noviembre 16, 2009

Pacto para el 'no'

Denise Dresser
Reforma

Una democracia que no logra construir acuerdos. Un sistema político donde los partidos no tienen incentivos para la colaboración. Las reformas que México necesita no ocurren por la falta de consensos, es lo que se repite como mantra. Hace falta un gran acuerdo nacional, es lo que se repite en foro tras foro. Hace falta un Pacto como el de la Moncloa, es lo que se propone en reunión tras reunión. Ése suele ser el diagnóstico común sobre lo que nos aqueja y lleva a la discusión sobre propuestas encaminadas a construir mayorías legislativas u otras medidas con el objetivo de crear un gobierno "fuerte". Pero ante ese diagnóstico y esas recomendaciones me parece que estamos centrando la atención en el problema equivocado. México no está postrado debido a la falta de acuerdos o la inexistencia del consenso o la ausencia de mayorías. En México sí hay un acuerdo tácito entre políticos, empresarios, sindicatos, gobernadores y otros beneficiarios del statu quo. Pero es un acuerdo para no cambiar.

Es un pacto para el "no". Para que no haya reformas profundas que afecten intereses históricamente protegidos. Para que no sea posible disminuir las tajadas del pastel que muchos sectores reciben, en aras de permitir la creación de un pastel más grande para todos. Basta con examinar las iniciativas presentadas, las reformas votadas, los nombramientos avalados, y las partidas asignadas para constatarlo. El paquete fiscal -aprobado por mayoría legislativa- no cambia las reglas del juego; tan sólo va tras el contribuyente cautivo. El nombramiento del nuevo titular de la CNDH -aprobado por mayoría- no busca crear contrapesos, sino asegurar que no existan. La exención de impuestos a nuevos jugadores en telefonía celular -aprobada por mayoría- no busca fomentar la competencia sino hacerle otro favor a Televisa. El Presupuesto de Egresos -aprobado por mayoría- no busca reorientar el gasto público para desatar el crecimiento económico, sino mantener su uso para fines políticos. En México todos los días se forman mayorías en el Congreso. Pero son mayorías que logran preservar en lugar de transformar.

Mayorías entre diputados y senadores, forjadas por intereses que quieren seguir protegiendo, incluyendo los suyos. Por los poderes fácticos a los cuales hay que obedecer. Por los derechos adquiridos que dicen es políticamente suicida combatir. Por los privilegios sindicales que -con la excepción del SME- el Poder Ejecutivo no está dispuesto a confrontar. Por la presión de cúpulas empresariales que le exigen al gobierno que actúe, pero les parece inaceptable que lo haga en su contra, como en el tema de la consolidación fiscal o la promoción de la competencia. Muchos demandan reformas, pero para los bueyes del vecino. Más aún cuando esas reformas ocurren en su sector, se aprestan a vetarlas. El país se ha vuelto presa de un pacto fundacional que es muy difícil modificar, porque quienes deberían remodelarlo viven muy bien así. Los partidos con su presupuesto blindado de 3,012 millones de pesos. Los empresarios con sus altas barreras de entrada a la competencia y sus reguladores capturados y sus diputados comprados y sus amparos y sus ejércitos de contadores para eludir impuestos en el marco de la ley. Los gobernadores con sus transferencias federales y la capacidad que tienen para gastarlas como se les dé la gana. El PAN temeroso a tocar intereses por temor a que busquen refugio con el PRI. Allí está, visible todos los días: el Pactum Nullus Mutatio.

El pacto rentista, el pacto extractor, el pacto conforme al cual es posible apropiarse de la riqueza de los otros, de los ciudadanos. Y las élites de este país llevan décadas enriqueciéndose legalmente a través de aquello que los economistas llaman el "rentismo". El rentismo gubernamental-empresarial-sindical-partidista construido a base de transacciones económicas benéficas para numerosos grupos de interés pero nocivas para millones de consumidores. El rentismo depredador basado en contratos otorgados a familiares de funcionarios públicos. La protección a monopolios y la claudicación regulatoria. El control de concesiones públicas por parte de oligarcas disfrazados de "campeones nacionales". El pago asegurado a trabajadores del sector público al margen de la productividad. El uso del poder de chantaje para capturar al Congreso y frenar las reformas; subvertir a la democracia y obstaculizar el desarrollo de los mercados; perpetuar el poder de las élites y seguir exprimiendo a los ciudadanos.

El problema de México es no la falta de acuerdos, sino la prolongación de un pacto inequitativo que lleva a la concentración de la riqueza en pocas manos; un pacto ineficiente porque inhibe el crecimiento económico acelerado; un pacto autosustentable porque sus beneficiarios no lo quieren alterar; un pacto corporativo que Felipe Calderón -a veces- critica pero cuyo gobierno no logra reescribir apelando a los ciudadanos. Y así como durante siglos hubo un consenso en torno a que la Tierra era plana, en el país prevalece un consenso para no cambiar.

Una idea deseable, sensata y radical

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Durante la reciente Semana Internacional de Transparencia organizada por el IFAI (Instituto Federal de Acceso a la Información), Andrés Hofmann, el director de Política digital, una revista dedicada a los temas del gobierno electrónico, hermana especializada de la revista Nexos, y con nueve exitosos años en el mercado, se atrevió a decir que “un gobierno transparente no requiere de ifais, ni de leyes de transparencia. Si aspiramos a la transparencia, entonces tenemos que aspirar también al cierre del IFAI”.

Las reacciones fueron diversas. Hubo quien aplaudió. Hubo quien llamó al dicente “terrorista”. Hubo quien le desgranó algunos aplausos.

Como dice la cabeza de este artículo, yo encuentro la propuesta de Hofmann, con quien me une una amistad de años, a la vez deseable, sensata y radical. El IFAI habrá cumplido de verdad su tarea cuando ya no sea necesario.

Y no sólo el IFAI. Como el propio Hofmann explica, lo mismo debería pedirse como misión institucional del Instituto Federal Electoral y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos: desaparecer por haber cumplido su tarea y no ser ya necesarios.

“La desconfianza generalizada en el sistema electoral condujo a la creación del IFE”, dice Hofmann, y se pregunta: “¿Hoy, con el fortalecimiento institucional de los partidos políticos, es posible vislumbrar un futuro sin IFE?”. Contesta: “Sí, y yo creo que esa debe ser la apuesta del IFE: desaparecer. Regresar el tema electoral a Gobernación o al Congreso, para tener un sistema electoral sensato, como lo tienen aquellos países con instituciones sensatas”.

De regreso al IFAI, pregunta Hofmann: “Si la mayoría de la información gubernamental es pública, ¿para qué se hace una ley de acceso a esa información pública? Peor aún: ¿para qué hacer un IFAI, si la controversia respecto a lo que es público lo puede dirimir el Poder Judicial? Son las preguntas que se harían en Suecia o Finlandia”.

El tema no está en la conversación pública, dice Hofmann. “El tema que está en el radar de todos es si se necesita más o menos dinero; si se deben dedicar más a aquello y menos a esto otro, sin mirar más allá de lo que se tiene enfrente. No se sabe hacia dónde caminar, y por eso todos, como los perdidos del desierto, caminan en círculos”.

Termina Hofmann: “Tampoco creo tener toda la razón. Pero recomiendo leer el artículo que problematiza la naked transparency. Tal vez demasiado gringo, pero muy bueno: www.tnr.com/article/books-and-arts/against-transparency?page=0,0”.

PRI: ¿partido escudo o lanza?

Agustín Basave
abasave@prodigy.net.mx
Excélsior

El priismo ha sido y es más diverso y conflictivo de lo que parece. En una época se dividió entre nacionalistas y aperturistas, en otra entre “dinos” y “renos”, y ahora que ya no se escuchan voces de cambio se debate entre “escuderos” y “lanceros”.

Siempre he dicho que Plutarco Elías Calles no quiso fundar un partido; quiso crear un entero. Diseñado para que en su seno cupieran todos los mexicanos, desde los obreros y los campesinos hasta los grandes empresarios, en más de un sentido el Partido Revolucionario Institucional fue el viejo sistema político mexicano. Lo que en la normalidad democrática se da entre varios partidos, en México se procesaba dentro de uno solo. Hablo de las reglas para dirimir las disputas por el poder, de la alternancia endogámica, de la inefable rendición de cuentas. Por eso el PRI ha sido un instituto heterogéneo a cual más. En él han coexistido socialistas y neoliberales, pobres y ricos, jacobinos y católicos, nacionalistas y globalizadores, y entre sus cuadros ha habido muchos corruptos y también, aunque usted no lo crea, algunos honestos. No es necesario remontarse a Ruiz Cortines. Ahí estuvieron recientemente personajes entrañables como Luis Donaldo Colosio y Pedro Zorrilla y por ahí andan Esteban Moctezuma y Santiago Oñate, por citar sólo a cuatro ex jefes, o Sergio García Ramírez, Mario Luis Fuentes y otros más, compañeros de proyectos y sueños. Al margen del estercolero de tantas fortunas mal habidas, alejados ahora de la política, en su momento dejaron un raro testimonio de honorabilidad.

El priismo, pues, ha sido y es más diverso y conflictivo de lo que parece. En una época se dividió entre nacionalistas y aperturistas, en otra entre “dinos” y “renos”, y ahora que ya no se escuchan voces de cambio se debate entre “escuderos” y “lanceros”. Permítame explicarme citando lo que escribí en este espacio (“Partidos esquizoides”) hace casi dos meses: “Por una parte están algunos de los priistas que ya dominaron el país, que tienen grandes intereses que defender y forman parte del establishment metapartidario. A ellos les gustaría que el PRI recuperara la Presidencia de la República, por supuesto, pero no están dispuestos a arriesgar demasiado porque su entrelazamiento con el gobierno federal panista y sus nexos con diversos gobiernos estatales les permiten proteger y acrecentar sus enclaves económicos y sus posiciones políticas tanto o más de lo que se los permitiría un nuevo presidente priista. Y del otro lado está el priismo que no ha llegado al cenit, el que sí se juega el todo por el todo de cara a 2012. El diferendo no es necesariamente generacional, porque hay jóvenes y viejos en ambos bandos, pero sí es potencialmente bifurcador porque propicia lógicas antagónicas. Unos pretenden perpetuar la actual correlación de fuerzas y los otros revertirla; unos apuestan a fortalecer al Congreso de la Unión y a los gobiernos estatales a expensas del Ejecutivo federal, otros a regresar a un presidencialismo fuerte; unos saben que no ganan en las urnas y optan por el poder tras el trono y otros quieren sentarse en el trono. Aunque todavía no se manifiesta cabalmente esta disputa, pronto se sentirán los escarceos en las bancadas priistas de la LXI Legislatura”.

En otras palabras, hay una nueva disputa en el PRI. Los escuderos parecen decir “si no llegamos nosotros —y es muy difícil que lleguemos nosotros— que lleguen los débiles o los debilitados”. La novedad no es el encono sino la existencia de otras opciones reales de poder y de la fuerza para legislar. Si en el siglo pasado hubiera habido una oposición competitiva, probablemente Humberto Romero la habría apoyado para que perdiera Díaz Ordaz, y si hubiera sido legislador habría intentado restarle poder al Ejecutivo. Lo mismo habría ocurrido en otras sucesiones. A los priistas enemistados con el precandidato triunfador les habría ido mejor si la elección la hubiera ganado otro partido o si su enemigo hubiera gobernado con menos poder, porque los golpes entre los aspirantes presidenciales y sus aliados son brutales y su resentimiento puede resultar devastador. Hay, además, otra diferencia: la Presidencia es hoy un poco menos apetitosa que antes. Desde el 2000, los líderes del PRI son el fiel de la balanza en el Congreso, y en ese carácter han consolidado con el PAN una relación de toma y daca que además de dividendos electorales les ha redituado beneficios personales. Han constituido una élite que se reparte con el panismo gobernante los nombramientos en los órganos autónomos, en el Poder Judicial y en dependencias de la administración federal. En otras palabras, han erigido un poderío que en cierto modo supera al del Presidente de la República.

Le dejo al lector la adivinanza. ¿Quién prefiere un PRI opositor con suficientes diputados y senadores y bastantes gobernadores para ser el escudo que proteja sus intereses y quién quiere usarlo como lanza para ganar la Presidencia? Pero no se quede usted en la respuesta fácil, la que evocaría la película Rudo y Cursi. Se trata de un reparto de más de dos actores en una obra en tres actos. Complete el análisis, ponga los nombres, construya los escenarios. Haga su apuesta.