junio 29, 2010

El salto

Héctor Aguilar Camín
acamin@milenio.com
Día con día
Milenio

Con el asesinato del candidato priista al gobierno de Tamaulipas, el crimen organizado puede haber dado un paso en el camino de su destrucción. Ese camino pasa por un momento decisivo de opinión pública y otro de unidad política.

El momento de opinión pública es que la gente tiene que convencerse de que el enemigo no es el Estado que falla en dar seguridad, sino los criminales que la ponen en jaque.

Esto no sucede cabalmente, sino hasta que los criminales empiezan a disparar ya no sólo contra ellos mismos o contra representantes del gobierno, sino contra representantes de la sociedad.

Antes de que la sociedad colombiana se volviera como un solo hombre contra los barones del narcotráfico, estos mataron candidatos presidenciales y pusieron bombas en lugares públicos.

El momento de unidad política se refiere a que, a fuerza de tener bajas en todos los frentes políticos, la batalla por la seguridad pública deja de ser la agenda de un gobierno o un partido y se vuelve el compromiso indiscutible de todos los gobiernos y todas las fuerzas políticas.

Ninguna de las dos cosas ha sucedido todavía en México. El atentado de Tamaulipas puede acercar ambos momentos.

La violencia criminal ha dado un salto cualitativo. La opinión pública y las autoridades del país deben darlo también, cerrando filas en el rechazo y en el combate al crimen organizado.

Es el único enemigo común que tienen hoy los mexicanos. Sociedad y gobierno deben agruparse sin titubeos contra él.

Por lo pronto, las elecciones del domingo en Tamaulipas debieran volverse un plebiscito ciudadano contra la violencia en general y contra el crimen organizado en particular.

Desconocemos lo que buscan los criminales que ejecutaron al candidato priista a la gubernatura de Tamaulipas, inminente triunfador de esas elecciones. Sabemos sólo que han disparado contra un bien de todos, que
es el proceso electoral.

Sin dudar un momento, autoridades, partidos y ciudadanos deben rechazar toda posibilidad de suspender o aplazar las elecciones. Por el contrario, deben cerrar filas en inducir una votación sin precedentes en defensa de sus derechos políticos.

De las elecciones del domingo deben salir gobernantes y representantes con un mandato abrumador. Es el único acto de valor que puede exigirse de los ciudadanos desafiados por el crimen: el valor cívico de votar como nunca, elegir como nunca los caminos de la ley y la democracia.

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