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Día con día
Milenio
Un argumento que no suele escucharse cuando se habla de la conveniencia de tener mayoría absoluta en el Congreso (la mitad más una de las curules en manos de un partido) es que asigna con nitidez la responsabilidad de gobernar.Si la mayoría en el Congreso coincide con el gobierno en turno, le da a ese gobierno el poder necesario para tomar decisiones, y la clara responsabilidad en sus consecuencias.
Si la mayoría en el Congreso no coincide con el partido en el gobierno, queda claro también en dónde está la línea del forcejeo político: qué propone el gobierno y qué le niega o qué le aprueba el Congreso.
En ambos casos está claro quién tiene responsabilidad por el No y por el Sí de gobernar. La falta de mayorías absolutas en el Congreso mexicano diluye esta responsabilidad en un meandro tripartito donde, al final, nadie da la cara por las decisiones ni por la falta de ellas.
El Presidente se dice bloqueado por el Congreso. El Congreso se dice plural y obligado al debate infinito. Las fuerzas de oposición diluyen su negativa en las otras fuerzas, y el gobierno no tiene ni siquiera el expediente público de señalar quien lo derrotó.
Dice bien María Amparo Casar (Nexos, diciembre 2009), que las reformas en curso son tímidas en sus propuestas para crear mayorías: segunda vuelta presidencial y elección del Congreso al mismo tiempo que la segunda vuelta presidencial.
Estas medidas abren la posibilidad, pero no garantizan la formación de mayorías. La única medida que la garantiza es la propuesta de José Córdoba (Nexos, diciembre 2009): derogar la cláusula de sobrerrepresentación del 8 por ciento, que está en la Constitución, y que obliga a los partidos a obtener el 43 por ciento de los asientos en el Congreso para poder tener, con el 8 permitido, el 51.
Dadas las tendencias electorales del país, ese 43 por ciento es prácticamente imposible de lograr. Quien quiera mayorías absolutas en el Congreso tendrá que derogar esa cláusula y otorgar al partido que alcance la mayoría simple una sobrerrepresentación automática que le dé la mayoría absoluta.
Esto escandaliza muchos oídos democráticos. Pero democracias maduras, como la británica o la estadunidense, pueden tener 18 y 22 por ciento de sobrerrepresentación sin que nadie diga que son poco democráticas o que no funcionan.
La democracia mexicana no funciona y a fuerza de no funcionar acabará creando en la ciudadanía la convicción de que tampoco es una democracia.
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