agosto 23, 2010

El infierno

Denise Maerker
Atando Cabos
El Universal

La traición es deleznable. En la historia son recordados con un especial espanto esos personajes que mataron o entregaron a sus enemigos al amigo, al padre, al hermano. El que traiciona no sólo prepara su crimen alevosamente, lo hace sin odio, desde la frialdad que se necesita para acercarse lo suficiente sin generar sospechas. El que traiciona convive con su víctima y le conoce por fuerza su lado humano: sus afectos, debilidades y miedos. El que traiciona tiene que franquear un umbral moral distinto al del asesino: no se trata de disparar a lo loco o drogado armas de alto calibre en contra de desconocidos o de enemigos distantes y supuestamente temibles, no, el que traiciona sabe que el otro es tan humano como él, padre como él, esposo como él, hijo como él.

El viernes supimos cuando se dieron a conocer los nombres de quienes presuntamente participaron en el secuestro y asesinato del alcalde de Santiago, que todos eran policías. Una mala noticia, sin duda, pero no una gran sorpresa. Llevamos muchos meses siendo testigos de la putrefacción en la que se encuentran nuestros cuerpos policiacos. No podemos espantarnos porque unos policías municipales hayan aceptado vigilar una carretera para que los sicarios pudieran sin estorbos secuestrar al alcalde. Ellos como otros miles de mexicanos aceptaron ese dinerito extra porque no se es narco sólo por echar aguas, informar nimiedades o prestar patrullas. Esa es al menos la explicación que a muchos les permite dar el paso sin asumir responsabilidad ni torturarse con malestares y culpas.

Pero el viernes presentaron como culpable a un escolta del alcalde, concretamente al encargado de la seguridad de su casa. Su caso provocó una reacción diferente, los periodistas se arremolinaron a su alrededor, le hacían preguntas, querían entender: ¿qué sabía?, ¿por qué lo hizo? Todos sabemos intuitivamente, sin necesidad de pensarlo mucho, que la explicación de la mala paga y las pocas oportunidades no explican un acto así.

Luis Estrada, extraordinario director de cine (La Ley de Herodes), está por estrenar El infierno, una película en la que nos muestra el recorrido de los hombres y mujeres que en el camino van dejando parte de su humanidad. Y Luis no sólo exhibe a políticos de ayer y de hoy, tampoco se limita a retratar a los malísimos, sicarios o narcos millonarios, no, también retrata a la madre ávida de dinero que no sólo acepta sin chistar el dinero del hijo narco sino que le arranca el reloj antes de que se vaya, o al tío que feliz guarda sus principios en un cajón para hacer negocios y lavar dinero, o al joven cuya máxima aspiración es ser un buen narco y a la de la tiendita que lo mismo vende estampitas que drogas. El mundo que retrata Luis está lleno de traidores porque está lleno de muertos vivientes. Es un espejo cruel y sin concesiones de un México que existe, el pasado viernes lo confirmamos.

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