agosto 29, 2010

Calderón: pidiendo consejo

Sara Sefchovich
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
El Universal

En las semanas pasadas, el presidente Calderón convocó a una serie de reuniones, algunas públicas y otras privadas, para hablar con distintos sectores de la sociedad sobre el tema de la seguridad.

Empresarios, partidos políticos, jueces, medios de comunicación, intelectuales y periodistas (desconozco si también fueron invitados las iglesias, el Ejército, los embajadores o algunas ONG) acudieron a las citas y escucharon a un mandatario que había cambiado de estrategia: en lugar de festinar sus triunfos y de regañar a quienes no los reconocían, ahora aceptaba errores y fallas y, lo más impresionante: pedía consejo de por dónde y cómo seguir en el combate con la delincuencia organizada.

Después de tres años de gobierno calderonista, en el que todos los convocados se habían quejado de que no lo escuchaban, el Presidente los llamó y los escuchó.

¿Y qué fue lo que escuchó?

Escuchó a personas muy inteligentes y participativas en la vida pública de este país, hablar durante horas: algunos pidieron, otros exigieron, unos reclamaron y otros regañaron, hubo los que se quejaron y los que enojaron.

La mayoría le echó la culpa de los problemas nacionales al Presidente y al gobierno, al Ejército, a las policías, a las leyes, a los vecinos del norte. La minoría se echó la culpa a sí mismo como ciudadano individual, como grupo social o como cuerpo colegiado, por no haber hecho las cosas bien y a tiempo o por no haberle entrado al problema con todo.

También hubo propuestas. Casi todas, sin embargo, se fueron por lo amplio y por lo políticamente correcto: la urgencia de mejorar la educación, de que funcione la justicia, de que haya empleo, de terminar con la pobreza. Todo esto es sin duda importantísimo, pero no servía de mucho para el objetivo de las reuniones, porque hacerlo y obtener resultados es a largo plazo y de lo que se trataba era de buscar formas concretas para enfrentar adecuadamente el problema de manera factible para las condiciones del país y realizable a corto plazo. Y esas, no se escucharon.

No tengo conocimiento de una convocatoria similar en la historia de México. Y creo que por eso los convocados no se dieron cuenta de la importancia del evento. Y si bien hicieron lo mejor que pudieron para estar a la altura del consejo solicitado, no lo estuvieron para aportar las respuestas y soluciones efectivas y concretas que urge tener.

Y lo peor: hubo quienes prefirieron aprovecharla para volver a ser ellos mismos una vez más. Los partidos y sobre todo sus legisladores en las dos cámaras, para no variar ni perder la costumbre, se instalaron en el puro exhibicionismo mediático que tanto les gusta y en la arrogancia que de manera tan natural les brota. Manlio Fabio Beltrones hizo evidente por qué los ciudadanos hemos detestado tanto a los priístas: para él se trata de no apoyar en nada al Presidente, de no pasar ninguna propuesta, de no darle siquiera el beneficio de discutir con él; vaya, ni siquiera de respetarlo por su investidura.

Y es que lo único que él y sus similares quieren es que a Felipe Calderón (como antes a Fox) le vaya mal. No importa si el castigado está siendo el país, no importa si a México le urgen las reformas, si al Estado le hacen falta los recursos, si el gobierno necesita espacio de maniobra, lo único que les importa es no darle oportunidad al Presidente de hacer absolutamente nada.

Pero lo más grave de esta actitud es que ella impregna de espíritu de linchamiento y desconfianza el ánimo nacional, pues se ataca absolutamente todo lo que se hace o se deja de hacer, todo lo que se dice o se calla y se duda de que pueda existir buena fe en alguno de los actos presidenciales.

Por eso algunos vieron en estas convocatorias de Calderón una estrategia destinada a ir abriendo las posibilidades del triunfo de su partido para la siguiente elección presidencial. Otros, en cambio, lo vimos como resultado de un genuino deseo de encontrar caminos para enfrentar el problema que hoy por hoy es el más grave que padece México y que parece irresoluble, pero que, aun así, urge resolver.

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