos; convoco a que cada uno de nosotros ponga lo que tenga que poner para que las cosas cambien”.

Conforme lo iba escuchando busqué, por un momento, imaginarme qué pensaban de la convocatoria quienes por años se han encargado de que este sea un país fallido al someter el interés y el bienestar de los mexicanos a su interés y a su bienestar.

También me pregunté si con esos actores políticos se alcanzaría ese cambio que país y mexicanos merecemos y que quienes gobiernan han impedido.

No lo sé. Y menos con los mismos hombres.

Retales

1. PRESENCIA. Significativa presencia de Marcelo Ebrard en Palacio Nacional con motivo del mensaje presidencial. Ya se lo andan cobrando;

2. AUSENCIA. Carlos Navarrete me había dicho que de aquí al día 16 veríamos lo que no habíamos visto, refiriéndose al acompañamiento protocolario del presidente del Senado al Presidente de la República. Ayer no fue. El miércoles 16 lo veremos en el balcón central de Palacio, desde donde seguirá el desfile militar; y

3. IMPERTINENCIA. Ahora resulta que pasamos del Día del Presidente, al ¡día de Gerardo Fernández Noroña! Fernández Noroña en Los Pinos, Fernández Noroña en la Cámara, Fernández Noroña en Palacio. ¿Fernández Noroña en su clóset?

Nos vemos mañana, pero en privado.

Tiempo de definiciones

Javier Corral Jurado
Diputado Federal del PAN
El Universal

La consolidación de nuestra transición requiere de la convocatoria política inclusiva y de un desarrollo económico dinámico, sustentable e incluyente. En estas épocas, surgen las oportunidades que el reformador polaco Balcerowicz llama “momentos para las políticas extraordinarias”.

Los días que corren nos han regalado excelentes discursos en ese sentido, como el que de manera estructurada y sorpresiva pronunció el senador Gustavo Madero en una cena el pasado lunes 31 de agosto ante su grupo parlamentario y ante los nuevos diputados del PAN de la 61 Legislatura. Retrató con realismo nuestra última oportunidad, y las medidas que buscar si queremos que la gente recupere la confianza en la política y en los políticos. En un diagnóstico imbatible, habló de ocho crisis que enfrentamos y refirió hacer lo necesario, no sólo lo posible. “Estamos padeciendo las consecuencias de nuestras acciones y sobre todo de nuestras omisiones, como sociedad y como actores políticos. Estamos pagando los platos rotos de largos periodos de nuestra historia moderna, en la que se ha optado por eludir los problemas fundamentales y preferir soluciones cosméticas o minimalistas y no estructurales o de fondo donde solamente se aspiraba a poder esconder la basura debajo de la alfombra”.

El discurso de Madero define lo que puede estar sucediendo a nuestro alrededor: “Se está configurando un momento histórico proclive para grandes definiciones y convocatorias”.

El elemento común de las intervenciones en la sesión de Congreso General del 1 de septiembre apuntala la necesidad de reformas de fondo, otros las llaman estructurales, bajo el claro diagnóstico de que la ciudadanía está desencantada de la política. Pero no hay duda, al menos para mí, de que si por la influencia y el carácter definidor de la agenda no sólo política, sino mediática, tiene un discurso, hemos escuchado uno de los más importantes de este momento complejo y difícil de la vida del país.

El mensaje del Presidente de la República del día de ayer con motivo de su tercer Informe es quizá su mejor discurso de estos tres años que lleva al frente del gobierno federal. De hecho, entusiasmó a una gran parte de la concurrencia y de quienes lo oyeron por la radio o lo siguieron por internet. No tuvo que ver el lenguaje utilizado ni la elegancia o la envoltura de la expresión —esos estilos se van perdiendo en las complejidades e insuficiencias del ejercicio del poder—; fue el grado de definición política sobre algunos temas, el relanzamiento de una agenda de cambio por parte del gobierno, y que transmite en un ejercicio de autocrítica, una idea de rectificación y cambio de rumbo. Y eso es muy bueno para el país.

Calderón retoma una definición de la más pura cepa reformadora del PAN. “Tenemos que cambiar a México. Ante la disyuntiva de administrar lo logrado y de seguir con el impulso propio de la inercia, o asumir cambios profundos en las instituciones de la vida nacional, claramente me inclino por un cambio sustancial de las mismas, con todos los riesgos y con todos los costos que ello implica”.

Y por eso, en la parte que el Presidente tocó sobre la necesidad de cambios de fondo, cuando definió que hay que abandonar —por equivocada, es de suponerse— la dinámica de reformas posibles ancladas en el cálculo político inmediato, que se resuelven sobre miedos, mitos y tabúes, es cuando de manera más espontánea y cálida el público aplaudió con más ganas. Y en el contraste de ese entusiasmo fue también el momento cuando le empezó a cambiar la cara a los gobernadores del PRI, cuando Calderón, a tres años de su mandato y a nueve de la presencia del PAN en el gobierno federal, tuvo el valor y el coraje para decirnos a todos y a él mismo: “Llegó la hora de cambiar”.

Claro que este es un discurso esperanzador, porque el Presidente de la República es el actor político más importante de la vida del país, por lo menos de manera individual. Esa definición nutre, impulsa un nuevo talante en la relación partido-gobierno, y desata varias de las conciencias atrapadas dentro de nuestro propio partido, temerosas o medrosas por saber qué opina sobre esto o aquello el Presidente de la República, al que una inmensidad de funcionarios de la administración pública federal y no pocos miembros del Congreso deben directamente la posibilidad de su encargo. Por eso es fundamental ese discurso, porque el liderazgo indiscutible que tiene es importante que lo detone para que por lo menos se planteen las reformas que queremos. Lograr que se puedan contrastar en la resistencia de los poderes fácticos y de sus operadores en las cámaras. Porque, además, “no hay de otra”, con esa claridad lo dijo Felipe Calderón.

El momento exige pensar y actuar en una perspectiva de más largo plazo, con decisión y sin complejos. Cuando la palabra se usa para definir, exige también definiciones de todos los actores y en esta ruta señalada sería impensable no cerrar filas en torno del Presidente de la República. Es además extraordinaria la convocatoria: “Seamos la generación que puso por encima de cualquier otro interés particular el interés de México”.

Ni un peso más

Carlos Elizondo Mayer-Serra
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma

Ni un peso más de impuestos si no se eliminan los excesos de gasto y personal en el gobierno en todos sus niveles. Éste debe ser el punto de partida. No el "ni un peso menos" de presupuesto del rector de la UNAM.

Los administradores de los recursos públicos suelen partir de la premisa de que el dinero es suyo. Están equivocados. Es nuestro. Nosotros tenemos derecho a los servicios que nos prestan, no ellos al presupuesto. A la UNAM le han planteado para este año un recorte del 1 por ciento. ¿De verdad no les sobra el 1 por ciento de su personal administrativo, el 1 por ciento de su gasto en publicidad, o incluso el 1 por ciento de sus alumnos o maestros? ¿No pueden hacer ese esfuerzo para no tenernos que quitar el 1 por ciento adicional de nuestros impuestos?

Sí podrían, de no quedarles de otra. Pero es más fácil presionar a Hacienda, buscar ayuda en los diputados, y que ambos nos presionen y nos saquen más dinero. Tenemos menos capacidad de protesta que los administradores de recursos públicos. La UNAM no tiene desperdicios conspicuos, aunque el tener 27 mil 522 trabajadores administrativos por 16 mil 412 académicos de todos los niveles (descontados profesores de asignatura) parece un exceso. La UNAM es un gasto deseable. Sin embargo, también nos tenemos que preguntar si obtenemos a cambio de nuestro dinero un servicio razonable en precio y calidad. No son pocos recursos. Este año la UNAM tiene un presupuesto de 22 mil millones de pesos (sólo recursos federales), similar al presupuesto del estado de San Luis. Se trata de un monto cercano a todo el ingreso por tenencia esperado para este año.

Sin entrar en el debate de qué obtenemos por nuestro dinero, hay mucho que recortar en el sector público. Basta ver los escándalos cotidianos, como los viajes a un hotel del lujo por parte del Tribunal Federal de Justicia Fiscal y Administrativa; los excesivos salarios del Poder Judicial; los abusos y trampas de los diputados; las decenas de miles de trabajadores de Pemex que no hacen nada, literalmente, porque ya se quedaron sin materia de trabajo, pero no se les puede ni mover de lugar; los gastos publicitarios de los gobernadores, muchos de los cuales dicen estar quebrados; los 100 millones de pesos que gasta al año Luz y Fuerza para mover en efectivo la nómina cada semana porque el contrato colectivo impide usar tarjeta de débito. La lista de abusos crece todos los días. Uno solo de esos abusos sería un escándalo en otro país.

Hay abusos fáciles porque les sobra dinero. ¡La Comisión Nacional de los Derechos Humanos cuesta más que todas las comisiones equivalentes de América juntas! Cuando el dinero sobra hay que gastarlo antes de fin de año, por ello hacen publicaciones de libros que nadie lee, o simplemente se compran edificios caros, ya sea por irregularidades o porque sencillamente no les pareció un despilfarro. Con el dinero de otro nada parece caro.

Hemos tenido un gobierno caro y de baja calidad, pero que nos cuesta poco. Los mexicanos sólo pagamos unos 11 puntos del PIB en impuestos, frente a más del doble en Chile o Argentina. La diferencia entre impuestos y gastos ha sido el petróleo, el cual pagó el gasto excesivo del gobierno. No era un dinero que saliera de nuestra bolsa. Por eso protestábamos poco. Ahora que lo quieren sustituir con más de nuestros impuestos, debemos exigir se hagan antes recortes de fondo.

Una propuesta. Las instituciones deben probar que su gasto no es excesivo. Hay números sencillos. ¿Cuánto personal tienen instituciones equivalentes en otros países del mundo, ajustado por población y cobertura de servicios? Alternativamente. ¿Cuánto cuestan instituciones equivalentes en el mundo? Conformémonos con que nuestros órganos autónomos y nuestros partidos políticos sean los segundos más caros del mundo. Con eso bastaría para abaratar de forma importante el presupuesto de los órganos autónomos. Cada entidad debiera proveer los datos. Los diputados simplemente los validarían. Si no dan el dato, asumamos que sobra la tercera parte y hagamos el recorte correspondiente. Para ello, hay que reformar la ley para que los trabajadores que sobran puedan ser despedidos a un costo razonable para la entidad, dándoles tiempo y recursos para poderlo procesar.

Si pasada esta prueba aún se requieren más impuestos, entonces hablamos. Aunque primero se deben quitar privilegios fiscales como el de los partidos políticos y sindicatos y los muchos otros que no pagan un centavo de impuestos.

Juanito, de combatiente a pobre diablo

Humberto Musacchio
Excélsior

Candidato a jefe delegacional en Iztapalapa, las encuestas y otras estimaciones no le daban más de 2% de los votos, pues era territorio perredista.

En nombre de una causa, hay seres humanos capaces de cualquier sacrificio, incluso el de la propia vida. Los hay que no se doblan ante los embates del chantaje o el soborno, de la represión ni del hambre. Algunos son capaces de resistir las tentaciones del sexo y del dinero, de la fama o del poder. Son siempre una minoría, pero existen y proporcionan ejemplos que acaban por hacer suyos las mayorías. Son personas de esas que imponen una moral distinta y terminan por cambiar la historia.

Como es evidente, a Rafael Acosta, más conocido como Juanito, le falta consistencia para ser de esa minoría. No es que carezca de mérito, pues no es poca cosa ganarse el sustento cuando la vida niega oportunidades básicas como la educación o el empleo. Juanito ha tenido que multiplicarse en diversas actividades para sobrevivir y lo ha hecho tan bien que ahora, según se ha informado en los diarios, posee por lo menos dos puestos callejeros.

Juanito sabe lo que es no tener techo ni pan, carecer de atención médica y de un lugar en este mundo. Es de los prisioneros de la necesidad, pertenece a la numerosa hueste marginada de todo bienestar. Pero es también un luchador, uno de esos seres que no se resignan a la desgracia y que si encuentran las puertas cerradas buscan la mínima rendija para meterse, porque pese a todo mantienen la esperanza. Por eso siguió a Andrés Manuel López Obrador, entusiasmado con la política social del ex jefe de Gobierno capitalino, que más allá de su voluntad y de sus malquerientes, representa la posibilidad de la justicia social.

Juanito, como lo sabe todo el mundo, es flor de asfalto, carne de barricada, parte del ejército industrial de reserva que ha ganado medallas en la lucha callejera. Junto a López Obrador aguantó los embates de la infamia bien pagada, las amenazas y los intentos de cooptación. Cerrados los caminos de la participación política en su propio partido, buscó otro espacio para hacerse valer. Y lo halló en el Partido del Trabajo, en el que recalaron algunos perredistas y varios miembros del estado mayor de AMLO.

Candidato a jefe delegacional en Iztapalapa, a Juanito las encuestas y otras estimaciones no le daban más de 2% de los votos, pues se trata de una delegación perredista. Pero ocurrió que el TEPJF, empeñado en dilapidar cualquier asomo de credibilidad, le quitó a Clara Brugada la candidatura del PRD y se la dio a una representante del clan de los chuchos, cada vez más cercano a los afectos del establishment. Y entonces todo cambió.

López Obrador, frente a la cínica decisión del TEPJF, llamó a no votar por el PRD, aunque en las boletas apareciera el nombre de Clara Brugada. Pidió que el sufragio fuera para el PT y su candidato Juanito, quien si ganaba iba a renunciar para dejar libre el cargo que la señora Brugada ocuparía si así lo consentía Marcelo Ebrard y lo aprobaba la Asamblea Legislativa.

La jugada tenía un altísimo grado de dificultad, pero aun así, la primera parte, la más difícil, concluyó con un éxito rotundo para López Obrador, que demostró de lo que es capaz. Perdió el PRD y el triunfo fue para el PT y su candidato Juanito. Sin embargo, éste, en un desplante de inmadurez, atribuyó el éxito a su simpatía y arrolladora personalidad y al paso de los días se vio claro que iba alejándose del acuerdo tomado con AMLO y Clara Brugada.

Entonces, el hombre que había resistido heroicamente todos los embates de la vida se desdobló y en lugar del curtido luchador proletario apareció el pobre diablo incapaz de entender lo obvio: que “su” triunfo no era de él, sino de López Obrador, que mandó a su gente, calle por calle y casa por casa a peinar toda la delegación, a convencer y a ganar.

Infatuado por un éxito al que sólo le prestó su cara y su nombre, Juanito se sintió tocado por los dioses. Empezaron a cortejarlo los derrotados, le hicieron ver lo que ganaría como delegado, los muchos cargos públicos que tendría para repartir entre sus amigos, los contratos que podría firmar mediante una jugosa comisión, los fondos disponibles en la tesorería de Iztapalapa y el amplio margen que tiene siempre la autoridad para manejar dinero público. Y cayó en la tentación mientras sus contrincantes se relamían los bigotes.

Es difícil saber en qué acabará este sainete. Lo cierto es que la carne es débil y que la política debe contar con las deslealtades. López Obrador y otros perredistas habrán aprendido que los militantes no están hechos de una pasta especial, que son, como casi todas las personas, seres capaces del mayor heroísmo y de la peor bajeza, de la virtud y de la traición, y que casi todo depende de las circunstancias, como bien lo saben los panistas, que en otro tiempo se persignaban espantados ante las corruptelas del PRI, pero ahora se han convertido en tapaderas o cómplices del enriquecimiento inexplicable de los hijitos de Marta Sahagún o de la podredumbre de varios de sus gobernadores. Es mal de muchos, pero no es, no debe ser, consuelo aceptable.

A la mitad del camino

Alfonso Zárate
Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC
El Universal

Gobernar significa rectificar: Confucio

Se puede gobernar en alianza con el gran capital o con el respaldo firme del pueblo, pero difícilmente sin uno ni otro. Eso lo aprendió duramente Pascual Ortiz Rubio. Fue, como Abelardo L. Rodríguez, un títere del jefe máximo; por eso, cuando intentó irse por la libre, se quedó solo y tuvo que renunciar. El populacho le puso un mote burlón: El Nopalito.

Para conducir al país, un presidente requiere de sólidas alianzas, y más ahora, en un escenario de disgregación del poder y crisis sobrepuestas. A diferencia de Obregón, que concebía al Estado como un mediador neutral entre el capital y el trabajo, el general Cárdenas sostenía, sin ambigüedades, que en la confrontación entre patrones y trabajadores, el Estado se colocaba, decididamente, de parte de los trabajadores.

Gustavo Díaz Ordaz gobernó con el respaldo de la clase política, los empresarios, las organizaciones obreras oficiales y el Ejército. Aun en los duros momentos de la represión a los estudiantes, “la sociedad que cuenta” expresó al presidente su apoyo. Las pocas voces disonantes —como la del rector Javier Barros Sierra— fueron perseguidas.

Hombre de poder, Carlos Salinas tejió redes en distintas esferas: a importantes hombres de negocios les entregó empresas públicas como Telmex e Imevisión, que les permitieron acrecentar su riqueza y poder; a las iglesias, sobre todo a la católica, las reformas constitucionales que les devolvieron privilegios; a la clase política emergente, posiciones de poder; no excluyó a las comunidades pobres, para eso instituyó Solidaridad.

¿Con quién gobierna Felipe Calderón? En este país de símbolos, tras el tercer Informe de Gobierno empieza la segunda mitad de la administración. Tres años disminuidos por el desgaste natural del ejercicio de gobierno y por la lucha, siempre anticipada, por la Presidencia. Tres años de gobierno que serán, cuando mucho, dos efectivos.

Los nostálgicos del viejo presidencialismo reclaman a Calderón un viraje enérgico. Pero, hoy, aunque quisiera, no le puede ordenar al Congreso que apruebe sus iniciativas (IVA en alimentos y medicinas, la reforma laboral, la reforma política, una nueva reforma energética y otra al sector de telecomunicaciones) ni a los ministros de la Corte que resuelvan en uno u otro sentido; tampoco puede persuadir a los medios de comunicación de que reemplacen la nota roja de sus noticiarios por otras positivas.

Como el país, el Presidente enfrentará uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas. No ayuda la percepción de un mandatario aislado, “el solitario de palacio”. Es imperativo tomar decisiones trascendentes para atender el empobrecimiento que sufren anchas franjas de la sociedad; fortalecer la infraestructura, eliminar regulaciones excesivas, avanzar en competitividad y crecer a buen paso y con sustentabilidad del medio ambiente; reducir a un mínimo a la delincuencia y, sobre todo, avanzar hacia un proyecto de país en el que haya menos perdedores y más ganadores.

El duro momento que vive el país reclama responsabilidad, sensatez, imaginación y patriotismo en la clase gobernante, pero también el acompañamiento responsable de la sociedad.

Calderón tiene que mostrar, y pronto, que no resignará a gobernar la inercia. El statu quo se traduciría en severos desarreglos. El país cuenta con los activos y las condiciones para salir adelante y construir una etapa mejor, pero es necesario un verdadero pacto nacional. La convocatoria que hizo ayer en Palacio Nacional el Presidente a los otros poderes, a partidos, empresarios, sindicatos y académicos tiene que traducirse en los próximos días en hechos.

El llamado a un cambio profundo perderá fuerza si el propio gobierno federal no muestra que lo que dijo va en serio. La alta burocracia y sus percepciones han crecido desmesuradamente, hay secretarías que podrían desaparecer o convertirse en dependencias menores (Reforma Agraria y Función Pública, señaladamente), decenas de subsecretarías no tienen razón de ser y ni qué decir de centenares de direcciones generales creadas en los últimos años…

Por otra parte, varios miembros del gabinete en posiciones clave no construyen puentes con los sectores de sus ámbitos de competencia; por el contrario, los hacen volar con su ignorancia, ineptitud e insensibilidad. Si estos funcionarios notoriamente inapropiados permanecen en sus puestos, la sensación de desánimo se extenderá entre la ciudadanía. Pero algo todavía peor podría ocurrir: que se hicieran los cambios pero quienes llegaran a sustituirlos fueran gente menor. Eduardo Sojo no parecía el más apto para la Secretaría de Economía, pero su reemplazo, Gerardo Ruiz Mateos, resultó peor.

Hacer un cambio profundo exige pasar de las palabras a los hechos. Facta non verba, como decían los romanos.

El mejor discurso de Calderón, pero...

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

No fue el personaje de hace dos años, cuando en ese mismo patio de Palacio Nacional quiso darse su Día del Presidente. Ayer no entró con una marcha triunfal de fondo y la banda tricolor en el pecho. Ayer no cantó, como en 2007, la creación de empleos; ni, como en 2007, que se le iba ganando la guerra al crimen. Ayer tenía que ser otro y lo fue.

Ayer apareció un mandatario con 730 días de erosión tatuados en la cara. Y un aprendizaje que, por lo visto, le ha enseñado que los novelistas inventan la verdad, mientras los políticos tienen que lidiar con las percepciones, verdaderas o falsas. Y que la percepción en su México del tercer año es de colapso.

Quizá por ello su discurso fue en cierta medida impecable, el mejor de su mandato. Acertó. El autoelogio en voz baja, el diagnóstico lógico de la crisis que se desparrama, la autocrítica creíble, jamás escuchada a mitad de sexenio; la ruta a seguir y la arenga a sus pares, a sus contemporáneos, para que dejen de ser la generación del fracaso y se transformen en una que aún pueda ser perdonada por la historia nacional.

Pidió reformas y prometió quitarle grasa a su gobierno. Invitó a dejar atrás mitos, prejuicios, tabúes. Y dejó la impresión de que él hará lo propio con los suyos: los panistas y los calderonistas.

Pero, ¿a quién le habló ayer el Presidente? ¿A los pavorreales priistas, a los lesionados panistas, a los menguantes perredistas, a los narcisistas lopezobradoristas? ¿Qué tanto puede sacudirlos, persuadirlos el prematuramente otoñal Felipe Calderón 2009?

Buen discurso. Buena ceremonia, buena convocatoria. Pero que nadie se ilusione de más. Lo dicho aquí el lunes: son una generación no dotada genéticamente para la grandeza.