agosto 07, 2010

Ética y acción

Julio Faesler
Consultor
juliofelipefaesler@yahoo.com
Excélsior

Casi simultáneamente los presidentes Calderón y Obama declaran su desacuerdo con la legalización de las drogas

A los muchos problemas que se imbrican en nuestra densa relación con Estados Unidos, se añade el de la migración y su interminable debate en el Congreso de Washington, haciendo más complejo el combate a las drogas en los dos países. Ambos asuntos se funden en un tema compartido, el de seguridad nacional.

Eventos recientes vienen a subrayar esta interconexión. Por una parte, emerge de su oscuro nido racista la ley antimigratoria promulgada en Arizona. Por la otra, aparece en California la autorización para el consumo y hasta la producción local de la marihuana, considerada como droga "leve", apta para cualquiera, no sólo para uso médico. Casi simultáneamente los dos Presidentes declaran, cada uno por su cuenta, su desacuerdo personal con la legalización de las drogas. Calderón, sin embargo, acepta la utilidad de una consulta pública.

Mientras en México preparamos así los foros para debatir el seguir o no con la acción militar contra los cárteles de los narcotraficantes o bien aceptar legalizar su consumo, la Casa Blanca envía por razones de seguridad, mil 200 soldados a su frontera sur, no para interceptar el contrabando de armas destinadas a las mafias mexicanas, sino para bloquear la entrada de nuestros desesperados migrantes. El desempleo al 10% en ese país aporta una oportuna justificación política. El tema de la migración también les sirve para disimular la falta de control de la extensa red de distribución de drogas que se da en EU.

Si tienen razón los que ven en la acción militar una verdadera guerra contra la fiera violencia que libran los narcotraficantes entre sí para defender sus plazas y contra el Estado, no cabrá duda que debe proseguirse implacablemente esta estrategia escalándola hasta los niveles que hagan falta para aniquilar el mal, como se hizo en Colombia que parece haber dejado atrás lo peor. Imposible pensar que en un solo sexenio Calderón extirpe un cáncer que se ha extendido desde hace décadas con la anuencia de los gobiernos priistas.

Independientemente de lo anterior, está la flagrante pérdida de respeto en todos los ámbitos hacia los valores morales y éticos que toda sociedad requiere para sostenerse. El abuso extendido de las drogas y su distribución tantas veces obligada por la pobreza extrema camina sobre este suelo moralmente debilitado.

La lucha, por lo tanto, se libra también en el campo de la moral. Desde el núcleo familiar pasando por la escuela hay que inculcar los principios que blinden al individuo contra el imperio de las drogas. Las bases éticas que la comunidad tiene por válidas justifican el comportamiento que ésta exige de sus miembros. La acción policial, militar, las nuevas restricciones financieras para combatir el narcotráfico no tocan pues, fondo. Es indispensable hacer valer y vigilar los valores éticos y de solidaridad social con enérgicas campañas de opinión organizadas tanto por el gobierno como por la sociedad civil.

En las raíces más íntimas de los mexicanos perviven los valores más sanos que responderán positivamente a la difusión de las normas de conducta que conducen a una vida productiva y feliz. Estas campañas deben utilizar las redes sociales y las radios comunitarias de alta penetración. De igual manera, hay que usar estos medios para impactar la conciencia de todos sobre las terribles consecuencias personales, familiares y sociales que resultan del consumo y del tráfico de drogas. El papel de los líderes políticos, empresariales y religiosos es imprescindible para difundir el respeto a los valores y normas constructivas de conducta.

No hay que esperar más por librar esta lucha en los dos campos en lo militar y en lo ético. No es momento de duda ni de confusión, sino de claridad y firmeza.

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