noviembre 22, 2009

Honduras y el miedo a Chávez

Jorge Ramos Ávalos
Reforma

Todos los esfuerzos de último momento del régimen que gobierna en Honduras tienen un objetivo: que el ganador de las elecciones presidenciales de este domingo 29 de noviembre sea reconocido por el mundo.

Esto explica el retiro temporal del gobernante interino, Roberto Micheletti. La legitimidad de las elecciones depende, en parte, de que Micheletti no esté en el poder el día en que voten los hondureños. Ningún gobierno del planeta ha reconocido al gobierno de Micheletti. Y la misma Casa Blanca sigue considerando que lo ocurrido el 28 de junio sí fue un golpe de Estado.

La ausencia de Micheletti durante los comicios llega como un respiro para Estados Unidos. Esto le permitiría al gobierno de Barack Obama reconocer al ganador de las elecciones y ser congruente con el resto de su política exterior. Estados Unidos siempre ha pedido elecciones multipartidistas para enfrentar, por ejemplo, la falta de democracia en Cuba. Entonces, ¿cómo no pedir lo mismo para Honduras?

"Las elecciones son parte del proceso de restauración del orden democrático y constitucional", me dijo un portavoz de la Casa Blanca. "Pero no son suficientes por sí mismas".

Además de unas elecciones limpias, Estados Unidos y el resto del mundo están esperando más de Honduras. La salida -aunque sea temporal- de Micheletti era una de sus expectativas. Otra era el retorno al poder del depuesto presidente, Manuel Zelaya. Pero en este último punto ya no existe un consenso tan claro.

Zelaya seguramente piensa ahora que se equivocó al firmar los llamados acuerdos de Tegucigalpa-San José que ponen el asunto de su restitución en manos del Congreso y de la Corte Suprema. Pero ya es muy tarde. ¿Acaso nunca pensó Zelaya que el Congreso, simplemente, se podía negar a restituirlo o que se trataba de otra maniobra dilatoria?

Zelaya cree que el retiro temporal de Micheletti "es una maniobra fácil... para engañar bobos", según dijo en un comunicado. Pero el problema de Zelaya es que la idea de que las elecciones -y no su regreso a la Presidencia- van a resolver la crisis está ganando adeptos.

La realidad es que Micheletti, el Ejército y la gente que lo apoya han hecho todo lo posible para evitar que Zelaya regrese al poder. Todo. Actuaron primero y luego ajustaron las leyes a su acción.

El miedo a que Zelaya buscara perpetuarse en el poder a través de una reelección ilegal y que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se metiera en los asuntos internos de Honduras pudo más que mantener un sistema democrático. Prefirieron sacar a Zelaya del poder en pijama y por la fuerza que arriesgarse a perder el país.

Esos dos temores, fundados o no, fueron los que desencadenaron la actual crisis en Honduras. Y perdieron el reconocimiento de toda la comunidad internacional. Ni la OEA ni la ONU los reconoce. Pero, desde su punto de vista, no perdieron el país.

Los hondureños, no cabe la menor duda, han hecho las cosas a su manera. Y las seguirán haciendo. Los extranjeros no han podido imponer su voluntad.

José Miguel Insulza, el secretario general de la OEA, no pudo negociar el regreso de Zelaya como tampoco lo logró el presidente de Costa Rica, Óscar Arias. Brasil, que le dio refugio en su embajada en Tegucigalpa a Zelaya, no ha logrado que el depuesto mandatario camine los pocos metros que lo separan de la casa presidencial. Y el gobierno de Estados Unidos no ha podido forzar una solución a la crisis ni con el envío de tres misiones especiales y el retiro de decenas de visas de funcionarios del gobierno de facto.

La primer lección es muy sencilla. Los hondureños, a pesar de las consecuencias, no van a dejar que nadie de fuera les diga qué hacer. Sea Chávez o sea la OEA.

Otra lección es que los hondureños se merecen mejores gobernantes que Zelaya o Micheletti. El país ha estado al borde del abismo por la incapacidad política de ambos.

Y la última es que fueron los hondureños los que se metieron en esta crisis y serán ellos, solos, los que saldrán de ella.

'Pupilos de abandono' por Paco Calderón

Presidente mesiánico

Jorge Medina Viedas
Acentos
Milenio

El presidente Felipe Calderón llama a hacer una revolución pacífica, “cambiando lo que haya que cambiar, con lo que ello implique”. Suena como la voz de un mesiánico. Pero también como la de un presidente desesperado.

Calderón y muchos mexicanos tal vez queramos hacer algo así. Cambiarlo todo. Tener una gran sociedad. Con buenos y dignos niveles de vida para todos. Con empleo, salud, educación de calidad, donde los ciudadanos porten, generosos, valores como la honradez y la solidaridad.

Pero como muchas cosas que dice el Presidente, son como un rayo en cielo sereno. O como llamados a misa. Calderón es un mandatario que quiere serlo todos los días. Se esfuerza en ello. Si han medido la percepción de la sociedad, sin embargo, buena parte de ella es refractaria a sus palabras. Tal vez el Presidente esté consciente del escepticismo que priva en la gente de la calle respecto de él y sus políticas. La narrativa de su gobierno nos lo muestra.

Él llegó a Los Pinos casi como Salinas de Gortari en 1988: sin credibilidad y con el rechazo de muchos. Pero no hizo lo que éste en los primeros meses de su gobierno: tomar decisiones que convencieran para su causa a los escépticos. El priista echó a funcionar toda su habilidad y puso en práctica todas sus artimañas. Se valía.

O sea, Calderón leyó a su modo el contexto de 2006; no emuló la táctica de llevar a cabo acciones políticas o económicas, a fin de compensar su falta de credibilidad.

Fue lo primero que decidieron en Los Pinos. No quiso parecerse a aquél en nada, y algo de ironía hay en que, desde hoy, ya le compita el lugar entre los presidentes peor calificados de la historia. No afirmo que el juicio sobre Salinas sea el justo ni el merecido, simplemente es la percepción del plazo presente y habría que esperar el largo, pero muy largo para que cambie. Pero ese es otro tema.

A cambio de aquellas tácticas compensatorias, Calderón puso en marcha la del combate al narcotráfico y al crimen organizado; sumó a ello una política de alianzas que le permitiera recuperar su partido; quiso diferenciar de Fox la política exterior; lo hizo ante Cuba, por ejemplo. El agotamiento del lopezobradorismo (motor de la deslegitimación de su gobierno) fue mal leído. Lo llevó casi a la euforia y en septiembre de 2007 hablaba de que nunca más México viviría una crisis económica como en el pasado.

A menos de dos años del inicio de su gestión, cambió al secretario de Gobernación y depositó la operación política de su gobierno y el partido en el nuevo titular, Juan Carlos Mouriño.

Qué tanto se desmoronó su proyecto y decayó su ánimo con la muerte de su amigo y confidente, no se sabe. Pero a tres años de la batalla contra el crimen organizado el saldo no tiene el efecto político y social que se esperaba. Su primer Procurador, Eduardo Medina Mora, camina hoy por El Zojo londinense. O lo hará pronto. La política exterior es de una mediocridad imposible de superar. Al perder la vida Juan Carlos Mouriño, hoy, la gobernanza está en manos de un abogado de apellido de prosapia panista, lo que a estas alturas no dice nada.

Pero peor aún: el desastre económico se quiere ocultar con estulticia. A la torpeza, el gobierno suma puerilidad. Los voceros del gabinete —y panistas del Congreso— buscan esconder la pobreza y el desempleo imparables; ni todos juntos reúnen la argumentación suficiente para contrarrestar las aseveraciones de Joseph Stiglitz, ni de otros especialistas mexicanos que vienen sosteniendo el pésimo manejo de la crisis.

Un gobierno que funciona a la defensiva e improvisando, es un gobierno sin un proyecto consistente y creíble; o que si lo tiene, lo desdeña por la desconexión de sus programas con la realidad del país, o simplemente por necesidades derivadas de un pragmatismo acusado de entrega y de incapacidad para resolver los problemas del país.

Un gobierno que se apoya en un partido que pone en marcha una campaña de afiliación apoyándose en la farándula, empata con esta puerilidad.

Con el agua al cuello, el Presidente llama a un revolución pacífica. A un año de la conmemoración de la menospreciada —por su gobierno y su partido— Revolución mexicana de 1910.

El llamado, visto a la luz de este pasado reciente, parecería una ocurrencia discursiva. Repito: es la retórica de un fundamentalista: “con lo que ello implica”, “cambiar lo que haya que cambiar”. Dios. Puede ser la reacción normal de quien siente la necesidad urgente de cumplir un compromiso moral; o de cubrir el vacío político que reconoce ante una realidad contraria a sus deseos; y cuando todo está por concluir.

Los revolucionarios son seres desesperados, ansiosos, aventureros. Por pacífica que sea la vía del Presidente para acortar la distancia con sus propósitos, en él hay impaciencia. La impaciencia, a fe mía, de quien perdió la oportunidad.


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