noviembre 02, 2009

Agente de cambio

Denise Dresser
Reforma

Tiempos de impuestos crecientes y políticos disminuidos. Tiempos de problemas cada vez más grandes y soluciones cada vez menos asibles. Tiempos confusos, cabizbajos, grisáceos, en los cuales no se sabe a ciencia cierta a dónde mirar o en quién confiar. Pero aún así hay algo en lo cual creo con absoluta certeza, y es aquello que la antropóloga Margaret Mead escribió con tanta elocuencia: "nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos puede cambiar al mundo. En efecto, es la única cosa que lo ha hecho". Por ello apoyo -y convoco a apoyar- la candidatura de Emilio Álvarez Icaza para presidir la CNDH. Porque entiende que la labor de un ombudsman es mantener vivas las aspiraciones de verdad y justicia en un sistema que, con demasiada frecuencia, las desdeña. Sabe que le corresponde pararse del lado de la víctima. Asumirse como alguien capaz de representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Defender los derechos de quienes ni siquiera saben que los tienen.

Durante su presidencia, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal alzó la vara de medición, contribuyó a crear un contexto de exigencia, se volvió autora de un lenguaje que buscó siempre decirle la verdad al poder, recomendación tras recomendación. En el caso Eumex. En el caso del plantón postelectoral sobre Reforma. En el caso de los reclusorios. En el caso del News Divine. En el caso del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos. En el caso del diagnóstico sobre los derechos humanos en el Distrito Federal.

Ahora bien, ser un buen ombudsman en México no es una tarea fácil porque implica indagar, investigar, evidenciar, señalar violaciones a los derechos humanos, provengan de donde provengan. En el caso de Emilio Álvarez Icaza ha implicado vivir con los vituperios de quienes -desde la izquierda- se sintieron traicionados por la recomendación del plantón. Ha implicado resistir las acusaciones de quienes -desde la derecha- se sintieron traicionados por la postura de la CDHDF en el caso de la despenalización del aborto. Ha implicado ser el blanco de las críticas de quienes aún les falta comprender que es más importante defender derechos fundamentales que ser panista. Que es más importante defender la legalidad que ser perredista. Que es más importante proteger ciudadanos que proteger cotos partidistas. Que es más importante impulsar una visión de Estado que una creencia personal o una ideología política.

Por esa congruencia en caso tras caso me parece que hay un gran valor en la labor de Emilio Álvarez Icaza. Hay algo intelectual y moralmente aplaudible en encabezar la lucha por la protección de los desprotegidos. Y por ello se vuelve imperativo apoyar para un puesto a nivel nacional a quien ha hecho lo que Emilio en el Distrito Federal. Defender a los débiles. Darle voz a los vulnerables. Retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Denunciar la manipulación política de la pena de muerte, la situación de los reclusorios, la podredumbre de las policías, los desafíos al Estado laico, la institucionalización de la impunidad.

En un país en el cual tantos conceden, claudican y recortan sus conciencias para ajustarlas al tamaño del puesto que aspiran a llenar, Emilio Álvarez Icaza ocupa una posición inusual: es una figura emblemática de la inteligencia libre. Sin ataduras. Sin sometimientos. Sin lealtades políticas o afiliaciones partidistas. Precisamente porque es libre, provoca tanta incomodidad entre quienes querrían una CNDH sumisa, domesticada. Precisamente porque es libre, engendra tanto escozor entre quienes preferirían un ombudsman dispuesto a promover intereses partidistas por encima de derechos humanos. Precisamente porque es libre, produce tanta preocupación entre quienes desearían una CNDH abocada a emprender cruzadas religiosas por encima de causas ciudadanas. Paradójicamente es criticado por aquello que lo vuelve idóneo para el puesto. El activismo. La independencia feroz. El catolicismo responsable con el cual coloca la primacía de la ley sobre las preferencias personales. La decencia esencial.

Por eso me pronuncio hoy -parada al lado de tantos ciudadanos más- en apoyo a alguien bautizado como "defensor del pueblo" porque ha sabido caminar a su lado. Por eso exhortamos a que los senadores alcen la cabeza y la mano del pequeño estadista que ojalá lleven dentro. Por eso pedimos que el Senado de la República devuelva el sentido fundacional a los órganos autónomos y reconozca el perfil de alguien que -como Emilio Álvarez Icaza- debe encabezarlos. Alguien que en tiempos de inercias arraigadas ha demostrado ser un agente de cambio. Alguien que se ha negado a ser espectador de la injusticia o la arbitrariedad. Alguien cuyo arribo a la CNDH se volvería un antídoto al cinismo y al desasosiego. Alguien cuya actuación allí se convertiría en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. El país que todavía brinda oportunidades para creer en vez de razones para claudicar. El país que queremos.

El final de los Beltrones, AMLO, Calderón

Ciro Gómez Leyva
gomezleyva@milenio.com
La historia en breve
Milenio

Nada de nada de nada de nada de nada de nada. No habrá 2 por ciento para los pobres. Pervive el tabú de los alimentos y las medicinas. Los que pagan impuestos, pagarán más. El dinero mal alcanzará para que los burócratas del poder sigan engrasando al México seco y rezagado. Lo aprobado no salvará a millones de la humillación que es el desempleo, ni le cambiará el rostro al país. Y menos perfila un proyecto nacional.

Fue el triunfo de una burocracia emergente (los jóvenes gobernadores y aspirantes a gobernadores del PRI) que no prefigura más inteligencia, imaginación y coraje que la de los derrotados: el presidente Calderón, ahora resignado a remar con lo posible, no con lo deseable; los inútiles perredistas, de López Obrador a Los Chuchos y Encinas, embelesados en su lógica política que los aleja cada día más del centro de decisión (onanistas que sólo viven para darse placer a sí mismos); Manlio Fabio Beltrones y la que ya podemos llamar vieja e ineficaz escuela de la negociación, y los panistas-no calderonistas, buenos para prácticamente nada: perdieron con Fox, con Calderón, perdieron el jueves.

Qué tristeza haberlos acompañado tantos años desde la trinchera periodística y verlos así de fútiles. Qué tristeza repetir este párrafo, escrito aquí el 31 de agosto: “La mayoría de ellos ha hecho saber que a partir de hoy, que zarpa la 61 Legislatura, podrá tomarse una ruta de acuerdos, atención a los problemas de solución impostergable. Lo dudo. Culturalmente, son una generación que no aprendió a construir. Y genéticamente están mal dotados para los altos vuelos”.

Lo peor es que el capítulo del IVA dejó ver también que la próxima generación no pinta mejor. Nada mejor.

El imperio de la mezquindad

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

El debate sobre la Ley de Ingresos es elocuente. Está exhibiendo a un Ejecutivo que no quiere ejecutar, un Legislativo que no quiere legislar y unos partidos que no quieren tomar partido. Y atrás un empresariado que defiende privilegios fiscales indefendibles.

No hay transición sin generosidad. Ningún país ha sido capaz de pasar de un régimen excluyente a un régimen incluyente sin que sus actores políticos, económicos y sociales cumplan tres requisitos: 1) tener conciencia de que se viven tiempos de excepción, en los que todos tienen que perder un poco en el corto plazo para que todos puedan ganar mucho en el largo plazo; 2) ser capaces de elevar la mira, de pensar en grande, de privilegiar los grandes cambios por encima de los ajustes coyunturales; 3) ponerse de acuerdo para saber qué van a hacer cuando no estén de acuerdo. Sólo con liderazgos generosos se puede gestar esa tríada de convergencias, que a su vez constituye una condición sine qua non para transitar a la democracia. Pero ese tipo de dirigentes no se da en maceta. Y en las sociedades que no castigan la mezquindad, menos.

Y es que las élites tienden a ser mezquinas. Hay excepciones, por supuesto, pero así se comportan en casi todas partes casi todo el tiempo. Hablo de las cúpulas del gobierno y de los partidos, de las empresas y de los sindicatos, de la milicia y de las iglesias, del periodismo, de la cultura y del deporte. Y también hablo de los elitistas que se disfrazan de proletarios, como los caciques de la economía informal. Si la base no sacude al vértice, la pirámide no suele inmutarse. Son garbanzos de a libra los líderes que, sin necesidad de presiones externas, saben escuchar los llamados de la historia y poseen la visión y la sensibilidad para salir de las encrucijadas por el camino en el que la sensatez y la audacia caminan al unísono.

En México estamos aprendiendo esta lección del modo más doloroso. Nuestra transición democrática no ha culminado por falta de generosidad, porque tenemos una derecha recalcitrante que no entiende el imperativo de que la izquierda sea opción real de poder, un centro movedizo y ladino y una izquierda atávica que no distingue entre la derecha y el derecho. No se alcanza un nuevo acuerdo en lo fundamental porque nadie quiere ceder. Nadie es capaz de trascender la lógica política convencional de ganancias cortoplacistas ni de levantar la vista para ver más allá de un juego de suma cero. Los grupos de poder, formales o fácticos, están atrapados en sus propios feudos, defendiendo intereses las más de las veces ilegítimos.

El debate sobre la Ley de Ingresos es elocuente. Está exhibiendo a un Ejecutivo que no quiere ejecutar, un Legislativo que no quiere legislar y unos partidos que no quieren tomar partido. Y atrás, en su trinchera, un empresariado que defiende privilegios fiscales indefendibles. Presenciamos un triste espectáculo cuyo desenlace está cantado: el de un gobierno que seguirá haciendo como si recaudara y ciertos empresarios que seguirán haciendo como si pagaran impuestos. Faltaba más: para eso hay una clase media en cautiverio y una clase baja en inmolación. En suma, muchos fingen, pocos ponen y el país se hunde. Pero no hay por qué alarmarse, que al fin y al cabo hay tiempo. Todavía quedan pozos petroleros por agotar y gente indefensa por exprimir. Cuando broten las últimas gotas de petróleo y de sangre pediremos una reforma hacendaria de fondo.

Con todo, en medio del regateo se oyen voces inusitadas. El Presidente, por ejemplo, dio un viraje frente al gran capital y pasó del guiño a la admonición. Denunció venturosamente las trampas de los regímenes especiales y la consolidación. Una vez más pareció decidido a ir al monte de piedad fáustico a recuperar su alma y se mostró decidido a rebasar por la izquierda: de la pensión a adultos mayores al intento de meter en cintura a los campeones de la elusión, ya son varias las propuestas de Andrés Manuel López Obrador que hace suyas Felipe Calderón. El problema, claro, es la indefinición. ¿Con quién va a gobernar? No, no se trata de proclamar un gobierno de clase, pero sí de límites y de estrategia. ¿Qué con quién y qué para quién?

Ahora bien, seamos justos. El problema es idiosincrático. Brincamos de los primeros auxilios a la terapia intensiva; no tenemos medicina preventiva, no tenemos quirófano, sólo sala de urgencias y un pabellón para resucitar al moribundo. Y es que el paciente es muy paciente. Se trata de México que es, de hecho, lo único generoso y noble que hay en México, pese a estar lleno de mexicanos sin piedad por la patria. Si reparamos en la cantidad de veces que la hemos desollado, nos sorprenderemos de que esté viva. Tan sólo la monstruosa metástasis de corrupción que la mayoría de sus “hijos” le ha provocado hubiera acabado ya con cualquier otro país.

Aceptémoslo: vivimos en el imperio de la mezquindad. Una turba de avaricias se disputa jirones de nadería. ¡Y todavía hay quienes se preguntan por qué los únicos acuerdos que podemos lograr son los que administran la mediocridad! No hemos comprendido que la suma de pequeñeces no da como resultado la grandeza, y que mientras cada quien se aferre a su trozo de sordidez no podremos forjar una gran nación.

Equidad y proporcionalidad

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

Lo mejor es el impuesto único (ni uno más), homogéneo (la misma tasa en todos los casos), universal (sin ninguna excepción), no expoliatorio (para que su cobro no degenere en expoliación legal), al consumo (no al ingreso, no al patrimonio), mismo que cumple con la equidad y la proporcionalidad que debe tener todo sistema tributario, afirmación puesta en duda por más de uno, duda que a continuación aclaro, comenzando por la definición de los términos.

Equidad quiere decir que todos tributen de igual manera, y proporcionalidad significa que, quien pueda más, tribute más, términos que parecen excluyentes: ¿si todos tributan de la misma manera, cómo se pretende que quienes puedan más, tributen más?

Supongamos tres consumidores, A, B y C, el primero consumiendo mil pesos, el segundo dos mil, y el tercero tres mil, y supongamos, además, un impuesto al consumo del 15 por ciento. ¿Cuánto tributa A? 150 pesos. ¿B? 300. ¿C? 450. ¿Qué tenemos? Que quien consume más tributa, peso sobre peso, más que aquel que consume menos. B consume el doble que A, dos mil contra mil pesos, y tributa el doble que A, 300 contra 150 pesos. C consume el triple que A, tres mil contra mil pesos, y tributa el triple que A, 450 contra 150 pesos. C consume 50 por ciento más que B, tres mil contra dos mil pesos, y tributa 50 por ciento más que B, 450 contra 300 pesos.

¿Qué tenemos? Proporcionalidad peso sobre peso y, punto porcentual sobre punto porcentual, equidad. Peso sobre peso quien consume más paga más, y no arbitrariamente, sino proporcionalmente. Punto porcentual sobre punto porcentual todos pagan lo mismo, 15 por ciento. ¿Se logra, o no, la equidad y proporcionalidad con el impuesto único, homogéneo, universal, no expoliatorio, al consumo?

¿Qué sucede si, como lo proponen los socialistas, tanto de derecha como de izquierda, se busca la proporcionalidad, no peso sobre peso, sino punto porcentual sobre punto porcentual? Veámoslo. Supongamos que, con el mismo nivel de consumo, a A se le grava con el 15 por ciento; a B, que consume el doble que A, se le grava, punto porcentual sobre punto porcentual, con el 30, el doble que A, y a C, que consume tres veces más que A, se le cobra el 45 por ciento, el triple que A. Lo que sucede es que B, que consume el doble que A, tributa 600 pesos, ¡cuatro veces más que A!, y C, que consume tres veces más que A, tributa 1,350 pesos, ¡nueve veces más que A!

¿Qué sucede si se busca la proporcionalidad, no peso sobre peso, sino punto porcentual sobre punto porcentual? Que se rompe la proporcionalidad y, ¡obviamente!, la equidad, lo cual significa, contra lo que proponen los socialistas, que la equidad debe darse punto porcentual sobre punto porcentual (la misma tasa en todos los casos) y la proporcionalidad peso sobre peso (quien más consume más tributa), siendo éste el único arreglo posible para lograr, simultáneamente, equidad y proporcionalidad

'Alcornoque$' por Paco Calderón