noviembre 09, 2009

La caida del muro de Berlín

El muro

Sergio Sarmiento
Jaque Mate
Reforma

"Todos los hombres libres, dondequiera que vivan, son ciudadanos de Berlín. Por eso yo, como hombre libre, me enorgullezco de las palabras: Soy un berlinés".

John F. Kennedy, 1963

Los grandes momentos históricos suelen registrarse sin expectativas de grandeza. El 9 de noviembre de 1989, ante un confuso anuncio de que se abrirían los pasos de Berlín oriental a Berlín occidental, miles de berlineses, principalmente jóvenes, se agolparon ante los puntos de cruce y empezaron a avanzar. Los guardias, que carecían de órdenes, no supieron si disparar a matar, como lo habían hecho tantas veces, o dejarlos pasar. Finalmente permitieron que cruzaran. Al otro lado fueron recibidos con festejos por los berlineses del oeste y regresaron horas después a sus hogares en Berlín oriental. El gobierno de Alemania oriental liberó formalmente el tránsito con Alemania occidental unos días después.

La libertad de cruce significó el fin del régimen comunista de Alemania oriental. El 3 de octubre de 1990 se proclamó la reunificación de Alemania bajo el gobierno germanooccidental. El muro alrededor de Berlín occidental, que había sido el símbolo de la dictadura comunista, fue destruido en su mayor parte. Para fines de 1991 se habían desplomado también la Unión Soviética y la mayoría de los regímenes comunistas de Europa oriental.

Esta revolución fue sorprendentemente pacífica, pero la integración de los ciudadanos de la antigua Alemania oriental a un sistema capitalista no resultó fácil ni barata. Aun hoy, después de que el gobierno alemán ha gastado miles de millones de euros en subsidios, los habitantes de la vieja Alemania oriental siguen siendo más pobres que los de la parte occidental. El daño provocado por el comunismo ha demostrado ser muy persistente.

El viejo partido comunista, llamado Partido de la Unidad Socialista, cambió su nombre por el de Partido del Socialismo Democrático y sobrevive actualmente en el partido conocido como La Izquierda (Die Linke). Es como si el partido nazi hubiera sobrevivido a la desaparición del régimen de Adolf Hitler. Muchos alemanes, particularmente de mayor edad, recuerdan el viejo régimen comunista con nostalgia, aunque la mayoría se ha adaptado a la vida en una sociedad libre.

Francis Fukuyama, el filósofo político estadounidense, afirmó en su libro The End of History and the Last Man (1992; El fin de la historia y el último hombre) que la caída del muro de Berlín marcaba el fin de las controversias ideológicas de la historia y el triunfo definitivo del liberalismo democrático. La realidad, sin embargo, es siempre más compleja. Si bien sólo sobreviven dos de los viejos regímenes comunistas, en Cuba y Corea del norte, en Latinoamérica el presidente venezolano Hugo Chávez ha utilizado sus petrodólares para financiar un nuevo movimiento comunista, que llama "socialismo del siglo XXI", en distintos países de la región.

La caída del muro de Berlín, estoy convencido, no es el final de la historia sino simplemente el final de una historia. El comunismo no podía sobrevivir en Alemania oriental por la cercanía física y lingüística con uno de los países capitalistas más exitosos del mundo. Otras naciones del viejo régimen comunista que no contaron con los subsidios alemanes para la transición han recaído en regímenes autoritarios.

La tentación de restringir las libertades para generar sociedades supuestamente igualitarias no ha desaparecido. Latinoamérica es hoy el escenario de construcción de estas utopías. Quienes las promueven afirman que la sociedad capitalista es imperfecta. Y sin duda lo es. Pero como señalaba el español Manuel Azaña: "La libertad no hace felices a los hombres. Los hace, simplemente, hombres".


Peligrosos

Seis homosexuales han sido condenados a entre dos y tres años de cárcel en Cuba por la Ley de Peligrosidad Predelictiva. Este ordenamiento, que los cubanos llaman Peligro, castiga a los cubanos no por los delitos que hayan cometido sino por los que pudieran cometer.

Estos muros que (ya no) ves…

Gabriel Guerra Castellanos
Internacionalista
www.twitter.com/gguerrac
gguerra@gcya.net
El Universal

Hoy hace 20 años se abrió el muro que representaba la más profunda división que el mundo moderno haya conocido. No cayó ni por accidente ni por casualidad, ni tampoco por un hecho aislado de heroísmo ni de voluntad de apertura. Lo hizo como consecuencia de una serie de acontecimientos imposibles de planear —vaya, ni siquiera de concebir— y que vistos hoy, con la perspectiva que sólo da el tiempo, eran difícilmente concatenables.

Durante casi tres décadas, a partir de agosto de 1961, los alemanes vieron cómo el alambre de púas y el concreto atravesaban su territorio partiendo en dos lo que debía haber sido uno solo, en un altísimo precio a pagar por los inenarrables crímenes nazis y que las potencias ganadoras parecían decididas a nunca permitirles olvidar, ni subsanar. Ni siquiera el Tratado de Versalles que castigó en exceso a Alemania tras la Primera Guerra Mundial había tenido un impacto tan duradero, en apariencia eterno.

La partición original de Alemania derrotada en cuatro zonas de ocupación (americana, británica, francesa y soviética) se replicó en Berlín, con la diferencia de que al hacerlo aquí la antigua capital germana perdía soberanía y quedaba como zona ocupada aun después de la creación de los dos estados alemanes independientes, las Repúblicas Federal (RFA) y Democrática (RDA) Alemanas. Berlín quedaba así como un escenario de la geopolítica donde cada quien buscaba mostrar sus mejores cartas, ya para la propaganda, ya para el control y el dominio, ya para la influencia y la estrategia militar.

Ya hacia finales de la década de los 50 el escaparate germano-oriental perdía cotidianamente su lustre en la “votación con los pies”: la migración cotidiana de muchos de sus ciudadanos que preferían abiertamente la opción occidental a las limitaciones cotidianas que en todos aspectos de la vida imponía ya el socialismo real de la RDA. Fue precisamente ese éxodo el que llevó a la dirigencia comunista a tomar una decisión cuyas repercusiones superarían con mucho su impacto en las dos Alemanias: la construcción de lo que llamaron “El muro de protección antifascista”, una obra de represión que puso en evidencia para todo el mundo el carácter, el verdadero rostro del sistema.

Se han escrito testimonios conmovedores acerca de cómo el muro dividió a las familias, cambió vida y llevó a muchos a la prisión o a la muerte tratando de burlarlo. Ambos lados intentaron sacarle provecho propagandístico, pero evidentemente le resultaba más fácil hacerlo a los occidentales: desde la histórica visita de Kennedy en que se declaró berlinés hasta la memorable de Reagan en que conminó a Mijaíl Gorbachov a “derribar ese muro”.

Mucho mayor eran las implicaciones del muro para los habitantes de Alemania Oriental, que no sólo estaban impedidos de viajar a Occidente, sino que además vivían bajo uno de los regímenes más cerrados y represivos del mundo socialista. La de prusianos y comunistas, decía alguien, era una combinación tremenda, y peor aún si se le añadía el control soviético.

La apertura del muro se dio de manera casi accidental, en medio del maremoto de las reformas impulsadas por Gorbachov en la URSS y sus satélites, y gracias a la confusión que reinaba entre las clases dirigentes de países que estaban sólo acostumbradas a obedecer los dictados de Moscú y que no supieron qué hacer cuando de ahí surgió la orden que nunca nadie imaginó: “decidan ustedes”.

Ante las protestas multitudinarias exigiendo reformas de fondo, el gobierno germano-oriental volteó a ver al Kremlin entre deseando y temiendo la instrucción de usar mano dura, que nunca llegó. Por el contrario, la línea moscovita era la de respetar la “voluntad popular” y la esclerótica dirigencia comunista en Berlín no supo que hacer hasta que decidió dar una señal de cambio revocando las leyes que restringían los viajes a Occidente. Uno de sus voceros, confundido en una rueda de prensa, literalmente desató la avalancha humana al responder a una pregunta para la que no estaba preparado: ¿a partir de cuándo?

“De inmediato”, dijo Günther Schabowski en una errata de proporciones históricas.

El muro no cayó por eso ni fue una graciosa concesión de Gorbachov. Pero tampoco fue por una rebelión masiva ni por una “toma de la Bastilla”. Ni los alemanes derribaron el muro solos ni sus aliados de un lado o el otro de la cortina de hierro lo hicieron por ellos. El muro cayó, como después la cortina, por su propio peso, por su propia obsolescencia.

Hoy los alemanes festejan 20 años del paso que hizo posible la reunificación de su país. Se merecen la celebración y no sólo por ese día, sino por todo lo que ha sucedido desde entonces: Alemania es hoy un país moderno, abierto al mundo, profundamente europeo, democrático y liberal. Desde su primera creación, en 1860, y de todas sus versiones, la actual es con mucho la mejor: ésta es una Alemania a la que nadie tiene que temer, y a la que muchos tienen que agradecer por su vocación y su convicción de no ser, nunca más, una amenaza para sus vecinos, ni para sus propios ciudadanos.

En un espléndido recuento de testimonios del 9 de noviembre de 1989, el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung reúne voces diversas, desde las de niños que poco entendían de lo que pasaba hasta las de jóvenes que tras prepararse para huir súbitamente tenían las puertas abiertas. De todas, con la que me quedo es con la de un padre de familia que celebrando respondió a la pregunta de su hijo pequeño, de por qué era tan importante lo que acontecía: “Porque ahora Alemania tendrá una mejor selección de futbol…”

Algo así fue lo que pasó…

Veinte años y nuestro muro sigue ahí

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Excélsior

Recuerdo la noche del 9 de noviembre de 1989 en forma confusa. Estaba en el unomásuno, en las oficinas del suplemento Página Uno que entonces dirigía, y llegaba la información por cables, vía agencias, veíamos CNN y no se podía comprender la magnitud de lo que sucedía: estaba cayendo el Muro de Berlín. No sabíamos entonces, éramos emasiado jóvenes y el Muro siempre había estado ahí, la forma en que el mundo cambiaría. Unos meses después iría a cubrir en Cuba un 26 de julio que algunos esperaban como el de la apertura y resultó ser el de los fusilamientos y el periodo especial.

Pero fuera de historias personales, en México en general y en América Latina en particular, quizás por la persistencia cubana en cerrar aún más su sistema, no entendimos bien lo que sucedía. En una región que salía de un largo ciclo de dictaduras militares, de violencia política real, donde en Centroamérica aún ardía la guerra civil, la caída del Muro parecía algo lejano, ajeno.

Nuestra izquierda no lo comprendía entonces y no parece haber aprendido mucho de ello desde esa época. Pero tampoco aprendieron, en nuestro caso, el resto de las fuerzas políticas. Se debe reconocer que uno de los que mejor entendió lo que sucedía y las implicaciones que ello tendría fue el entonces presidente Carlos Salinas, con la fuerte influencia que en ese momento ejercía José María Córdoba y sus relaciones con Jacques Attali, un hombre de toda confianza de uno de los principales actores de aquellos momentos, el entonces presidente francés Françoise Mitterrand. Salinas estuvo en Washington en septiembre de 1989, en su primera visita oficial como presidente y no quiso establecer compromisos de largo plazo en una propuesta que ya estaba sobre la mesa, el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, pues pensaba en una mayor diversificación. Pero cuando, a principios del año siguiente, fue por primera vez a Davos, a presentar su propuesta de un México con una economía abierta a las inversiones y el comercio, la unificación alemana ya estaba en marcha y era evidente que Europa iba hacia la reconstrucción del Este y la creación de un enorme mercado común, y allí irían las inversiones y los recursos. Antes de que Salinas regresara de esa gira a México, ya había partido un avión con Córdoba y Pedro Aspe a Washington, para comenzar a plantearle al presidente Bush la posibilidad del tratado de libre comercio.

A casi veinte años de distancia, debe vérsele como una de las más inteligentes apuestas globales que realizó México en un contexto de cambio internacional profundo, en un mundo que buscaba y todavía no tenía claro hacia dónde se podría avanzar, pero en el cual era evidente que los viejos campos del capitalismo y el socialismo serían reemplazados por grandes bloques regionales.

Mas aquella euforia reformadora, en nuestro caso duró poco. Con los crímenes de 1994 y la crisis del 95 las reformas se congelaron y mientras el mundo seguía adaptándose a sus nuevas realidades nada hizo cambiar a nuestros sistemas políticos o nuestra visión económica, ni siquiera la derrota del PRI en 2000. Y seguimos estancados en un mundo donde sólo un puñado de países, ninguno exitoso, siguen pensando que las consignas y visiones previas a 1989 aún están vigentes, donde pensamos que la preservación de la soberanía pasa por la propiedad de una refinería, donde seguimos concibiendo que no todos deben pagar impuestos y que tenemos económicamente más que ver con Sudamérica que con América del Norte. Un mundo donde no se quiere calificar a los gobiernos de Cuba o Venezuela como dictatoriales y donde se acepta la utilización de la violencia como un recurso de la política. O, en donde se tiene la tentación de recurrir a grupos irregulares para garantizar la seguridad. O en donde el partido con mayores posibilidades de regresar al poder, en un acto de absoluta demagogia, se felicita “por haber librado al pueblo de México del IVA de 2% a alimentos y medicinas”.

Nuestra clase política sigue viviendo en un mundo anterior a ese 9 de noviembre de 1989 que hoy celebran las democracias occidentales. Nuestro muro (o cortina de nopal, como la llamó José Luis Cuevas), continúa incólume. Seguimos pensando que somos una excepción en la globalización. Por eso persistimos en ver hacia atrás en vez de afrontar los desafíos del futuro. Y han pasado ya 20 años.

La caída del Muro de Berlín

Luis González de Alba
La Calle
Milenio

Salí del hotel a ver aquello por lo que iba uno a Berlín: los restos del Muro aún en pie. Los turcos habían tomado posesión del negocio y, sentados en cuclillas como sólo pueden hacer los musulmanes, exponían reliquias de Muro que iban desde caros fragmentos con graffiti montados en una maqueta con firma; luego trozos sin montar, pero con vestigios de color, seguían grises pedruscos del interior del Muro, luego pedacería y, por último, bolsitas de plástico llenas de grava auténtica. Pero no, no era lo último, lo más barato eran los pares de cinceles y marros expuestos en el suelo, a tantos marcos la hora.

Había fritangas alemanas y turcas, carritos de refrescos, botes repletos de basura y una inmensa y colorida muchachada hablando a gritos todos los idiomas, con mochilas a la espalda, vaqueros mugrosos, chamarras de plástico inflado buenas para esa primavera fría; música, música por todas partes.

Y de pronto, como si hubiera topado con un dedo flamígero y acusatorio, se me borró la sonrisa boba, dejé de oír las diversas músicas, de pie, sordo e inmóvil me dije, como en una revelación: “Ésta no es mi fiesta”. Sentí vergüenza de que me vieran, como si aún marchara por Reforma llevando una pancarta en apoyo al Muro y a Fidel. Me cayó encima un siglo, quedé viejo frente a la multitud aunque apenas estaba a la mitad de mis cuarenta. No la edad, sino la deshonra me sacó lágrimas, como si me llamara García Márquez y me rodearan jubilosos cubanos huidos del tirano Castro, al que solapa con turbia seducción.

Regresé a donde se alineaban las ofertas turcas, una pareja polvorienta me regaló, sonriendo, sus minutos sobrantes de cincel y marro, y así partí con furia un pedazo, mínimo porque lo único bien hecho por los carceleros fue ese concreto que resistía horas de golpes. Aún lo tengo.

•••

Comenzó cuando Hungría decidió permitir el paso a su vecina Austria. Hasta 1918 ambos países formaron el núcleo del Imperio Austrohúngaro y por eso Austria no entró al Imperio Alemán integrado en el siglo XIX. Hitler era austriaco. Mozart también.

Los alemanes ya habían dado señales de independencia en 1953, Hungría en 1956 y Checoeslavaquia en 1968, la inolvidable Primavera de Praga. Todos los intentos fueron aplastados por los tanques de la URSS. En 1985, Mijaíl Gorbachov inició en la Unión Soviética las reformas que se llamarían Perestroika y Glasnost. En la Alemania del Este, comunista, los ciudadanos pedían algo similar. Así comenzaron en Leipzig las manifestaciones de los lunes al grito de ¡Gorbi! ¡Gorbi!: Gorbachov, pero el gobierno de Erich Honecker no aceptaba reformas de estilo Gorbi. En 1989 se integró Solidaridad en Polonia, el primer sindicato en un país comunista.

El 23 de agosto de 1989, el régimen de Hungría, de comunismo más liberal, decidió abrir su frontera con Austria siguiendo las reformas de Gorbachov. En tres días de septiembre, más de 13 mil alemanes del Este habían pasado a Hungría, lo que era tolerado por tratarse de dos regímenes comunistas. Y de allí escapaban hacia Austria.

Los “Lunes de Leipzig” se generalizaron por Alemania del Este. Millones salieron a las calles. Honecker, incapaz de responder a la ola de tumultos o detener la avalancha de alemanes que huían por la frontera húngara, renunció el 18 de octubre de 1989. El nuevo gobierno, más liberal, decidió levantar las restricciones de viaje.

A las 6:53 de la tarde, del 9 de noviembre de 1989, el nuevo gobierno comunista ofreció una conferencia de prensa. El vocero fue Günter Schabowski. El parecer por descuido, respondió a periodistas que la recién otorgada libertad de viajar incluía Occidente. Un periodista italiano preguntó a partir de cuándo entraban en vigor las desregulaciones. Schabowski se dio unos segundos acomodándose los lentes, moviendo de acá para allá los papeles del texto recién leído, los miró por abajo y dijo la frase del Apocalipsis: “Hum… pues… por lo que sé, entran en vigor de inmediato… sin demora”.

¡La conferencia se estaba transmitiendo por TV en horario estelar!… Eso fue todo. Los guardias fronterizos, que pudieron haber cometido una masacre, dudaron… No habían recibido un parte militar con cambio de órdenes, pero había un nuevo gobierno y el vocero acababa de aparecer en televisión… Por la noche, dejaron de oponer resistencia al Niágara humano.

Ese momento maravilloso, con la respuesta del pobre Schabowski, lo puede usted ver en video abriendo www.metacafe.com/watch/2048254

Siguiendo el libreto

Arturo Damm Arnal
arturodamm@prodigy.net.mx
La Crónica de Hoy

Aprobada la Ley de Ingresos de la Federación, se ha iniciado el proceso de revisión, discusión, modificación y aprobación del proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación, proceso que consiste en decidir cuánto le toca a quién, siendo los quiénes las clientelas presupuestarias del gobierno, comenzando por todos aquellos, desde artistas hasta deportistas, que se benefician recibiendo parte del presupuesto.

A lo largo de este proceso vamos a ver desfilar, ante los diputados encargados de decidir cuánto le toca a quién, a los representantes de las distintas clientelas presupuestarias, exigiendo no solamente que no se les recorte el presupuesto, sino, ¡faltaba más!, que se les conceda más. ¿Por qué? Porque de esa partida presupuestaria depende, ¡nada más ni nada menos!, que el futuro de la patria. ¿No me creen? A las pruebas me remito.

El pasado miércoles 4, representantes de una de esas clientelas presupuestarias, la organizada en torno el Instituto Mexicano de Cinematografía, la entidad gubernamental encargada de impulsar (subsidiar, al pan pan y al vino vino) el desarrollo de la actividad cinematográfica nacional, dependiente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, al que yo he rebautizado como el Consejo Nacional para el Subsidio a la Cultura y las Artes), se presentó ante un grupo de diputados para demandar que no se recorte el presupuesto (subsidio, ¡al pan pan y al vino vino!) del 2010. ¿Cuál fue uno de los argumentos para demandar tal cosa? El expuesto por la actriz Bárbara Mori quien, al final de cuentas, terminó identificando el interés de la industria cinematográfica mexicana con el interés de México, confirmando lo dicho: de esa partida presupuestaria depende, ¡nada más ni nada menos!, que el futuro de la patria.

Cito a Mori: "Sabemos que invertir en el cine mexicano es invertir en México, en su economía, por lo que tenemos la confianza de que habrá una respuesta positiva". Pregunta y aclaración. México, ¿es el cine mexicano? Lo que Mori le pidió a los diputados no fue inversión, sino subsidio, ¡algo muy distinto!

Sigo con Mori: "Queremos que no sólo escuchen lo que venimos a plantearles, sino que este puente que se ha establecido entre los legisladores de México y los creativos del cine nacional se consolide en los próximos años". ¿Para qué? Para que los legisladores, redistribuyendo por la vía del subsidio a favor de la gente del cine, promuevan intereses, los de la gente del cine, siendo que la tarea de los legisladores debe ser garantizar los derechos de todos, no promover los intereses, ¡mucho menos pecuniarios!, de las clientelas presupuestarias.

¿Qué tenemos? El seguimiento del libreto al pie de la letra: de mi partida presupuestaria depende el futuro de la patria. Invertir en el cine mexicano es invertir en México. México es el cine mexicano.

Gabriela Cuevas se alcanzó la puntada de afirmar que "...el cine es una industria rentable..." y yo le pregunto, si lo fuera, ¿necesitaría del subsidio? Porque al final de cuentas lo que hace el Imcine es eso: subsidiar

'Ich Bin Ein Ziegelstein' por Paco Calderon