agosto 06, 2010

Hidalgo y Allende en agosto de 1810

Jesús Gómez Fregoso
Acentos
Milenio

Hace un siglo, a principios de agosto de 1810, la insurrección a favor de la independencia cada día iba siendo un secreto a voces, aunque las diversas juntas patrióticas guardaban un sigilo estricto, puesto que a todo el que ingresaba se le exigía “juramento de secreto y fidelidad, bajo pena de ser asesinado si descubría la menor cosa”. Existiendo diversos grupos, parecía esencial organizarse y fijar un plan definido y organizado. Las juntas de Querétaro y de San Miguel eran las más activas, y ambas pensaron que la ocasión más propicia para iniciar la lucha armada sería la feria de San Juan de los Lagos, la más famosa en aquellos tiempos, que cada año comenzaba el 1 de diciembre, y culminaba el 8, día de la Purísima Concepción, sin olvidar la fiesta del 12 en honor a la Virgen de Guadalupe cuyo triduo posterior, que terminaba el 15 facilitaría la insurrección.

Se planeaba que para esos días los capitanes Allende y Aldama, con oficiales y soldados amigos viajaran a San Juan, y que el primer día de la feria iniciarán el levantamiento, aprovechando que se reunían más de cien mil personas. Como los españoles eran básicamente los comerciantes, preocupados en la feria por vender sus productos sería fácil apresarlos. Después sería fácil que las diversas juntas en sus respectivos lugares hicieran lo mismo es decir que apresaran a los españoles y los recluyeran en las casas consistoriales de cada población hasta que el ejército insurgente se apoderara de la ciudad de México y expulsará a los gachupines a España, en forma parecida a lo que el gobierno español había hecho con los jesuitas en 1767: llevarlos a Veracruz y embodegarlos en diversas naves, llevándose solamente la ropa puesta y sin otra opción.

Era necesario la prisión y expulsión simultánea de los españoles en forma semejante a lo que había hecho el virrey marqués de Croix. Si hubiera alguna respuesta por parte de los españoles, los insurgentes se dividirían para combatir en cada ciudad para proseguir la guerra hasta obtener el triunfo. Después los jefes victoriosos se reunirían en la capital con el objeto de resolver la forma de gobierno que convendría en el futuro a la nación. Si la insurrección no lograba la victoria los jefes y soldados sobrevivientes, se dirigirían al gobierno de los Estados Unidos del Norte, solicitando el auxilio necesario para conseguir la independencia. Una vez que se acordó este proyecto, uno de los conjurados, don Felipe González, muy apreciado por Allende, que como acaso se le objetaría al tal proyecto, que era contrario al juramento de fidelidad prestado al Rey, sería de temerse que no fuera bien recibido por considerarlo irreligioso e ilícito, o por lo menos habría pretexto para desautorizarlo, por eso creía necesario que lo encabezara un eclesiástico inteligente y de buena reputación, para que el movimiento no pareciera opuesto a la religión. Está observación se consideró muy justa y prudente.

Es muy probable que Allende se hubiera puesto antes de acuerdo con Felipe González para la proposición dicha. No obstante que los clérigos don Joaquín Jurado y otros clérigos presentes dijeron que el juramento de fidelidad al rey no les obligaba por haberlo hecho forzadamente y se decidió que la persona más indicada para encabezar el movimiento era don Miguel Hidalgo y Costilla, quien a su carácter sacerdotal unía el de cura párroco, y que era muy apreciado en la región. Allende se ofreció a entrevistarse con Hidalgo en Dolores para comunicarle la determinación de la junta. Hidalgo aceptó y acompañó a Allende a su regreso a San Miguel. El 7 de agosto, don Miguel se presentó ante la junta de Querétaro y fue recibido con entusiasmo. Al regresar a Dolores, Hidalgo contrató gente para fabricar armas: hondas, machetes y lanzas, empleando talabarteros, herreros y carpinteros que trabajaban intensamente. Luis Castillo Ledón, en su Hidalgo: la vida del héroe, comenta sobre el hecho de nombrar a Hidalgo como jefe: “La elección que se había hecho de él para que se pusiera al frente de la revolución no podía ser mejor ni más acertada. Tenía verdadera superioridad. Sus estudios y la observación directa como párroco y como hijo de agricultor, y agricultor él mismo, le habían hecho palpar los graves males del absurdo sistema colonial.”(p. 159).

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