octubre 19, 2009

De la empleomanía

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma

En un famoso discurso pronunciado el 21 de septiembre de 1827, José María Luis Mora bautizó con el nombre de empleomanía el furor con el que el nuevo Estado se disponía a crear y a multiplicar los puestos públicos. Frente a la tradición colonial que reservaba la administración a una casta de privilegiados, los gobiernos del país recientemente independizado se dedicaron a inventar cargos y aumentar dependientes. El Estado no se dirigía a procurar beneficios colectivos, a asegurar la ley o a proveer educación para los ciudadanos. Su propósito era otro: dar trabajo. El régimen colonial reservaba los privilegios a sus cortesanos: ahí estaba en exclusiva el poder y el influjo. Los primeros gobiernos independientes pensaron que, para constituir la igualdad, había que multiplicar los cargos públicos.

Mora veía con horror esa práctica: económicamente era ruinosa, envenenaba la vida pública y corrompía a los ciudadanos. En su ensayo, Mora recoge las advertencias de Constant sobre la libertad de los modernos: no se ejerce la libertad al estar dentro del poder sino al permanecer a salvo de él. El liberal mexicano entiende que la propensión burocrática del Estado mexicano es una amenaza seria a las libertades: por un lado engorda al poder; por el otro degrada a los individuos. La empleomanía era un recurso político para extender el influjo de los gobiernos sobre la gente. Usar las arcas públicas para cultivar lealtades y gratitudes: el que mucho da mucho manda. No había grandes secretos en el operativo: los dependientes se volverían incondicionales del benefactor.

La empleomanía era una adicción política con terribles consecuencias económicas. Un Estado dedicado a generar empleo dentro de sí mismo, lo obstruye fuera. La mira no está en el resultado de la acción pública sino en la multiplicación de los subordinados. Los empleos se multiplican así sin consideración a su necesidad. Pronto el Estado se ve repleto de empleos innecesarios que exigen enormes gastos públicos y, en consecuencia, aumento de impuestos. "Desde que una cantidad cualquiera de riqueza se destina a un uso improductivo, se debe tener por destruida y lo es efectivamente. Ahora, pues, no hay cosa que menos produzca que los empleados innecesarios, ni hay cosa que más aumente su creación que el aspirantismo y la empleomanía".

La empleomanía generaba un vicio adicional: el aspirantismo, esa ambición de encontrar cobijo de por vida en la comodidad burocrática. El anhelo del puesto público era, a ojos de Mora, contrario al espíritu de trabajo. La costumbre de vivir de sueldos, decía él, "destruye la capacidad de invención y de perfectibilidad". La empleomanía cancela el espíritu activo de un pueblo. La base de la dignidad personal estaba en el trabajo independiente, ese que no necesita abatirse ante el poder ni mendigar su subsistencia. Ésas eran las lacras del aspirantismo: lejos de ser la administración pública un ámbito de servicio, una asamblea de talentos donde los recursos públicos se emplean con eficiencia y austeridad, la empleomanía era un atolladero de mediocridades.

El vicio tenía, desde luego, un vínculo con la estructura política. Útil a los jefes de partido, era devastador para la vida republicana. El nervio crítico de la ciudadanía quedaba anulado por la dependencia laboral. No se conformaba la administración con un cuadro de talentos y capacidades sino con leales defensores del patrón. La empleomanía era moralmente perniciosa por hacer de la adulación el peldaño del éxito. El adulador no tiene opinión propia ni palabra sincera; es un bulto de odio a quien amenace su tranquilidad. Es aquí donde Mora, el liberal, hace una lectura republicana de los vicios de la empleomanía: cuando las instituciones públicas pierden de vista el interés general y se entregan a la tentación del burocratismo, se carcome su esqueleto cívico. El liberal mexicano concluye con acento romano: "la libertad es una planta que no puede germinar sino en terreno vigoroso; el fango y la inmundicia son incapaces de nutrirla".

No son muy distintas las desviaciones de la administración pública contemporánea. En las alturas burocráticas y en las filas sindicales, la empleomanía campea. Partidos financiados jugosamente por el Estado, sindicatos que depredan la empresa pública. El Estado empleador se vuelve sirviente de sus integrantes. La empleomanía se ha convertido en la madre de una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: cobijado por la retórica estatista, envuelto en el discurso de la soberanía nacional es refugio de la nueva privatización del Estado. Las líneas de D'Argenson que Mora coloca como epígrafe de su ensayo pueden ser buena conclusión: "Administradores, hacendados, políticos, togados, cortesanos, militares, todos pretenden satisfacer el lujo por empleos lucrativos. Todos quieren dominar o servir al público, según dicen, y nadie quiere ser de este público".

El buen Marcelo

Pedro Ferriz
El búho no ha muerto
Excélsior

Entiendo a la izquierdamexicana cuando se levanta por causa de los pobres y desposeídos. La injusticia y segregación. Comparto la lucha sindical y su teoría funcional. Me incomoda la insensibilidad ejercida sobre la gente y el abandono por el que transitan grandes sectores. Desespera la actitud en la mala paga laboral. La explotación del hombre por el hombre. Aunque la condena decretada a la ignorancia popular. La dejadez que aprisiona soluciones apremiantes y el auspicio a la ineficacia, sean parte de la misma postura.

Cuando se hace el primer intento por marcar una profunda raya que divida a lo que fue y será la actitud hacia la eficiencia y sensatez en el trabajo responsable. Ahora que el mundo entrega mejores resultados por región, en su competencia responsable. En este tiempo que se depuran procesos y aplican reingenierías para hacer más con menos, ante lo evidente del avance de las economías. Y sobre todas las cosas, luego de la estridente lección que nos deja la “Gran Crisis Global” al marcarnos la tendencia a que los pueblos no reposemos en la simulación y menos en la desconfianza… Nos salen nuestros líderes de la mentadaizquierda mexicana a decirnos que “será en otras partes, porque aquí nada ha pasado”.

“Podemos seguir dando rienda suelta al paternalismo… Ahogando al presupuesto nacional en el reparto alegre”. “Que siga la música de mariachi, pa’que canten nuestros líderes charros”. “Martín Esparza está en todo su derecho de robar elecciones internas”. La estructura sindical, soportando sobresueldos y onerosas prestaciones. El mensaje de la izquierda es claro: “Empresas que gastan el doble de lo que producen, siguen siendo convenientes en el siglo XXI”.

¿Dónde están los derechos ciudadanos en la óptica de Marcelo Ebrard, Carlos Navarrete o Porfirio Muñoz Ledo? Mi derecho a recibir energía eléctrica eficiente y barata… de última generación tecnológica. ¿Cómo cumplir la expectativa para que no se me robe en el cobro de la luz?… Boleta que un día me llega con un monto y otro mes… dos, tres y más veces multiplicada. ¿Cuándo salieron estos señores a defender al ciudadano?

Si un desarrollador inmobiliario o industrial quería hacer una nueva planta productiva o habitacional. En la tramitología para estructurar requisitos “legales”, tenía que pasar el éxodo de solicitar el servicio por la acometida de luz. Paso que inevitablemente transitaba por el necesario arreglo con el sindicato, para hacer la conexión. Trago amargo siempre estimativo. Con el conducente pacto, que acabó en la mordida del electricista. O si no, nada… no había la indispensable energía en el proyecto.

El desarrollo en el centro del país se vio frenado por décadas. La falta de satisfacción por la demanda de fluido era escandalosa. Luz y Fuerza siempre estuvo por debajo de las expectativas.

Esto es lo que defiende nuestra atrasada izquierda. Por ello intercede. Meter las manos por Martín Esparza y su “apapachado” cártel, es la aberración de la política. Me imagino que nuestros “personajes” le siguen hablando a gente que no entiende o creen que no entiende la nueva circunstancia. Se quedaron en el discurso a una sociedad sin estructura. Aparentan una lucha a favor del proletariado y dejan de lado al ciudadano.

Y si lo que digo no es suficiente… Vean los votos que en recientes elecciones se ha llevado la izquierda mexicana. Marcelo y su gente —aun en su capello— son una especieen extinción. Como Luz y Fuerza.

¿Cómo cumplir la expectativa para que no se me robe en el cobro de la luz?... Boleta que un día me llega con un monto y otro mes... dos, tres y más veces multiplicada.

Luz y Fuerza. Ejemplo, no excepción

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Quienes reclaman responsabilidades al gobierno en la improductividad suicida de la liquidada compañía Luz y Fuerza del Centro, tienen toda la razón.

Faltan en el cuadro la corrupción y la improductividad venidas de las sucesivas administraciones priistas y panistas de Luz y Fuerza; es decir, venidas del Estado.

Faltan los datos de la improductividad, los privilegios y la corrupción de la alta burocracia que administró LFC, contraparte acabada de su sindicato. Fue más fácil liquidar la empresa que cambiar las conductas cómplices de ambos.

Una complicidad semejante recorre toda la cadena sindical pública de México. Luz y Fuerza no es una excepción, sino un ejemplo extremo de las prácticas de improductividad y connivencia que son vida diaria en la relación laboral de empresas paraestatales y dependencias de gobierno.

Completar el retrato de Luz y Fuerza con las culpas del gobierno permitiría entender mejor una forma histórica de lidiar con los sindicatos y administrar los bienes del Estado. Esa forma resistió intocada la transición democrática y goza hoy, paradójicamente, de mayor autonomía que nunca.

Las cadenas de poder de los sindicatos públicos no sólo no pueden ser tocadas por gobiernos que temen su insubordinación política, sino que han aumentado sus capacidades de negociación aprovechando la mismísima pluralidad democrática.

Su capacidad de resistencia y protesta ha crecido porque han crecido sus posibilidades de encontrar aliados en las fuerzas opositoras al gobierno en funciones.

El sindicato de maestros ha llegado al extremo de crear su propio partido político y ofrecer alianzas electorales a distintos partidos en distintas plazas.

Pocas cosas hacen tan invulnerable al sindicato petrolero como la automática complicidad que encuentra en el PRI y en la izquierda el tabú petrolero.

Los gobiernos panistas optaron por aliarse con los primeros y no tocar a los segundos. Habría que ver las cifras, pero podría apostarse que ambos gremios ganaron en estos años más de lo que sacaron nunca de su subordinación negociada con el Estado posrevolucionario que los inventó.

Pongamos todo junto —maestros, petroleros, electricistas, burócratas federales y estatales, trabajadores de la salud, de las universidades públicas, de los municipios, de los otros poderes— y tenemos unos cinco millones de trabajadores metidos todos, matices más o menos, en la forma histórica de trato laboral que estelarizan Luz y Fuerza y el SME.

El fin de AMLO

Ricardo Alemán
aleman2@prodigy.net.mx
Itinerario Político
El Universal

El liderazgo autoritario, vertical y mesiánico de Andrés Manuel López Obrador —como lo conocimos desde 2000—, llegó a su fin de manera formal el pasado jueves, durante la marcha del SME.

Pero un día después, el viernes 16, buena parte de los jefes reales y visibles de la llamada izquierda mexicana dieron forma al decreto político que relega a AMLO del liderazgo único, y lo convirtió en uno más del complejo muégano —tradicional dulce mexicano que simboliza la unidad—, de grupos que enarbolan las banderas de la izquierda.

Ese viernes 16, en reunión secreta, los jefes nacionales del PRD, PT y Convergencia —y gobernantes como Marcelo Ebrard—, pactaron una impensable “reestructuración del Frente Amplio Progresista (FAP)” , a cuya cabeza quedó Manuel Camacho Solís, quien coordinará a los ideólogos que le darán forma al proceso de reunificación de la izquierda mexicana.

Los reacomodos que supone la refundación del FAP, el relevo en los liderazgos mesiánicos y, sobre todo la decisión de caminar como un solo partido en las elecciones de 2010 a 1012 —incluida la presidencial—, anuncian un cambio radical en el terreno de la izquierda partidista, cuya estructura pasará del verticalismo autoritario a la formación horizontal e incluyente. ¿Qué quiere decir esto? En efecto, el fin de liderazgos como el de AMLO, que eran el centro de todas las decisiones en un partido o grupo político. El primer paso se vio en la marcha del SME.

El nuevo FAP será el instrumento que procesará la unificación, las alianzas y estrategias, el marco general en el que se decidirán las políticas y el trabajo legislativo y, sobre todo, la ruta rumbo a la lucha electoral. En realidad el más importante es el último de los puntos: procesar los objetivos electorales. ¿Por qué? Porque de ahí saldrá el candidato presidencial del FAP para 2012. Curioso que en la enésima reunificación de la izquierda, de nueva cuenta sea el PRI el eje. Cárdenas unificó a las izquierdas desde el FDN en 1988 y creó el PRD en 1989; AMLO lo reagrupó en 2006 cuando casi gana el poder presidencial, y hoy, la dupla de Camacho-Ebrard podría ser el nuevo artífice de la reunificación que —de confirmarse— llevaría a Ebrard a la candidatura presidencial en 2012.

Sólo un dato curioso, de memoria y congruencia elementales. ¿Qué no fueron Camacho y Marcelo quienes bajo el salinato persiguieron y aplastaron al naciente PRD? No aprenden.

EN EL CAMINO

En el pedregal quieren tapar el sol... con una foto. La guerra existe, a pesar de gráficas amables. Al tiempo.

Huevos revueltos

Denise Dresser
Reforma

La frase recurrente. El aplauso contundente. La locución vulgar pero que captura el sentir de muchos mexicanos en estos días sobre Felipe Calderón: "tiene huevos". Se escucha en los cafés, se oye en la calle, se lee en los blogs, se repite en las sobremesas. El reconocimiento a un Presidente que reemplaza la cautela con el coraje, que sacude el doblegamiento con la decisión, que sustituye la administración de la inercia con una medida -como la liquidación de Luz y Fuerza del Centro- capaz de remontarla. Sin duda el Presidente ha demostrado en días recientes la intención de combatir privilegios, confrontar cotos y desmantelar cuellos de botella que han retrasado la modernización de México. Ahora le falta hacerlo consistentemente. Ahora necesita enseñar que los cojones tan celebrados están bien puestos, y que los usará para enfrentar intereses atrincherados dondequiera que estén: tanto en la izquierda como en la derecha; tanto en el mundo sindical como en el ámbito empresarial. Porque si no lo hace, la confrontación con el Sindicato Mexicano de Electricistas terminará por ser una demostración de fuerza, más que un acto de buen gobierno. Y hay una diferencia.

Sí, hay una diferencia entre decisiones oportunistas que se toman para cambiar la correlación de fuerzas en favor del gobierno, y decisiones estratégicas que se toman para cambiar el balance de poder en favor de la ciudadanía. Hay una diferencia entre revivir el "Quinazo", e inaugurar un nuevo tipo de relación entre los sindicatos públicos, el gobierno y la sociedad. Hay una diferencia entre empujar medidas que fortalecen momentáneamente la popularidad presidencial, y empujar acciones que fomentan de manera coherente el crecimiento económico. Hasta el momento, Felipe Calderón ha optado por lo primero, pero no ha sido capaz de transmitir lo segundo. Ha mostrado -como se dice coloquialmente- "tener huevos", pero todavía son huevos revueltos o, en algunos casos, tibios.

El Presidente ha desplegado valor para cerrar una empresa ineficaz, pero no el suficiente como para impedir su simple absorción por parte de otro monopolio público con pocos incentivos para ofrecer un servicio mejor y más barato. El Presidente ha tenido arrojo para confrontar a un sindicato que su gobierno apapachó, pero no el suficiente como para explicar cuál será su posición ante otros sindicatos con prebendas similares. El Presidente ha demostrado valentía para denunciar los abusos cometidos en contra de los consumidores, pero le falta hablar de los que se dan en tantos otros sectores. El Presidente ha demostrado -por fin- la audacia para enarbolar la lucha contra los privilegios, pero le urge criticar los que gozan sus aliados en la élite empresarial.

Como el gobierno ha sido incapaz de crear una visión consistente sobre su actuación, aun las decisiones necesarias se vuelven blanco fácil para la crítica. Como el gobierno no ha logrado construir una narrativa anticorporativa, su lucha contra el SME aparece como un pleito contra la izquierda. Como el gobierno no ha buscado armar un frente antimonopólico, el llamado a fomentar la eficiencia liquidando Luz y Fuerza genera menos credibilidad de la que debería. Y por ello, aunque acciones como la de LyF se tomen en favor de la modernización son vistas como manotazos. Aunque la decisión sea técnicamente correcta, es percibida como políticamente discrecional. Ante la impericia del gobierno para explicar por qué hace lo que hace, actos legítimos de autoridad se vuelven tan sólo gestos de arbitrariedad.

La única manera de remediar la confusión conceptual y política en la cual se halla Felipe Calderón hoy es a través de la consistencia. A través de decisiones guiadas por el imperativo de denunciar privilegios y combatir ineficiencias e impedir abusos a los consumidores, de donde provengan. En los monopolios públicos y en los monopolios privados; en la Compañía de Luz y Fuerza y en Telmex; en el Sindicato Mexicano de Electricistas y en el Consejo Coordinador Empresarial; en la provisión del servicio eléctrico y en la provisión de servicios financieros; en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y en el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios; en las cúpulas sindicales que compran ranchos y en las cúpulas empresariales que evaden impuestos; entre los líderes charros que chantajean al gobierno y los oligarcas de la televisión que lo hacen también.

En pocas palabras, Felipe Calderón tendría que demostrar que la valentía desplegada no es una valentía selectiva. Tendría que convencer que el combate a los privilegios se llevará a cabo aun contra los de casa. Tendría que enseñar que está desmantelando al viejo régimen y no sólo liquidando a trabajadores políticamente incómodos. Si no vincula la audacia aplaudida con la visión auténticamente reformista, la oportunidad que ha abierto con la liquidación de Luz y Fuerza del Centro será una oportunidad desperdiciada. En lugar de preparar huevos bien cocidos, servirá tan sólo huevos mal revueltos.

La privatización y el chupacabras

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Privatizar es un verbo maldito en México. La izquierda usa esta palabra como caballito de batalla: atrás de todo mal planetario está la intención del gobierno de privatizar. Y eso, para ellos, está muy mal ya que el Estado es un mejor dueño que los privados.

Es tan poderosa esta idea que la derecha ha renunciado a defender la privatización. El año pasado, cuando el gobierno propuso abrir a la inversión privada ciertos negocios petroleros, lo hizo con vergüenza: insistió en que no se trataba de una privatización. La semana pasada, cuando liquidó Luz y Fuerza, el gobierno rápidamente explicó que la CFE, otro monopolio público, se encargaría del servicio. De ningún modo se privatizaría el servicio eléctrico.

No es gratuito el rechazo de muchos mexicanos a la privatización. Ha habido malas experiencias. Se cometieron errores y abusos cuando se privatizaron muchas empresas públicas durante el sexenio de Carlos Salinas. Amigos del presidente acabaron siendo los dueños de compañías tan importantes como Telmex a la que no sólo se privatizó sino que se le aseguró una condición monopólica por varios años. La empresa operó mucho mejor con su dueño privado, pero a precios muy altos. El gran beneficiario fue Carlos Slim quien multiplicó su fortuna. La culpa, sin embargo, no fue de la privatización sino de la prohibición de permitir una mayor competencia en la telefonía.

En el caso de la privatización de la banca, Salinas prohibió la entrada de capitales extranjeros aduciendo una causa nacionalista. De esta forma, limitó de nuevo la competencia. En la práctica se consolidó un oligopolio en manos privadas. Además, dicha privatización produjo una serie de escándalos de corrupción. Muchos de los nuevos dueños, amigos del gobierno, resultaron unos pillos que se hicieron multimillonarios quebrando los bancos.

No es gratuito, entonces, que mucha gente se haya quedado con la sensación de que la privatización, per se, es una política pública mala. No lo es. El problema es privatizar mal o privatizar monopolios que pasan de ser públicos a privados. La privatización, en realidad, es benéfica para la sociedad si se acompaña de una mayor competencia. Otra hubiera sido la historia de Telmex si se hubiera privatizado y abierto el mercado de las telecomunicaciones. Otra hubiera sido la historia de los bancos si se hubieran privatizado y permitido la entrada de capitales extranjeros (lo cual eventualmente ocurrió cuando los bancos estuvieron al borde de la quiebra).

Pero el “hubiera” sólo es bueno para especular. La realidad es que se privatizó mal y el resultado fue la satanización de la privatización como política pública. En México, ya ni los gobiernos de centro-derecha se atreven a defenderla.

En países donde la privatización estuvo acompañada de mayor competencia (o mejor regulación en el caso de monopolios naturales) se sigue utilizando esta política pública para beneficio de la sociedad. No sólo los gobiernos de derecha, sino los de izquierda. Ahí está, por ejemplo, el caso del laborista en la Gran Bretaña. Gordon Brown piensa privatizar varios activos del Estado para recortar la deuda pública de su país. El primer ministro pondrá a la venta la red ferroviaria del túnel del Canal de la Mancha, diversas carreteras, una casa de apuestas, una compañía para enriquecer uranio y tierras comunales.

Esto sería impensable en México. Aquí la privatización es un verbo maldito que ya ni siquiera se puede mencionar. El caso más patético es el petrolero donde, por no abrir el sector a la inversión privada, México se está quedando sin petróleo. No permitimos plataformas privadas aunque éstas pudieran extraer mucho crudo y el Estado cobrar un derecho de explotación tan alto como hoy le cobra a Pemex. No queremos capitalistas que ganen dinero y produzcan petróleo. Preferimos la exclusividad del Estado aunque la producción de crudo vaya en picada.

Ni hablar: en México la privatización se ha convertido en un mito tan diabólico como el del chupacabras.

No permitimos plataformas privadas aunque éstas pudieran extraer mucho crudo y el Estado cobrar un derecho de explotación tan alto como hoy le cobra a Pemex.

En China los fusilan

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Nadie con un mínimo sentido de la justicia social puede estar contra el hecho de que trabajadores de una empresa X tengan salarios, prestaciones y jubilaciones decentes, y aun privilegiadas. Pero es una indecencia que el secretario general del sindicato de X gane, a cargo de los contribuyentes, más que un Presidente de la República y que para sostener esas prestaciones en un país concreto, México, y no Dinamarca, 42 mil trabajadores chupen del gobierno lo mismo que se destina a 25 millones de pobres con el programa Oportunidades o el doble que la venerada Universidad Nacional, con 300 mil alumnos. Eso se llama asalto, robo, despojo. En China comunista los fusilan.

La culpa es de la empresa, por supuesto. Por eso la liquidada es la empresa. Pero, si nos olvidamos de argumentaciones sofistas y nos dejamos de leer la mano entre gitanos, tampoco es posible ignorar que una empresa dirigida por un burócrata con sueldo fijo hace lo que el sindicato le pida si desde arriba le financian las nuevas y decentes prestaciones.

Todo patrón tiene derecho a liquidar una empresa con la que pierde, lo puede hacer cuando lo decida con la única salvedad de indemnizar a sus trabajadores según la ley y los términos del contrato. Y en Luz y Fuerza del Centro el patrón es el gobierno desde que el presidente López Mateos la compró para salvar a patrones particulares que así vieron premiada su incompetencia. El SME, sindicato que alguna vez encabezó movilizaciones democráticas, sostiene que se le hacen pagar errores de la empresa. Sería verdad en una empresa privada, pero el SME tuvo por patrón a un burócrata.

Lo que un sindicato de empresa privada jamás haría, porque sabe que pone en riesgo la existencia de su fuente de trabajo, el sindicato de una paraestatal se lo permite: sabe que la empresa no quebrará porque tiene detrás el presupuesto federal de un país que está entre las primeras doce economías del mundo y al frente a un burócrata que no cuida su bolsillo, sino su chamba y no quiere que le hagan olas.

Los 42 mil millones que tanto se han mencionado como subsidio, no son sino la pérdida de la empresa. A sus gastos corrientes se deben sumar los ingresos por cobro de electricidad que no producía, sólo compraba como cualquier intermediario. ¿Qué ha pasado en México que la izquierda defiende el intermediarismo, ventajas, ineficiencia y prepotencia de pocos?

El SME se ganó veinte años más de vida con su apoyo a Salinas de Gortari. La Quina, que jugó a favor de Cuauhtémoc Cárdenas en su candidatura del 88, pagó el error con la cabeza.

Nadie puede estar en desacuerdo con que los trabajadores tengan facilidades para hacer deporte. Pero de ahí a tener una duela de bambú de las que cuestan millones a los equipos profesionales de básquet hay el abismo que separa al empresario que cuida su negocio y al burócrata que sólo pide más presupuesto. Es el abismo que hay entre los trabajadores que cuidan su fuente de trabajo, porque saben que demandas excesivas la llevarían a la quiebra, y quienes saben que no habrá quiebra ni jubilándose a los 45 años de edad si entró a los 15, y con 3.3 veces el salario promedio porque detrás no hay un empresario, sino los contribuyentes del país.

Lo sabemos todos: los sindicatos buscan, o deberían hacerlo, los mejores salarios y prestaciones para sus agremiados. Y nada es excesivo ni injusto: todos queremos vivir lo mejor posible. ¿Dónde le para un sindicato en sus demandas? Donde ve, con números, que el dueño de la empresa preferiría cerrar y pagar finiquitos. Ese límite, repito, no lo tiene el sindicato de una paraestatal.

Y sin duda no es el SME el único sindicato que aprovecha su posición estratégica para obtener lo decente y hasta lo indecente. Son todos los que, como los maestros de la SEP, reciben su paga del gobierno. Una crítica muy leída por estos días es que la vara que mide a LyFC debería medir a media docena de burocracias poderosas e intocables, además de ineficientes. Cierto. Pero como dijo Jack el Destripador: vamos por partes.

En la vieja izquierda descalificábamos toda crítica contra Fidel Castro o la URSS señalando que el criticón exhibía su parcialidad al no mencionar, también, las dictaduras de Somoza, Trujillo, y así hasta Calígula. Hoy la nueva izquierda tiene el mismo tic: “A ver, a ver, qué casualidad que el tal Calderón no acaba también con el SNTE, con Deschamps y sus petroleros, con los mineros de Napito… A ver… ¿ah, verdá?”

Puro cuento

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

Fue como un espejismo, durante algunas semanas y a raíz de una serie de declaraciones, la agenda ciudadana parecía convertirse en lo políticamente correcto. La campaña a favor del voto nulo había surtido efecto y los partidos estaban dispuestos a soltar parte de sus privilegios para no seguir perdiendo legitimidad y generando más desinterés entre los ciudadanos. Felipe Calderón empezó con su discurso en Palacio Nacional: “Hay que reconocerlo, los ciudadanos no están satisfechos con la representación política y perciben una enorme brecha entre sus necesidades y la actuación de sus gobernantes […] Propongo que entre todos revisemos las reglas y cambiemos lo que haya que cambiar…”. En su comparecencia Gómez Mont le dio forma: “Para acercar gobierno y ciudadanía, el Ejecutivo federal considera indispensable zanjar en los tiempos de esta Legislatura la discusión sobre los mecanismos de democracia directa —plebiscito y referéndum— y la reelección consecutiva de legisladores y ayuntamientos”. Manlio Fabio Beltrones, coordinador de los senadores priístas, respondió a estos planteamientos de forma positiva. Algunos vieron perfilarse en el horizonte una alianza PRI–PAN que haría posible estas reformas. Federico Reyes Heroles en Reforma escribió: “Si el asunto va en serio podríamos estar en el umbral de una verdadera reforma democratizadora y liberal”.

El problema es que no va en serio. El PRI está tan lejos como siempre de querer sumarse a una reforma liberal o democratizadora. Manlio habla por él y no por su partido. El sector más pesado del PRI está en contra de todo: de la disminución del dinero que reciben los partidos, de la reducción de los plurinominales y de la reelección de diputados y presidentes municipales. Hace unos días escuché el argumento que dudo repitan en público y ante una grabadora: Dicen que la reelección es un mecanismo de movilidad social que si se cancela nos conduciría derechito a una nueva revolución. Los cargos de elección popular y los puestos públicos son vistos como medios para desahogar la presión de las bases, premiar y promover lealtades, permitir que unos cuantos afines se enriquezcan y mantener el control de grandes sectores. Nada más viejo. La eficacia y la transparencia no forman parte de este discurso, desde luego. Y ni hablar de una clase política más estable y profesional que genere condiciones para que la movilidad se dé, sí pero en la esfera productiva y no con el dinero de los contribuyentes. Es el mismo cuento priísta inaugurado por Calles en los años 30 del siglo pasado.