diciembre 24, 2009

El año del paréntesis

Yuriria Sierra
Nudo Gordiano
Excélsior

El año se va y nos deja un sabor agrio, ese que nos hace querer adelantar los acontecimientos para llegar a un nuevo paraje. Ganas de salir de nuevo, de soñar como lo hacíamos al inicio del año, de hacer nuestras las calles, de reír y llorar, sólo por el deseo simple de hacerlo, de pensar que la vida irá mejorando, porque sabemos que está diseñada para eso. ¿Cuándo no ha sido así?

Estas fechas nos ponen reflexivos, porque al mirar atrás le damos al pasado un lugar que a veces sirve sólo para el ejercicio de conciencia; pero, otras tantas, nos dejamos llevar y entramos de nuevo al laberinto, al que nos pierde y sí, también nos encuentra, pero con su cuota rigurosa.

El año nos encerró en un paréntesis. Vimos tanto y nada. Cantidad enorme de acontecimientos que sirvieron tan sólo para llenar vacíos y darle emoción a la coyuntura, pero que al final nos dejaban en el mismo lugar, sin avanzar, solamente nos sacó la cabeza por la ventana para que nos diera el aire y, así, hacer como que se respiraban nuevos bríos.

Desde hechos ridículos, hasta algunos poco entendidos. Un avión secuestrado con dos latas de jugo o un Presidente que recibe un Premio de Paz cuando en realidad habla de guerra. Un terremoto que le dio un buen susto al DF en mayo, pero una epidemia que lo encerró en abril. Un séquito de funcionarios públicos que engordaban sus carteras trabajando para el lado del crimen. Líderes de grupos criminales que cayeron, gente inocente que calló. Figuras políticas que se acomodaron la camiseta que mejor les convino; otros, que se quitaron la que por años usaron hasta que eso se convirtió en prejuicio.

Un año de elecciones intermedias que nos dejó a medias, por un Congreso con mayoría de la “oposición” y un jefe del Ejecutivo que deberá ideárselas para quitarle lo gris a lo que resta de su sexenio. Un par de reformas que jamás lograron cuajar y que hicieron acto de presencia de panzazo. Una que sí nos hace creer, porque hay luz, la deseada, que pueda ayudar a encauzar de nuevo el rumbo político del país. En eso tal vez, en lugar de paréntesis, pondría puntos suspensivos...

Y es que 2009 fue un año áspero, duro, hiriente. Uno que nos emocionó y al final pocas victorias dejó. Que nos sonrió al inicio, una imagen que nos esperanzó un poco, aunque sabíamos que las cosas no serían fáciles, pero no nos dijo que mucho tomaría forma tan caprichosa y contradictoria. Un año de señales encontradas. De indecisión pero, también, lo sabemos, de muchas ganas.

Ganas de encontrarse y tal vez perderse un poco, pero siempre ganas de llegar a un nuevo punto. Ganas de reiniciar esos proyectos que no cuajaron, de reencontrarnos con lo que fuimos, con esas formas con las que recibimos el año.

No es pesimismo ni tendencia a ver el vaso medio vacío, es sólo un ejercicio de conciencia que nos obliga a reconocernos como un país que de pronto se quedó estático, encerrado en esos paréntesis que, por fortuna, no constituyen un círculo y se puede salir de ellos para, de inicio, poner punto y aparte. Porque, por muchos tropiezos, propios y en el entorno, las ganas siguen estando ahí y eso es lo que nos diferencia del resto, así lo hemos demostrado más de una vez.

Vimos tanto y nada. Cantidad de acontecimientos que sirvieron tan sólo para llenar vacíos.

Incontenibles aspiraciones

Román Revueltas Retes
revueltas@mac.com
Interludio
Milenio

Como hoy es Nochebuena supongo que tengo que declarar una tregua. No hablar de política, o sea. Es una encomienda difícil porque el tema nos inflama mucho en estos pagos. O, más bien, nos fascinan los politicastros, casi tanto como los actores de las telenovelas, los toreros, los futbolistas y la gente que posa en las revistas del corazón. Este encantamiento se debe, creo, a lo difícil que resulta ser una persona común y corriente en México: cualquier empleadillo tenebroso del Ministerio Público te puede acojonar, cualquier pelagatos uniformado te puede humillar, cualquier inspectorzuelo te puede extorsionar, en fin, la vida cotidiana es una verdadera maldición si no tienes “influencias”. De ahí, de esa extrema vulnerabilidad de los individuos en nuestro país, nace el deseo de ser “influyente”, es decir, pariente directo de algún político de relumbrón o, mejor aún, el mismísimo personaje en persona, con perdón por la redundancia.

Nunca son las aspiraciones más fuertes que cuando significan un cambio radical en la existencia: el futuro emigrante sueña con una vida infinitamente mejor en el vecino país del norte, la persona avasallada anhela ardientemente la libertad y el ciudadano sin derechos reales ambiciona la privilegiada condición del que no los necesita porque él mismo se los agencia. En todos estos casos se idealiza la realidad del emigrante, del hombre libre y del poderoso, respectivamente, porque representan, cada uno de ellos, la consumación de un sueño inalcanzable. De ahí, en lo que toca a nuestros hombres públicos, que les rindamos una atención desmedida porque —a diferencia de nosotros, los ciudadanos de a pie— nunca hacen la cola del súper, nunca realizan trámites en persona y nunca pierden el tiempo en las tristes servidumbres de la cotidianidad, por no hablar de sus emolumentos y otras canonjías.

El poder, en este país, es un artículo tan colosalmente provechoso que impregna todo lo demás. Ya lo ven ustedes: no quería yo hablar de política y terminé rezongando sobre la dorada existencia de los políticos. Feliz Navidad, de cualquier manera.