agosto 22, 2010

¿Enemigos para siempre?

Jean Meyer
Profesor investigador del CIDE
jean.meyer@cide.edu
El Universal

Cuando uno llega a Jerusalén, desde el aeropuerto de Tel Aviv, tiene la impresión de un país en desarrollo expansivo: autopistas iluminadas, puentes, barrios nuevos, pueblos en construcción por todos lados, enormes grúas, embotellamientos... y un muro, el muro, serpiente nefasta que se acerca y se aleja de la autopista, el muro que separa Israel de los territorios palestinos ocupados desde 1967, en violación flagrante de todas las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas.

El Israel pionero que conocí en 1961 contaba 70 mil vehículos, de los cuales sólo la tercera parte eran privados; hoy el Israel capitalista tiene 2.1 millones de vehículos, el 70% siendo coches particulares. La población más que duplicó para llegar a 7.3 millones, de los cuales más de un millón son árabes y un millón de rusos recién llegados. Así que en 2010 encuentro otro mundo y sin embargo el problema fundamental no ha sido resuelto y sigue de pie: la injusticia fundamental hecha a los palestinos. Me la plantearon sin tapujos en 1961 los compañeros marxistas del kibutz en el cual trabajé durante el verano; en aquel entonces se hablaban de “árabes”, todavía no de “palestinos”.

¿Serán enemigos para siempre israelíes y palestinos? Mi último texto sobre los hombres de voluntad de estos dos pueblos me valió insultos de mexicanos que simpatizan con los bandos opuestos: unos me tildan de antisemita pro palestino que se une al coro que quiere la desaparición de Israel; otros sospechan que soy un judío disfrazado de cristiano que no denuncia un Israel opresor de los palestinos. Me alegra la tercera corriente que piensa que “el Espíritu como viento soplará a donde quiera, cuando y como quiera, de modo que esas semillas de buena voluntad en medio del desierto de incomprensión darán a su tiempo fruto”.

Ni Israel, ni Palestina pueden ser entendidos completamente si uno no toma en cuenta el estado de ánimo y las reacciones pasionales de sus ciudadanos: miedo, desesperación, coraje, cansancio, escepticismo, la sensación de asedio sin fin, la derrota permanente de los moderados, el éxito de los extremistas. Es necesario hacer el esfuerzo para entenderlos a todos, entender el problema en todas sus dimensiones que mezclan historia reciente, a la escala de un siglo, y no tan reciente, historia regional y mundial; que hacen intervenir las tres religiones monoteístas, judaísmo, islam y cristianismo, y también las identidades antiguas, modernas y todavía en formación: Israel nació ayer, en 1948, y el mundo empezó a oír de los palestinos apenas 20 años después. En buena parte, si el problema se antoja insoluble, es por su naturaleza pasional.

Que la situación se haya agravado y se esté agravando cada día, lo puede uno ver en Jerusalén, ciudad tres veces santa, ciudad que sigue hermosa con todo y una urbanización modernista salvaje, ciudad que vive en un ambiente muy pesado donde las tres religiones cohabitan mal y de manera agresiva, lo que vuelve muchas veces el aire irrespirable. Para la sociedad internacional, la parte oriental de Jerusalén, conquistada en 1967 por los comandos de Moshe Dayán, es parte de los territorios ocupados que Israel debe devolver a los palestinos, los cuales quieren establecer aquí su capital. Pero los palestinos cristianos y musulmanes, con toda razón, se preocupan por la “judaización” creciente de Jerusalén. Tanto la alcaldía hebrea como el Estado de Israel tratan de disminuir en porcentaje y en cifras absolutas la población árabe del sector oriental; su esfuerzo permanente se intensifica cada día y resulta obvio que la meta final es vaciar “nuestra capital eterna” de toda su población árabe. Cuando uno pasea por la ciudad vieja, dividida en barrios cristiano, armenio, musulmán y judío, uno no puede dejar de notar el gran número de banderas blanquiazules que ondean, fuera del barrio judío, sobre casas compradas a la buena y a la mala, o expropiadas. Mi acompañante me enseñó así la casa comprada por Arik Sharon, antes de que se hundiera en el coma. Me explicó cómo eso empezó en el barrio musulmán, cerca de la tercera estación del Vía Crucis, luego alrededor de la puerta de Jaffa, finalmente a lo largo del camino que lleva al Muro de los Lamentos.

De manera arbitraria la alcaldía decreta periódicamente que hay que destruir una o varias casas ocupadas por palestinos para construir edificios sobre los cuales no tarda en ondear la bandera israelí. Tan pronto como uno sale de la ciudad, incluso desde el piso 18 de mi hotel, se ve el muro, armado con placas de concreto, un muro alto de varios metros, a veces cubierto de grafiti de color, que corre alrededor de la ciudad y la separa de los territorios ocupados de Cisjordania. Este terrible símbolo ha sido condenado en 2004 por la Corte Internacional de La Haya…

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