diciembre 07, 2009

Se acabó la luna de miel

Andrés Oppenheimer
El Informe Oppenheimer
Reforma

Obama prevalecerá sobre Lula en la crisis hondureña. La UE se está inclinando por reconocer las elecciones

Hay amores que duran poco. Apenas unos meses atrás, los Presidentes latinoamericanos celebraban la llegada del nuevo Gobierno del Presidente Barack Obama describiéndolo como el inicio de una nueva era en las relaciones hemisféricas. Pero ahora, la luna de miel ha terminado.

Brasil, tal vez alentado por su crecimiento económico, sus descubrimientos de petróleo y la reciente portada de la revista The Economist con el título "El Despegue de Brasil", está radicalizando su política exterior. Y varios vecinos de Brasil están siguiendo por lo menos algunos de sus pasos.

La disputa entre Estados Unidos y Brasil por las elecciones del 29 de noviembre en Honduras es la última de una serie de enfrentamientos.

Obama fue muy aplaudido en la Cumbre de las Américas realizada en abril en Trinidad y Tobago, y fue muy alabado en junio cuando Estados Unidos se unió al resto de la región en el voto que levantó la suspensión de Cuba de la Organización de Estados Americanos.

Pero en las últimas semanas, la elección en Honduras, el abierto apoyo de Brasil al régimen iraní, y el debate sobre el acuerdo de Colombia con Washington que permite la presencia de tropas estadounidenses en bases militares colombianas, han terminado con el romance.

En el caso de Honduras, Brasil -apoyado por Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, entre otros- dice que no reconocerá el resultado de las elecciones hondureñas. Por otra parte, Estados Unidos -apoyado por Colombia, Perú, Costa Rica y Panamá- dice que reconocerá el voto hondureño.

Ambas partes tienen algo de razón. Brasil argumenta que reconocer una elección convocada por un Gobierno de facto sentaría un mal precedente, y alentaría los golpes en otros países. Estados Unidos responde que las elecciones en Honduras estaban planeadas desde antes del golpe, y que casi todas las democracias latinoamericanas actuales nacieron de elecciones convocadas por regímenes de facto.

Además, los críticos de la postura de Brasil señalan que no tiene sentido que Brasilia pida imponer sanciones económicas a Honduras, que celebró elecciones multipartidarias, y al mismo tiempo exija que se levanten las sanciones económicas a Cuba, que no ha celebrado una sola elección multipartidaria en más de cinco décadas.

Con respecto a Irán, el Presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, le dio recientemente una recepción oficial al Presidente racista de Irán, Mahmoud Ahmadineyad, dándole un importante respaldo internacional en momentos en que casi todo el resto del mundo está condenando el programa nuclear de Irán y la dudosa victoria electoral de Ahmadineyad este mismo año.

En una entrevista telefónica, Arturo Valenzuela, el encargado de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, me dijo que "Yo no veo un enfriamiento con Brasil y Sudamérica", pero señaló que "estamos decepcionados por el voto de Brasil (sobre el programa nuclear iraní) en la agencia atómica de las Naciones Unidas, porque fue un voto en el que China, India y Rusia estuvieron de acuerdo (con el voto estadounidense), y Brasil se abstuvo".

Agregó que "también valoramos el hecho de que muchos países, incluyendo Argentina y Uruguay, votaron a favor de la resolución canadiense que critica a Irán en materia de derechos humanos, en la que Brasil también se abstuvo".

¿Qué hay detrás de la radicalización de la política exterior brasileña? Algunos analistas brasileños dicen que el éxito económico se le ha subido a la cabeza a Lula, mientras que otros señalan que es parte de la campaña de Brasil para obtener una banca permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Sin embargo, lo más probable es que se deba a motivos de política interna. Brasil celebrará elecciones presidenciales en octubre de 2010, y la candidata de Lula, la jefa de gabinete Dilma Roussef, está por detrás del Gobernador del estado de Sao Paulo, José Serra, en las encuestas.

Tanto Roussef como Serra son candidatos de centro-izquierda. Lula posiblemente esté intentando asegurarse de que su candidata no sea rebasada por la izquierda, y podría estar preparando el terreno para tratar de pintar a Serra -quien ha criticado el respaldo de Lula a Ahmadineyad- como un candidato con escasas credenciales "progresistas".

Mi opinión: Obama prevalecerá sobre Lula en la crisis hondureña. Las 27 naciones de la Unión Europea ya se están inclinando por la postura estadounidense de reconocer las elecciones. Y después de la asunción a fines de enero del Presidente electo hondureño, Porfirio Lobo, lo más probable es que la crisis hondureña desaparezca de los titulares, y más países latinoamericanos reconozcan al nuevo Gobierno.

No obstante, todo parece indicar que Washington y Sudamérica no vuelvan a su idilio de hace algunos meses. Obama fue aplaudido por todos por diferenciarse de la arrogancia política del ex Presidente George W. Bush. Pero no ser Bush no es sustituto de una política activa y eficiente en Latinoamérica. Si Obama no presta más atención a la región, es difícil pensar que renacerá el romance.

Los salvadores nunca nos han salvado

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Tenemos encima una crisis económica de pronóstico reservado pero, por favor, las cosas estaban mucho peor en 1994. ¿Acaso los intereses bancarios se están yendo a las nubes en estos momentos? ¿Cientos de miles de personas no pueden, de pronto, pagar las hipotecas de sus casas ni los préstamos de sus coches? ¿El dólar ha triplicado su valor en pocos días?

No lo digo para que nos sirva de consuelo sino por poner simplemente los puntos sobre las íes: porque resulta, señoras y señores, que esos salvadores de la patria que se apresuran ahora a volver al poder, luego de habernos mantenido sojuzgados a lo largo de siete décadas larguísimas, se olvidan no sólo de sus monumentales pecados sino que quieren que compartamos tan redituable amnesia. Y así, nos mandan avisar, sin la menor alusión a los antecesores del actual presidente de la República, que Calderón es un mandatario tan malo, digamos, como López Portillo, tan irresponsable como Luís Echeverría y tan sanguinario como Díaz Ordaz, priistas todos ellos genéticamente puros. Pareciera, por lo visto, que el país nació cuando Fox tomó las riendas y que todo lo de antes —las devaluaciones, las raterías, el autoritarismo, el patrioterismo imbécil, la demagogia hueca y el persistente subdesarrollo de la nación— son meras anécdotas de las que nadie se responsabiliza. Nunca han pedido perdón, que yo sepa, y justamente ahora que han perdido el poder se olvidan de los intereses superiores de la patria y se dedican a conformar una oposición desleal, mezquina, traicionera, estorbosa y mediocre. Una pregunta: ¿si ahora sabotean pura y simplemente cualquier iniciativa del Ejecutivo que pueda significar un beneficio para el país, acaso gobernarán adecuadamente por el mero hecho de ya no estar en la oposición? Dicho en otras palabras, ¿no están mostrando —desde ya, en estos mismísimos momentos— su verdadera naturaleza? ¿No nos están brindando una fehaciente prueba de su mala sangre? Ustedes dirán.

La fascinación por “Juanito”

Jorge Chabat
jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE
El Universal

Uno de los grandes misterios de la política es por qué algunas personas atraen a la gente y otras no. Max Weber, sin duda uno de los sociólogos más importantes en al historia, se refirió a este fenómeno como la “dominación carismática” que era un modelo de ejercer el poder basado en el atractivo del líder. A los líderes carismáticos se le sigue por razones más bien emocionales que racionales, porque conectan con alguna parte de la psique colectiva. Por eso las masas en varias épocas y países han seguido ciegamente a líderes carismáticos que a la postre las llevan a la ruina, como es el caso de Santa Anna, Napoleón, Perón o Hitler. El argumento de los defensores de estos líderes es que el pueblo los ama. Pues sí, lo cual no significa que dichos líderes actúen en beneficio de la población ni que la fascinación por ellos sea una actitud racional. De hecho, Weber veía como un progreso el que una sociedad se moviera de la dominación carismática a la jurídica o legal, basada en las leyes y no en los atractivos de un iluminado.

No obstante, si quisiéramos caracterizar la historia de México, claramente prevalecería la dominación carismática y no la jurídica. De hecho, todavía buena parte de la población y de la clase política no entiende ni se acostumbra a la idea de un gobierno basado en las leyes. Sigue habiendo una fascinación por los líderes carismáticos que en buena medida es inculcada por nuestro sistema educativo. Así son admirados quienes han encabezado revueltas y revoluciones: desde el cura Hidalgo hasta Villa, Zapata e incluso Álvaro Obregón. En estas muestras de admiración se glorifica la astucia política y los pantalones de los políticos mexicanos, no su apego a la ley. Es precisamente debido a este gusto por los líderes carismáticos que buena parte de los mexicanos se sentía fascinado con el desprecio retórico de López Portillo por la política (alguna vez declaró que su vocación verdadera era ser escritor y no político) o con el desprecio de Vicente Fox y de López Obrador por las formas institucionales. Finalmente, la fascinación por el líder carismático no refleja más que un rechazo por la política formal y las instituciones, explicable sin duda por la mala calidad de la clase política mexicana. Sin embargo, el líder carismático, lejos de resolver los problemas que presenta el ejercicio de la política, los agrava. Los políticos anti-políticos y anti-institucionales no son mejor que los políticos profesionales, mediocres y corruptos. De hecho, a la larga son peores. Los políticos mediocres corroen la política y alejan a la población de los asuntos públicos. Los anti-políticos atraen a las masas, las manipulan y al final destrozan las instituciones y los países.

Y es ese gusto de los mexicanos por la antipolítica lo que explica la fascinación por un personaje como Juanito, que parecería salido de una película de ficheras de los años 80. Juanito nos fascina porque se “salta las trancas”, como su creador, Andrés Manuel López Obrador. De hecho, nos fascina más aún porque se salta las trancas frente al propio AMLO, porque utiliza su mismo lenguaje: “la mafia obradorista”, con la misma irresponsabilidad que aquél. Incluso se presenta como más vivo que el propio Peje: la “brillante” maniobra de AMLO de meter a un candidato palero para al final dejar en Iztapalapa a su protegida, es ahora rebasada por la más “brillante” maniobra de Juanito de engañar a todos, empezando por su mentor. Su frase “los agarré como al Tigre de Santa Julia” lo retrata de cuerpo entero: es el pícaro del barrio, el que toma ventaja de quién puede y a quien la ley y las instituciones le importan poco… como al propio AMLO.

Para los medios de comunicación y para los analistas políticos resulta sin duda muy atractivo un personaje como Juanito. Pero sería un error poner a Rafael Acosta como un modelo a seguir. Juanito es un vivales, es un bribón al que las circunstancias lo han puesto en el poder temporalmente. Pero no es ni de lejos un estadista ni el político que necesita el país o siquiera Iztapalapa. Tal vez la lección que podemos extraer de este sainete es que cuando los electores no se toman en serio la política, como fue el caso de los votantes de Iztapalapa, los políticos tampoco. Todos aquellos que votaron por Juanito siguiendo la voz de su líder carismático, ahora tendrán que sufrir a un delegado que no tiene la menor idea de lo que es gobernar.

El PRD a la baja

Leo Zuckermann
Juegos de Poder
Excélsior

Si los partidos cotizaran en una Bolsa para medir su valor político-electoral, la “acción” del PRD llevaría casi cuatro años a la baja. En marzo de 2006, el PRD llegó a su punto máximo. Todo indicaba que ganaría las elecciones de julio. Sin embargo, ese mes hubo un punto de inflexión y comenzó la tendencia a la baja. Como era previsible, el PAN y el PRI empezaron a atacar al candidato presidencial perredista, quien no contestó las campañas negativas en su contra. Además, López Obrador decidió no participar en el primer debate presidencial y se peleó con los empresarios. Todos estos errores le costaron puntos al PRD, que finalmente perdió la elección por un pelito.

Vino, entonces, el conflicto postelectoral. La radicalización bajó aún más la “acción” del PRD: las marchas, la toma de Reforma, el cuestionamiento a las instituciones, la promesa de que Calderón no tomaría posesión y la autoproclamación de AMLO como presidente legítimo. Luego el PRD se empeñó en desconocer al Presidente. De esta forma, le entregó el monopolio de la negociación política al PRI. Al PAN no le quedó otra más que negociar con el tricolor. Nada ganaron los perredistas al rehusar acordar con Calderón. El PRD se convirtió en un partido insulso, lo cual tiró aún más su “acción”.

Afloraron, entonces, las perennes divisiones internas. Primero hubo una lucha feroz por la dirigencia nacional. Los dos grupos dominantes hicieron fraude electoral. No se sabe quién ganó. Sin embargo, Jesús Ortega se convirtió en el presidente del PRD gracias a una mejor estrategia legal que la de Alejandro Encinas. El resultado del cochinero electoral hizo que las “acciones” del PRD siguieran a la baja.

La división se profundizó con la elección de 2009. Cada una de las tribus quería quedarse con la tajada del león en las candidaturas. Hubo desprendimientos. Una parte del ala radical lopezobradorista migró al Partido del Trabajo. El propio AMLO hizo campaña a favor de este partido en detrimento del PRD. El resultado electoral fue desastroso. El PRD pasó de ser la segunda fuerza en la Cámara baja con 25% de los diputados, a la tercera fuerza con 14 por ciento.

Para colmo, la gran historia perredista de 2009 fue la elección en Iztapalapa. Todavía hoy, un bufón insiste en gobernar esta delegación. Los perredistas ya no saben qué hacer para remover a Juanito de la jefatura delegacional. Iztapalapa es un dolor de cabeza para el principal gobernante perredista de la actualidad: Marcelo Ebrard. El jefe de Gobierno capitalino tendrá que arreglar este aprieto producto de una ocurrencia de AMLO. Mientras tanto, el affaire Juanito tiró más la “acción” del PRD.

Este fin de semana, el PRD celebró su XII Congreso que llamó “Refundacional”. No participaron ni Cuauhtémoc Cárdenas ni López Obrador. El que sí operó abiertamente fue René Bejarano, quien supuestamente había sido expulsado del partido por corrupción. De acuerdo a los reportes de la prensa, el PRD, lejos de refundarse, continuó por la senda del divisionismo. En vez de aceptar métodos alternativos para elegir candidatos y dirigentes, continuarán las elecciones directas. Al respecto, Alfonso Ramírez Cuéllar dijo: “Que lejos de quitar derechos nos enseñemos a no robar urnas, que lejos de quitar derechos no aceptemos dinero de los gobiernos de los estados del PRI y el PAN que se meten a los consejos electorales internos”. La confesión es una perla.

La “acción” del PRD va en picada porque este partido ha dilapidado su valor político desde marzo de 2006. Y así seguirá porque, hoy, el PRD carece de un proyecto del tipo de izquierda que quiere ser: ¿Lula, Chávez, Castro o Echeverría? Además, el partido no tiene un liderazgo notorio como en su momento lo hubo con Cárdenas y López Obrador. Mientras tanto, lo que vemos del PRD son divisiones, cochineros electorales, corrupción de algunos de sus cuadros e historias ridículas como las de Juanito. El PRD, en definitiva, no se ve bien. Parece extraviado en un laberinto sin salida. Y, de seguir así, su “acción” continuará a la baja.

La “acción” del PRD va en picada porque éste ha dilapidado su valor político desde marzo de 2006. Y así seguirá porque, hoy, el partido carece de un proyecto del tipo de izquierda que quiere ser: ¿Lula, Chávez, Castro o Echeverría?