octubre 13, 2009

CFE se queda con la operación de LyFC

La comisión será la empresa que dará el servicio en las zonas en que operaba la extinta compañía; con esto quedó descartada la creación de una nueva empresa para la distribución de la energía.

CIUDAD DE MÉXICO (CNNExpansión.com)

La Comisión Federal de Electricidad (CFE) será la empresa responsable de dar el servicio de energía eléctrica en las zonas en que operaba la extinta compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) y quedó descartada la creación de una nueva empresa para la distribución de la energía.

La Secretaría de Energía (Sener) informó este martes que el presidente Felipe Calderón instruyó que sea la CFE la entidad que proporcione el servicio, con base en lo dispuesto en la Ley del Servicio Público de Energía Eléctrica.

La titular de la Sener, Georgina Kessel, indicó el lunes que el Gobierno federal estudiaba las ventajas y desventajas de crear una nueva empresa estatal que se ocupara de distribuir la energía eléctrica en las zonas en las que lo hacía LyFC.

La dependencia informó este martes en un comunicado que "la CFE será la empresa pública que ofrezca el suministro eléctrico, con el fin de proporcionar un servicio con los mismos estándares de calidad en toda la República Mexicana".

El domingo, el Ejecutivo federal publicó el decreto por el que se extingue al organismo descentralizado LyFC, con base en lo dispuesto por el artículo 16 de la Ley Federal de las Entidades Paraestatales.

Encuentro de “legítimos”

Francisco Garfias
www.elarsenal.net
Arsenal
Excélsior

La imagen era un manjar para los fotógrafos. Andrés Manuel López Obrador y Martín Esparza en el centro de aquel templete que atravesaba avenida Congreso de la Unión. El sindicalista que reconocía al Peje como el “presidente legítimo” y el tabasqueño que proclamaba a su invitado estelar como el “legítimo” secretario general del SME.

Los dos “legítimos” enfrentados con el sistema, unidos frente a un mismo adversario, vitoreados por una muchedumbre que mezclaba a los obradoristas de siempre —y eso incluye a viejitos agradecidos— con irritados sindicalistas a los que les acaban de fundir su empresa.

A López Obrador se le veía revitalizado, sonriente, como en los viejos tiempos. Se había montado de lleno en un conflicto que representa oxígeno puro para su liderazgo. Una decisión del presidente Calderón, tomada en tiempos de cólera, le ofrecía inesperada bandera. No era el desafuero de Fox, que lo convirtió en víctima, pero sí servía para reposicionarlo en el escenario nacional, del que está casi desaparecido.

El “Movimiento” que encabeza resolvió ayer, a mano alzada, participar en todas las acciones de resistencia civil pacífica que convoque el SME. Una vez montados, no hay que bajarse. Pero, eso sí, El Peje urgió a no caer en la provocación. “Aunque tengamos el corazón caliente (hay que mantener) la cabeza fría”, pidió.

Por lo pronto, el tabasqueño quiere que sus seguidores vayan a la manifestación convocada por el SME el jueves “aunque yo no vaya en la cubierta”; que se forme una “Comisión de Enlace” con los dirigentes del SME, integrada por Claudia Sheinbaum, Berta Luján, Ricardo Ruiz y David Martín del Campo; y que se inicie una campaña de acopio de víveres para apoyar la resistencia de los trabajadores.

Esparza, más serio, agobiado, se colgaba de su único apoyo político real frente a la mortal embestida del gobierno federal. El PRI nomás no dio color y no le quedó otra que arrojarse a los brazos del “movimiento”. Son, para él, tiempos muy difíciles.

La STyPS le negó la famosa “toma de nota” y un decreto del presidente Calderón desapareció la ineficiente e impopular LyFC, en lo que se conoce como “el sabadazo”. Martín quiere incluso debatir con el Presidente sobre los salarios que ganan los trabajadores y los de los funcionarios de su gobierno.

Jura que algunos empresarios “están enojados” porque el SME revisa las “cuentas especiales” (con descuentotes) en el pago de luz: la Torre Mayor, hoteles de Reforma y Polanco, dos periódicos de circulación nacional y una poderosa compañía telefónica que encabeza el hit parade de quejas. “La misma Presidencia de la República no paga la luz que consume”, aseguró el hombre.

* * *

Desde las cuatro se comenzaron a llenar las calles aledañas al Palacio Legislativo. Banderas y arengas acompañaban a los grupos que caminaban hacia el Congreso de la Unión. Las rejas de San Lázaro se vistieron con pancartas que acompañaban la protesta: “Si Atenco pudo, porque el SME no?”; “¿Esa es la manera de crear empleo? No mamen…”; “La luz es nuestra, hay que defenderla”; “Fuera la PFP de Luz y Fuerza”.

Jesusa Rodríguez, animadora del mitin, no paraba de descalificar a todo el sistema y eso incluía a los periodistas que critican a su legítimo presidente. Los mencionó uno a uno: López-Dóriga, Adela Micha, Loret de Mola, Gómez Leyva, Óscar Mario Beteta, Pedro Ferriz.

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El acuerdo era que Javier Lozano compareciera en comisiones esta tarde a las 17 horas en la Cámara de Diputados. Pero podemos confirmar que el secretario del Trabajo no se presentará en el Palacio Legislativo. “No hay condiciones”, afirmó una fuente bien informada. Los diputados tendrán que esperar una mejor ocasión.

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El tabasqueño quiere que sus seguidores vayan a la manifestación convocada por el SME el próximo jueves...

Haciendo historia

Macario Schettino
schettino@eluniversal.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
El Universal

El domingo se declaró extinta Luz y Fuerza del Centro. Se trata de una decisión que se pospuso por décadas, provocando un costo para el país nada despreciable

Sólo en los últimos 10 años, el subsidio que requirió esta empresa para seguir operando fue de 3% del Producto Interno Bruto (PIB), sin contar la pérdida de fluido eléctrico que en la región de esta empresa supera 30%, frente a menos de 10% en la zona que opera CFE.

Y faltaría considerar el costo por ineficiencia que Luz y Fuerza nos ha trasladado a los usuarios.

Aunque Luz y Fuerza debió desaparecer desde los años 70, el conflicto de esa década al interior del sindicato de electricistas impidió concretar la decisión. Después, en los 80, cuando cientos de empresas de gobierno desaparecieron precisamente por su elevado costo, Luz y Fuerza logró sobrevivir gracias, en buena medida, a la alianza que estableció con Carlos Salinas en su camino a la Presidencia. Después, ni Luis Ernesto Zedillo ni Vicente Fox encontraron el momento y el ánimo adecuado para terminar con este pozo sin fondo.

Esta columna apoya sin lugar a dudas esta decisión del gobierno mexicano. Para tener una idea de lo que ésta significa, en términos estrictamente financieros, observe usted que la liquidación que se ha ofrecido a los trabajadores de la empresa, sumamente generosa, alcanza 20 mil millones de pesos, mientras que si la empresa siguiera funcionado, el año próximo nos hubiese costado 45 mil millones. Parece increíble, pero cerrando la empresa y liquidando con toda generosidad, el país acaba ganando dinero. Así de grave estaba la situación en esa empresa.

La decisión que por fin se ha tomado es histórica. Supera por mucho aquellas que a Carlos Salinas le fueron muy celebradas. No se trata de un “quinazo”, en donde el gobierno enfrenta a un grupo de poder en un sindicato sólo para sustituirlo por otro igual, pero más cercano al poderoso. Hoy se trata de corregir un problema relevante para el país aún teniendo enfrente a un grupo sindical muy poderoso. Es un cambio histórico.

Se han opuesto con claridad a esta decisión diversos actores políticos, todos en esa parte del espectro que en México llamamos izquierda, aunque cada vez lo parezca menos. Principalmente ese grupo que se ha coagulado alrededor de López Obrador, que sigue buscando cualquier oportunidad para desestabilizar. Los argumentos van desde una imaginada privatización hasta el incremento del desempleo que significa el cierre de Luz y Fuerza. No hay sorpresas.

Luz y Fuerza era un caso extremo de captura del Estado, pero no el único, ni mucho menos. México se construyó, en el siglo XX, mediante una relación que hoy llamaríamos de corrupción entre diversos grupos de interés y el Estado. En la misma esfera sindical, los petroleros y los maestros son dos ejemplos más, pero no iguales. En la campesina, la CNC continúa extrayendo recursos del presupuesto para el campo que, de haber llegado alguna vez a manos de los campesinos, habrían dejado la pobreza hace décadas. En el ámbito empresarial, las permanentes presiones de los grandes empresarios, todos ellos construidos desde el Estado. En el académico, las inmensas y poco productivas universidades públicas. Y no hay que olvidar los medios de comunicación. La economía mexicana es, en realidad, lo que los investigadores llaman “capitalismo de compadrazgo,” un esquema construido no para generar riqueza, sino para redistribuir rentas, de todos los que no estamos organizados a quienes sí lo están. Por eso la decisión del gobierno es histórica.

No quiero decir, en el párrafo anterior, que el gobierno vaya ahora a cerrar Pemex, o a enfrentar al SNTE, o a liquidar su relación con empresarios, las universidades o los medios de comunicación. El Estado es, a fin de cuentas, un arreglo institucional que depende de los equilibrios políticos, y no hay equilibrio cuando uno se pelea con todos. No se trata de eso, pero la decisión sí marca un límite relevante. No debería sorprenderme, pero sí lo estoy, frente a la capacidad de muchos colegas para mantener su predilección por el aplauso fácil y la frase políticamente correcta. No les ha sido difícil criticar la decisión gubernamental argumentando que el gobierno golpea a un sindicato pero mantiene cercanía con otros, también corporativos. Ni les ha costado mayor trabajo explicar la decisión como un ataque a fuerzas políticas asociadas al SME. Entiendo ahora que nunca podrán desatar los nudos que en su mente construyó el nacionalismo revolucionario y el izquierdismo barato, y por lo tanto no habrá jamás decisión que les acomode, si no la toma alguien que desde un principio haya coincidido con ellos.

Gran virtud es que hoy tengamos esta libertad que nos permite a todos expresar nuestras ideas. Libertad que hay que defender siempre, porque no es gratuita. Es de la mayor importancia que podamos tener opiniones diferentes, no sólo ante los hechos de la vida social, sino ante las posturas que tomamos, cada uno de nosotros. No sólo hay que construir nuestras opiniones, sino también hay que enfrentarlas permanentemente con la realidad. Se hace historia en México en estos días. Cerramos, como le había comentado en fechas anteriores, un ciclo de 45 años iniciado a mediados de los 60 cuando el régimen corporativo, habiendo agotado la dotación de tierra y capital disponible en México, empezó a devorar al país. Fue tan largo este tiempo porque el petróleo lo permitió.

Ya no hay más, hay que cambiar. Y todo cambio es difícil, porque exige primero comprender la diferencia entre la realidad y lo que imaginamos acerca de ella. Vamos cambiando. No todos, no al mismo tiempo, no con el mismo ánimo. Vamos cambiando.

Luz y Fuerza: los cómplices de una desgracia

Francisco Báez Rodríguez
fabaez@gmail.com
La Crónica de Hoy

El Sindicato Mexicano de Electricistas logró, en años recientes, algo muy difícil: generar una opinión ampliamente mayoritaria en su contra. Sólo en un contexto de grave inconformidad de la población hacia la calidad del servicio de Luz y Fuerza del Centro, hacia el trato de sus trabajadores al público y hacia las corruptelas evidentes de los sindicalizados, pudo la propaganda gubernamental contra el gremio entrar como lo hizo: como cuchillo en mantequilla.

El problema del SME fue mucho más allá de meros errores e indolencias. Hubo una política constante y consistente de saqueo directo o indirecto a la empresa, en la esperanza —muchas veces cumplida— de que la negociación le daría al sindicato una buena tajada de un pastel en el que contribuyentes y usuarios habían puesto todo.

No se trató, en el SME, de la lógica de pasar de explotados a productores. La participación del sindicato en la toma de decisiones se limitó a la defensa de privilegios gremiales y a la expansión de la plantilla (y por tanto, del poder de la burocracia sindical); en ningún momento se cumplieron compromisos por la productividad o se buscó que la empresa avanzara en el proceso de integración de la industria eléctrica en el país. El radicalismo verbal nunca se acompañó de acciones responsables. En otras palabras, Luz y Fuerza del Centro fue la gallina de los huevos de oro que terminó siendo acuchillada.

Hay que decir que el cuchillo fue tomado por dos manos. La del SME y la de las sucesivas administraciones de la empresa, que compraron a precio de oro —y con dinero de la nación— la paz laboral, que no hicieron esfuerzo alguno en modernizar las políticas tarifarias y que prefirieron otorgar prebendas que innovar la producción. La desgracia en la que se convirtió Luz y Fuerza es resultado de la complicidad histórica entre la administración pública —de diferentes colores partidistas— y el sindicalismo corrupto —esta vez, pintado de “izquierda”.

La gota que derramó el vaso —y el pretexto perfecto para una intervención del gobierno— fueron elecciones internas plagadas de irregularidades. La lucha por el botín generó condiciones que, por un lado, permitieron al gobierno dar a la luz pública los costos aberrantes en los que incurre para que LyFC brinde servicios y, por el otro, pusieron al descubierto la falta de unidad en el sindicato.

Para colmo, el grupo que encabeza Martín Esparza cometió un error elemental, probablemente azuzado por intereses políticos que apuestan, desde hace años, a la polarización social a toda costa (en primer lugar, Andrés Manuel López Obrador). El error consiste en sobrestimar la propia fuerza y subestimar la del adversario. De otra forma no puede entenderse el absurdo ultimátum que ese grupo le puso al gobierno federal. ¿Tenía sentido, más allá del de la (auto) propaganda? Lo único que hizo fue ayudar a fijar la fecha y las condiciones de la intervención gubernamental en la empresa.

La liquidación de Luz y Fuerza del Centro es un golpe de mano con importantes consecuencias económicas y políticas para el futuro inmediato de la nación. Las consecuencias económicas son, en su mayoría, positivas, al menos en el mediano plazo. El subsidio que recibía la empresa en liquidación era obsceno: 42 mil millones de pesos. Esa cantidad equivale aproximadamente a lo que pretende recaudar la Federación con el famoso impuesto “antipobreza” a las ventas —alimentos y medicinas incluidos—, equivale a casi el doble del presupuesto de la UNAM y equivale, esto es lo más grave, a prácticamente un millón de pesos anuales por trabajador del SME. Un barril sin fondo de proporciones pantagruélicas.

Esos son argumentos poderosos, que Calderón esgrimió cuando dijo que la subsistencia de Luz y Fuerza no es conveniente “desde el punto de vista de la economía nacional y del interés público”.

Los números rojos son tales que el gobierno federal se declaró dispuesto a pagar bonos y primas por encima de las liquidaciones laborales de ley (sabemos que ofrece estas irregulares recompensas tipo “viejo oeste” para dividir, pero es de notarse que los ahorros que obtendrá le permiten hacerlo con cierta holgura). Y la cantidad nos indica la existencia de graves distorsiones históricas en el gasto, que normalmente quedan en sordina a la hora de discutir ingresos y presupuesto.

Por lo pronto, se han encargado a la Comisión Federal de Electricidad las funciones que realizaba Luz y Fuerza, y se tiene previsto recontratar a 10 mil de los 44 mil trabajadores que operaban esa empresa (lo que querría decir que se sostienen los cálculos de que podía trabajar con la quinta parte del personal). Lo menos que podemos esperar los usuarios es que, en un plazo relativamente breve, lo que era la LyFC alcance en productividad y servicio a la CFE: implicaría generar el triple de electricidad por empleado y reducir a menos de la mitad tanto los apagones, como las quejas.

Por el lado político, hay varios elementos a tomar en cuenta. El primero de ellos, que el gobierno de Calderón toma la iniciativa y acumula poder en el conflicto —porque tiene a su favor a la opinión pública y porque quien pega primero, pega dos veces—. El segundo, que hay presiones para convertir este caso en el inicio de una ofensiva generalizada contra el sindicalismo. El tercero, que la mano que ha mecido la cuna del SME de un tiempo a la fecha apuesta a lo mismo: a polarizar y crear una situación de ingobernabilidad. AMLO y sus huestes más fieles jugarán el papel de agentes provocadores. No les importa perder: lo importante es que haya chipote con sangre.

Así las cosas, una actitud de aparente militancia y resistencia radical puede terminar con el último resquicio de vida que le queda al SME, que es el de pugnar por el respeto al derecho a la libre agremiación, lo que le permitiría subsistir —en otras condiciones, por supuesto— en la CFE o en una eventual nueva empresa, encargada de la electricidad en todo el país. Aunque, claro, ese derecho sindical es lo último que le importa a los “legítimos”.

La marcha final

Federico Reyes Heroles
Reforma

El espectáculo sería impresionante. Reporteros de las cadenas informativas de todo el mundo abarrotando los hoteles del centro de la capital. La gran marcha al Zócalo podría iniciar el primer minuto del 2010. Si los sindicalistas piensan que paralizando avenidas por algunas horas se pueden imponer al país, por qué no expresarse en el mismo idioma. Marcha contra marcha.

La coordinación del movimiento se llevaría tiempo. Lo primero sería explicar el costo de la empresa por habitante, no por ciudadano. El enojo cundiría. La cifra oscila los 400 pesos anuales. Bebés, menores y ancianos todos debemos pagar esa cifra para mantener a la improductiva empresa y su corrupto sindicato. Se podría aprovechar la excepcional movilización para levantar un registro de los sublevados en contra del SME. INEGI podría proveer los instrumentos para el ejercicio. La irritación social por el descaro de los trabajadores de seguro se desbordaría, sobre todo entre los segmentos más pobres. Luz y Fuerza era el impuesto más regresivo del país. La marcha tendría un gran apoyo popular. En lugar de que el subsidio sea transferido por la Federación, mejor que la entrega de los dineros la hagan directamente los moradores, uno por uno. Un impuesto disfrazado en beneficio de un grupúsculo es una burla y una humillación a los mexicanos.

Comenzaría Aguascalientes y terminaría Zacatecas. La logística sería complicada pero no imposible. Los transportistas del país podrían aportar su capacidad de mover a cientos de miles de mexicanos cada día. Las autoridades de la capital, actualmente renuentes a asumir un compromiso por coquetear con la idea de no perder algunos votos, no tendrían margen: o ayudan en la organización o harán el ridículo. Todos los días se tendrían que paralizar partes de la capital dependiendo del sitio de origen de los marchistas. Las molestias se volverían permanentes. Parece que ello sustituye a los argumentos.

Los números se imponen. Los 106 millones de habitantes son una mayoría tan apabullante que los sindicalistas se desvanecen. Trabajadores y jubilados y un porcentaje de sus parientes representan alrededor del 0.09% de la población nacional. Son estadísticamente insignificantes. Son ellos los que lucraban con este impuesto generalizado a todos los mexicanos. Se tendría que marchar día y noche incluidos los días festivos, no hay otra forma de cumplir con la meta: 40,000 mdp. La ciudadanía no pondría demasiada resistencia, el enojo es tal que se aceptaría el sacrificio. Cada día tendrían que marchar alrededor de 290,500 personas, en promedio 12,000 por hora. La administración debería absorber alrededor de 200 ciudadanos por minuto. La entrega en efectivo y el registro del nombre y domicilio del habitante afectado por el subsidio a la empresa se llevaría alrededor de pongamos 4 minutos. Se necesitarían en el Zócalo mil recepcionistas-cajeros las 24 horas del día más personal de supervisión y seguridad. Harían falta también camionetas blindadas para poder llevar el efectivo a los bancos.

La gran movilización podría comenzar el 31 de diciembre. Me temo que los líderes sindicales rechazarían la invitación a atestiguar el hecho. Aguascalientes abriría plaza. El espectáculo sería desgarrador. Familias completas de dos y tres generaciones llegando a la cita. Mujeres y hombres mayores ayudados por sus familiares entregando sus 400 pesos. Llegarían muchos niños. Los billetes sucios y doblados seguramente serían en su gran mayoría de denominaciones bajas. Ver a las madres solas pagando por su esposo (¿emigrado quizá?) y por sus hijos, familias de cinco integrantes, paupérrimas, entregando 2000 pesos, y en algunas ocasiones más, sería desolador. Los fotógrafos no se darían abasto con el triste espectáculo. La marcha permitiría un retrato de la República. Clases medias enfurecidas y vociferantes, trabajadores indignados, muchos pobres, pocos ricos, de todo. Quizá lo más doloroso sería el desfile de las entidades con población indígena, Chiapas, Hidalgo, Guerrero, las primeras, Oaxaca y Veracruz vendrían después.

Creo que los líderes sindicales desaparecerían de vergüenza. El fraude en sus elecciones internas es ya un nuevo referente de la corrupción. La información de sus prebendas es demoledora. Difícilmente podrían convocar a conferencias de prensa, de hecho tendrían que huir de los periodistas, en particular de los extranjeros, que quizá preguntarían cosas tan sencillas como ¿ustedes consideran progresista que los pobres los sostengan? ¿Cómo es posible que en un país de jóvenes una empresa tenga un jubilado por cada dos trabajadores? ¿Cuáles son los principales contratos del sindicato con la empresa? PRI y PRD tendrían que cambiar sus posiciones, no podrían defender a un grupo de extorsionadores.

Que no amenacen con marchas porque en eso también están perdidos. Los hundió su corrupción y soberbia. La última marcha sobre el asunto podría ser virtual. Bien por la liquidación, todavía hay dignidad.

Pues sí, ¡se atrevió!

Joaquín López-Dóriga
lopezdoriga@milenio.com
En privado
Milenio

El rayito de esperanza mutó en rayito de luz. Florestán

Cuando el lunes de la semana pasada la Secretaría del Trabajo negó a Martín Esparza la toma de nota como secretario general del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), parecían dadas las condiciones para proceder a la liquidación de Luz y Fuerza del Centro, lo que no ocurrió y fue criticado por algunos, que hablaban de una oportunidad perdida por el presidente Calderón y tamizada por otros, que la calificaban como una expresión de prudencia política.

Muy pocos sabían que a esa misma hora, la Comisión Intersecretarial de Gasto Público, Financiamiento y Desincorporación había emitido su dictamen favorable a la propuesta de extinción y liquidación de la empresa.

Y que con base en ese dictamen, la Secretaría de Hacienda sometía a la consideración del presidente Calderón la propuesta de su desaparición.

Para ese momento se había activado el operativo que iba de la toma de las instalaciones de Luz y Fuerza, por personal de la Policía Federal y del Ejército, a la de la operación con personal de la Comisión Federal de Electricidad, al tiempo que se ocupaban de la justificación jurídica y la redacción del decreto correspondiente.

Aquel lunes, al tiempo que el gobierno operaba todos estos frentes, el SME citaba para el jueves 8 a una marcha de protesta a Los Pinos para pedir la intervención del Presidente de la República en el conflicto.

Contra lo que se esperaba, no fue un funcionario menor sino su secretario particular, Luis Felipe Bravo Mena, el que lo recibió ese día, oficialmente, “en las instalaciones de Molino del Rey”, para no decir que en Los Pinos, “donde (Bravo Mena) escuchó con atención sus argumentos respecto de la situación que se vive al interior del SME”.

Esparza, al salir del encuentro, informó que había dado un plazo al Presidente de la República, que vencía el lunes, para que atendiera sus demandas.

Cuarenta y ocho horas más tarde se activaba el operativo al que sus tres antecesores no se atrevieron: liquidar Luz y Fuerza, decisión que si bien cierra un capítulo, abre otro cargado de riesgos, que Calderón tenía que tomar.

Retales

1. AUSENCIA. El PRI quedó pasmado con Luz y Fuerza. Francisco Rojas criticó su disolución, Francisco Labastida y Enrique Peña Nieto la respaldaron y Beatriz Paredes ausente. ¿Aún de viaje?;

2. ALIANZAS. En Hidalgo, el PAN está por confirmar que irá en alianza con el PRD para postular a Xóchitl Gálvez como su candidata al gobierno del estado. El riesgo de las alianzas es volver a perder; y

3. CONTRAS. La mayoría priista le jugará las contras al Presidente de la República en su iniciativa para desaparecer la Secretaría de Turismo. Irá con él, sí, en la extinción de Reforma Agraria y Función Pública, pero votarán en contra a su propuesta para desaparecer Sectur.

Nos vemos mañana, pero en privado.

La izquierda y el SME

Ricardo Pascoe Pierce
Analista político
ricardopascoe@hotmail.com
El Universal

López Obrador piensa que puede llegar al poder en un proceso político sui generis, cuyo valor central estaría en la posibilidad de acelerar un proceso de conflicto social magnificado.

El decreto emitido por el presidente Calderón mediante el cual inicia la liquidación de Luz y Fuerza del Centro, con el compromiso de respetar los derechos de los trabajadores en el proceso de su terminación laboral, abre importantes interrogantes para la izquierda. ¿Qué postura debe adoptar la izquierda frente a esta situación? ¿Debe condenar y rechazar la posición gubernamental ante la liquidación? ¿O puede ofrecer alguna alternativa a los trabajadores y a la empresa?

Al enterarse del acto gubernamental, los dirigentes del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) le exigieron al gobierno federal que les devolviera “su” (sic) empresa a los trabajadores. Obviamente sorprendidos por el decreto liquidador, llamaron a manifestaciones de rechazo a la medida oficial. López Obrador ha condenado el hecho y los dirigentes del PRD en el DF llamaron a la población a sumarse a las acciones de protesta. El PRD en el Congreso de la Unión prepara un punto de acuerdo para exigirle al gobierno federal la anulación inmediata del decreto y el reconocimiento a la dirigencia sindical de Esparza.

El momento es importante, pues la izquierda se encuentra ante una disyuntiva, producto de su propia hechura. Puede, como lo sugiere Gerardo Fernández Noroña, utilizar (él dice: “...ni modo...”) este momento para iniciar un gran movimiento que busque derrocar a Calderón. Desde hace tiempo el movimiento de López Obrador se ha movido en esta lógica. Su principal ideólogo, Porfirio Muñoz Ledo, ha declarado la necesidad de derrocar al Presidente “en 2010”, primero con claridad meridiana y, después, cantinfleando y con cierta ambigüedad. López Obrador piensa que puede llegar al poder en un proceso político sui generis, cuyo valor central estaría en la posibilidad de acelerar un proceso de conflicto social magnificado para llevar al país a la ingobernabilidad y, de ahí, al derrocamiento del gobierno. El marco teórico de este proceso empieza con la frase: “Ellos empezaron primero...” (es decir, Calderón habría agredido primero a López Obrador, lo cual justificaría cualquier acción).

Otra opción abierta para otra parte de la izquierda, y que sería congruente con su tradición, es la búsqueda de cambios de fondo ante la decadencia de una empresa fallida y la existencia de un sindicalismo antidemocrático que siempre ha rechazado. Y la izquierda debiera buscar la transformación de todo el sindicalismo del país, sin excepción. La izquierda, teóricamente, ha estado a favor del desarrollo de las fuerzas productivas, y no de su freno. Defender a una empresa en franca decadencia es contrario a la necesidad económica de contar con energía barata, eficiente y accesible. La modernización del aparato productivo, y su competitividad, debieran ser ejes centrales en la preocupación de la izquierda, y no la simple defensa reactiva de factores económicos en plena decadencia. Defender la existencia de LyFC en sus condiciones actuales es, en este momento, reaccionario y contrario a la necesidad del país para salir de la crisis económica. Ante el desafío que le pone el gobierno, la izquierda debiera mirar hacia el futuro y no hacia el pasado.

El plan

Carlos Loret de Mola
Historias de un reportero
El Universal

“El sábado se juega el gobierno el presidente Calderón”, bromeó a este reportero el lunes pasado a mediodía un secretario de Estado, del círculo íntimo del primer mandatario. La plática era sobre el futbol y sus efectos en el ánimo público. La frase claramente, a la postre, abrazaba muchas otras cosas.

Ese día no se había anunciado aún la negativa de la toma de nota al líder del Sindicato Mexicano de Electricistas, Martín Esparza, pero el gobierno federal ya tenía trazada la ruta de acción: en la tarde de dicho lunes se haría oficial el no reconocimiento y el Ejecutivo esperaría la reacción; si los trabajadores de Luz y Fuerza se iban con violencia a la calle y amagaban con un “apagón” metropolitano, tomarían de inmediato las instalaciones de la paraestatal; si la contestación sindical era pacífica y jurídica, esperarían al sábado en la noche.

Así sucedió: día no laborable, sin filtraciones a los medios sobre la fecha del golpe, sin “hora pico” en la demanda de energía, sin el tráfico de luz de día hábil y por si fuera poco con un país inundado por el “¡Nos vamos al Mundial!”.

Todo estaba listo para el operativo de toma de Luz y Fuerza del Centro, independientemente del resultado de la Selección Mexicana. Pero tanto el presidente Calderón como su secretario del Trabajo, Javier Lozano, pamboleros al fin, estaban esperanzados en que el pase a la Copa del Mundo terminara de “alinear los astros”.

Al medio tiempo casi había tanta inquietud en el vestidor de Javier Aguirre como en Los Pinos. Uno-cero favor México no garantizaba nada. Pero después, San Cuauhtémoc, sin siquiera imaginarlo, también cumplió al primer mandatario creando el ambiente considerado ideal para la intervención de la compañía paraestatal. Y sucedió.

El conflicto apenas comienza. Fuentes del más alto nivel, tanto del gobierno federal como del gobierno de la ciudad de México, descartan que la desaparición de LyFC pueda despertar a grupos armados, extremistas, radicales que quieran sumarse a la causa del SME lanzando petardos o explosivos, quizá contra instalaciones eléctricas, siempre en sitios vistosos, alineándose además con la efeméride del bicentenario. Considero que es un riesgo no desdeñable.

En el camino, dos nuevos aliados deberán ponerse de acuerdo: para López Obrador el golpe al SME tiene detrás a “la mano peluda de Salinas” y para Martín Esparza es su deber no dejar morir una empresa paraestatal fundada “por el licenciado Carlos Salinas de Gortari”.

SACIAMORBOS

En medio de la polémica del SME la semana pasada, desapareció la laptop del funcionario que, burocráticamente hablando, negó la toma de nota a Esparza. La computadora tenía todo el expediente. Notas ciegas que seguramente no volverán a ver.