octubre 18, 2009

Tiempo axial

Enrique Krauze
Reforma

El filósofo Karl Jaspers acuñó el concepto de "tiempo axial". En México, el historiador Luis González y González aplicó el término a la Reforma (1858-1860) que benefició a la sociedad separando a la Iglesia del Estado. Ahora México necesita un nuevo "tiempo axial" que beneficie a la sociedad separando al Estado de las estructuras clientelares e improductivas, los intereses creados, las inercias mentales y las actitudes intolerantes que heredamos de nuestro siglo XX. La liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro hace esperar esa nueva Reforma.

En los siglos coloniales, la Iglesia había sido el cuerpo central de la vida novohispana: cumplía funciones sacramentales, educativas, caritativas y recreativas; era fuente de empleos, cuidaba del bienestar social y conducía la moral pública. Con el fin de atender sus tareas en el otro mundo, la Iglesia mantuvo firme su lugar en este mundo. Cada obispado era una unidad jurídica, ejecutiva, financiera, educativa y religiosa. El clero secular y casi todas las órdenes religiosas eran terratenientes y poseían haciendas. La Iglesia ejercía funciones bancarias, gozaba de una inmunidad personal absoluta (el fuero) frente a los tribunales reales, y poseía tribunales propios. Esta matriz teológico-política no había cambiado mucho a mediados del siglo XIX.

De pronto, en 1847, sobrevino la traumática pérdida de la mitad del territorio. Para sobrevivir, México necesitaba una Reforma que lo pusiera al día con los procesos de desamortización, secularización y tolerancia de cultos que ya eran normales en varios países de Europa y sin los cuales las instituciones democráticas, el libre mercado y la inmigración -entre otras prácticas modernas- eran imposibles. El alto clero mexicano y el Vaticano se opusieron de manera terminante. Esa reacción fue la causa principal del estallido de una guerra civil que a su vez desembocó en una guerra de intervención. No obstante los liberales produjeron el cambio. Al modificar el estado de los derechos, bienes, dominios y tareas de la Iglesia en este mundo y acotar el monopolio de su ministerio hacia el otro, la Reforma dividió la historia mexicana en un antes y un después; fue, en efecto, el "tiempo axial". Décadas más tarde, la propia Iglesia se "reformó" y dejó entrar los nuevos aires de libertad. Ahora incluso reconoce que la separación es mejor para su propia misión.

Mediante un proceso sumamente complejo, el Estado liberal (juarista y porfirista) y, sobre todo, su sucesor, el Estado nacional-revolucionario (nacido en 1929) buscaron ejercer muchas de las funciones sociales tradicionales de la Iglesia y hasta suplantar algunos aspectos de su legitimidad religiosa. El viejo encono entre jacobinos y ultramontanos se reavivó ferozmente en el siglo XX: durante La Cristiada, los antiguos inquisidores pasaron a ser juzgados, y los antiguos perseguidos se volvieron perseguidores. En los años treinta, Jorge Cuesta se refirió a los afanes educativos del Estado (que en tiempos de Vasconcelos había tenido un sentido genuino de evangelización humanista) como una "nueva clerecía", imperiosa y catequizante. El viejo vino de la intolerancia clerical se vaciaba en el odre nuevo de la intolerancia estatal.

El proceso de "mímesis" siguió rumbos extraños. Hace veinte años, Gabriel Zaid supo advertirlo en la conformación de los grandes sindicatos: "en medio siglo han acumulado más que las antiguas corporaciones eclesiásticas". Si la enumeración que hacía Zaid del poder, dinero, fueros e influencia de los sindicatos era impresionante, la referencia a su legitimidad lo era más:

Así como no se podía blasfemar ante los propósitos redentores de las corporaciones eclesiásticas hoy no se puede blasfemar contra los propósitos redentores del sindicalismo. Hasta hay doctrinas que suponen que los sindicatos son algo así como la Iglesia Militante: protagonista de la lucha del Bien contra el Mal. Un fuero como la cláusula de exclusión, que pone a los agremiados en manos de sus líderes, parece sacrosanto. Ya nadie pide ¡Religión y fueros! pero ¡control sindical y fueros! parece una aspiración legítima para muchas almas piadosas ("Si Juárez no hubiera muerto", Contenido, 297, octubre de 1988).

Hoy esas "almas piadosas" se rasgan las vestiduras por la decisión del gobierno de liquidar la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Para todos los efectos prácticos, la empresa no pertenecía ya al Estado sino a su Sindicato, que había dejado hace mucho tiempo de servir al público para servirse a sí mismo. Hay que reconocer que esa acumulación impresionante de poder no fue responsabilidad de los obreros y ni siquiera, centralmente, de los líderes. Esa acumulación era el diseño estructural del Estado nacional-revolucionario cuyos funcionarios (sobre todo desde 1970 en adelante) concedían aumentos de sueldo y prestaciones a cargo del petróleo y las generaciones futuras. Ahora las generaciones futuras son las presentes y el petróleo se está acabando (a menos de que se reforme Pemex con todo y su sindicato, y se permita la inversión externa y privada en el sector).

Ojalá que el cierre de la Compañía de Luz sea el primer paso de la reforma que el país necesita primero para sobrevivir y después para crecer. El paso siguiente es negociar con otros grandes sindicatos de entidades públicas (petróleos, educación) una reforma laboral en la que los obreros y empleados participen por genuina convicción y patriotismo a sabiendas de que sus intereses particulares no pueden prevalecer sobre los intereses generales de la sociedad. Algunos puntos de esa reforma serían: la desaparición de la cláusula de exclusión, la introducción del voto secreto y la transparencia de recursos.

Pero no sólo los sindicatos deberán reformarse de manera razonada, negociada, pacífica. También otras estructuras onerosas e improductivas: pirámides burocráticas, empresariales y académicas deberán entrar al nuevo "tiempo-axial". Ojalá que la intolerancia de las "almas puras" que se sienten encarnaciones de Dios no nos conduzca a una nueva Guerra de Reforma.

Sindicatos: fin del voluntarismo

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Excélsior

Si aceptamos la autodefinición de José López Portillo de que él fue “el último Presidente de la Revolución”, la pregunta que surge inmediatamente es quién será el primer Presidente con un proyecto de país que sustituya al nacional-populismo implantado por el PRI.

Fuera de un intento de Carlos Salinas de instaurar en México un modelo económico exportador —que terminó aplastado, como ya sabemos, bajo el peso de las perversidades y la corrupción que plagaron su sexenio—, ninguno de los presidentes que ha tenido el país desde 1982 ha convocado a la nación a reinventarse.

Es más, de Miguel de la Madrid a Felipe Calderón, la clase política mexicana ha vivido de la herencia del viejo régimen, ya sea la infraestructura petrolera que ha permitido a México llenar las arcas del erario sin hacer un esfuerzo real de recaudación o bien, el corporativismo sindical que hacía posible el control político del país.

Concentrémonos en este último: Como ha apuntado uno de los mejores historiadores del México contemporáneo, el doctor Ilán Bizberg, en su ensayo El sindicalismo mexicano frente a la globalización y la descomposición del régimen político (Revue de l’IRES, 1999) los presidentes Salinas y Ernesto Zedillo “mantuvieron por razones tácticas la alianza con los sindicatos oficialistas tradicionales, reagrupados en las centrales afiliadas al PRI, por la capacidad de control que se deriva de ellos”.

En los albores de la alternancia política de 2000 se podía imaginar que el corporativismo estaba condenado a muerte, especialmente porque el ideario del PAN abogaba por la libertad sindical. Sin embargo, por el control que aún era capaz de generar, resultó demasiado tentador para que el primer gobierno no priista en 71 años abjurara de él.

Pese a la imposibilidad de traducir ese control en apoyo legislativo, el presidente Vicente Fox no rompió con los grandes sindicatos. Recordemos cómo su secretario del Trabajo, Carlos Abascal, una vez encabezó una porra al fallecido líder de la CTM, Fidel Velázquez.

Así, el corporativismo sindical ha seguido ganando batallas después de la muerte del régimen que le dio vida.

El presidente Calderón arrancó su sexenio con otra alianza táctica: con la maestra Elba Esther Gordillo y su sindicato magisterial, el más grande de América Latina. El SNTE es una agrupación tan tradicionalista que incluso ha tratado de reeditar la forma en que se hacía política en la era del nacional-populismo —a escala, por supuesto—, con el patrocinio de un partido político, Nueva Alianza.

Los hechos que estamos presenciando desde que el secretario del Trabajo, Javier Lozano, negó la toma de nota a la cúpula del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), son cruciales para el futuro del corporativismo: pueden implicar el final de su utilidad como instrumento político —aunque no, claro está, de la existencia misma de los grandes sindicatos—, o una reafirmación de su poderío, que eventualmente podría anclarse con el regreso del PRI a la Presidencia en 2102.

El presidente Calderón aún tiene unos dos años por delante para trazar una nueva ruta de país. Sin embargo, esto implica desmontar antes unas estructuras que se siguen alimentando de la herencia del nacional populismo. Algunas de ellas, por cierto, se han extendido a su propio partido.

Fuera de los líderes sindicales, que miden sus ventajas en pesos y centavos, el resto de quienes apoyan en la calle al viejo sindicalismo creen —honestamente, pienso yo— que el nacional-populismo aún es una vía de desarrollo del país y un instrumento para la justicia social.

El reto de Calderón es desmentir esa visión y convocar a los mexicanos a construir una nación diferente, insertada en la globalización del siglo XXI. Un país sin corporativismo, pero también sin los 50 millones de pobres que muchos ultraliberales hacen como que no ven cuando pontifican sobre la inutilidad del Estado.

Aunque la eficacia prescribe no atacar todos los frentes simultáneamente, el Presidente debe saber que la alianza con Gordillo y otros baluartes del corporativismo no le dará más réditos. Tampoco le servirá tundir al SME si pretende poner a los electricistas recontratados en manos de ese otro gremio rancio —no nos engañemos— que es el SUTERM.

Calderón tiene un gran apoyo en las encuestas, pero de nada le servirá si no lo aprovecha para convencer a los mexicanos que la ruta nacional-populista está objetivamente agotada, que poco ganamos con aferrarnos a una historia nacional que tuvo momentos gloriosos, pero también bastantes derrotas.

Calderón deberá probar que la liquidación de Luz y Fuerza del Centro no obedeció sólo a un apremio fiscal y que el golpe al SME no tendrá como epílogo un apapacho al sobrino de La Güera Rodríguez Alcaine quien heredó la dirigencia del SUTERM a la muerte de su tío y ha llenado la Comisión Federal de Electricidad de parientes y amigos (Excélsior, 17/10/09).

No hay corporativismo bueno, menos después de que se ha esfumado el voluntarismo que hizo posible la Revolución institucionalizada. El Presidente, como él mismo debe darse cuenta, no lo puede todo.

Aclaración

Me llamó el senador Ricardo Monreal para decirme que él no ha vetado la candidatura a la CNDH de Emilio Álvarez Icaza, como escribí aquí la semana pasada. Me da gusto saberlo.

Estimado lector, lo invito a que me siga en twitter.com/beltrandelriomx

Amenaza nuclear iraní

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal


Todo empezó en 1960. En aquel entonces Estados Unidos entrega al sha de Irán, Reza Pahlevi, su aliado, un reactor nuclear para investigaciones, de cinco megawatts, en el marco del programa Átomos para la paz. Esa decisión obedece a la misma lógica que le hizo regalar al joven Estado de Israel un reactor similar; por cierto, en el verano de 1961, cuando pasé cerca de Simona. En Israel, nuestro compañero y guía del kibutz nos dijo: “Aquí se construye la bomba que nos dará la seguridad”.

Este pequeño reactor civil fue instalado cerca de Teherán y entró en funcionamiento cinco o seis años más tarde, el tiempo necesario para formar en Estados Unidos los ingenieros y técnicos indispensables. Hay que recordar que hasta su caída en 1979 el sha de Irán era considerado por Washington como un socio estratégico, en su papel de “gendarme del Medio Oriente” y de bastión frente a la vecina URSS. Como Turquía. Dos países musulmanes, pero no árabes, dos países en buenos términos con Israel, Irán hasta 1979, Turquía hasta la fecha.

Reza Pahlevi tenía a su disposición el producto de las ventas de petróleo y gas (como Mahmud Ahmadineyad hoy), y no tardó en considerar que energía nuclear y modernidad eran lo mismo; sin embargo, no soñaba con la bomba de modo que en 1968 firmó el tratado para un uso exclusivamente civil del átomo. Como Washington no veía con buenos ojos sus proyectos, se volteó hacia París en 1974 para la compra de cinco reactores de 950 megawatts cada uno y, el año siguiente, hacia Bonn para dos reactores todavía más potentes.

La revolución islámica que triunfa en febrero de 1979 heredó de su programa nuclear, pero no pudo hacer nada durante los ocho terribles años de guerra con Irak. A partir de 1990 Moscú y Beijing entregan pequeñas cantidades de uranio y reactores de poca potencia destinados a la investigación y sometidos a inspecciones de la Agencia para la Energía Nuclear de la ONU, inspecciones que tienen como fin averiguar el destino pacífico del átomo iraní.

Sin embargo, desde 1991 Egipto señalaba el peligro representado por un posible Irán nuclear. Por 1995, cuando Rusia se compromete a reconstruir la central de Busher, bombardeada por Irak, a formar ingenieros y entregar importantes cantidades de uranio, Israel denuncia el programa nuclear iraní: el general Uzi Dayán, del Estado Mayor General, declara a la prensa que Israel bien podría verse obligado a dar un golpe preventivo antes de que la central iraní entre en actividad.

Quince años después nos encontramos en la misma situación, siendo la única novedad que todo ha crecido, tanto los progresos de Irán como las tensiones. En 2002 se supo de la existencia de dos sitios clandestinos y desde 2003-2004 tanto la ONU como Estados Unidos y la Unión Europea presionan, vanamente, por cierto, a Teherán para que demuestre que no busca el arma atómica. Los expertos están divididos; hablo de los que piensan que Irán trabaja la bomba: algunos piensan que la tendrá dentro de poco, otros que tardarán unos años.

Pero como Mahmud Ahmadineyad no deja de repetir que el Estado hebreo debe desaparecer, se puede dudar de su sinceridad cuando machaca que el programa nuclear iraní es puramente civil y pacífico.

Consejo de Seguridad de la ONU, su Agencia Internacional para la Energía Atómica, Europa y Estados Unidos no han podido contar con el apoyo franco de Rusia y China, pero las cosas acaban de cambiar cuando el presidente Obama anunció al mundo, hace unos días, la existencia de una segunda planta en construcción para enriquecer uranio. El presidente ruso, Dmitri Medvedev, declaró que sancionar a Irán puede ser “inevitable” e Israel pidió una respuesta firme ante Teherán, mientras el Ejército iraní lanzaba misiles capaces de alcanzar no sólo Israel, sino Europa central.

Que el gobierno iraní haga trampa no es una novedad, pero el día que tenga la bomba, Arabia, Egipto, Turquía querrán tener la suya, y mientras nadie sabe qué hará Israel, cuyo gobierno se aleja cada día más de Washington. Va a haber discusiones, negociaciones, Ahmadineyad seguirá jugando al gato y al ratón hasta que, un buen día, de manera inesperada (pero no debería sorprendernos) se rompa la reata.

Con sus misiles de 2 mil o 2 mil 500 kilómetros de alcance, con la cantidad de uranio enriquecido producido en la central de Natanz, que puede en cuestión de semanas o meses llegar a la “calidad militar”, Ahmadineyad debe ser tomado muy en serio. El discurso oficial iraní recuerda punto por punto el de los generales paquistaníes: ¡paz, paz! ¡Energía puramente civil!, hasta que detonaron su bomba.

¡Hasta nunca, Luz y Fuerza!

Alvaro Cueva
alvarocueva@milenio.com
Ojo por ojo
Milenio

De ninguna manera voy a defender a los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro.

¿Por qué? ¿Porque los corrieron de un día para otro? ¿Porque no saben con qué van a sostener a sus familias? ¿Porque esto es muy injusto?

¡Por favor! A todos los trabajadores de todas las industrias los corren de un día para otro, ninguno sabe cómo le va a hacer para sostener a su familia y esto, siempre, es injusto.

¡Bienvenidos a la realidad, señores de Luz y Fuerza! Así es como funcionan las cosas en México y en el mundo.

¿A usted jamás lo han corrido de un empleo? A mí sí, muchas veces, y nunca he organizado una marcha para protestar contra mis patrones y nunca he hecho escándalo en los medios de comunicación.

¿Por qué los trabajadores de Luz y Fuerza sí? ¿Por qué si les van a dar unas mega-liquidaciones? ¿Por qué si las cantidades que les van a dar jamás nos las han dado ni a usted ni a mí por habernos partido el lomo durante años en diferentes clases de empleos? ¡Por qué!

Ah, es porque son miles de familias. Mire, qué casualidad. En este país, este año, muchas más miles de familias se han quedado sin trabajo en diferentes partes de la nación.

¿Qué es lo que pretenden decirnos los señores de Luz y Fuerza? ¿Que como ellos estaban sindicalizados valen más que el resto de los mexicanos? ¿Entonces esto es un asunto de superioridades? ¿Es un asunto de clases?

Pues qué gran mentira ese cuento de que la clase trabajadora es la más humilde y desprotegida del país.

No sé usted, pero yo no veo a esas multitudes ni muy humildes ni muy desprotegidas mientras bloquean las principales arterias de la Ciudad de México sin que nadie les diga nada, custodiados por diferentes cuerpos de seguridad y con la presencia de toda clase de políticos a manera de respaldo.

Ya quisiéramos muchos otros mexicanos que tenemos otra clase de vida, estacionarnos dos minutos sobre Paseo de la Reforma sin que llegue una grúa a movernos sin titubear, caminar por las calles con la certeza de que nadie nos va a atacar y llamarle a un político y que nos conteste el teléfono.

Qué poca vergüenza tienen estos señores que durante décadas abusaron de millones de ciudadanos decentes.

¿A usted no le tocó abrir un contrato con ellos? A mí sí, y no sólo me trataron con las patas, me hicieron perder mi tiempo y me instalaron mal las cosas. Me trataron de sobornar y como no me dejé, le colgaron gente a mi línea de electricidad.

Tengo testigos, porque fuimos varios los afectados, de cómo estos tipos, a cambio de unos billetes, favorecieron a unos vecinos para perjudicar a otros y, peor tantito, de cómo, los ladrones de electricidad, se volvieron a salir con la suya a cambio de otra transa.

¿Éstos son los mártires que hoy reclaman sus derechos? Los trabajadores de cualquier compañía privada, por menos que eso, hubieran sido despedidos a los dos días.

¿A usted no le tocó tratar de pagar la luz en las oficinas de estas personas?

A mí sí, y más allá de que sus instalaciones daban miedo de tan inseguras y viejas, y de que sus horarios eran absurdos de tan cortos y caprichosos, jamás tenían cambio ni de un billete de 20 pesos.

Por tanto, uno les tenía que dejar el vuelto o irse sin pagar el recibo, lo que prefiriera.

Que se amuelen los trabajadores de Luz y Fuerza como nos hemos amolado muchos otros trabajadores que hemos pasado por lo mismo.

Que se amuelen como se nos han amolado nuestros aparatos por la pésima calidad de sus servicios y como nos hemos amolado muchos usuarios cuando, por el más mínimo atraso, nos han cortado la luz durante días, porque el proceso de reconexión no es ni rápido ni agradable.

Me enfurece escuchar sus quejas en la radio: que si el lugar donde les van a dar sus liquidaciones les queda muy lejos, que si fueron y no tenían sus cheques.

¡Pues qué querían! ¿Que les llevaran sus liquidaciones a sus casas, a la hora que se les antojara y en la fecha acordada como si así nos pasara a todos en este país o como si ellos mismos no nos hubieran tratado igual a sus usuarios?

Se siente feo vivir en la realidad, ¿verdad, señores de Luz y Fuerza?

Mejor no pierdan tiempo reclamando más de lo que ya le han sacado al gobierno y háganle como le hemos tenido que hacer muchos mexicanos cuando nos hemos quedado sin trabajo.

Es lo más saludable para todos. ¿A poco no?

¡Atrévase a opinar!

El sindicato funde a la CFE

Andrés Becerril
Excélsior

Todas las contrataciones que pretenda la Comisión Federal de Electricidad (CFE) deben ser palomeadas por el Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM), que también tiene derecho de veto contra cualquiera que pretenda una representación laboral disidente dentro de la empresa, según el Contrato Colectivo de Trabajo (CCT) 2008-2010.

También son conquistas laborales del SUTERM que la CFE proporcione locales para las sedes de las 204 secciones sindicales, el pago de teléfono, energía eléctrica, limpieza y reparaciones de inmuebles.

El CCT obliga a la empresa a dotar a sus trabajadores de casas gratis o ayudarlos a pagar la renta; otorgar miles de becas de estudio y cursos de posgrado en el extranjero, así como ofrecer el equivalente a 24.3 por ciento del salario diario de cada trabajador para ayuda de despensa, lo que comparativamente supera lo que el Presidente y sus secretarios de Estado reciben por esa prestación.

Los afiliados al SUTERM tienen además derecho a energía eléctrica gratis. De hecho, sus miembros no pagan ese servicio desde 1974, cuando firmaron el primer CCT.

Anualmente, por concepto de cuotas sindicales el gremio que lidera Víctor Fuentes del Villar recibe 225 millones de pesos, aproximadamente 18 millones 750 mil pesos mensuales.

Sus agremiados también cuentan con una “compensación por fidelidad”. Se trata de un bono que permite a los trabajadores hacer huesos viejos en la empresa y, sin necesidad de ascender en el escalafón, ganar más cada año.

De acuerdo con el Presupuesto de Egresos de la Federación de este año, los trabajadores de la CFE recibieron mejores pagos que los de Luz y Fuerza del Centro (LyFC), la paraestatal declarada extinta el domingo pasado, mediante el decreto emitido por el presidente Felipe Calderón.

El documento gubernamental muestra que en la CFE hay más de 80 mil trabajadores en activo y 17 mil de ellos serían de confianza.

El monto de sus salarios para este año se calculó sobre los 32 mil 369 millones de pesos, que representan en promedio 403 mil pesos por trabajador —frente a 376 mil que el gobierno había programado para cada trabajador de LyFC.

Otros 43 mil 233 millones de pesos se calcularon este año para pagar pensiones de 29 mil 531 trabajadores de la CFE, un gasto promedio de un millón 463 mil 896 pesos para cada jubilado de la empresa que actualmente suministra energía eléctrica a la zona antes asignada a LyFC.

En la cláusula 37 del CCT del SUTERM, “Control de Ingreso”, se apunta que para trabajar en la CFE “es requisito indispensable ser miembro activo del SUTERM”.

En los términos de ese contrato, “la CFE solicitará y el SUTERM proporcionará, por conducto de su representación nacional, al personal que requiera.

“La CFE –continúa– se obliga a no utilizar como trabajador a quien haya renunciado al SUTERM; haya sido expulsado o separado del mismo; atacado o desconocido los estatutos o la autoridad del Comité Ejecutivo Nacional, o propiciado la división sindical”.

Si la CFE contrata a cualquiera comprendido en esos casos, “serán separados de su empleo tan pronto como lo solicite el SUTERM por escrito”.

En la cláusula 73 del Contrato Colectivo de Trabajo, la CFE se compromete a seguir “proporcionando o proporcionará a cada una de las secciones del SUTERM los locales e instalaciones adecuados para que funcionen oficinas, celebren asambleas sus integrantes, y en general se destinen a la realización de los objetivos del SUTERM”.

Esos locales e instalaciones también deben ser reparados y limpiados con cargo a la empresa. “Cuando no sea posible que la CFE proporcione dichos locales e instalaciones, o las secciones cuenten con locales o instalaciones que destinen a las finalidades mencionadas, se convendrán con el Comité Ejecutivo Nacional las cantidades que en concepto de ayuda para el pago de renta o para gastos de conservación y mantenimiento entregará la CFE a las secciones sindicales”.

En todos los casos la empresa “proporcionará el servicio eléctrico gratuitamente, así como el servicio telefónico, este último hasta por las cantidades que acuerden las partes en los convenios de particularidades, los cuales serán revisados de forma anual”.

Información del sindicato revela que la CFE pagará este año aproximadamente 23 millones de pesos por renta y mantenimiento de sus sedes, el servicio telefónico y la energía eléctrica en beneficio del SUTERM.

Sobre la ayuda para despensa, la cláusula 75 argumenta que con objeto de mejorar el poder adquisitivo del salario de los trabajadores, la empresa “pagará a los trabajadores de base, de confianza y temporales 24.3 por ciento sobre el salario diario tabulado. A los jubilados se les incrementará el monto que actualmente perciban por este concepto en dos por ciento. El importe de dicha ayuda será cubierto en sus pagos de salario y pensiones jubilatorias”.

La cláusula 67 obliga a la CFE a suministrar “gratuitamente a sus trabajadores de base energía eléctrica hasta por 350 KWH mensuales”. No obstante, pone candados en su utilización, impide revenderla o usarla en establecimientos comerciales. De lo contrario, la CFE puede invalidar el convenio.

Además, los afiliados al SUTERM pagan el excedente de los 350 KWH mensuales al precio de un centavo por KWH.

“En los lugares en donde no existan redes de distribución de CFE, ésta entregará a sus trabajadores de base una ayuda equivalente al costo de 350 KWH mensuales”.

Sobre las cuotas sindicales ordinarias, el contrato colectivo establece que la CFE descontará a los trabajadores de base y temporales dos por ciento de su salario tabulado, más el pago de tiempo extra que perciban por cualquiera de los conceptos previstos en el CCT.

“De las cantidades descontadas, se enviará directamente al Comité Ejecutivo Nacional del SUTERM, dentro de los primeros cinco días de cada mes, la mitad de dicho descuento y el resto se entregará a la sección o delegación sindical respectiva, mediante los recibos correspondientes”, dice la cláusula 71.

La cláusula 81 “Compensación por Fidelidad” establece que como el sistema de ascensos está basado en la aptitud de los trabajadores y no en su antigüedad, la CFE y el SUTERM acordaron un reconocimiento a la fidelidad, a través de una compensación económica.

“De conformidad con lo anterior, a partir del primero de mayo de 1998 la compensación por fidelidad se determinará con base en el salario tabulado de los trabajadores, correspondiente a la primera columna, y se pagará a razón de uno por ciento anual sobre dicho salario por cada año completo de servicio”.

El CCT reconoce que “por tratarse de una prestación adicional a las que establece la ley, esta nueva compensación únicamente formará parte de los factores que integren el salario para determinar el monto de las pensiones jubilatorias y la prima legal de antigüedad, cuando se trate de jubilaciones, en la inteligencia de que sólo se considerarán los años de servicio que acumule el trabajador a partir del primero de mayo de 1993 y hasta el momento de la jubilación”.

¿Qué sigue?

Luis Rubio
Reforma

Cuenta una anécdota que en la víspera de la batalla de Trafalgar, el almirante Nelson llamó a sus capitanes y les mostró un atizador de fuego sobre el cual dijo: "no me importa hacia dónde orientar este instrumento, excepto donde me diga Napoleón, porque entonces haré exactamente lo opuesto". Los integrantes del Sindicato Mexicano de Electricistas parecen haber llegado a la conclusión de que podían hacer cualquier cosa, incluso picarle el ojo al presidente, sin consecuencia alguna. Luego de décadas de espera, la sociedad mexicana recibió la noticia de que finalmente se libraría de la plaga que no sólo le recetaba constantes apagones, sino también le robaba la bolsa sin contemplación. En un solo acto, el presidente Calderón pudo quitarse de encima tres años de mediocridad -y de complejos como el de Atenco- y abrir una puerta a la oportunidad que él y su partido le vienen prometiendo a los mexicanos por años.

Hasta el momento, el gobierno ha demostrado algo que ya le conocíamos al presidente, disposición a tomar decisiones, pero también capacidad para llevarlas a cabo (algo que no siempre había sido cierto). La forma en que ha evolucionado este proceso permite evaluar a cada uno de los componentes de la decisión, así como al resto de las fuerzas políticas y los mitos que las acompañan. El SME nos ha regalado una excepcional ventana de observación.

Comencemos por lo obvio: la explicación de la acción gubernamental ha sido menos buena de lo que debiera. Si bien el SME ha sido un sindicato militante y conflictivo desde años antes de que la empresa fuese adquirida por el Estado, los males de Luz y Fuerza no se le pueden cargar sólo al sindicato. En lugar de administrar la empresa, muchos gobiernos simplemente le cedieron el control al sindicato, circunstancia que quizá explique su mal estado, pero no exime al gobierno de su desempeño. En la muy particular forma de resolver (o esconder) los problemas, el sistema priista siempre prefirió comprar voluntades que ejercer la autoridad y responsabilidad a que estaba obligado como administrador de la empresa. Esta relación viciada llevó a que el funcionamiento de la entidad no dependiera de su productividad o eficiencia sino de sus relaciones con el poder. El SME se acostumbró a abusar porque del otro lado no había disposición a hacer algo distinto. La lógica del chantaje, y la amenaza permanente de afectar a una porción políticamente explosiva de la población, le confirió al sindicato un halo de invulnerabilidad. Éste, por su parte, en ocasiones apoyó gobiernos, en otros simplemente los extorsionó. Ambos le daban funcionalidad tanto al gobierno como al SME. Del costo, pues ni modo.

El gobierno del presidente Calderón estuvo a punto de quedarse en la misma lógica de aceptar una extorsión interminable de éste y otros sindicatos y poderes. A diferencia de los gobiernos priistas, cuya carta de presentación era la estabilidad aunque fuera costosa, los dos gobiernos panistas ofrecieron el cambio, la pulcritud y el fin de la corrupción. Sin embargo, hasta este acto, no se había mostrado capacidad o disposición para lograrlo. La liquidación de LYF cambia el entorno y, en la medida en que el gobierno mantenga su decisión, abre ingentes oportunidades para el futuro. Todo dependerá de qué haga de aquí en adelante.

El contexto en esto es crucial. En el viejo sistema político existía un mecanismo de contrapeso frente a poderes abusivos que impedía que éstos se extralimitaran. Fue en esas circunstancias que el llamado quinazo tuvo lugar: más allá del hecho indudable de que se requirió una gran fortaleza para encarcelar al líder petrolero, en realidad se trataba del enorme poder presidencial de antaño frente a un poder que había violado las reglas no escritas de aquel régimen. La decisión del presidente Calderón tiene lugar en un contexto muy distinto donde hay un sinnúmero de grupos hiperpoderosos (de ahí el calificativo de "fácticos", aquellos que viven por encima de la ley y con poder suficiente para desafiar al Estado y evitarse competencia alguna), a los cuales la presidencia no tiene capacidad de controlar. Por ello es infinitamente más valiente, pero también más riesgosa, la liquidación de LYF.

Falta saber si éste es el comienzo o el final de la historia. Una vez concluido el proceso actual, donde los elementos de riesgo persistirán por algún tiempo, la gran pregunta es qué sigue. Las reacciones que se han observado eran, en casi todos los casos, predecibles. La sociedad está a la expectativa, confiando que no haya apagones y que la transición hacia la CFE vaya bien. De cumplirse estas expectativas, muchos festejarán, en los próximos años, este momento. Los partidos políticos se han encontrado ante la muy difícil tesitura de tener que definirse frente a un gremio caracterizado más por el exceso que por la productividad. Anticipando esto, el gobierno presentó una propuesta de liquidación por demás generosa para los empleados de la entidad, desarmando a muchos de los críticos, además de que hizo claro que no se trata de una privatización. Los críticos, incluyendo las partes interesadas, se vieron forzados a defender la incompetencia, el abuso y la corrupción en defensa de sus allegados. Indigno y poco promisorio.

Lo que no es obvio es si el gobierno va a apalancar esta victoria para avanzar el proyecto de cambio que su predecesor y su partido han venido festinando, pero no haciendo, o si éste quedará como un acto excepcional y aislado en un mar de lágrimas. También aquí el quinazo es relevante. Salinas quitó al líder que había osado retar al poder central pero todo quedó en un ajuste de cuentas dentro del poder: no cambió la empresa, que sigue siendo el mismo nido de corrupción, ni benefició a la sociedad. El tema, por supuesto, no es la entidad LYF pues ésta ha sido liquidada, sino el resto de las paraestatales y, en general, la forma misma de funcionar del gobierno. Lo histórico, lo tradicional en el gobierno mexicano es siempre la compra de voluntades: ahí están los contratos colectivos de otras entidades públicas, las transferencias -legales o ilegales- a los medios de comunicación y los poderes fácticos que hacen de las suyas sin empacho ni límite.

El presidente Calderón ha creado una gran oportunidad: la de comenzar a transformar a México en una sociedad moderna, donde la interacción entre todas las partes (sindicatos, gobierno, empresarios, medios de comunicación, partidos políticos) se fundamente en la ley y los procedimientos abiertos y transparentes. La oportunidad reside en comenzar a hacer de México un país de leyes e instituciones. Ése es el verdadero reto.

'Fulgor obstructo' por Paco Calderón