Horizonte político
Excélsior
Por lo visto, fue muy eficaz la socialización política que desplegó el PRI en las últimas décadas sobre el conjunto de la sociedad. Convenció a una generación tras otra de que la re-elegibilidad de los cargos de representación política es sinónimo de autoritarismo, caciquismo o dictadura. Claro, la experiencia porfirista como causa de la Revolución así lo deja entrever, pero dicho anatema histórico vale sólo para el Ejecutivo, y el PRI lo hizo extensivo a quien no lo tenía: los legisladores. En 1933 se aprovechó lo ocurrido con Álvaro Obregón años antes para eliminar también la reelección legislativa, con fines de subordinar a los legisladores al Poder Ejecutivo, mediante el partido oficial. De esa forma, se transfería al jefe nato del partido oficial— el presidente—, la decisión fundamental sobre la carrera política de los legisladores. La no reelección legislativa no sólo es una anomalía democrática, sino un engranaje del presidencialismo monárquico que caracterizó al régimen priista. Sufragio efectivo y sí reelección constituyen un binomio fundamental de la democracia representativa. Que por razones históricas no podamos —ni queramos— restaurar la reelección en el Ejecutivo no justifica que mantengamos esa extravagancia también en el Legislativo.La no reelección legislativa cortó uno de los dos vínculos democráticos esenciales entre representantes y representados. Al haberse reestablecido el sufragio efectivo (con sus altibajos, desde luego), se recuperó uno de los pilares de la democracia representativa, en tanto que el otro, la reelección, sigue pendiente. Pero al plantearse esa restitución democrática, he aquí que aflora en tirios y troyanos, de todos signos y filiaciones, la animadversión que cultivó el PRI contra la reelegibilidad inmediata de estos cargos de representación. El argumento lo vendió muy bien el tricolor durante sus años dorados: la reelección enquista en el poder a una élite política, que además responde a intereses fácticos o formales más que a sus representantes. Como si no fuera esa la práctica que prevalece hoy día, sin reelección legislativa. Por el contrario, la reelección pretende incorporar en las consideraciones de los legisladores un elemento de equilibrio ciudadano con otros poderes influyentes (formales y fácticos).
Se dice también que ese mecanismo será contraproducente en tanto los comicios no sean plenamente libres y equitativos. Bueno, pues para quien piense que aún no tenemos esencialmente sufragio efectivo ni siquiera tiene caso participar en los comicios, con o sin reelección. Pero resulta patético oír a muchos legisladores (de todos los partidos) argumentar la falta de sufragio efectivo. ¿Entonces, cómo llegaron ellos mismos al Congreso? ¿Con fraude o comprando votos? Hay también consejeros electorales que recelan de la reelección con ese mismo argumento. ¿Acaso los consejeros no pueden garantizar el sufragio efectivo? Para quienes aceptan el avance en materia electoral —pese a sus bemoles y altibajos— no tendría por qué haber dicha reserva. Si hay sufragio esencialmente libre, entonces la permanencia o no de los legisladores dependerá de los ciudadanos, más que de otros poderes (los gobernadores, las cúpulas partidarias, los líderes corporativos), a los cuales la alternancia del año 2000 transfirió la decisiva influencia sobre los legisladores que antes tenía directamente el Presidente de la República. Sin la posibilidad de reelección (y sin revocación de mandato legislativo), votar es dar un espaldarazo ciego a los legisladores, firmar un cheque en blanco sin posibilidades de pedir cuentas ni propinar ninguna sanción política. ¿Dónde está lo democrático en semejante relación?
Por otro lado, muchos piden la desaparición de los diputados de representación proporcional, para que queden sólo los de mayoría relativa, pero al mismo tiempo se oponen a la reelección, cuando justamente la racionalidad de tener diputados en distritos de mayoría es estrechar el vínculo con sus electores (lazos que en circunscripciones mayores, y con listas cerradas, se pierden por completo). En esa contradicción vivimos desde 1933: una pista predominante de diputados de mayoría sin el vínculo directo que justifica ese formato de representación democrática. En todo caso, la no reelección legislativa implica una representación política a la mitad.
Es como tener un auto sólo con las llantas delanteras, pero sin las traseras. El amplio rechazo a la reelección legislativa es uno más de los múltiples triunfos culturales del PRI.
El argumento lo vendió muy bien el tricolor durante sus años dorados: reelegirse enquista en el poder a una élite política.
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